¿Quién se acuerda de la revista Espantapájaros?

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Nuestra Directora: “El bullicio de Filbo: Espacios para la lectura”

i abr 28th 1 Comment por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 28 de abril de 2013, Yolanda Reyes escribió:

El bullicio de Filbo
Espacios para la lectura

En una charla de Filbo titulada “Un dolor que supera las palabras”, la colombiana Piedad Bonnett y el portugués José Luís Peixoto hablaban sobre dos libros conmovedores: el de ella, alrededor del suicidio de su hijo, y el de él, sobre la muerte de su padre. A pesar del tráfico, de las goteras y de los charcos incurables de la feria, más de 300 personas de todas las edades, unidas en una conversación literaria sobre la muerte y la vida, intentaban escuchar a dos autores que habían puesto su corazón en las palabras.

Sin embargo, un estruendo de tambores y de voces impostadas llegaba del salón contiguo que carecía del mínimo aislamiento acústico exigible. Y, mientras los autores ahondaban en el duelo –lo que les hacía bajar el tono y casi les quebraba la voz–, paradójicamente aumentaban los decibeles del salón contiguo. Resultó tan difícil abstraerse del bullicio que los lectores recogieron firmas al final de la charla para presentar una queja ante Corferias.

Pero ese no es un hecho aislado. En el pabellón infantil de Filbo, la chilena Paloma Valdivia, invitada al Congreso Internacional de Ilustración, vivía una experiencia similar mientras los “recreacionistas” de Ecopetrol leían Es así, su hermoso libro alrededor del nacimiento y la muerte. El instante cuando “los que van y los que vienen se cruzan en el aire”, fue contado por personajes disfrazados de malas réplicas de Disney, con tono infantiloide, en presencia de un público de niños y de la autora, estupefacta.

Quizás Ecopetrol creyó que ser patrocinador de Filbo le daba derecho, no solo a poner su logo de tamaño colosal en el centro del pabellón de libros infantiles, sino a imponer condiciones contrarias a los acuerdos que habían construido los editores. Así, el espacio central que había sido destinado de común acuerdo, sin logos ni protagonismos, a hacer horas del cuento y encuentros con lectores, fue tomado por Ecopetrol para romper el ecosistema literario con contaminación visual y auditiva, y sin ningún criterio literario. Como sucede en Colombia, el mecenas impuso “un concepto”, según dijeron sus publicistas, para  convertir a la literatura infantil en ese banal estereotipo que autores, ilustradores y editores llevamos tantos años intentando cambiar.

El clima de intimidad y de introspección inherente a la lectura exige, lo mismo que exigiría un festival de música de cámara o de piano, ciertas condiciones arquitectónicas, estéticas, acústicas y de manejo de programación para evitar la competencia desigual entre un recital de poemas y uno de reguetón o entre el lanzamiento de una novela y el de un grupo de música electroacústica. Si bien  el ruido ambiente es inevitable en cualquier feria del libro, las interferencias que padecieron Juan Gabriel Vásquez, Mauricio Vargas y muchos otros autores y lectores son producto de una infraestructura inadecuada para los fines de esta feria, centrada en la voz y en las palabras, lo cual la diferencia de otras de la moda, del agro o de la industria.

Crear atmósferas propicias para la lectura y la conversación requiere de una cierta “poética del espacio” con la que no cuenta Corferias. Ahora, cuando Filbo se preocupa por ofrecer una programación cada vez mejor, llegó el momento de tomar en serio este problema. Una feria que, además de cobrar costosos arriendos a los expositores, cobra la entrada al público, debería brindar las condiciones esenciales para favorecer esos encuentros entre autores y lectores, como nos lo enseñó el Pabellón de Portugal. En cuanto a los patrocinadores, la idea es que hablen el lenguaje de los libros. (Y no al contrario). La banalidad no puede ser el costo, por muy  alto que sea su patrocinio.

Yolanda Reyes 

 
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Cuentos en pañales

i abr 26th No Comments por

La semana pasada pasaron por aquí Juana González y su bebé, Pablo Castillo.

Sin título

Hace dos semanas, Pablo se llevó a casa su primer libro del Club de lecturaAdivina quién soy de Taro Gomi.

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Encuentros literarios entre Colombia y Portugal

i abr 23rd No Comments por

En Espantapájaros estamos preparando un especial de Portugal para FilBo y se nos ocurrió que podría ser interesante buscar fragmentos que hablen de cómo nos vemos mutuamente (los portugueses y los colombianos). Para comenzar la conversa, compartimos con ustedes estos fragmentos tomados de Pasajera en tránsito, la novela para adultos de Yolanda Reyes, publicada por Alfaguara (2006).

Portugal

“Desdoblas el mapa de Portugal que acabamos de comprar y un nuevo mundo se abre ante nosotros. Tus dedos van tocando posibilidades: puntos negros de ciudades, punticos grises de pueblos; líneas negras de carreteras, hilos azules de ríos. Bordeas el Tajo con el índice y yo sigo su recorrido hasta verlo desembocar en dos palabras: Océano Atlántico. En la otra orilla, más allá de donde se acaba el mapa, está ese continente que contiene a nuestros dos países, tan lejanos y distintos.

 (…)

 (El elevador de Santa Justa, en Lisboa, como era antes, no como es ahora, cuando se volvió tan turístico. Nota de YR en abril de 2013.)

Durante los minutos de espera se entretuvieron mirando los viejos anuncios colgados en las paredes del elevador. Fotos de mujeres con modas de revista antigua anunciaban cafiaspirinas, aguas de colonia o jabones que ya no existían. La gente fue llegando y se acomodó en los asientos y luego, cuando el ascensor se llenó de pasajeros apretujados con el ceño fruncido, casi encima de ellos, igual que en las busetas colombianas, las puertas de madera se cerraron. Un ascensorista viejo con uniforme azul oscuro raído pulsó el botón como si estuvieran subiendo a un edificio de oficinas. Después de unos segundos interminables de claustrofobia por la mezcla de olores y bochorno, las puertas volvieron a abrirse, pero no estaban en ningún edificio sino en el Barrio Alto y la ciudad donde estaban antes se había quedado tendida abajo. Caminaron unos pasos y se encontraron con unos arcos sin techo. El techo era el cielo.

-Estas son las ruinas del Convento del Carmen –dijo María-. Así quedó después del terremoto, hace más de dos siglos. No quisieron restaurarlo nunca, para recordar las heridas. A ellos les gusta recordar. No tienen ese afán por borrar huellas.

(…)

Nazaré

Hay cinco pasajeros en el bus, contándonos tú y yo. Bordeamos una montaña y esperamos, al final de cada curva, que Nazaré dé señales de vida. En tu cara otra vez se asoma la pregunta: ¿existirá?… Me muero por volver a preguntar cuando era niña. ¿Cuánto falta para llegar? decía, desde que salíamos de Bogotá…

-Cuánto falta para Nazaré?

-É pertu, menina.

¿Cuánto es pertu para ese hombre de cara adusta y cejas pobladas que parece venir desde tan lejos? Una curva y otra y otra, como en las carreteras de mi infancia, y, de pronto, cuando todas las esperanzas están perdidas, aparece el mar. El bus nos deja frente a un cartel oxidado con la palabra que tanto habíamos esperado: Nazaré. No se parece al nombre, tantas veces repetido. No se parece a las postales: no hay barcas ni pescadores ni mujeres de siete faldas. No hay nadie en la estación de buses, solo unas letras oxidadas, un pueblo desierto y una estela de polvo que han dejado las llantas. Tal vez sería prudente devolverse pero el bus ya se pierde en el camino.

(…)

Sobre las sombras del anochecer se dibujaban en el mar las siluetas de unas barcas. Más hacia la playa había una hilera de mujeres, viejas y jóvenes, con esas faldas negras que yo sabía que eran siete(…) De pie sobre sus barcas, los pescadores gritaban instrucciones que iban pasando de voz en voz, hasta la orilla. Poco a poco, las redes empezaron a llegar.

-Zarpan al amanecer y regresan con la pesca cuando se hace de noche –les explicó luego el señor Teixeira-. Entonces las mujeres les ayudan a los pescadores a traer las redes. Hoy fue un día de abundancia porque la pesca ha sido grande. No siempre tienen la misma fortuna pero el esfuerzo se repite desde que yo tengo memoria. Lo hizo mi madre y mi abuela lo había hecho antes, y antes de ella, lo había hecho la madre de mi abuela.

(…)

Allá se ven las colinas de Lisboa. Dejamos nuestro equipaje en la pensión del Barrio Alto y te llevo al Castillo de San Jorge para que le digas adiós a Lisboa. Nos asomamos por una de esas ventanas de piedra y dominamos la ciudad tendida a nuestros pies como en tiempos de los árabes. Tú miras hacia el Tajo y ves, más allá de esa tierra en la que acaba Europa, el océano inmenso que te espera.

Tuve que sentarme en ese café horrible y ruidoso de la estación donde desayunamos el primer día y me quedé un rato así, mirando hacia el andén vacío, para descubrir que ya no estaba el tren: que ya no estabas. Entonces me puse a llorar. Ya sabes cómo son los portugueses, nadie miró ni dijo nada. Al fin pude calmarme y me fui caminando a nuestra pensión del Barrio Alto. Revisité el Tajo pensando en nuestro poema de Pessoa. Tomé el elevador de Santa Justa, miré los arcos del Convento del Carmen contra el cielo y me parecieron más desolados que el día del terremoto.”

Estamos buscando a Portugal en libros de autores colombianos y a Colombia en libros de autores portugueses. Y no parece fácil: es parte de una relación que comienza a construirse. Si saben de algo, les agradecemos que lo compartan con nosotros…

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*Así se ve Lisboa desde el elevador de Santa Justa. Las fotos son de Isabel Calderón Reyes.

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Lanzamiento de: “El niño gato”

i abr 22nd No Comments por

 

El martes 16 de abril recibimos una visita muy especial. Triunfo Arciniegas y Dipacho vinieron a Espantapájaros a la presentación del libro que acaban de publicar juntos: El niño gato.

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Nuestras pasantes en la hora del cuento

i abr 18th 1 Comment por

Buenas noticias:

Este sábado, 20 de abril, Yeni Jiménez y María Sol Caycedo serán nuestras invitadas a la hora del cuento.

María Sol es pedagoga musical y gestora cultural. Dedica su tiempo a la Fundación Liebre Lunar. Hace yoga, le gusta leer, ir a cine y dormir. Tiene 2 hijos: Paula y Miguel. Paula hace jardines urbanos y tiene una fundación que se llama Musgo y Miguel es historiador y acaba de llegar a Colombia a trabajar. Daniel, el esposode María Sol, es arquitecto y artista.

Los libros favoritos de su casa… ¡son muchos!

Algunos de ellos:

Ferdinando el toro, de A. Munro Leaf.
Babar el elefante, de Jean De Brunhoff.
Papelucho, de Marcela Paz.

También le gustan los cuentos de hadas de Andersen y Grimm, Peter Pan, Alicia en el país de las maravillas, Tintín, Mafalda y así podría seguir y seguir eternamente porque en realidad son muchos.

Yeni Jiménez es tallerista infantil, realiza talleres artísticos explorando y desarrollando la creatividad en los niños. Sus ratos libres los dedica a la fotografía, a oír música, a ir a cine y a teatro. Su familia es numerosa, y está repartida por varios lugares del planeta; sin embargo, todos  son muy unidos.

Sus historias favoritas son las que recuerda haber leído en su niñez, como Alí Babá, Hansel y Gretel, Mafalda, El patito feo y el famoso Viaje al centro de la tierra de Julio Verne.

María Sol y Yeni están preparando su repertorio para el sábado, en el que mezclarán cuentos, sonido y percusión; aquí va un adelanto de lo que nos traerán:.

-Vamos a cazar un oso
-La pájara pinta
-Igor el pájaro que no sabía cantar

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Nuestra Directora: “Mar de libros: Abril en Portugal”

i abr 15th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 15 de abril de 2013, Yolanda Reyes escribió:

Mar de libros
Abril en Portugal

Hace casi 39 años, para ser más exactos, en la madrugada del 25 de abril de 1974, los portugueses oyeron dos canciones en la radio que pasarían a la historia. La primera, llamada E depois do adeus, (Y después del adiós) de Paulo de Carvalho, era una baladita que no despertaba sospechas entre los censores de la dictadura: aunque había ocupado el último lugar en el festival de Eurovisión, solía sonar en las emisoras, y los militares golpistas acordaron usarla como primera señal del levantamiento, a las 0:25 del día 25.

La segunda era menos inocente. Se llamaba Grândola, vila morena, de José, “Zeca”, Afonso, y había sido prohibida por la dictadura de Oliveira Salazar que seguía vigente, –como suele suceder a veces–, después de muerto el dictador. Ese mismo año, Amalia Rodrígues, la diva del fado, la había cantado al final de su concierto en el Coliseo de Lisboa. Y cuenta la historia que, durante ese concierto, los militares resolvieron usarla como segunda señal revolucionaria.

La canción llama al municipio portugués de Grândola, “tierra de fraternidad”.  “En cada esquina un amigo, en cada rostro igualdad” era, sin duda, una letra “subversiva” para el régimen, y quizás por eso inspiró La Marcha de los Claveles, el levantamiento militar del 25 de abril de 1974 que derrocó la dictadura y dio como resultado la independencia de Angola y Mozambique,  las últimas colonias portuguesas.

Ese país, antes tan inmenso y luego tan pequeño, ese mismo que hace cinco siglos circunnavegó el mundo y que en el siglo pasado, ya muy venido a menos, hizo una revolución con santo y seña de canciones y claveles  –pues fueron  claveles rojos los que pusieron los soldados en sus fusiles para simbolizar que no querían disparar contra el pueblo – está invitado a FilBo. “Un mar de libros”, es la apuesta que emprende Portugal, después de firmar un TLC con Colombia, y su expedición hacia la conquista de mercados de ultramar está apuntalada en la cultura.

Además de literatura, Portugal trae arquitectura, cine, exposiciones, ilustración y música, pero no simplemente para la coyuntura de feria, como quien acepta una invitación de cortesía, sino como resultado de un trabajo riguroso en el que las instancias diplomáticas y culturales de los dos países hicieron un levantamiento de lo que había y de lo que faltaba,  para explorar horizontes posibles.  El resultado es una “toma” de la ciudad que abarcará teatros, bibliotecas y universidades y de la que quedarán 32 traducciones auspiciadas por becas del gobierno portugués, y realizadas por editoriales colombianas. En medio de la crisis que ha vuelto a convertir en himno de indignados la canción de Grândola, la apuesta portuguesa parece decir que la cultura sí importa y que puede ser una puerta de entrada para establecer vínculos, entre los que, por supuesto, hay intereses comerciales.

Si en Colombia conocemos   –y no demasiado, hay que decirlo – a Camões, Eça de Queirós, Pessoa, Saramago y Lobo Antunes, ahora podremos leer a Graça Moura,  Afonso Cruz,  Jose Luís Peixoto, Francisco José Viegas y Valter Hugo Mae, entre otros, para descubrir o revisitar a ese país que cultiva la belleza sin alardes, como esos bares del Barrio Alto lisboeta en los que hay que golpear para que se abran las puertas a mundos donde conviven lo más tradicional con lo más audaz o con lo más bizarro.

Igual que en aquellos viejos tiempos, cuando España y Portugal se repartían el mundo trazando una raya en un papel para separar colonias del poniente y del levante, el mar será el leit motiv de estos nuevos Lusíadas.  Ese mismo mar que, así como nos ha conectado con España, nos ha apartado de Portugal, ahora, en buena hora, nos brinda otra oportunidad para el encuentro. Pero esta vez, será de tinta.

Yolanda Reyes 

 
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Triunfo Arciniegas, revisitado

i abr 13th 1 Comment por

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por: Yolanda Reyes

“Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana, un despistado. Me inquieta el amanecer como a los vampiros, temo a la soledad y el olvido. De pocos amigos y pocas palabras, busco la niebla y los lugares solitarios”.

Así comenzaba el retrato hablado que Triunfo me mandó por correo desde Pamplona cuando lo entrevisté para la Revista Espantapájaros hace muchos, pero muchísimos años. (En esa época, aunque ahora parezca inconcebible, no existía Internet y sus palabras llegaron en un sobre lleno de estampillas). Lo curioso era estar ahora, después de tanto tiempo, recordando aquella profesión de fe: “Soy un imaginador, es mi oficio”. Cómo se las arreglan ciertas frases para grabarse en la memoria, pensé, a medida que desempolvaba los viejos ejemplares que sobrevivieron a los trasteos y a las manos de los niños. ¿Cuántos cumpleaños habían pasado? ¿Cuántas historias, cuántos inventos, cuántos sueños?

Guiada por la necesidad de reconstruir el autorretrato de mi amigo, me fui detrás de  aquel rastro de palabras. Y quiso la fortuna que, entre los pocos números de la Revista Espantapájaros que conservo –en papel, aclaro, porque cada página sigue guardada en mi memoria–, apareciera el ejemplar número 11, fechado en 1992. Habían pasado 17 años desde aquella entrevista y habíamos cambiado de milenio, pero los rasgos esenciales del retrato se mantenían idénticos. Como solemos decir, casi siempre en tono adulador a quienes reencontramos después de muchos años, sentí la tentación de repetir la frase hecha: “pareces un retrato”. Y no se trata de una simple anécdota ni de un dato aleatorio, porque una de las características que asocio con Triunfo Arciniegas es esa coherencia a toda prueba; esa envidiable claridad para saber qué es y que no es, sin extraviarse en las trampas de la falsa popularidad ni de los trabajos por encargo. Aun en los momentos más difíciles, la terquedad de Triunfo, o quizás la fuerza de su nombre–pues nunca fue tan cierto que el nombre modifica lo nombrado–, lo ha hecho perseverar en el oficio de imaginador, sin concesiones ni imposturas.

Con la revista entre las manos, seguí leyendo sus palabras: “Quisiera volar de noche, tocar el saxofón y conocer París con una mujer. Soy piscis y detesto los cumpleaños. Tengo infinidad de gustos: dibujar, escribir cartas, leer historias de amor, coleccionar libros y revistas, el jugo de mandarina, el chocolate con galletas y el ron con Coca Cola, la comida de mar. Me gusta perder el tiempo. Quisiera ser un gato”. Pensé que quizás lo único que le había faltado en el inventario de gustos y deseos de esos años era su afición por la fotografía y, más exactamente, por las fotos de personas. O quizás no, pues otro rasgo de Triunfo es esa manera suya de ir por la vida, poco importa si lo hace armado de  una cámara o de un lápiz, robando rostros y conversaciones y observando detalles de los que nadie se percata, hasta que luego salen a la luz. Es un peligro andar con él y es un peligro verlo tan callado, como esos niños que guardan silencio en el cuarto de al lado, pues su silencio “triunfal” suele ocultar alguna travesura. Recuerdo que una vez nos invitaron a almorzar a la casa de unos amigos en Coyoacán y Triunfo, cámara en mano, nos iba retratando. Yo, que suelo ponerme nerviosa con las fotos, no me di cuenta de que, entre plato y charla, él fue robándonos el alma. Tal vez es eso lo que hace con los niños de las veredas por las que viaja haciendo talleres de literatura y de teatro: les saca la expresión, les roba el alma.

“La exploración del alma”, como él mismo la llama en el folleto de presentación de una muestra fotográfica de niños que hizo en 2007 y que saltó también, entre mi colección particular de objetos de Triunfo que atesoro, puede brindar algunas pistas para entender su arte poética: “La fotografía es memoria y encierra miles de palabras –escribió–… De pronto olvidamos la máscara, la pose, el artificio, y en una foto se nos escapa el alma. Alguien nos sorprende con una lágrima a punto de escapar, con los ojos al borde del abismo, visitando los cuartos de la vida cerrados para siempre”. En esos cuartos de la vida por los que Triunfo Arciniegas merodea como un gato, apenas sin ser visto, se oculta el material de sus historias. Alguna vez me confesó que aprendió a escribir diálogos por física necesidad vital, pues era un niño extremadamente tímido. (Algo me dice que todavía lo es). Entonces quería saber cómo se las arreglaba la gente para tener conversaciones cotidianas y se sentaba a hurtadillas detrás de sus compañeros, tratando de robar esas palabras con las que todo el mundo llena horas enteras de charla intrascendente. Y así, copiando en un papel lo que decía la gente, descubrió la materia prima de la que están hechos también sus personajes. A veces pienso que Triunfo escribe con las orejas, pero no me refiero a un facilismo para hacer frases “sonoras y bonitas”, sino de una sutil habilidad para captar matices con un oído fino, como escudriña rostros cuando anda con su cámara: “La foto es puro ojo. De nada sirve una cámara si no se tiene el ojo. Sigiloso y paciente, como el cocodrilo, espero que se olviden de la cámara. Espío y espero”. Ojo avizor y oído atento: quizás es eso mismo lo que hace cuando escribe.

Sus libros son tantos que requieren un anaquel completo de la biblioteca. En la mía, están organizados por orden de estatura, pues hay, desde libros para bebés, hasta otros que conviene mantener lejos del alcance de los niños. Aquí entre nos –y que no salga de estas páginas–, algo me dice que lo mejor de Triunfo Arciniegas aún está sin editar debidamente y que se oculta entre los pliegues de esa sonrisa suya, medio sonrisa y medio mueca, en la que no han reparado los editores, por esa manía de etiquetarlo en la categoría de “literatura infantil”, que a tantos nos resulta tan difícil traspasar. Quizás es esa mueca la que captan los niños y la que le agradecen, pues él los trata como “gente”, y no como las tiernas criaturitas que han fabricado los adultos. De nuevo, sus palabras ayudan a ilustrarlo: “Si bien en algunas tomas los niños enfrentan la cámara y se saben observados, en otras atrapo a hurtadillas el instante, la puerta entreabierta a otros mundos, el rastro que dejan los ángeles cuando nos visitan”. Yo añadiría que no sólo de ángeles están pobladas sus ficciones, sino que más de un demonio se oculta detrás de esas “puertas entreabiertas a otros mundos” que ofrece Triunfo a los adultos y a los niños. Y pienso que la edad es un dato irrelevante para él, pues todo indica que escribe para esa categoría de gente que responde a un vocablo más flexible y más liberador: el de lectores.

De vez en cuando me da por mirar las palabras y los dibujos puestos por Triunfo en las dedicatorias de los libros que me ha regalado y, aunque sospecho que a todas sus amigas les escribe las frases perfectas para hacerlas sentir tan únicas como esa rosa que cuidaba El Principito en su planeta, me resulta inevitable ceder a los encantamientos de este imaginador, como si fuera una de las Mujeres muertas de amor de sus “cuentos para adultos”. Ahora mismo, desde mi mesa de trabajo, evoco el ritmo incierto que marca sus apariciones y el ritmo también impredecible de sus desapariciones, y me pregunto en dónde andará: si está sumido entre la niebla de Pamplona, si está de viaje en Buenos Aires, o si tropezaré con él en alguna feria del libro, vaya uno a saber en qué lugar. Tal vez cuando aparezca me contará, como hace siempre, que estuvo viviendo en un pueblo de México o la Pampa, con una mujer que lo albergó unos meses.  Y aunque confieso que jamás he sabido bien qué creerle, mi única certeza es que, en esa bisagra entre ficción y realidad, nos la hemos apañado para inventar una complicidad extraña que nos ayuda a compartir las preguntas y los fantasmas de este oficio solitario. Me gusta verlo llegar, como si fuera un marinero, trayendo mil historias que amarra como las cuentas de un collar hecho con piedras de sitios remotos, y siempre con un libro nuevo bajo el brazo, que vuelve a regalarme y me vuelve a dedicar.  Y a pesar de que han pasado tantos años, a veces pienso que apenas lo conozco y a veces pienso exactamente lo contrario: con él, uno no sabe nunca a qué atenerse. Quizás, parodiando al mismo Triunfo, cabe la posibilidad de que me lo haya inventado. A fuerza de desconocerlo y de reconocerlo en lo que escribe, entre la magia y el silencio, cabe la posibilidad de que haya tenido que inventármelo para escribir este retrato.

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En los veinte años de trabajo creativo de Triunfo Arciniegas

i abr 13th 2 Comments por

Una entrevista hecha por CARLOS SÁNCHEZ LOZANO*


Triunfo Arciniegas
, Málaga (Santander), 1957, luego de veinte años de trabajo consecutivo, es un clásico ya de la literatura infantil colombiana, y por ello merece un justo reconocimiento, acompañado de una valoración crítica de su obra literaria para niños. Obras ya reconocidas como Las batallas de Rosalino, Los casibandidos que casi se roban el sol, Caperucita roja y otras historias perversas, pero sobre todo las escritas en los últimos años como El amor y otras materias, La hija del vampiro y el estremecedor El árbol triste, anuncian un Triunfo Arciniegas que se plantea nuevas exigencias estéticas y la búsqueda de una configuración literaria cada vez más depurada.

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Reconocido por escribir historias hilarantes, que dialogan intertextualmente con obras clásicas de la literatura infantil, el humor satírico –en muchos sentidos heredero de Swift, Rodari y de Augusto Monterroso- le ha servido para cuestionar valores y convenciones hipócritas, pero también y fundamentalmente para invitar a los niños –y en general a sus lectores- a encontrar el lado desafiante del lenguaje: “Mi  humor es puro veneno. El humor permite decir ciertas cosas, abrir las ventanas que el pudor mantiene cerradas. El humor (no la vulgaridad de cantina) es un ejercicio de la inteligencia”.

Arciniegas es magister en literatura por la Universidad Javeriana de Bogotá. Ha ganado el Premio Enka y el Premio Nacional de Literatura. Es profesor y fotógrafo, dirige grupos de teatro para niños, y viaja de modo intermitente por América Latina hablando de literatura.

El autor

La infancia del escritor. Del Rimbaud que se burla mordazmente de sus maestros a los diez años al García Márquez niño que conversa con su abuelo el coronel sobre la Guerra de los Mil días… ¿Cómo fue la niñez de Triunfo Arciniegas en Málaga y Pamplona?

Desgraciada. Podríamos dejar la respuesta en esta única palabra si se tratara de respuestas rápidas. Pero voy a matizar el asunto. No quiero ahondar en las desdichas que vienen con el alcohol y la miseria. Cumplí con el consejo que Hemingway daba a los escritores: una infancia desgraciada. Debo precisar, en primer lugar, que mi niñez es y seguirá siendo Málaga. La niñez es eterna, un pozo inagotable. Ya era un lector entonces, ya era un solitario y atrapaba pájaros con cauchera y sombrero. Mi niñez terminó precisamente cuando papá decidió que nos fuéramos a vivir a Pamplona. Dejé en Málaga al primer gran amor de mi vida, mi abuela Emperatriz. Qué arrogancia, ¿verdad? Soy Triunfo, nieto de Emperatriz. Ni ella ni yo decidimos nuestros nombres. Ella vivía de lavar ropa ajena, y yo apenas soy un pobre bebedor de relámpagos. Mantuve con mi abuela una relación afectuosa, poética y comercial. Durante la semana memorizaba coplas. Se las declamaba el domingo y ella me enviaba a entregar un traje recién lavado y planchado y con el peso que recibía del dueño entraba a cine. Poesía con poesía se paga. Pero entonces mi papá, con ese corazón de gitano, decidió una vez más que nos íbamos de Málaga. Ya habíamos vivido en Sogamoso, Belencito y Ragonvalia. Me fui a Pamplona por un sendero de lágrimas y comencé a escribirle a mi abuela largas cartas, con ilustraciones, y sin respuesta, por supuesto. Una tía se encargaba de la lectura. Cuando se me agotaba el tema, inventaba. De ahí vengo, de las cartas a mi abuela. Pamplona era entonces más frío que ahora y el viento nos mordía las orejas. Para colmo, llegamos a vivir en la parte alta, detrás del cementerio. Una vez vi enterrar a un pobre sin cajón, en la tierra cruda. Como había llovido, al caer en el hueco, el cuerpo salpicó a los presentes. En esa atmósfera desolada, ante las montañas peladas y sin un solo amigo, me refugié en la lectura de los libros y pronto empecé a escribirlos. En los primeros años todavía atrapaba golondrinas.

¿Qué leía de niño, Triunfo?

Leí, en la Biblioteca Municipal, El Tesoro de la Juventud, una enciclopedia que nunca he vuelto a ver, y los libros que la bibliotecaria seleccionaba para mí. Había un mueble en un rincón, con vidrio y chapa, que la bibliotecaria abría con una pequeña llave de oro que colgaba de su cuello, para los usuarios especiales, ciertos caballeros que provocaban mi envidia. Años después, en una visita a Málaga, me acerqué al famoso mueble y vi un libro que me interesaba. Se lo solicité a la biblioteca, la misma viejecita de todos los años, y sólo cuando me senté a leerlo me di cuenta que estaba cumpliendo uno de los sueños de mi vida.

¿Cuál fue el primer libro que lo cautivó?

La isla del tesoro, de Robinson Crosoe. Durante años temí despertar en una isla desierta. Me hubiera gustado leer en ese entonces Drácula, La isla del tesoro y Los tres mosqueteros, los tres títulos que siempre recomiendo a los muchachos.

¿Fueron sus padres o hubo algún profesor o profesora que lo estimulara a leer y escribir literatura?

Soy hijo de herrero, y en casa de herrero escritor de palo. No hay antecedentes literarios en mi familia. Mis abuelos fueron analfabetas, mis padres no terminaron la educación primaria. Fui el primero de la familia que asistió a la universidad. En Pamplona y luego en Bogotá. Contra viento y marea. Tengo una Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Es uno de mis mayores orgullos. Y entiendo que allá también están orgullos de que sea uno de sus egresados.

En la Escuela Normal tuve dos profesores muy distintos, contradictorios y complementarios, que me marcaron para siempre: Elio Buitrago y Gabriel Suárez. Elio era milimétrico, ordenado, pedagógico hasta la saciedad. Y Gabriel, desordenado, caótico, maravilloso. Siempre llevaba un libro en el bolsillo de la chaqueta. De pronto, como por arte de magia, lo abría y nos leía un párrafo. Una vez leyó: “Hoy ha muerto mamá…” Alguna vez, frente al tablero y con la tiza en el aire, se volteó hacia nosotros para preguntar si Ernest se escribía con o sin h. Se refería, por supuesto, a Ernest Hemingway. Ese día, en ese instante, comenzó una de las pasiones de mi vida. Con el profe Gabriel supe de otros grandes autores que todavía me acompañan: Kafka, Moravia, Neruda, Camus, Flaubert. El profe Gabriel elaboró el pedido para la biblioteca de la Escuela Normal y de ese banquete bebí durante años. Los libros venían de Argentina y eran publicados por Losada. En los mercados de pulgas y en las librerías de viejo los sigo buscando como perro hambriento. Tengo cuatro cotos de caza que recomiendo: el mercado de pulgas y la carrera Séptima en el centro de Bogotá, la calle Donceles de Ciudad de México, la calle Corrientes de Buenos Aires y debajo de un puente en Caracas, donde se cruzan las avenidas Fuerzas Armadas y Urdaneta.

Mamá leía, papá no. Mi madre incluso vendió algunos de mis primeros libros. Era tan buena con el negocio que duplicaba el precio y tenía que hacerle reclamos para no pasar por ladrón en su círculo de clientes. Lástima que se hubiese ido tan pronto al más allá. A estas alturas ya hubiéramos hecho una pequeña fortuna. Por ahí dicen que la felicidad está en las cosas pequeñas. Un pequeño yate, un pequeño castillo, un pequeño viaje a París, un pequeño harem.

Triunfo es egresado de literatura de la Universidad Javeriana durante la década del 80. ¿Cómo fueron aquellos años?

Yo era el único alumno a quien los vigilantes le pedían documentos. Supongo que me confundían con un ratero. Con esa pinta de pobre, con esos zapatos rotos, y como todo lo del pobre es robado. Pasar por la Javeriana vale la pena tan solo por ver a las muchachas. Me quedaba horas contemplándolas. Tuve la suerte de encontrar profesores maravillosos: Fernando Charry Lara, Otto Ricardo, Marino Troncoso, Cristo Figueroa, Luz Mery Giraldo, Fabio Jurado, Monserrat Ordóñez, entre otros. Los lunes, de seis a ocho, Charry Lara nos daba una clase sobre Pablo Neruda en un salón de un segundo piso con ventanales sobre la Séptima. Qué delicia, qué absoluta delicia. Oía al poeta mientras caía la tarde, y luego caminaba, como entre sueños, hasta mi casa en La Candelaria. Disfruté de La Javeriana pero no fui muy buen alumno. Me interesaba mucho más la experiencia de vivir en Bogotá. A veces iba a la Javeriana a buscar una muchacha que me acompañara al cine. Puedo decirlo ahora que ya no está entre nosotros uno de mis ángeles de la guarda, el padre Marino Troncoso, que inventó para mí la beca Fumio Ito.

¿Cómo llegó a la literatura infantil? Visto desde ahora, el panorama de la literatura infantil colombiana en los años 80 era borroso.

Por cuestiones de trabajo. Siempre fui maestro de escuela. Después de los postgrados y los espantosos colegios, voy a cerrar la etapa del magisterio como maestro de escuela en la vereda de Chíchira, donde precisamente me hicieron el primer nombramiento. Leí cuentos y libros enteros a mis alumnos. Lecturas con cambios de voz y algo dramatizadas. Luego escribí mis propias historias y los alumnos me sirvieron de laboratorio. Durante años mantuve una cátedra libre, sin notas ni tareas, llamada taller. En ese territorio, en una sola semana, desde preescolar hasta el quinto grado, podía foguear una historia con doscientos alumnos.

¿Cuándo comenzó el amor por el teatro, y en especial al amor por el teatro para niños?

No voy al teatro. Prefiero el cine, el arte de nuestro tiempo. Pero sí leo teatro. Por supuesto, Shakespeare, a quien considero el más grande, por encima de Cervantes, Proust, Borges y el mismo Dostovieski. La muerte de un viajante y Un tranvía llamado Deseo son, para mí, obras maestras. Y en el terreno nacional, La agonía del difunto, de Esteban Navajas. Empecé a hacer teatro por razones de trabajo. En Pamplona, durante unos diez años, tuvimos un festival. Mi trabajo consistía en visitar una escuela un día a la semana, durante unos tres meses, con el propósito de inventar y montar una obra de teatro que debía estrenarse en el festival. Es decir, que trabajaba de manera simultánea en tres o cuatro obras.

¿Y de sus lecturas? ¿Los libros de su biblioteca que relee cuáles son? ¿Qué libro lleva a todas partes?

Tengo una casa de cinco habitaciones repleta de libros. La mayoría de esos libros van a quedarse sin leer. La lectura es un vicio. “Un vicio menor”, como le dijo a Gabriela Galmez un amigo homosexual. Con buen ritmo, con disciplina, uno se lee ciento veinte libros al año, pero el ritmo de adquisición es mayor. Cada treinta segundos entra un nuevo libro a una librería española. Nadie, absolutamente nadie es capaz de mantenerse al día.  Para leer a Victor Hugo completo, según cuentas de Vargas Llosa, se  requieren diez años sin hacer otra cosa. Y apenas hablamos de primeras lecturas. He leído cinco o seis veces Cien años de soledad, siete o nueve veces El coronel no tiene quien le escriba, siete veces Madame Bovary, tres veces Rosario Tijeras, no sé cuántas Pedro Páramo. De otros, como los cuentos de Hemingway y Rubem Fonseca, Cortázar y Rulfo, Borges, Chejov y Carver, Capote y Bukowski, no llevo cuentas. Durante años viajé con mi primer libro, un libro de oraciones que me regaló mi abuela Candelaria cuando aún no sabía leer, pero se maltrató más de la cuenta y decidí guardarlo en la caja de los tesoros. Nunca viajo sin un libro, no solo para salvar las horas muertas sino por asuntos de buena suerte. Para mi último viaje, por Caracas, Buenos Aires y Montevideo, escogí Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. Lo primero que hago al llegar a una ciudad es esculcar sus librerías. A menudo vuelvo a casa sin haber terminado el libro con el que salí: me entretienen otros tesoros. La novedad, como con las mujeres, me resulta irresistible. Compré veinte títulos en Caracas, casi setenta en Buenos Aires y cinco en Montevideo. Los veinte los dejé en casa de un amigo, los setenta los despaché por correo y los cinco los acomodé en el equipaje. Para hablar con exactitud, volviendo al tema del libro como talismán, de Pamplona a Caracas fui con Sauce ciego, mujer dormida, que cambié por Los detectives salvajes de Caracas a Buenos Aires, y de Buenos Aires a Montevideo ya estaba con una biografía de Neruda. Para el regreso, escogí la obra completa de Idea Vilariño. Es evidente: soy un lector infiel. ¿Por qué nos concedieron tantos libros y una vida tan corta?

¿Qué conclusiones saca luego de escribir literatura, y en especial literatura para niños, durante veinte años?

Escribir es una absoluta delicia, una manera de vivir, no tan relajada como la pintura ni tan emocionante como la fotografía. La sintaxis es un placer mayor. La gente me pregunta de dónde saco tantas historias, pero es un detalle apenas, un punto de partida. Aunque la historia ya respira en el primer borrador, la vida se me va en las versiones. Soy un escritor de más versiones que ediciones, como dijo un amigo. La vida se me va amasando el lenguaje, peleando con las comas y la arquitectura del párrafo. La literatura me ha permitido la existencia, qué más se puede pedir. Cortázar decía que si no hubiese escrito Rayuela se hubiera arrojado al Sena. Todavía no he escrito mi Rayuela, pero tampoco tengo el Sena a la mano. Tendría que arrojarme a las miserables aguas del Pamplonita, donde creo que mi muerte no sería por ahogamiento sino por infección.

Lo hemos visto interesado en la fotografía. ¿Qué está haciendo?

Soy fotógrafo desde niño. Pero ahora lo hago de una manera más profesional. Creo que voy a terminar publicando libros de fotografías. Ya empecé a hacer exposiciones: Cúcuta, El Naranjo, Chíchira, Pamplona. “Después desde cualquier lugar del mundo.” Hice un trabajo en las montañas de Pamplona, Entre la magia y el silencio, con los niños que hacen teatro conmigo. He fotografiado escritores y viejos en una y otra ciudad. Me interesa el retrato, la geografía del rostro, la escritura del tiempo sobre el rostro. En México, hace dos años, para una edición de lujo de un libro de Daniel Goldin, me encargaron fotografiar lectores en distintas ciudades, y Alfaguara me compró una foto de Yolanda Reyes. La revista mexicana Fractal, 45/46, seleccionó 17 fotografías mías.

Veinte años de trabajo lo han llevado a la madurez creativa, que no es otra cosa que un compromiso con la tradición literaria y la palabra viva. ¿Qué sigue? ¿En qué proyectos trabaja?

Lo dije en público hace como veinte años: quiero escribir para niños de cuatro años. Hasta ahora lo estoy logrando. Cada vez escribo libros con menos palabras. Incluso tengo tres títulos inéditos sin una sola palabra. No sé si eso es posible: un escritor sin palabras. Es decir, libros de imágenes. Porque la ilustración es otra de mis pasiones. Las batallas de Rosalino, publicado por Alfaguara, va con ilustraciones mías. Reconozco que hay una falla grande con este libro: parece ilustrado por tres o cuatro personas, pues es un trabajo de aprendizaje de muchos años. Ya lo remedié en otro libro, Roberto está loco, donde me atreví con el color. Hice las acuarelas, las fotografié con cámara digital y las trabajé luego en el computador. Tuve que hacer el trabajo tres veces e incluso sacrifiqué unas vacaciones en México: en vez de vagabundear por Acapulco, Cuernavaca y Veracruz, me encerré en un apartamento de Coyoacán a trabajar como loco. Y hay otro libro que está por salir, María Pepitas, donde experimenté con acuarela y tinta y no recurrí al computador. Me pasé al acrílico en otro libro que acabé hace poco. Espero que cada vez pueda hacerlo mejor. A los noventa años voy a hacer un asombroso ilustrador. Quiero decir, será un asombro que pueda ilustrar a los noventa.

 

La obra

Quisiera que nos detallara cuándo y cómo fue el momento en que de su máquina de escribir salió una página de literatura para niños que usted sintió perfecta y lista para imprimirse.

No una página perfecta ni lista para imprimirse sino la primera historia para niños que me funcionó. La fecha: 16 de marzo de 1986. El lugar: una sala de lectura que la Biblioteca Luis Ángel Arango tenía sobre la carrera cuarta. Vivía con mal de amores y zapatos rotos en ese entonces. Esa tarde de marzo me pregunté cuál sería el más desgraciado de los amores y pensé en un gusano enamorado de una golondrina. Un gusano tímido, enredado y algo poeta, y una golondrina altiva que vive de fiesta en fiesta. De ahí sólo puede surgir una desgracia. Escribí de un tiro “La bella y el gusano”, que hace parte de mi primer libro para niños, La silla que perdió una pata. En el fondo, en cuestiones de amores, los amantes somos gusanos que transformamos a las amadas en golondrinas.

Escribo la primera versión a mano y luego digito e imprimo. Leo tres veces cada impresión antes de limpiar de nuevo en pantalla. Imprimo, leo, imprimo. La historia suele mantenerse desde el principio, pero es como un esqueleto que voy llenando de carne hasta que merece ingresar a un libro. Luego, trabajando el libro como una totalidad, continuó con el proceso: imprimir, leer con estilógrafo en mano, limpiar, imprimir…

Es raro que una historia salga limpia desde un principio.

Las batallas de Rosalino (1989) está en el grupo de obras que da inicio a la moderna literatura infantil y juvenil en Colombia. ¿Cómo fue la génesis de este libro?

Hice veintidós versiones de ese libro durante doce o catorce años. La primera versión la escribí en más o menos treinta horas en un barrio del sur de Bogotá, en 1988. Presenté al Premio Enka la tercera versión y seguí trabajando como si nada. Cuando me anunciaron el premio ya tenía otra versión y, como estuve al cuidado de la edición, publiqué la quinta o sexta. Alfaguara publicó en 2002 la edición definitiva.

Aunque no parece, Las batallas de Rosalino es cosecha bogotana. Vivía en Meissen, en un restaurante. Los dueños habían viajado al Tolima y quedé como el hombre de la casa. Cierta noche la hija y la sobrina de los dueños subieron a despertarme a mi cuarto porque habían oído ruidos y los perros estaban ladrando con desesperación. Tomé una escoba y, seguido por las muchachas, revisé toda la casa, diciéndome en voz baja: “Que no haya nadie, que no haya nadie”. No había nadie y puedo contar el cuento. Para pasar el susto, amanecimos conversando en la sala. Cuando llegaron las mujeres que atendían la cocina, se sorprendieron al vernos en plena visita. Las doncellas se fueron a dormir y yo subí a mi cuarto y empecé a escribir Las batallas de Rosalino. El año anterior, en Pamplona, había fallado: un par de páginas se fueron a la basura. La idea de la novela surgió de los bigotes de un profesor de Pamplona y se concretó el día que supe su nombre: Rosalino Pacheco. En la versión de Enka su apellido es Mendoza, pero en la definitiva recuperó el propio. Volviendo al cuento, para terminar de pasar el susto, trabajé todo el día, la noche entera y parte de la mañana siguiente. Luego, una de las doncellas me dijo que había dormido muy tranquila oyendo el rumor de mi máquina de escribir, sin saber que mi cuerpo estaba ahí, tecleando, pero mi espíritu vagaba por otros territorios. Los ladrones hubieran podido leer la historia por encima de mi hombro y no me hubiera dado cuenta.

El humor ha estado presente en gran parte de sus obras. De La silla que perdió una pata y otras historias (1988), pasando por La muchacha de Transilvania y otras historias de amor (1993) a Roberto está loco (2005), ese humor ha evolucionado. Hay pasos superados desde el humor surrealista en Los casibandidos que casi se roban el sol (1991) a la parodia de los cuentos clásicos en Caperucita roja y otras historias (1993).

Soy así. Así salen las historias. Así me comporto. Soy un payaso en la vida cotidiana, en el círculo más íntimo, y como profesor. El humor nunca ha sido el propósito de mi escritura. Es más, siempre he querido escribir una historia de terror, pero el humor se atraviesa.

Hay una percepción errónea de creer que el humor característico de sus obras solo quiere generar una reacción de risa en los niños. Pero ese humor contiene elementos de parodia y crítica: contra el poder (Los casibandidos…), los convencionalismos literarios (Caperucita roja…), los prejuicios sociales y culturales (La muchacha de Transilvania).

Mi  humor es puro veneno. El humor permite decir ciertas cosas, abrir las ventanas que el pudor mantiene cerradas. El humor (no la vulgaridad de cantina) es un ejercicio de la inteligencia. En Cabrera Infante los juegos de palabras fluyen como el agua. Lo mismo pasa con los disparates de Cervantes.

El árbol triste, publicado por Ediciones SM México, indica un punto de giro en la obra de Arciniegas. Ya no hay humor sino una reflexión realista durísima sobre la guerra, y en especial sobre la guerra en Colombia. Hablemos de este libro.

Estoy enfrentando otros temas. Quiero escribir sobre el dolor, la vejez, la soledad, la muerte. Asuntos fundamentales, verdades ineludibles, preguntas eternas. Todo esto también es la vida. No creo que debamos mantener a nuestros niños en un corralito de piedra, con una literatura rosa, falsa y mentirosa. De todos modos, ellos no son para nada inocentes, como suelen creer los adultos. Ellos saben, y a menudo más que nosotros. Pasan demasiado tiempo frente al televisor y el resto del tiempo navegan en Internet. Los expertos dicen que no leen pero es falso. Todo el tiempo están leyendo. Leer es algo más que agotar las páginas de un libro. Se dice que no leemos sino libro y medio al año, pero uno puede pasarse leyendo el año entero sin terminar un solo libro.

¿Por qué un libro para niños que desde la ficción toque la guerra?

Es parte de nuestra miserable vida cotidiana. Es uno más de los asuntos de la realidad del país del Sangrado Corazón. Desde el principio de los tiempos el hombre se enfrenta a muerte con el mismo hombre. Esa criatura tan maravillosa, tan llena de magia y poesía, es también capaz de las cosas más horribles. Fíjese bien, Colombia es un país católico, dedicado al Sagrado Corazón, y presenta al mundo semejante cosecha de muertos. Aquí los asesinatos se dan al por mayor. Los sicarios invocan a la Virgen para que les afine la puntería. Se sabe de personajes con cien, doscientos o más muertos encima, que en el peor de los casos pagarán condenas ridículas y seguirán tan campantes, disfrutando de los bienes ajenos, mientras los pobres muertos siguen muertos y las viudas y los huérfanos se retuercen por siempre en la casa del dolor. El historiador Jorge Orlando Melo calcula que en los últimos cincuenta años han sido asesinadas en Colombia 709.000 personas. Y no los contó a todos. El mismo historiador considera que en es probable que en esas cuentas no figuren las víctimas enterradas en fosas comunes y las arrojadas a los ríos. ¿Y si el cálculo arrancara desde el año sangriento de 1948? Nuestro Himno Nacional dice que cesó la horrible noche y el bien germina ya, cuando en realidad el rancho sigue ardiendo. Nos ponemos la mano en el pecho para cantar mentiras. No recuerdo a quién le oí esta frase: “Pobrecitas las mujeres, nos estamos quedando sin hombres”. ¿De dónde sacan ese cuento de que somos uno de los países más felices del mundo? Nadie es feliz en peligro de muerte. ¿Quiénes hacen las encuestas y a quién demonios le preguntan? ¿Por qué García Márquez, a quien admiro y respeto, dijo que Colombia es el mejor vividero del mundo? Sin embargo, Gabito no vive en Colombia y cuando nos visita requiere de guardaespaldas. ¿Será que confundimos la parranda con la felicidad? Somos parranderos, afectuosos, tercos. Nos mantenemos a pesar de las adversidades. Falseamos la realidad con palabras. La falsea el gobierno, en primer lugar. A la guerra le dicen “conflicto”, a los secuestrados los confunden con “retenidos” y a los desplazados los denominan “migrantes”. Terminarán por confundirlos con turistas. No se trata de un vicio exclusivo. En otras partes hablan de “fuego amigo”, “misiles inteligentes” y “guerra preventiva”. Desde hace unos veinte años, en Colombia, a los vagabundos, esos pobres infelices que no tienen techo y que pasan el día buscando un pan para saciar las tripas, los identifican con una palabra asquerosa: “desechables”. Es decir, eliminables. Es decir, y se ha hecho, que cualquier hijo de perra puede salir una noche de éstas a matarlos. La operación se denomina “limpieza social”. La operación abarca otros “objetivos”, por supuesto, depende del hijo de perra que la practique.

La palabra Colombia nunca aparece, pero es evidente que las aves que visitan el árbol del niño protagonista –habitante de un país donde no hay guerra- vienen de allí.

Así es. Los niños leerán la historia de manera de literal. Pero los adultos sabemos que los pájaros son una metáfora. No trabajé este libro con los niños pero sé que la historia funciona.

¿Cómo fue el proceso de definición de la trama, los personajes y la búsqueda verbal? Igualmente le agradeceremos nos indique cómo fue el trabajo con el ilustrador del libro.

Escribí un libro sobre los pájaros. Tres pájaros negros, raros, que vienen de lejos y buscan nido en el árbol del patio. Esa es la primera lectura, esa es la apariencia, y el lector puede quedarse ahí. Pero hay una dura realidad que sostiene la historia: el exilio. Despertar cada mañana en tierra ajena es doloroso. En mi adolescencia fui indocumentado e infeliz en Venezuela. Padecí el miedo y el acoso y sobreviví con oficios miserables. Ahora tengo la posibilidad de vivir en otro país con cierta comodidad, pero no quiero. Me quedo en Colombia, este horrible país. Viajo todos los años, y cada vez más lejos, pero sigo viviendo en Colombia. No me voy. No pienso irme.

Casi siempre envío notas al ilustrador sobre las situaciones que no se describen pero que sostienen la trama. Por ejemplo, un narrador en primera persona no se describe a sí mismo pero todo ilustrador debe conocer esta información. Por ejemplo, un objeto que no menciono pero que puede jugar con el texto. Por ejemplo, sorpresas visuales para abrir o cerrar el libro. No recuerdo si me comuniqué con Diego Álvarez antes de las ilustraciones, creo que no. En todo caso, el joven Diego Álvarez, que no padece el azote de los ilustradores mexicanos, la caricatura, hizo un trabajo maravilloso. Para mí, aunque no lo dice el texto, el protagonista era un niño, pero Álvarez dibujó una niña. El cambio me sorprendió y lo acepté de inmediato.

A veces tengo la oportunidad de sugerir un ilustrador. A veces los editores me permiten ver las pruebas. Si el trabajo es de calidad, sólo señalo contradicciones o errores evidentes. Mi vigilancia se centra en el texto. Los correctores de pruebas o de estilo son un dolor de cabeza.

En cuanto al tono, la historia salió así, y así se publicó, sin mayores cambios. Separo el texto en líneas, no en versos porque no se trata de un poema. Me interesa contar una historia, no el ejercicio lírico.

¿Podemos considerar El árbol triste una obra de denuncia, así no sea explícita?

Ya es un asunto del lector. No fue mi propósito. Mi interés es contar una historia. Pero fíjese que lo he hecho con cuidado, con elegancia, con cierta poesía. Es decir, he recurrido a un tratamiento suave y elegante para un desarrollar un tema doloroso y brutal.

No evado la respuesta: es una obra de denuncia. Me duele y me asquea la realidad de mi país. Tanto asesino, tanto ladrón, tanto narcotraficante, tanto político corrompido.

Crece el número de libros sobre la guerra en Colombia escritos para niños (Los agujeros negros de Yolanda Reyes, Paso a paso de Irene Vasco). ¿Crea esto algún nivel de conciencia entre los niños lectores sobre una realidad que en muchos casos les es ocultada o presentada de modo parcializado?

Eso creo. Somos como gatos: cagamos y escondemos. Y esta podría ser una definición precisa para nuestra clase política. Vendrán más libros sobre la guerra, sobre el secuestro, sobre los asesinatos, las violaciones, los atropellos de los grupos armados. Los niños saben la realidad y la padecen. ¿Para qué esconder las verdades?

¿Qué obra siente como la que más exigencia creativa le planteó y cuál es la que siente como hija entrañable?

Cada obra tiene sus propios problemas, sus propias exigencias. Escribí tantas veces Las batallas de Rosalino durante todos esos años con un propósito de despojamiento. La versión que publicó Enka es demasiado barroca, diría. Eliminé una serpiente que tragaba monedas, un oso que no sé qué, una oveja enamorada, tres tristes gatos. En un capítulo que arrojé a la basura, Rosalino va al cine y contempla la película de sus propias aventuras. No me funcionó, no supe resolverlo, digamos. Estoy seguro de que si vuelvo a leer el libro, terminaré haciendo otra versión, quizá algo más ligera. Podría decirse que mis editores no pueden levantar los brazos porque en un abrir y cerrar de ojos les acomodo otra versión.

Las batallas de Rosalino es un homenaje a mi padre, un herrero con quien mantengo una relación muy conflictiva, pero también es una lectura de Don Quijote. El gato, que a menudo se roba el protagonismo, representa a Sancho Panza. Y todos sabemos que en la segunda parte de Don Quijote, el Caballero de la Triste Figura sabe que sus aventuras ya están en un libro. Me fascina esta idea de un personaje que se lee a sí mismo, tanto como el personaje que se escapa de la pantalla en La Rosa Púrpura del Cairo, de Woody Allen. No alcancé este nivel con Las batallas de Rosalino. No conseguí que los personajes se vieran al espejo o pasaran al otro lado.

A menudo me pregunto qué pensarán de mí mis propios personajes y si alguna vez vendrán a pedirme cuentas. “Qué maravilla, inventar la vida”, algo así dice García Márquez. En la escritura nos comportamos como dioses porque decidimos el destino ajeno. Qué ilusión de eternidad, que ilusión de poder. “Usted no es más que un desgraciado, usted hizo de nosotros lo que se le dio la reverenda gana”, podrían decirme los personajes, y yo, avergonzado, sólo tendría que pedir perdón.

Las batallas de Rosalino y La lagartija y sol fueron mi aprendizaje. Por ahora me siento más cercano a La hija del vampiro, donde exploré la conflictiva relación de un muchacho con su padre y el papel de los celos ante el hombre que lo reemplaza en casa.

 

El contexto

Cuando dialoga con los niños sobre sus libros, ¿qué le dicen? ¿Cómo valora estos encuentros?

Así aprendí a escribir para niños, conversando con ellos. O con más exactitud, escuchando sus conversaciones. El recreo, en todas las escuelas que visité y sigo visitando, es la hora más importante. Me siento en un rincón, absolutamente invisible, y oigo cómo ven el mundo. En una feria del libro de Bogotá, un poeta que no me quiere mucho me dijo con rabia disimulada: “Cómo hace para meterse en la mente de mi hijo”. Me sentí absolutamente feliz.

La literatura infantil sigue siendo considerada como subliteratura. En ninguno de los manuales de literatura colombiana de los últimos veinte años aparece un ensayo dedicado a su evolución, y una reciente enciclopedia de literatura colombiana tampoco incluye un ensayo dedicada a ella. Solamente el trabajo académico, entre otras de Beatriz Robledo, la mantiene en primera plana.

El escritor para niños es considerado un escritor menor.

El género de teatro para niños –al que usted ha hecho un aporte valioso, sin duda alguna- también se ha visto como un género menor y editorialmente apenas ha tenido un arranque reciente. ¿Cómo ha sido su experiencia como dramaturgo y director de obras para niños y niñas?

Sigo haciendo teatro. Hace un par de meses estrené en Chíchira un trabajo que nos llevó casi tres años, El tesoro de María Josefa, y hace dos meses empecé otra obra, Las piedras mágicas, con los niños de El Naranjo. En este oficio llevo unos veinte años. Parte de esas obras han sido publicadas por la colección Primer Acto, de Panamericana, que fue una propuesta mía. Norma también ha publicado obras de teatro mías. Alfaguara y SM, en México, están a punto de publicar obras de teatro mías. Todas estas editoriales publican teatro para niños y jóvenes por primera vez.

En México se han vendido libros de teatro míos con tirajes de veinte, ochenta y hasta ciento cuarenta y cuatro mil ejemplares.

Todas mis obras de teatro arrancan con el montaje. Selecciono y formo un grupo y empiezo a trabajar una idea. Los niños son como los lápices que escriben sobre el escenario de la página en blanco. A cada persona le construyo el personaje y lo encajo dentro de la trama. Es un trabajo lento, exigente, pero muy gratificante, y sólo puede hacerlo alguien que maneje por igual la pedagogía y la escritura.

¿En qué ha avanzado y qué le falta a la literatura infantil colombiana?

¿Qué le falta? Editores. ¿Qué le falta? Respeto.

¿En qué autores de la literatura infantil encuentra una propuesta narrativa innovadora?

Roald Dahl. Me quito el sombrero. Es el más grande. Pero hay otros: Lobel, Janosh, Ende, Sendak, Nöstlinger, Lygia Boyunga, María Gripe, Tony Ross, Max Velthuijs, Chris van Allsburg, Jan Lööf, Manuela Olten, Katherine Paterson, Antohy Browne, Satoshi Kitamura. Más que innovadores, son autores que disfruto y no me canso de leer.

¿Qué va del mundo editorial de los años 80 en Colombia, que editaba literatura infantil –Carlos Valencia Editores, principalmente-, al actual, en que la literatura infantil se ha convertido en un género con un mercado cada vez más dinámico y donde hay más editoriales publicando LIJ?

 

Tengo ese honor: fui uno de los autores de Carlos Valencia Editores. El mercado de Colombia todavía no es tan grande. Hay mucho por hacer. El Estado no ha asumido el papel que le corresponde en la cultura. Ni siquiera lo asume con la educación y la salud. Si es tan miserable con sus profesores y sus médicos, qué pueden esperar los escritores. Cada año hay que pelear para evitar el impuesto a los libros. El escritor, como los demás artistas, vive en perpetuo desamparo.

Usted ha ganado cinco premios de literatura infantil, desde el Enka (1989) y el Comfamiliar del Atlántico (1991) al Premio Nacional de Literatura en Narrativa (1993) y en Dramaturgia (1999) y el Parker (2003). ¿Qué opina de los premios?

Lo único malo de los premios es no ganárselos. Como con las mujeres: lo peor es no tenerlas. ¿Para qué sirven? Para los dulces y para darse a conocer, entre otras cosas. Con el Enka compré el María Moliner y parte de mi primer computador. Con uno de los Premios Nacionales me compré la mitad de una casa, y con otro la mitad de otra. El Parker me ayudó a conseguir un carro. Exagerando, diría que sin los premios todavía viviría arrendado y sin el más maravilloso de los diccionarios, escribiría en mi antigua máquina de palo y seguiría de peatón. Tengo una vida más cómoda y produzco más. No creo en la idea romántica y absurda de que el artista tiene que ser un muerto de hambre o un alcohólico o un loco o un drogadicto. Hay que trabajar como un burro, con seriedad y disciplina, y sin la garantía de alcanzar la orilla de la dicha.


* Editor de literatura infantil e investigador en temas de alfabetización. Correo electrónico: cslozano@gmail.com

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¿Estamos educando a una generación de niños sobre-estimulados?

i abr 8th 8 Comments por

Hoy los invitamos a leer un texto de Juliana Camacho, que fue publicado en su blog: Mi vida con Olivia, el 7 de abril del 2013:

Diatriba contra el verbo “estimular”

Nunca he querido hacer de este blog un panfleto del deber ser en cuestiones de maternidad. No me interesa hablar de las etapas del desarrollo de un bebé, de los lugares para comprar comida orgánica para niños, de los mejores jardines infantiles, parques, juegos o marcas de ropa para bebés. Nada de eso me gusta porque detrás de ese tipo de consejos siento un tufillo de superioridad, algo así como “yo soy buenísima mamá y te llevo la delantera en estos temas, así que oye mis recomendaciones para que algún día tu bebé sea casi tan maravilloso como el mío.” Odioso.

Por eso prefiero hablar desde la intimidad de mi experiencia en estas arenas movedizas de la maternidad, sin aleccionar, sin comparar, y concediéndome solo pocos momentos para levantar mi voz de protesta contra cosas que realmente me indignan. Hoy, querido lector, haré uso de dicho indulto.

Y es que me queda imposible no sublevarme contra el uso y abuso del verbo “estimular” en el terreno de la crianza. No sé qué ocurrirá en otras latitudes, pero en Bogotá hay un ejército de padres de familia que solo piensan en cómo estimular a sus bebés. Así como los perros ahora tienen entrenadores y hasta colegios que los educan en el “deber ser” canino, del mismo modo a los niños se les exige desde la cuna ser los mejores en todo – así lo único que hagan sea comer, cagar y dormir… pero deberán ser los mejores en ello, sin duda -.

A veces me encuentro con mamás que me inundan de preguntas. ¿Olivia tiene 15 meses y no ha caminado? ¿A qué guardería va? ¿A qué clases de natación, de yoga, de música o de pintura en porcelana la llevas? ¿Cuántas palabras dice? ¿Cómo es su motricidad fina? ¿A qué colegio irá? ¿No le tienes nana??? Yo quedo mareada. “Olivia todavía no camina pero algún día lo hará, no va a la guardería, no tiene clases de yoga ni de tejido en punto de cruz, de hecho dice muchas palabras porque en la casa le hablamos y le leemos mucho, tiene la motricidad fina de una bebé y no de un cirujano de retina, no hemos pensando en el colegio y no, no le tengo nanaaaa!!!”

Yo nací sin el espíritu de competencia incorporado a mi ADN. Tal vez por eso soy pésima en deportes, odio los juegos de mesa y no soporto el lenguaje empresarial de “liderar”, “motivar”, “ganar” y “ser el mejor”. También por eso me da urticaria pensar que estamos educando a una generación de niños sobre-estimulados, víctimas de las inseguridades de sus padres y de un culto voraz a la excelencia.

Para responder a este particular zeitgeist, o tal vez a su origen, se ha consolidado una industria de la estimulación temprana que enriquece varios bolsillos. Yo con lo único que comulgo en todo ese abanico de clases, de actividades y de historias chinas, es con las horas del cuento. Llevo gustosa a Olivia a que le lean historias, no para asegurarme de que a los diez años podrá leer a Thomas Mann, sino porque J y yo sabemos que la lectura es de los pocos vicios que precisamente le permitirán a Olivia liberarse en algún grado de la tiranía de la uniformidad, de la perfección y de la soberanía del más fuerte.

La lectura y la música (por favor, no la de Mozart en xilófono) le pueden ofrecer a Olivia la posibilidad de darle la espalda al mundo, y esa es de las lecciones más preciadas que podré darle en la vida. También queremos ofrecerle a nuestra Oli el tesoro del tiempo libre, del tiempo para uno mismo, sin estimulaciones que se atraviesen en el camino.

Ya para terminar esta larga diatriba encendida, quiero traer a colación un recuerdo de infancia que me taladra en la cabeza últimamente. Cuando era niña, me quedaba a dormir los viernes en casa de mis abuelos maternos. Allí no había primos con quien jugar o tíos consentidores que me llevaran a dar una vuelta. Mis abuelos pasaban la tarde mirando por la ventana de la sala y luego se iban a la cama cuando se acababa el noticiero de las siete. Yo adoraba estar allí. En medio de ese tiempo flemático y de esa casa silenciosa, yo podía ejercer libremente mi derecho a aburrirme, a perderme en mi cabeza, a darle la espalda al mundo. Uno de los juegos solitarios que más recuerdo de aquellas tardes, era cuando me acostaba en el piso y miraba el techo. Nada más. Al hacerlo, lograba imaginar que el techo era el suelo, y que yo estaba en las alturas. Era una sensación increíble.

En mi infancia nadie me quiso estimular, y eso lo agradezco desde el fondo de mi corazón. Si hubiera estado los viernes en clases de equitación, de gimnasia olímpica o de culinaria infantil, no habría tenido tiempo para mirar al techo. Eso habría sido una verdadera tragedia…

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