Nuestra Directora: De turismo por Colombia

i abr 30th 1 Comment por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 30 de abril de 2012, Yolanda Reyes escribió:

De turismo por Colombia

Se puede ir por la vida como se va por la ciudad amurallada, en coches tirados por caballos con anteojeras, y conducidos por cocheros de color local. Se le puede decir “corralito de piedra” a Cartagena de Indias –un apodo elocuente – y participar en cumbres, cruceros y festivales, respetando ciertos límites que no salen en las guías turísticas, pero que todos aceptamos para no salir de nuestra zona de confort.  Se pueden traer trajes blindados y agua embotellada made in USA, y el presidente Obama puede cenar con sus colegas latinoamericanos sin probar los manjares preparados en su honor, ya sea por asco o por temor al envenenamiento.

También nosotros, fungiendo de excelentes anfitriones, podemos “limpiar” de mendigos, prostitutas, proxenetas, vendedores ambulantes e, incluso, de “nativos”, nuestra joya del Caribe. Podemos fletar buses para esconderlos a todos en albergues provisionales de extramuros  y sugerirles que regresen caminando bien despacio, para que ya se haya ido la visita. Podemos fabricar una Cartagena de Hollywood o un parque temático a lo Disney, con castillos, fuertes y mansiones, pero sin ruido, sin mugre, sin gente y sin pobreza. (Aunque un eje de la cumbre sea la pobreza). Podemos hacer que los cartageneros observen la fiesta organizada en su ciudad detrás de rejas metálicas; exigirles escarapela para transitar por sus viejas calles y permitir que sean requisados o toqueteados por vigilantes extranjeros, con tal de que Obama nos conceda el honor de dormir en tierra colombiana. Yes, we can. No es la primera ni será la última vez que pretendemos maquillar lo que llamamos “la cara linda de Colombia”.

Pero que nadie se haga el sorprendido si la tozuda realidad se las arregla para salir por donde menos se la espera, como esas llagas que se pudren por no dejarlas respirar, o como las aguas represadas que han inundado al país en los últimos inviernos por haber sido torcidas de sus cauces. Que nadie esgrima uno de nuestros dichos favoritos: “la ropa sucia se lava en casa”, ni espere disculpas internacionales, si otros han puesto al descubierto lo que nosotros, con nuestra devoción por los secretos, nos hemos empeñado en silenciar. Que nadie caiga en la ingenuidad  de ignorar ciertos “servicios secretos” que hacen de Cartagena, según lo muestran las cifras sobre trata de personas, un destino clave para el turismo sexual, ni en el estereotipo de afirmar que “donde hay un hombre hay prostitución”, como se le escapó a la Canciller.

Aunque puedan leerse como un llamado a no reducir la Cumbre al escándalo sexual, sus palabras   legitimaron la vieja ecuación de sexo y mercancía, que es inaceptable en estos tiempos. Lo mismo da si al decir “hombre” englobó al género humano, o si se refería exclusivamente a los varones, porque ella es vocera de un país muy preocupado por la alianza entre prostitución, bandas criminales y narcotráfico, que afecta a nuestros jóvenes más vulnerables. Y porque, viéndolo bien, sus palabras ratifican una tendencia nacional a perpetuar ese tabú que ubica al sexo del lado oscuro de lo humano.

No es responsabilidad exclusiva de la canciller que esos secretos a voces –la inequidad, la explotación, el servilismo y la miseria–  hayan violado los controles ni es solo el escándalo de los servicios secretos, y ni siquiera son  las concesiones infinitas que hemos hecho para zanjar una distancia entre dos lados tan distintos de ese espejismo denominado “Las Américas”. Son la negación y el silencio, nuestros males atávicos, los que nos han jugado, de nuevo, una mala pasada.

Podemos seguir así, de turismo por Colombia. Pero no solo la cara del Jet set, sino las otras caras que no nos atrevemos a mirar, tarde o temprano se las arreglan para colarse en el corral. Como ya regresaron a Cartagena los que habían sido desplazados de la Cumbre de la Prosperidad y como salieron gritando las prostitutas del Caribe.

Yolanda Reyes

 

 

Síguenos

El ilustrador Gusti en las Tardes de cuento de Espantapájaros

i abr 17th 2 Comments por

A Espantapájaros también llegan los invitados de la Feria del Libro de Bogotá y el miércoles 25 de abril, de 2:30 a 4:00 pm, nuestros niños lectores se encontrarán con Gusti, el ilustrador argentino que vive en Barcelona. Ellos ya han ido a la biblioteca a mirar y releer muchos libros suyos. Algunos ya están muy gastados y mordidos, como Camilón, comilón, de Ana María Machado, ilustrado por él, y otros son un estreno, como Basurarte, que ha sido todo un descubrimiento para los niños, pues Gusti les propone crear todo lo imaginable con  esas cosas que las mamás seguramente botarían. Hemos estado sacando cosas de la basura para sorprender a Gusti el día de su visita, pero no les vamos a contar…

Si quieren conocer sus libros, su autorretrato, sus proyectos y hasta algunos videos, entren a la página www.gustillimpi.com. Se van a morir de ganas de conocerlo.

