Cinco razones para pasar las vacaciones en Espantapájaros

i may 27th No Comments por

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La casa de Espantapájaros es grande y hay libros por todas partes: libros para morder, porque a los más chiquitos les gusta leer con la boca y probar el mundo. Libros para hojear, tocar y mirar, porque los libros entran por los ojos y son como museos, abiertos a todas horas. Libros para reírse, para llorar y para sentir, porque cada libro es una historia y cada autor cuenta la suya y cada lector lee también desde su propia historia. Libros para ser contados, cantados y vividos, porque en Espantapájaros siempre hay alguien disponible para leer el libro favorito de cada niño y abrazarlo y conversar…

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Espantapájaros se puede desordenar, como se desordena la casa de la abuela cuando van los nietos y hacen un barco pirata en la sala. O como cuando los papás eran chiquitos y se reunían con los primos en vacaciones para hacer comedias, jugar a la tienda, hacer la casa en el árbol, preparar melcochas, pintar con tiza o disfrazarse con tacones y corbatas, sacados de un viejo baúl. Porque en Espantapájaros, la principal regla de juego es jugar: jugar a hacer de cuenta, jugar a imaginar, jugar a lo que no se puede jugar en el apartamento. ¡Correr, saltar, buscar tesoros, jugar a ser otros y jugar por jugar, que es lo que saben hacer los niños, los artistas y la gente grande que no ha olvidado su infancia!

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Espantapájaros es un punto de encuentro de niños y niñas de muchas edades, de muchos colegios, grandes y chiquitos, y de muchos países…reales imaginarios. Todos los años viene gente nueva: niños que llegan de países lejanos para practicar el español, exalumnos que ya están en el colegio grande y una cantidad de niños y niñas de otros jardines y colegios. También hay niños que ya son “antiguos” y regresan siempre, porque les gusta volver, simplemente. Porque se acuerdan de las vacaciones pasadas y les piden a sus papás que los traigan… una y otra y otra vez.

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Espantapájaros cambia cada semana porque son cinco semanas de vacaciones y, en cada una, hay un mundo por construir entre todos…

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Espantapájaros tiene tienda, para comprar las medias nueves y manejar la mesada (los grandes) o para tener firma y comprar, con autorización de los papás. Y tiene una librería especializada en literatura infantil en donde sí dejan abrir y tocar los libros y en donde le recomiendan a cada niño ese libro que su corazón o su deseo de saber necesita. Y sobre todo, en Espantapájaros hay gente grande que disfruta su trabajo, que adora a los niños, que conoce a cada uno por su nombre y que los hace sentir en su casa.
Porque Espantapájaros es la casa de todos los niños y de todos los cuentos.

¡Los esperamos!

Y aquí encontrarán información sobre nuestro curso de vacaciones para julio…
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Nuestra Directora: “El verdadero debate”

i may 26th No Comments por

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 26 de mayo de 2014, Yolanda Reyes escribió:

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El verdadero debate

Nuestros hijos, que crecieron con la Constitución de 1991, que han visto brotar primaveras árabes, españolas y chilenas y que hace cuatro años vislumbraron también algún brote de ilusión con la ola verde, se han sentido aun más desencantados frente a estas elecciones que nosotros.

Da tristeza verlos así, sin esa sensación de fuerza colectiva y del todo por hacer que podría brindarles la participación política y que es –o debería ser– una motivación de los veinte años. O no: tristeza no; da vergüenza porque, al fin y al cabo, son hijos nuestros y su impotencia nos devuelve la nuestra. Algo, seguramente, hicimos mal para que todo siga igual.

Mientras nosotros envejecemos, ellos se hacen mayores sintiendo que el voto aquí no cuenta –que ellos no cuentan–, que la política en Colombia corrompe lo que toca y que se sigue resolviendo en otros escenarios oscuros y llenos de secretos, que solo se revelan cuando los antiguos cómplices se vuelven enemigos. Sin embargo ya no podemos consolarnos pensando que el nuevo ordenamiento constitucional requiere tiempo. Estos jóvenes crecieron con una Constitución que los consagró desde su infancia como sujetos de derechos y hay que ver el resultado: unos están asqueados, otros repiten los viejos lemas de sus padres sobre el fin que justifica los medios, y otros, a duras penas, sobreviven. Y ni eso.

En medio de la resaca que nos deja el infierno de delaciones, odios y trapos sucios de las últimas semanas, cabe preguntarse cuál es la educación política –ese compendio de teoría y práctica– que, más allá de la letra muerta de las llamadas Competencias Ciudadanas, se transmite de generación en generación en Colombia y cuáles son las ideas de liderazgo y de poder que quedan claras después de una campaña donde solo recibió atención lo escandaloso, lo doloso y lo pasional, en el sentido más primario. Además de la responsabilidad que concierne a los políticos, al Estado y, por supuesto, hay que decirlo, a los medios de comunicación, cabe preguntarse cuál es la responsabilidad de las “audiencias”. ¿Qué leemos, qué escribimos y a qué prestamos atención para que el foco de la contienda electoral se haya centrado en los dos que más gritaron?

Una vez más perdimos la oportunidad de discutir proyectos de país y de contrastar programas de gobierno, y eso por no hablar de educación que fue, como siempre pero esta vez con más expectativas incumplidas, la gran farsa del debate. La discusión sobre lo público y sobre las propuestas de organizar la sociedad en la que los ciudadanos tenemos un interés vital y de la que deberíamos habernos ocupado para tomar decisiones informadas fue justamente la que nos quedamos debiendo.

Más allá de un par de simplificaciones genéricas del tipo guerra versus paz, o calidad versus cobertura, la trayectoria vital y profesional de los diversos candidatos, su comportamiento y su afiliación con un partido que comparte unos principios, unas formas de actuar, una historia y unas políticas de largo plazo son parte de ese conocimiento informado que deberíamos tener los ciudadanos y que es la razón de ser de una campaña. Lo que se prometió y se reveló, pero también las formas de reaccionar, de asumir, de ocultar, de responder o de callar de cada candidato y sus partidos ilustraron, más que nunca, el significado de la democracia en Colombia. Pero la culpa no solo recae en los políticos por lo que no nos contestaron, sino en nosotros, por todo lo que no les preguntamos.

Quizás cada país se reconoce, no solo por los candidatos que elige, sino por lo que les exige. Ese es el fondo del debate político y, por supuesto, el fondo del debate educativo. Porque una sociedad intelectualmente viva y políticamente formada no habría patrocinado esta vergüenza que mal puede llamarse democracia.

Yolanda Reyes 

 
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Noticias desde “el fin del mundo”

i may 21st No Comments por
El libro que canta, vuelto a contar por Yolanda Reyes, ha llegado muy lejos. Desde la semana pasada, está en las librerías argentinas en una versión muy bonita, publicada por Alfaguara. Ayer nos llegó esta foto, que publicó la Fundación Cuatrogatos en sus redes sociales:librocantaEs el libro, en una librería acogedora llamada Boutique del libro, que queda en Ushuaia: la capital de la provincia Tierra del Fuego. Ushuaia queda tan lejos que la llaman “El fin del mundo” o “La ciudad más austral”. Nos alegra mucho que hasta allá haya llegado el Libro que canta.
Por su parte, la promotora de lectura argentina Ivanna Roselli, escribió una reseña de la obra en su blog, La infinita desmesura. Los invitamos a que la lean y, de paso, a que exploren el blog, que es muy interesante. Hagan click aquí para hacerlo. 
Y Yolanda Reyes, autora del libro y directora de Espantapájaros, ¡también está en el fin del mundo! Es una de las invitadas a las Jornadas Internacionales de Literatura Infantil y Juvenil, que empezaron la semana pasada en Misiones, hoy continúan en Ushuaia y culminan el sábado en Buenos Aires. jornadas
En Argentina se ha encontrado con un público muy interesado en la literatura infantil y la primera infancia, que se ha conmovido al ver en foto y video a los bebés y niños de Espantapájaros, firmando sus fichas de préstamo del Club de lectura.
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Pasajero en tránsito

i may 20th 1 Comment por

Ponencia de María Teresa Andruetto*, presentada en el I Congreso Internacional de Literatura Infantil y Juvenil organizado por el Centro de Propagación de Literatura Infantil y Juvenil , de la Universidad Nacional del Comahue (Cipolletti, provincia de Río Negro), en septiembre de 2001.


*María Teresa Andruetto es una de las escritoras más reconocidas en el ámbito de la literatura infantil argentina (aunque esto sería encasillarla, pues escribe para diversos públicos y en muy diversos registros). En Espantapájaros decidimos publicar dos textos suyos que exploran las preocupaciones estéticas de toda una generación de escritores latinoamericanos que se preguntan sobre ese campo difuso que se denomina “Literatura Infantil” y que, pese a las etiquetas, se resiste a la comodidad y al encasillamiento. María Teresa Andruetto tiene la vocación de una autora polifacética que no sólo escribe para niños, sino que quizás escribe, simplemente.


 “Cuál es el lugar de un escritor.
Si lugar significa influencia, importancia práctica, el arte no ocupa ningún lugar.
Utopía significa precisamente eso: no lugar, ningún lugar.
Un escritor no es sólo un señor que publica libros y firma contratos y aparece en televisión.
Un escritor es, un hombre que establece su lugar en la utopía.”

Abelardo Castillo

Entre los africanos, cuando un narrador llega al final de un cuento, pone su palma en el suelo y dice: aquí dejo mi historia para que otro la lleve. Cada final es un comienzo, una historia que nace otra vez, un nuevo libro. Así se abrazan quien habla y quien escucha, en un juego que siempre recomienza y que tiene como principio conductor, el deseo de encontrarnos alguna vez completos en las palabras que leemos o escribimos, encontrar eso que somos y que con palabras se construye. Para escribir una y otra vez lo que nos falta, la escritura nos conduce a través del lenguaje, como si el lenguaje fuera – lo es- un camino que nos llevara a nosotros mismos.

Como la vida misma, todo texto despliega un movimiento desde un punto de precario equilibrio hacia otro equilibrio también precario. Algo penetra en lo que está quieto y su irrupción provoca adhesiones, resistencias, tomas de posición, intentos de recuperar lo perdido o de adquirir algo nuevo, hasta que todo se aquieta otra vez.

Escritura entonces como movimiento, como camino para quien escribe y para quien lee. Camino, migración de un sitio a otro. Hija de un partisano que llegó desde Italia a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial y mujer de un hombre que debió asilarse en un país europeo durante la pasada dictadura, me fueron narrados con persistencia los cuentos y las cuentas del desarraigo, los costos de pasar de una cultura a otra, de un mundo a otro. Volverse adulto es también haber migrado. Y la migración misma, esa zona de pasajero en tránsito, ese tiempo que hemos dado en llamar adolescencia.

Cuando yo era chica los corredores eran largos las mesas altas las camas enormes. La cuchara no cabía en mi boca y el tazón de sopa era siempre más hondo que el hambre. Cuando yo era chica sólo gigantes vivían allá en mi casa menos mi hermano y yo que éramos gente grande venida de Lilliput.

Migrar de un mundo a otro y adolecer, vivir lleno de faltas en el tránsito. Abandonos precarios, de frase en frase, de sitio en sitio, con la mano extendida a un otro que preste su voz y haga que lo escrito viva. El camino que trazamos sobre la página es el viaje de un deseo: palabra conquistada y a la vez mano extendida, ruego, invitación, pérdida brutal de la palabra.

El que migra, y toda escritura es migración, va hacia un habla que jamás le será dada. De esa pérdida se forma el escribir. Falta y no otra cosa es lo que tenemos al comienzo de cada proyecto. Se escribe porque no se sabe, no se comprende. Se escribe para confirmar una y otra vez que no se sabe, que no se comprende. Quien escribe busca una forma para eso que no tiene forma y que por eso es incomprensible, busca un continente para un contenido que siempre se desborda. Y lo que encuentra es una voz apenas, susurro de lo que no se sabe decir, de lo que no se puede decir, de lo que nadie enseña a decir.

¿Por qué escribir entonces en busca de lo que se nos está negado? Para un buscador de oro, el placer está en buscar. Un escritor es un buscador cuyo placer más puro es encontrar entre miles de palabras, las palabras. Esa es la única explicación que he encontrado para mí a lo largo de los años. Cuando dejamos de buscar, cuando se pacifica la relación con el lenguaje, éste deja de decir nuestra falta, eso que nos largó al camino de la escritura. Deja de decir y de decirnos; se vuelve contra nosotros.

¿Un escritor domina las palabras? Más bien se podría decir que un escritor tiene problemas con las palabras, que las ha convertido en su problema. Encuentro y pérdida permanente, palabras bailando en una boca muda. Así, como quien no puede pero de igual modo lo intenta, el escritor escribe el deseo del otro.

La escritura se convierte entonces, como la vida misma, en un atravesar, narración de viaje para liberarnos de las cosas no evitándolas sino atravesándolas, como quería Pavese. Por eso la permanencia de la novela de formación, aquella estructura narrativa nacida en el marco del romanticismo alemán, en la que un personaje se construye a sí mismo en el tránsito. El héroe comienza a delinearse ante nosotros a partir de una carencia. Como en el comienzo de los tiempos, deberá sortear pruebas. No tres, no siete, sino cientos de pequeñas pruebas hasta llegar a ese centro preciado e ilusorio que es el encuentro de cada uno consigo. Precario, provisorio centro de la vida. ¿Quién es ése que viene con nosotros y llega ahora al final de la novela? ¿Ése que al comienzo era un niño, un muchachito? Es un hombre. Como cada uno de nosotros. Un hombre singular y a la vez un hombre como todos. Sencilla verdad eternamente repetida.

Si todas las novelas se pueden reducir en última instancia, a dos formas: la que gira en torno a un centro y la que desplaza los sucesos de un sitio a otro (la novela de enigma y la de viaje), entonces la novela de viaje -ya se trate de las que narran un viaje interior o de las llamadas novelas de camino-, se presenta como una arquitectura ideal para los más jóvenes, entre otras cosas porque todo sufrimiento está allí protegido por la convicción de que se atravesará de un modo o de otro la zona de tránsito.

¿Estructura demasiado convencional? Toda escritura es experimental, ya que constituye, si es genuina, una exploración intensa de la palabra y una experiencia profunda en el seno de uno mismo. La verdadera originalidad, es una huída de la repetición de uno mismo, de la copia de uno mismo; y consiste en entender cada proyecto de escritura como una exploración nueva (nueva para uno, quiero decir) en el seno de la palabra, como una intensificación de la experiencia, porque se escribe contra la lengua, contra lo lingüísticamente correcto, contra lo políticamente correcto, se escribe contra todo y sobre todo contra nosotros mismos, violentando el lenguaje y violentándonos, buscando la salida de eso que somos en las rajas que se producen entre una palabra y otra, buscando aquello que entre una frase y otra, en esa grieta que no es silencio ni voz, aparece.

¿Inventar o descubrir?. Mirar sobre todo. Mirar con intensidad para dar cuenta de lo que se mira, porque la escritura (como la lectura) depende del mundo que se haya contemplado y de la forma sutil en que se ha incorporado la experiencia para percibir la complejidad y el intrincamiento de la apariencia. Porque el arte es un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él.

El peligro de ayer era lo que dimos en llamar- con una palabra cliché- el didactismo, un ejercicio de lenguaje autoritario del adulto sobre el niño. Hoy, como en La historia sin fin de Michel Ende, el peligro es el vacío, el crecimiento desmesurado de la nada; de eso dan cuenta tantos libros que se editan anualmente, no sólo en el campo de la literatura para los chicos.

En lo personal, me gusta mucho cierta literatura de sugerente enseñanza, desde los relatos arquetípicos hasta los cuentos sufíes, y no me da temor su carácter docente porque apuesto todo, o casi todo, a la sugerencia del lenguaje y a la posibilidad de romper por esa manija lo esperado, lo previsible, lo correcto, para que el texto se abra acaso alguna vez a múltiples lecturas. Me gusta la idea de trabajar a partir de ese material desechado, la literatura moralista que nutrió durante muchos siglos el narrar de los pueblos. En los cuentos de El Anillo Encantado partí a veces de historias un poco aleccionadoras (el amor vale más que las diferencias de clase, o se puede ser feliz sin tener nada) y, como quien hace pátinas sobre un mueble nuevo hasta convertirlo en viejo, caminé hacia ese pequeño libro. Porque un libro es un viaje que se hace a partir de capas y capas de escritura, de sucesivas obediencias a la forma, para lograr un tono, para buscar un ritmo, para que suene bien, para que se vuelva familiar lo que era extraño, para que se vuelva extraño lo que era familiar, buscando que lo conocido se rompa, se esmerile, estalle, buscando en fin una ruptura que deje ver por debajo algún resplandor de eso que llamamos vida.

¿Apenas si tenemos una frase?. Puede ser suficiente para tirar del hilo, para empezar a devanar la historia. Fragmentos, meandros, derivaciones en las que un testimonio se pierde, y entre esos meandros alguien dice la palabra de un comienzo. A veces no hay ni tan siquiera eso y entonces la escritura se evidencia en su condición de pura espera del otro, lenguaje narrando el vacío del otro, boca que espera una escucha, letra ofrecida a los ojos de un lector.

Corregir un texto es un trabajo espiritual, una empresa de rectificación de uno mismo, decía Paul Valery. Corregir entonces para liberarnos de lo adecuado y de lo correcto, de la mimetización con los autores más exitosos, de lo que se vende, de lo que quiere la escuela, de la necesidad de parecer escritores, del deseo de ser inteligentes o informados o…. Liberarnos en fin de tantos lastres, para encontrar en algún momento, si se persiste y si se es afortunado, esa moneda de oro que es la vida. Hay sí, una ética de las formas: eso es en su sentido más puro una estética. Trabajar encarnizadamente la forma para que se ajuste al movimiento que traza la vida. Escribir más allá o más acá de las exigencias del mercado. Abrir siempre nuevos espacios personales, exploraciones nuevas de escritura y de lectura. Escribir para el encuentro verdadero con un lector. Escribir siempre para lectores únicos, para decenas o centenas o millares de lectores únicos. Trabajar sobre todo contra la repetición de uno mismo, contra la mercantilización del deseo, contra el vaciamiento de las formas, desde la permanente búsqueda, desde el movimiento permanente, desde el constante desacomodo, aunque se nos haga a menudo cuesta arriba. Escribir en fin para el lector que quisiéramos ser, para un lector que en lo más íntimo de nosotros respetamos más allá de su condición y de su edad, un lector siempre más grande y más intenso que nosotros mismos. Escribir por puro afán de exploración, por el solo deseo de transitar nuestras reservas salvajes. Escribir para buscar, abiertos siempre al descubrimiento, al riesgo, a la sorpresa. Escribir sin miedo a las expulsiones del palacio, ni a las expulsiones del templo, cualesquiera sean los palacios y los templos de turno. Sin miedo al abandono de los lectores, ni al de las editoriales. Sin miedo a quedar fuera de la escuela o del mercado. Sin miedo, en fin. Escribir lejos de la repetición de lo exitoso, producido por los otros o por nosotros. Cuidarnos de todo y, sobre todo, cuidarnos de nosotros mismos. Prescindir de todo lo que no sea el camino. Ser siempre el caminante, el que todavía no ha llegado a destino, el pasajero en tránsito, el que atraviesa la reserva, el buscador de oro, para que la escritura acaso alguna vez sea. Para que alguna vez, tal vez, dibuje un texto y lo haga florecer como un árbol.

Cuando comencé a ocuparme y preocuparme de la literatura para los chicos, esto es a comienzos de los ochenta, parecía sencillo distinguir a los buenos de los malos escritores y a los buenos y los malos textos, a las buenas y las malas editoriales. Hoy esto no parece tan sencillo, toda vez que autores y editoriales de prestigio, prestan también su nombre o su sello a textos pobres. Hace veinte años, el problema de los que trabajábamos en este campo era instalar la literatura infantil y el hábito de la lectura en la escuela y sembrar esa conciencia en los docentes. Hoy el desafío enorme que nos toca como escritores, como lectores, como docentes, como especialistas es seleccionar y enseñar a seleccionar, con conocimiento y criterios personales, los buenos libros, en el mar de libros que se editan, criterios que sean capaces de ir más allá de las recomendaciones editoriales, de la publicidad, de los índices de venta y de los nombres consagrados. Hoy, más que nunca, se vuelve necesario ejercer nuestro personal derecho a disentir, a elegir, a ejercer el poder de lectores sobre lo que se nos vende o se nos intenta vender.

¿Para qué escribir, para qué leer, para qué contar, para qué elegir un buen libro en medio del hambre y las calamidades?. Escribir para que lo escrito sea abrigo, espera, escucha del otro. Porque la literatura es todavía esa metáfora de la vida que sigue reuniendo a quien dice y quien escucha en un espacio común, para participar de un misterio, para hacer que nazca una historia que al menos por un momento nos cure de palabra, recoja nuestros pedazos, acople nuestras partes dispersas, traspase nuestras zonas más inhóspitas, para decirnos que en lo oscuro también está la luz, para mostrarnos que todo en el mundo, hasta lo más miserable, tiene su destello. Como aquel pintor de la antigua Corea, de quien se dice que pintaba árboles que los pájaros confundían con verdaderos.

SOLGO

María Teresa Andruetto

Solgo : pintor de la antigua Corea
de quien se dice que pintaba árboles
que los pájaros confundían con
verdaderos.

l.
Hubo una vez, un hombre que pintaba
sobre viejos cordobanes,
sobre el papel de arroz,
sobre la seda.

En las afueras de una ciudad,
el hombre pintaba ramas de cerezos,
durazneros en flor, cañaverales,
y amaneceres azules, de un azul de agua,
y un renacuajo en el estanque verde,
y una montaña con las cumbres blancas.

2.

Se llamaba Solgo.
Y en una ciudad perdida,
al borde de un bosque,
entre las cañas,
pintaba

3.

Cierto día pasó un servidor del imperio
y lo vio pintando junto a su cabaña.

Miró el azul en la tela,
un azul sereno de agua.
Luego el rojo, el amarillo,
el malva…

Se dijo:
Lo que este hombre hace,
ha de gustarle a mi Señor.

Y lo llevó hasta la sede del imperio.

4.

El emperador quería un retrato.
Pero, para sorpresa de todos,
Solgo se negó a hacerlo.

Tendrás dinero, mucho dinero,
dijo el emperador.

Pero Solgo contestó
que no necesitaba dinero.

Tendrás comida, abrigo, mujeres,
dijo el emperador.

Pero Solgo contestó
que no necesitaba comida,
ni abrigo, ni mujeres.

Tendrás fama, honor, prestigio,
dijo el emperador.

Pero Solgo contestó
que no le importaban el honor, la fama,
el prestigio.

5.

Si nada necesitas, ¿por qué ocupas en esto todas tus horas y te cansas la espalda
y te manchas las manos
y te fatigas los ojos?, preguntó el emperador.

Para buscar un azul como el de la mañana,
y un negro como el de la noche
y un verde como el de la rana, contestó Solgo.

El emperador, rojo de ira, lo expulsó de la sala.
Del palacio.
De la ciudad imperial.

6.

Enterados de que no quería pintar por dinero,
los monjes del Santuario Mayor le ofrecieron a Solgo pintar el templo, repasar las doradas vestiduras de los dioses.

Si lo haces , tendrás dicha,
le dijeron.

Pero Solgo contestó que mezclar los colores
le daba toda la dicha que necesitaba.

Si lo haces, tendrás luz, tendrás amor,
le dijeron.

Pero Solgo contestó que no necesitaba luz,
que no necesitaba amor,
que ya todo lo tenía.

¿Cómo puedes tener todo,
si vives entre pobres,
en una ciudad miserable,
solo como una rata?,
preguntaron los monjes.

7.

Solgo bajó la cabeza
y dijo que no quería pintar a los dioses
sino apenas a la montaña azul tras la ventana,
y a la luna amarilla,
y al renacuajo en el agua.

Y entonces los monjes lo expulsaron del templo.
De la ciudad sagrada.

8.

Solgo atravesó las murallas,
los pobres caseríos,
y salió al campo.

Por el camino vio a hombres,
a mujeres,
a niños.

Alguien dijo:
Tengo hambre.

Otro dijo:
Tengo frío.

Y otro:
Estoy triste.

Y como él nada tenía para darles
dibujó sobre la tierra un cerezo.

Un cerezo tan verdadero
que embriagó a los hombres con sus flores
y les dio frutos durante toda la vida.

 

Bibliografía:

  • Abelardo Castillo. Ser escritor. Perfil libros. Buenos Aires, 1997.
  • Marina Colasanti. Rota de Colisao. Rocco,Río de Janeiro, 1993. Ruta de Colisión. Traducción del portugués por Ma. Teresa Andruetto. