Voces

i jul 23rd No Comments por

Por: Lina Mendoza Lanzetta

En los laboratorios de animación a la lectura que Espantapájaros realiza semestralmente, los participantes escriben. El siguiente texto nos lo ha regalado Lina Mendoza. Ella nos narra desde su experiencia lectora, las voces que la han acompañado contándole historias y abriéndole puertas en este camino de ser lector que nunca termina.
Lina estudió literatura en la Pontificia Universidad Javeriana y trabajó como bibliotecaria en el colegio Los Nogales.

Mi proceso durante los últimos meses ha sido similar al de un espectador que, después de tener los ojos clavados fija y pacientemente en millones de puntos-al parecer aleatorios-, descubre ante sus ojos una maravillosa imagen 3D que da sentido a cada una de las manchas que componen el cuadro. Tal vez los Griegos fueron sabios al creer en el Destino; yo, por mi parte, me siento inclinada a hacerlo al enfrentarme a una cadena de elementos (ya no tan fortuitos) que me condujeron a ser lo que hoy soy.

Es difícil encontrar aquel primer eslabón que me condujo a los libros, pues así como recuerdo las lecturas de noche en voz de mi mamá -entre las que rescato con delicia a Minizurumbullo y el dulce de icaco-, también están aquellas que durante el día traía a la vida la voz de ese enigmático personaje que fue “María C” para nosotros los nogalistas: esa mujer que nos sentaba sobre cojines para leernos apasionadamente un libro, primero en un inmenso estudio en Suba en el que el piso craqueaba con cada paso, y luego en un sótano (desapacible para muchos adultos) en donde su voz daba vida a millones de mundos y personajes que nos llevaban lejos o cerca de lo impensable, negaban el tiempo y convertían la realidad en fantasía.

Qué tanta casualidad puede haber sido dentro de todo este proceso el hecho de que el nuevo local para la oficina de mi mamá hubiese quedado justo encima de una librería, en ese entonces una librería como cualquier otra, no lo sé. Lo que sí sé es que allí también se desató una parte importante de este proceso: cantidades de libros que recompensaban detestables citas a la dentistería y largas jornadas frente a un computador jugando solitario a la espera de que mi mamá saliera de trabajar. Poco a poco mi cuarto se fue llenando de historias y de imágenes, dando forma a lo que hoy en día es mi bienamada biblioteca: Roald Dahl, Michael Ende, Christine Nöstlinger, Malcolm Bird, Collodi, Carroll, entre muchos otros. Paulatinamente mi cabeza se iba llenando de voces, sí, voces que creaban silenciosos murmullos de más allá, mundos racionalmente inexistentes pero posibles, que se convertirían en mi compañía.

Independientemente de a qué etapa o dirección de la genealogía de mi lectura perteneció cada una, mis oídos siempre estuvieron acompañados de una voz, un lector que daba vida a esa supuestamente inerte existencia que estaba plasmada en las páginas de un libro; como si fuera música de radio, las voces de esos personajes y narradores quedaron grabadas en mi memoria y yo no lo sabía.

El tiempo pasó y seguí leyendo desaforadamente; era y es para mí una necesidad vital consumir letras, palabras y sonidos, y cuando no lo hago tengo la sensación de estar deshidratada: la privación de la lectura resulta sinónimo de estar tan seca como una uva pasa. Atrás quedó esa voz lectora, ese delicioso canto, y comencé yo a leer, de todo, por aquí y por allá, y por eso cuando llegó el momento de entrar a la universidad nada tenía más sentido que estudiar literatura: opté pues por la lectura como mi opción de vida; “la carrera de las letras sería la mía”, como dirían en la época de Don Quijote. Se abrieron ante mí cantidades de estudios teóricos y cuestionamientos en manos de académicos, problematizaciones de temas y personajes, realidades que en ésta y otras épocas eran utópicas o revolucionarias. Pienso ahora que no en vano me obsesioné con trabajar el narrador, aquel que cuenta, que escribe, que lee; aquel que da su voz al relato.

