Nuestra Directora: “Estado civil: indefinido”

i jun 23rd No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 23 de junio de 2013, Yolanda Reyes escribió:

Estado civil: indefinido

No soy homosexual. Usted dirá, ¿a quién le importa?, y tiene razón: mi orientación sexual es cosa mía, o debería serlo. Pero en Colombia no es así y por eso la discusión sobre la Unión Contractual Solemne nos concierne.

Hace tiempos contraje matrimonio y el fruto de esa unión, como se dice en documentos notariales, son dos hijos. Conformamos una familia protegida por las leyes colombianas y tenemos derecho al régimen legal de salud y de pensiones. Cada vez que debo hacer trámites,  diligenciar formularios de migración o celebrar contratos, elijo la casilla de casada, en forma maquinal, sin dedicarle a la elección más del segundo que tardo en escribir la equis.  Si las circunstancias lo exigen, declaro que tengo “sociedad conyugal vigente”, lo cual impone restricciones y otorga prerrogativas a mis actos.

Desde su nacimiento, mis hijos han podido acreditar su parentesco en documentos privados y públicos –registro civil, hojas de matrícula, afiliación a la EPS, pasaporte, permisos de salida del país y solicitud de visas, entre otros–.  Y cuando sus padres se divorcien o mueran, eventos que suman una probabilidad del cien por ciento, la ley protegerá los derechos derivados de la relación que tienen ellos con nosotros. Si hubiera alguna propiedad, regalía o cuenta por cobrar, no importará si tuvimos tiempo de dejar un testamento, pues existe un régimen de sucesiones. Y si decidiéramos terminar la relación y conseguir otras parejas, también están previstas las formas legales de separar nuestros bienes y dirimir nuestros conflictos.

En mi condición de heterosexual, mi deseo y la ley están armonizados. No me esforcé por hacerlos coincidir en un marco legal que amparara mi opción de conformar una familia ni tengo mérito alguno para ser titular de derechos especiales, en virtud del ejercicio de mi sexualidad. ¿Qué pasa, en cambio, con las miles de personas colombianas que se sintieron atraídas, se enamoraron, se comprometieron y viven, o quieren vivir, o no saben aún si intentarán constituir una familia con alguien de su sexo?

Como ciudadanos de una democracia que predica la igualdad, no podemos aceptar que la decisión de comparecer ante una autoridad civil para legalizar una unión sea tratada de formas diferentes, dependiendo de la condición sexual de quienes celebran el contrato, porque esa solución es otra forma de discriminación y nos afecta a todos, en tanto que crea diferencias jurídicas, sociales y simbólicas y refuerza los prejuicios relacionados con los tipos de familias. Ese nombre pomposo de Unión Contractual Solemne que los juristas ya han calificado como un contrato “innominado y atípico”, lleno de vacíos, es una leguleyada típica de este país de tinterillos.

Como una forma de hacer lo que debieron haber hecho en el Congreso y con el fin de “hacerle el quiebre” a la sentencia de la Corte Constitucional que ordena “superar el déficit de protección que enfrentan las parejas del mismo sexo”, la  solución fue inventar un contrato como nos gusta aquí: al margen de la ley, al margen del lenguaje, para decir que es casi un matrimonio, pero que no es propiamente un matrimonio. Para no desatar las iras del Procurador pero tampoco las del Fiscal, ni ser excomulgados por la iglesia, pero tampoco desterrados de los círculos llamados liberales… y no decir ni sí ni no, sino todo lo contrario.

El lío es que hay miles de familias, aunque algunos rechacen también esa expresión, en un limbo jurídico. Y puede sonar como algo banal no poder marcar con una X el estado civil, pero es mucho más que eso. Estamos hablando de tener la misma dignidad y los mismos derechos ante la sociedad y ante el Estado, pero también de nombrar y de reconocer lo que, durante tanto tiempo, ha permanecido silenciado.

