Sonido, Palabra y Movimiento

i jul 24th No Comments por

Por: Pilar Posada

Decir “sonido, palabra y movimiento” en el universo infantil es decir tres cosas distintas y es decir la misma cosa. Cuando pienso en las tres palabras que hoy nos convocan, experimento algo semejante a lo que sentía de niña al tratar de captar con mi lógica temprana el misterio de la Santísima Trinidad: tres personas distintas y un sólo Dios verdadero.

Para un niño el sonido, la palabra y el movimiento están estrechamente entrelazados. El movimiento se hace sonido, el sonido se vuelve palabra, la palabra acompaña al movimiento. Cuando mi hija menor me cuenta una historia (y ya tiene diez años), siempre la acompaña de una serie de movimientos y desplazamientos, que va organizando a medida que va deshilvanando su historia. Si estamos en mi cuarto, da vueltas sucesivas y rítmicas por los bordes de la cama y de pronto introduce un elemento contrastante (un salto, un giro) en su serie ordenada de pasos. Si está en el baño, preparándose para tomar una ducha, recorre una y otra vez los bordes de la bañera, vueltas que acompaña de algún golpecito, toque percusivo intencional que contribuye a intensificar la emoción de su relato. En medio de mi irritación adulta, por el movimiento incesante, y a veces sin poderme contener pidiéndole que por favor me cuente la historia mientras se queda quieta, me pregunto por esa necesidad básica, por ese impulso primordial que parece animarla, y que hace que palabra, movimiento y sonido sean para ella un todo indisoluble.

Un todo indisoluble para ella y para todos los niños con los que he tenido la suerte de jugar, cantar y tocar en mis ya muchos años como educadora musical. Siempre que les estoy enseñando una canción y espero que se queden muy quietos, atentos a las maravillas del texto, a la fascinación del ritmo, a la gracia de las aliteraciones, unos cuantos, animados precisamente por ello, comienzan a percutir en sus cuerpos en el momento justo en que necesitaba toda la atención puesta en el texto de nuestra canción. Otros, animados por el sentido del texto mismo, salen disparados del círculo congregante y comienzan a galopar, a saltar o a girar por el salón, haciendo trizas mi ceremonial docente. Sí. Un registro los lleva siempre al otro. Se mueven cuando hablan, producen sonidos cuando se mueven, hablan produciendo otros sonidos además de la palabra misma. Sonido-palabra, palabra-movimiento, movimiento-sonido. Sonido-palabra-movimiento.

Aporte de Carl Orff
Ya muchos otros antes que nosotros constataron esta unión orgánica entre sonido, palabra y movimiento en el mundo infantil e hicieron de este hecho indiscutible el pilar de sus propuestas pedagógico musicales. Quiero destacar, entre otros, el valiosísimo aporte del compositor y pedagogo alemán Carl Orff, quien precisamente estructuró su proyecto pedagógico a partir de la tríada: sonido-palabra-movimiento.

El marco general de la concepción orffiana sobre la educación musical infantil es que ésta debe dirigirse, desde el comienzo mismo, hacia la acción. Orff pensaba que antes de intentar llevar a los niños a la ejercitación, a la disciplina y al control psicomotor requeridos para tocar un instrumento, era preciso proporcionarles una amplia y variada gama de experiencias sonoras, lúdicas, de lenguaje, de movimiento, y de experiencias con objetos e instrumentos.

Un tal caudal de vivencias permite a los niños, en un primer tiempo, ampliar y profundizar la calidad y cualidad de sus procesos sensoriales y perceptivos, y en un segundo tiempo, producir respuestas y acciones musicales propias apoyándose sobre tales procesos. Estas experiencias múltiples con la palabra, con el sonido, con el movimiento, con diferentes objetos e instrumentos, permiten a los niños aprehender, por sí mismos y de forma espontánea, muchos elementos comunes a todos estos lenguajes. Me refiero a la intensidad, la altura, la dinámica, la velocidad, el tiempo, la forma, el ritmo, etc. Tales nociones, descubiertas a través de auténticas vivencias en estos registros múltiples, pueden entonces ponerse al servicio de una actividad musical dinámica y creativa.

Además de situar en lugar privilegiado el lenguaje y el movimiento como aspectos de la expresión humana, no sólo “premusicales” sino propiamente “musicales”, Orff diseñó un interesante instrumental que abarca instrumentos de placas (xilófonos, metalófonos y carillones) y una amplia variedad de instrumentos de percusión aptos para ser manejados tanto por niños como por personas que no tienen un especial entrenamiento en el manejo de un instrumento musical.

Tal instrumental fue creado con el propósito de permitir “hacer música” aunque no se cuente con muchos recursos técnicos. La idea básica de Orff es la de agregar a la palabra, el canto; a la palabra y el canto agregar el movimiento; a la palabra, el canto y el movimiento agregar su propio acompañamiento, para así permitir al niño experimentar activamente el ritmo, el metro, la melodía, el sonido instrumental y la práctica musical grupal. Las propuestas de Orff y su instrumental constituyen medios didácticos de gran valor para una educación musical orientada a la acción, para una educación musical en la que se pretende que los niños descubran por sí mismos el material musical y lleguen a crear música.

El ser humano es un ser simbólico
El ser humano, el ser hablante, el hablante-ser, el parlêtre, como lo denominó Jacques Lacan para definir con este neologismo lo más esencial de nuestra condición humana y aquel rasgo fundamental que nos diferencia de los otros animales, está inmerso en el universo simbólico. Receptor de sentido y dador de sentido, es el único animal que crea sistemas de signos arbitrarios, sistemas que no deja jamás de reinventar, sistemas que no cesa de modificar. Por eso hablamos múltiples lenguas y, hablando una lengua determinada, terminamos dentro de ella hablando muchas sublenguas. Por eso podemos cantar el bolero con el que fue enamorada nuestra abuela, pero también podemos inventar canciones con ritmos, palabras y melodías como las que en su época jamás fueron imaginadas. Por eso aún se bailan danzas tradicionales y al mismo tiempo no cesan de surgir nuevos bailes con formas sorprendentes de contonearse, de sacudirse, de desplazarse. En nuestro paso por la vida como seres simbólicos nos ocupamos de perpetuar, mantener y conservar lo que hemos heredado de la cultura humana que nos ha antecedido, y a la vez, nos vemos impulsados a la creación de nuevos lenguajes y códigos, y al surgimiento de nuevas maneras de hablar, de escribir, de hacer música, de danzar que puedan dar cuenta de nuestra particular y única condición como sujetos, y así expresar los procesos sociales y culturales de los cuales formamos parte.

Todos los que hoy nos reunimos aquí, estamos atravesados, de un modo u otro, por un mismo interés, por una misma vocación, por un mismo tipo de trabajo, por un mismo anhelo. Todos estamos atravesados, de una forma u otra, por la misma pregunta. ¿Cómo conducirnos y cómo conducir a los niños en ese, suyo y nuestro, universo poblado de palabras, sonidos y movimientos?

Cada uno de nosotros tiene a su vez una búsqueda particular, marcada por su subjetividad y su herencia cultural, búsqueda a través de la cual intenta encontrar respuestas para tal pregunta. Estas indagaciones y las respuestas que vamos encontrando, determinan y condicionan nuestra acción, marcan, en una dirección u otra, nuestro trabajo con los niños.

En mi recorrido particular como educadora musical, he tratado siempre de orientar mi trabajo a partir de la tríada “palabra-sonido-movimiento”, tríada que también podemos denominar ”lenguaje-música-movimiento”. Ello ha implicado mantenerme abierta a los tres lenguajes, cultivar mis vínculos con cada uno de ellos, y mantenerme en el esfuerzo constante de darles presencia, a todos y a cada uno, en mi práctica pedagógica. Y es justo en esta búsqueda que he encontrado un material valiosísimo, un verdadero tesoro. Hablo de los juegos musicales tradicionales. Hablo de las rondas con un personaje central y las rondas con personaje central y exterior, juegos en los cuales, además del universal desplazamiento circular, se da también una compleja interacción hablada, cantada y motriz entre los niños del círculo y los que están afuera y/o adentro. Me refiero también a los juegos de palmas: versos, retahílas, canciones acompañadas de ostinatos de palmas que a veces logran complejidades asombrosas y que superan, en mucho, nuestra rapidez y coordinación. Están también los juegos y canciones acumulativas en los que la serie siempre creciente de elementos exige de los niños (y de nosotros) un esfuerzo notable de atención y memoria. Los juegos de gestos no dejan de sorprendernos siempre por el ingenio presente en muchas de las trasposiciones y sustituciones que en ellos encontramos de acciones, personas, lugares y cosas al lenguaje gestual, y de fascinarnos y deleitarnos con la simplicidad y la gracia que hay en ellos. Están también los juegos con elementos teatrales y los juegos predancísticos o dancísticos, en los cuales de manera absolutamente natural y espontánea, los niños se introducen al mundo de la representación y la danza.