Fue entonces cuando entendí que para algunos de nosotros la literatura, la lectura, las letras, son la única salida y la única entrada al mismo tiempo; son una necesidad de vida, el poder llegar a conocer y a sentir más allá de lo que alcanza a experimentar nuestro propio cuerpo en la época que nos tocó vivir. Mi mamá alguna vez me dijo que le preocupaba que los lectores compulsivos “se dedicaran a vivir otras vidas y dejaran de lado la suya”; y aunque en ese entonces refuté enérgicamente dicho argumento, hoy pienso que tiene un poco de razón: el arte nos ayuda a vivir todo aquello que nos es prohibido, plasma aquello que no debe ser olvidado y busca dejar huella para que otros conozcan.

Mejor aún: con mi tesis de grado (a pesar de haber trabajado un contexto poscolonialista y posmodernista en la India de Salman Rushdie, esto aplica para cualquier ser humano de nuestros días) entendí que el hombre se ha construido a sí mismo (a lo largo de la historia y hasta hoy día) a través del arte, se ha definido a través de las palabras, los trazos y las notas, pues es allí donde se permite a sí mismo presentarse como se ve, cree que es o quiere ser. Porque así como algunos autores dicen que con cada palabra dejan parte de sí mismos en el papel, los lectores nos encontramos cada vez más cerca de nosotros mismos en esas palabras que leemos.

En otras palabras, el acto de lectura termina siendo un acto de escritura, de autobiografía, de autodefinición. Esas frases que subrayamos o que releemos, esos personajes que conocemos como si fuésemos nosotros mismos, esas historias que parecen nuestra propia vida; esos también somos nosotros. Esa obra de arte, esa novela, no sólo es escrita por el autor sino que realmente es el autor o el lector pues son ellos los que se encuentran a sí mismos allí dentro.

En este taller, al cual también llegué por sutiles movimientos del demiurgo, he podido mirarme con distancia y entenderme: no tengo alumnos ni hermanos pequeños, mucho menos hijos, por lo que mi conejillo de indias he sido yo misma, intentando desesperadamente entender por qué a cada libro que Yolanda menciona hay un movimiento afirmativo de mi cabeza, por qué en el fondo de mi memoria están grabadas todas esas poesías y canciones, por qué conozco los innumerables juegos de palabras y por qué existe una relación tan fuerte entre toda esta teoría y mi propia vida. En más de un momento he sentido que soy el dibujo o el ejemplo de un libro para la promoción de la lectura de autoría de Espantapájaros, pues todo encaja tan asombrosamente que es por eso que digo que no todo puede ser cuestión del azar. Sobre todo porque, el asentir desde las entrañas a las múltiples afirmaciones o explicaciones “teóricas” me ha llevado a cuestionar ese hado que me ha convertido en un lector de profesión.

Porque releyendo La abuelita de arriba y la abuelita de abajo escuché, luego de años de no hacerlo, una voz distinta de la mía en mi cabeza. Eso mismo pasó entonces con Sapo y Sepo, el Búho, Roald Dahl, Frederick, en fin….una mágica fusión entre al pasado y el presente, una voz de alguien más que alguna vez leyó para mí y que desde entonces habita silenciosamente en mi cabeza. No he podido dejar de pensar en ello desde que ocurrió, por lo que esta “tarea” se ha convertido en un gran signo de interrogación que persigue cada uno de mis pasos: gracias a estas últimas 9 “clases” llegué a entender por qué para mí las imágenes están siempre en un segundo plano, por qué cambio mi primogenitura -no por lentejas sino- por una deliciosa voz que me lea una historia mientras tengo mis ojos cerrados, por qué mi cabeza a veces pareciera habitar el lugar donde viven los monstruos.

Resulta que yo me he construido a través de la lectura, he visto más de una bruja de las de Dahl en la calle, una que otra vez me ha crecido la nariz, alguna vez me dolió el estómago como a Franz, alguna noche soñé con poder tener un hada madrina, creo haber conocido los hombrecitos grises, me he enamorado como Emma Bovary, me he comportado como un cronopio, tengo un papá tan loco como Don Quijote de la Mancha y creo que a veces soy víctima de los incasables juegos de los dioses griegos. Porque gracias a esas voces que leyeron para mí días y noches, la literatura tiene vida propia; los personajes están tan vivos como yo o, incluso, yo puedo llegar a ser parte de alguno de esos cuentos.