Yolanda Reyes 

 
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Nuestra Directora: “Comenzar a abrir los ojos”

i jun 10th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 10 de junio de 2013, Yolanda Reyes escribió:

Comenzar a abrir los ojos

“Casi nunca hablamos de la guerra. Cuando lo hacemos es con una vaguedad deliberada, como si lo importante no fuera que nos apretujábamos en refugios de barro durante los ataques…sino que sobrevivimos”.  La frase es del cuento Fantasmas, de la escritora nigeriana Chimananda Ngozzi Adichie, pero así es la literatura: a veces se las arregla para dar noticias del fondo de nosotros mismos, sin importar de cuál guerra venimos.

Sí, parece que sobrevivimos, lo cual no deja de verse como un milagro ahora, cuando contamos a nuestras víctimas. El especial que publicó Semana habla de casi 5.5 millones registradas en la Unidad de Víctimas y faltan las de este año, más las que no están inscritas. Pero casi nunca  hablamos de la guerra, y menos con nuestros hijos.

Jamás les hemos dicho, a los que se hicieron adultos y a los que siguen creciendo, cómo los criamos, entre el estruendo del fuego cruzado y nuestras caras crispadas (con esa mezcla de miedo, dolor y rabia). Aún no les hemos contado cómo buscábamos, mientras les cambiábamos los pañales, el rincón menos peligroso para proteger sus cunas cuando estallara una bomba. Porque hablábamos así, con la probabilidad volcada hacia el hecho, y al despertarnos ilesos, (aunque el estruendo se hubiera oído cerca), agradecíamos, con una mezcla de culpa y alivio, que esa vez no hubiera sido.

No nos podemos quejar, con tanto dolor –y de tantos– que sale por fin a flote. Pero, ¿qué es sobrevivir? ¿Basta con “haber tenido la suerte” de no estar muerto ni mutilado, con no tener heridas visibles ni haber sido desplazado, torturado, abusado? ¿Acaso la desconfianza, la indiferencia, la negación o este “sálvese quien pueda” no son heridas simbólicas? ¿Acaso nuestros gobernantes, también sobrevivientes y también huérfanos de padres asesinados, a quienes deben vengar, entre palacios quemados y tierra arrasada, no son de la misma saga?

Son hechos de filiación que nos atan: tan privados, puesto que ocurren en el espacio íntimo de cada casa, y tan públicos, puesto que afectan nuestros proyectos de sociedad y país. Y como el destino inevitable de los niños es crecer, los nuestros se han hecho mayores en medio de esta violencia que se muerde la cola, con una memoria brutal instalada en su psiquis en un momento crucial: cuando los ojos ven más que nunca y las emociones –de abandono, de orfandad, de terror o de venganza– pueden volverse patrones. ¿Acaso no haber conocido una sociedad sin guerra puede ser un entorno “normal”? ¿Cuántas generaciones han crecido en la guerra y cuántas son necesarias para curar las heridas?

En la página que da comienzo al especial de víctimas de Semana, hay una foto elocuente y desgarradora que captó Jesús Abad Colorado en San Carlos, Antioquia, en 1998. “Un niño arregla la camisa al cuerpo de Luis Eduardo Salazar, una de las ocho víctimas asesinadas por paramilitares en una masacre”, dice el pie de foto.  Ese hijo, tan solo y tan súbitamente expulsado de la infancia, que le abotona la camisa al muerto en una camilla, ¿podrá borrar esa imagen? Y la niña de la página siguiente que corre sin mirar al joven de cara sangrante en Cúcuta en 2005, ¿cuántos años tendrá hoy? ¿Seguirá viendo la escena en sueños?

Las cifras dan más de un millón de niños y niñas directamente afectados por la guerra. En buena hora hemos comenzado a contarlos y a repararlos y  también a contar los hechos, pero aún nos falta dar cuenta de las emociones. Porque no les hemos hablado a nuestros niños mirándolos a los ojos, y con los nuestros llenos de lágrimas. Y es una tarea urgente y difícil dar palabra a tanto horror: no solo en memoria de los que se murieron, sino para intentar, si es posible, sanar la memoria de los que sobrevivimos.

Yolanda Reyes 

 
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