En todos estos juegos encontramos una fusión espontánea, natural, y de una riqueza excepcional, de los tres elementos que hemos venido considerando. A los juegos se puede ir para saber qué quieren y necesitan los niños; se puede ir para encontrar en ellos la poética, la rítmica y la métrica que deben estar presentes en toda creación dirigida a niños. Los juegos nos enseñan simplicidad, gracia, economía de recursos, uso preciso de la repetición, ensamblaje justo de movimiento, palabra y melodía. Ellos nos pueden indicar, siempre y de manera permanentemente renovada, cómo hacer y qué hacer, para lograr desenredarnos en esta tarea inmensa de ser transmisores de un patrimonio cultural al que debemos estar agradecidos y de propiciar en los niños una actitud activa y creativa frente a la sociedad, el arte y la vida.

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Entrevista con Anthony Browne

i jul 22nd No Comments por

Publicada en la revista Cambio

Bogotá, septiembre de 2000
Por: Yolanda Reyes

ANTHONY BROWNE

Un peso pesado de los Premios Andersen

Cartagena de Indias, la ciudad que desde los tiempos de piratas y corsarios, ha sido el escenario para todo tipo de encuentros, desde los más serios, hasta los más mágicos e inesperados, acaba de ser la sede de una cita que cada dos años convoca a todas las personas dedicadas al oficio de hacer libros para niños en el mundo entero. El congreso de IBBY, International Board on Books for Young People, reunió durante una semana de septiembre, a más de ochocientas personas, entre escritores, ilustradores, editores, libreros, críticos, maestros y bibliotecarios interesados en la lectura y la literatura infantil. En el marco de ese congreso se entregaron los Premios Andersen, que son los máximos galardones otorgados a los creadores de libros para niños. (Algo así como los Nobel de la literatura infantil). La brasileña Ana María Machado recibió el premio como autora y el inglés Anthony Browne recibió el premio de ilustración.

Cambio tuvo la oportunidad de hablar con Anthony Browne unas horas antes de recibir el Andersen. Para ese inglés irreverente y menudo, nacido en Sheffield en 1946 y muy parecido al tímido Willy de sus cuentos, la experiencia de leer su discurso ante una multitud de fans, en el teatro Pedro de Heredia, tenía cierto parecido con algunas de las escenas de sus libros. El personaje de un chimpancé débil y pequeño, que se enfrenta a un mundo de feroces gorilas es un motivo recurrente en su obra y quizás en otras escenas de su vida, como la que vivió ese día. Pero, con la humildad y la paciencia de Willy el tímido y, a la vez con la ternura y el humor que lo caracterizan, Browne tuvo tiempo para reírse con nosotros, comer arroz de coco y conversar a la sombra de una vieja casona en el centro de la ciudad. Y aunque dice ser de pocas palabras -de hecho sus libros lo son- la modorra del mediodía nos alcanzó para una deliciosa entrevista.

Yolanda Reyes: Voy a empezar por esa pregunta obvia que habrás contestado tantas veces y que seguro le sirve a Willy para romper el hielo. ¿Qué significa el premio Andersen en tu carrera?

Anthony Browne: Significa el fin de mi carrera. (Risas). Hasta aquí llego. No hay para dónde seguir…

YR: Habías estado en Colombia hace cuatro años. Además del Andersen, ¿qué ha pasado en estos cuatro años?

AB: No sé si me acuerdo. Hice nuevos libros. Cambié de editorial. Durante veinte años había tenido una excelente editora, Julia Mc Ree, pero ella se retiró y yo decidí salirme de Random House, que es una editorial enorme, un conglomerado. Me pasé a una editorial pequeña que publica, tal vez, los mejores libros para niños y los hace con muchísimo cuidado. Fue como un gran salto que me tiene feliz y lleno de entusiasmo.

YR: Hoy escogiste Gorila para leer al público en tu encuentro con los lectores. ¿Por qué Gorila? ¿Es tu libro preferido?

AB: Eso es relativo. También me gustan Zoológico, Cambios o Willy el Soñador. Pero Gorila es un libro extraño. Es el séptimo libro de mi carrera y fue el primer libro en el que sentí que todo se iba dando a la vez. Yo trabajé en él de un modo completamente instintivo. Sólo ahora, cuando miro para atrás, soy más consciente de lo que hice. Ahora puedo explicar, por ejemplo, que hice dos escenas en la cocina: una, que es la escena de Ana con el padre distante, en la que los colores son fríos y la perspectiva es lejana. Y la otra, la de Ana con el gorila, en la que los colores son cálidos y la perspectiva acerca las cosas. Pero, mientras lo hacía, todo iba pasando y así se fue dando.

YR: Quizás esas sensaciones que se fueron dando, como tú dices, son las que experimentan los niños lectores. Ellos no se detienen a analizar los colores que elegiste o el manejo de la perspectiva. Simplemente sienten la historia y quedan atrapados, seducidos en ella.

AB: ¿Atrapados? Eso me gusta.

YR: ¿Planeas hacer más libros de gorilas?

AB: Hay otro libro de Willy que está por salir y creo que será el último En ese libro hay una escena final, en una mesa de dibujo, en la que sale, sobre el escritorio, una máscara de Willy. De alguna forma, podría estar sugerido que Willy se queda atrás. Pero nunca se sabe del todo. Quizás siga viniendo…

YR: De todas formas, Willy el soñador es un libro muy distinto a los otros libros de Willy.

AB: Sí, es muy diferente. Es que no me gusta la idea de hacer más libros de Willy, en serie. Eso les gustaría a los editores porque ya tienen un mercado. Incluso, querrían también hacer una serie de televisión con el personaje. Pero yo no busco eso.

YR: En ese sentido, tu libro de Voces en el Parque es un libro mucho más complejo, con esas cuatro voces que se entrecruzan y ese juego de cuatro perspectivas que miran la realidad de distintas formas. Podría verse como un paso adelante en tu carrera…

AB: Me alegra que me digas que es un paso adelante porque, de cierta forma, también es un paso atrás. Se trata de un libro muy viejo, fue el segundo que hice, en 1977. Se llamaba Un Paseo por el Parque y la verdad es que nunca estuve contento con las ilustraciones ni con la historia, que me parecía demasiado simple. Entonces, mucho tiempo después lo retomé y fue emocionante volver atrás y hacer el libro otra vez.

YR: Es un libro muy audaz. Yo pensaba que era una idea nueva.

AB: No. Yo tuve muchos problemas con ese libro. Volví a empezarlo pero no parecía una idea muy comercial. Entonces empecé a trabajar en Willy el soñador porque quería hacer un libro que fuera como una serie de pinturas, sin la obligación de buscar la lógica o los nexos de una historia. Por eso escogí los sueños, que no obligan a ser lógico, sino a pintar lo que verdaderamente quieres. Así fue surgiendo. Las imágenes iban llegando, no tenía que pensarlas y podía pintar lo que quería, como en los sueños, que son de la imaginación. No tenía que explicar por qué ese árbol se convertía en banano. Fue una liberación. Y, cuando terminé Willy el soñador, volví a dedicarme a Voces en el parque. Pero las imágenes seguían pareciéndome muy simples y los personajes me parecían estereotipados. Estaba pensando cómo hacerlos diferentes y cubrí las ilustraciones con acetato, para protegerlas. Un día empecé a pintar sobre el acetato, solamente en las caras de mis personajes, que eran seres humanos. Entonces sucedió… Los fui transformando, de ser gente a ser gorilas y ¡funcionó!. Era sorprendente pero los gorilas parecían más reales. Las ilustraciones se volvieron más divertidas y también más extrañas. Y creo que dicen más sobre la gente, que las otras que eran sobre gente de verdad.

YR: Esa es una clave de tu trabajo. Si uno se fija bien, los gorilas son muy parecidos a la gente…

AB: Sí. Por eso me encanta citar siempre a un niño que me preguntó. “¿Willy es una persona real, o tú lo maquillas?”

YR: Siempre me ha resultado sorprendente que tú hagas libros tan complejos y los entiendan los niños de dos y tres años, lo mismo que los adultos. Además, en Latinoamérica y específicamente en Colombia, los niños no tienen muchos museos a su alcance y muchas veces no han visto jamás un cuadro de Dalí, de Van Gogh o de Magritte. Pero ellos ven las obras de arte de tus historias y entienden profundamente, o mejor, sienten, profundamente, el significado de ese cuadro puesto en ese lugar específico. Tus libros a veces son como los museos para nuestros niños.

AB: Es que los niños son increíblemente sensibles y brillantes. Y además, están muy cerca del arte. Todos dibujan y crean historias. Pero, entre la infancia y la edad adulta, algo sucede. Se vuelven serios y grandes y se olvidan de lo que sintieron.

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