¡Los esperamos el miércoles en otra Tarde de cuento inolvidable!

Tardes de cuento es un taller que conjuga la literatura y las artes para desarrollar la imaginación, inventar con todos los lenguajes y leer de muchas formas. Dirigido a niños desde los 2 años.
Valor una sesión: $ 35.000 / Valor del mes: $ 120.000

Fecha: miércoles 25 de abril de 2012
Hora: 2:30 pm a 4:00 pm
Lugar: Espantapájaros Taller. Cra 19ª N° 104ª – 60, Bogotá
Tel: 629 7828 – 620 0754

Síguenos

Nuestra Directora: ¿Hay literatura después de Pombo?

i abr 16th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 16 de abril de 2012, Yolanda Reyes escribió:

El libro infantil en Colombia

¿Hay literatura después de Pombo?

Hace cien años se murió Rafael Pombo y en Colombia creemos que desde entonces no se ha escrito nada tan “original” como su traducción de La pobre viejecita. Hace veinte años los discursos de la Feria del Libro nos “sorprenden” con el mismo cliché estadístico de que no leemos ni un libro al año. Hace diez años escribo por estas fechas, en esta misma columna, que convendría airear el viejo libreto.

Entre el balance del último año se desataca el hecho de que los ministerios de Educación y Cultura hayan asumido la formación de lectores como un proceso conjunto entre la escuela y la biblioteca y que hayan comenzado un trabajo de dotación de libros que beneficia a toda la cadena que va del autor al lector. Sin embargo, falta trabajar más en ese eslabón crucial sin el cual no existen los otros –es decir, en la creación– y  aprovecho el “Año Pombo”, para preguntar por el lugar de los autores, los ilustradores y los editores colombianos en el proyecto de formación de lectores.

El lanzamiento de otro libro de Pombo por parte del Ministerio de Cultura, revive la discusión sobre la pertinencia de que el Estado asuma tareas editoriales. ¿Por qué no apoyar buenas versiones existentes, en lugar de hacer más “mariposas vagarosas” que revolotean sin mucho entusiasmo? Si el problema es de costos, convendría evaluar el costo-beneficio de destinar dineros y funcionarios públicos a hacer lo que otros hacen mejor, en vez de concentrarse en tareas que competen al Estado. Me refiero a un proyecto consistente de apoyo al sector del libro infantil, que articule el programa de estímulos alrededor de la formación y la circulación de autores y editores y que permita un diálogo entre el Estado y quienes hacemos libros para niños.

Por ser parte del sector, me atrevo a expresar una pregunta que se murmura en el gremio: ¿es posible crear proyectos como “Leer es mi Cuento”, sin apoyar a quienes hacen los cuentos? Según las cifras de 2011, en los acervos de primera infancia entregados por Mincultura, menos del 10% de los títulos son de autores colombianos. Aunque el chauvinismo es mal consejero en asuntos de calidad, en Colombia se nos va la mano hacia el otro lado y las listas de libros recomendados por Fundalectura, que son un punto de partida para la selección regional, muestran una tendencia preocupante hacia lo extranjero. Pero en vez de movilizarnos como hacen los actores para exigir sus “cuotas de pantalla”, un mal entendido pudor nos ha hecho resignarnos a que nuestros niños no nos lean y a que nuestros libros circulen más en otros países que aquí. Más que listas de recomendados, hacen falta espacios y publicaciones para el intercambio, la divulgación y, por supuesto, la crítica. Y ahora que Fundalectura dejó de ser ese espacio de encuentro que nos formó hace unas décadas, quedó un vacío que afecta especialmente a los que están comenzando.

Brasil, el invitado a la feria, tiene mucho para enseñarnos. Ejemplos como el Salón del Libro Infantil que se hace anualmente en Río o el apoyo de la Fundación Nacional del Libro Infantil y Juvenil, FNLIJ, a todos los que participan en la cadena del libro, sumados al esfuerzo estatal de décadas en la construcción de acervos, demuestran que el trabajo de equipo es crucial. La mayor diferencia con  “el Coloso del Sur” es el reconocimiento que Brasil le da a sus autores y quizás eso contribuyó a que dos brasileñas recibieran el Premio Andersen y a que haya más en lista de espera. No digo que para ser bueno sea imprescindible ser valorado, pero el apoyo estatal y el trabajo conjunto potencian el talento.  Si el Estado brasileño se hubiera dedicado exclusivamente a venerar la memoria de Monteiro Lobato, quizás el panorama sería similar al nuestro: todos recitando Rinrín Renacuajo, mientras los nuevos nombres se mueren de soledad, a la sombra de Pombo.

Yolanda Reyes

Síguenos

Visita de Olga Cuéllar a Espantapájaros

i abr 4th No Comments por

El pasado miércoles 28 de marzo, la autora e ilustradora colombiana Olga Cuéllar compartió una horas con los niños y familias de Estpantapájaros, en las que dio a conocer su nueva colección editada por Alfaguara Infantil (Mis vocales, Mis opuestos, Mis colores y Mis números ). Los niños, quienes han crecido con libros de la autora, quedaron encantados con la visita e incluso pidieron que Olga les autografiara sus libros.

Síguenos

Nuestra Directora: “Las voces inaudibles de la Cumbre”

i abr 2nd 1 Comment por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 2 de abril de 2012, Yolanda Reyes escribió:

“Presidente Obama: escribo esta columna antes de su llegada a la Cumbre de las Américas, con la esperanza de que sus asesores sientan el deber de traducirla y adjuntarla a su carpeta. Escribo por encargo, en nombre de muchas voces inaudibles  que no llegarán a Cartagena.

Muchos protagonistas de la guerra de las drogas que libramos aquí tienen la edad de sus hijas –incluso, son menores–. Si bien se ha repetido que en este y otros países de Latinoamérica ponemos a los muertos, aún no se ha dicho que en esta guerra de la cual se lucran los adultos, las víctimas, en gran parte, son los niños. Por eso es importante que, al discutir el tema, usted y sus colegas sepan que, en sus manos, están otras pequeñas y que detrás de cada hectárea que alimenta la demanda exterior, hay mano de obra barata, invisible y en peligro.

“Los niños de las amapolas” podría ser el título de un cuento perverso. Tal vez ha visto fotos de plantaciones, pero quizás ignora que los capullos quedan a la altura de las manos infantiles y que cuando un pequeño –de cinco años, por ejemplo– raspa la flor para extraer “la leche” que ha de convertirse en opio, su cuerpo puede esconderse entre las matas. De esa ventaja que beneficia al negocio clandestino, hablan, con pánico, madres de Nariño y Putumayo. Sus hijos trabajan en jornadas agotadoras, como gnomos de la selva, en vez de ir al kínder. Si lloran, los eliminan, cuentan ellas.

Con una palabra intraducible, “raspachines”, llamamos a quienes raspan hojas de coca. En tiempo de raspar, los niños se ausentan de la escuela y es un secreto a voces que la precaria economía familiar depende de la coca: “Yo me meto en la tina y piso la coca, de ahí sale algo blanco; después la echamos en la olla y prendemos candela”, relata un aprendiz de 7 años. En las “cocinas”, otra palabra de nuestro diccionario clandestino,  han crecido muchas generaciones, y el círculo de inequidad  y de pobreza se agrava por los “efectos colaterales” de la fumigación. “Cuando fumigan, el veneno alcanza a caer sobre nuestros cultivos de plátano o de yuca… algunos tenemos manchas en la piel y los niños siempre están enfermos. Desde que nacen tienen tos”, relata un campesino.

Se sabe que los corredores estratégicos por los que pasa la droga hasta que es embarcada para la exportación han sido el terreno de los grupos armados y la coca, el combustible de la guerra, ha creado una cultura delincuencial en la que perdemos y seguimos perdiendo miles de niños. La edad promedio de reclutamiento ilegal en Colombia es de once años y el “quién da más” que ofrecen guerrilleros, paramilitares y bandas criminales es una tentación a la que resulta imposible resistirse, sobre todo cuando no hay otras opciones.

Los “jíbaros”, otro vocablo intraducible para denominar a los vendedores de drogas, crecen en las puertas de los colegios y quienes se encargan del micro tráfico, saben que “envenenar” a los menores es la mejor manera de mantener sus “ollas”. Así los involucran en el narcotráfico, el comercio sexual y el sicariato, que mezcla producción,  venta y consumo, y que impone la ley del más fuerte en barrios de nuestras ciudades.

Con este somero recorrido que no le mostrarán en la ciudad amurallada, notará que esta guerra al margen de la ley –al margen del lenguaje– está perdida. ¿Cómo controlar un negocio que se valoriza de ese modo, justamente por hacer parte de un mercado negro, ilegal e incalculable que se extiende en todo el mundo?  Usted ha dicho que la despenalización no es un tema de su país y es comprensible que en vísperas electorales le resulte tan incómodo. Pero si piensa que en esta esquina de lo que llamamos “las Américas” hay niños y niñas jugándose la vida, entenderá que llegó el momento de pensar en ellos. ¿Acaso son distintos de los suyos?”

Yolanda Reyes

Síguenos