No en vano esa caricaturización de voces de la que hablábamos con María José es el primer paso para dar vida a personajes tan terribles como la peor señora del mundo; esa etapa en la que todos hemos descubierto que así como sucede con nuestros papás y los vecinos, cada personaje literario tiene una voz diferente, pues cada uno existe independientemente de los demás. Esas voces que leyeron para mí me llevaron a crear un espacio y una vida para cada uno de los siete enanos, me hicieron entender que Aureliano Buendía está tan vivo como cualquiera de mis tíos y que cada libro encierra un mundo propio que es tan válido como el mío. A eso mismo se refería Oscar Wilde cuando en su Decadencia de la mentira dijo que la niebla no existió para nosotros los humanos sino hasta el momento en que los artistas la resaltaron en sus cuadros; pues el arte no sólo existe sino que también crea en nosotros a pesar de ser nuestra propia creación. Por eso Caperucita tiene una vida independiente de la de Perrault y Cándido de la de Voltaire, y yo tengo parte de ambos en mi propia sangre. Porque somos todos independientes pero uno sólo, declaro mi existencia y mi profesión la de un lector consumado, que hoy en día encuentra indisoluble su identidad de la de los personajes de Camus y de Kundera, de la magia de Salman Rushdie y de la pequeña Alicia.

Tengo fe ciega en que la lectura hace más felices y mejores a las personas, pues los enfrenta al bien y al mal, a los dioses y a la muerte. Creo que no sería yo la misma persona si no hubiese dado con mi mamá, con María C y con Espantapájaros, a lo mejor en este momento no conocería a Momo y no se me aguarían los ojos cada vez que veo el tren. Pienso que la lectura y las voces nos nutren, nos hacen más sensibles al mundo, nos ayudan a apreciar un canon, a Bach, a Picasso, a Virginia Wolf, pues nos abren la cabeza, nos enfrentan a otras vidas, a otros dilemas, dicen lo que no podemos decir. Tal vez no sea entonces la voz de nuestra conciencia la que habla, sino la de algún lector o autor consumado que nos llegó al alma.

Tal vez por todo esto, y después de haber pisado la empolvada y erudita academia, disfruto más que nunca cuando Yolanda nos lee a Roald Dahl en voz alta, me inclino hacia la lectura para otros, hacia la sensibilización a las voces. Porque más allá de un Roland Barthes o un Michel Foucault, hay en mí una innegable prueba de la efectividad de esa voz antes de caer en brazos de Morfeo, esa que nos cuestiona y nos divierte entre madre o padre e hijo, esa que acerca al niño a la idea de que su profesora no lo atormentará como sucedió con Matilda, y esa que le quedará grabada para cada momento de silencio en su vida adulta. Porque ojalá cada uno de nosotros pudiera recitar Los versos del capitán mientras subimos en el ascensor, recordar “Las cosas” de Borges mientras montamos en bus o paseamos al perro; esas voces que llevo en mi cabeza me ayudan a encontrar el silencio del lector.

Alguna vez mi primo (quien siempre sale con teorías loquísimas) me dijo que había leído en algún lado que “cuando uno deja de oír esa vocecita que oye en la cabeza mientras lee, es porque está más allá de cualquier cosa en la vida”. En ese momento no le puse mucha atención, creo que no entendí las dimensiones de su “dato curioso”. Hoy en día le respondería con ímpetu que aquel que deje de oír esa vocecita es porque nunca la tuvo, porque no leyó o no le leyeron, o porque tal vez la lectura aún no está tan viva en su cabeza como podría estarlo. Esa vocecita no es, entonces, sólo un eco del grafema sino más bien, una chispa de vida, una manifestación de movimiento, de independencia del personaje con respecto al papel. Esa vocecita no sería, entonces, Dios ni nuestra conciencia sino, mejor, la voz que narra silenciosamente las vidas-leídas que todos llevamos dentro.

Es ésta la imagen que apareció ante mis ojos después de observar pacientemente (durante años) los puntos del cuadro.

Lina Mendoza Lanzetta

Síguenos

Comments

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *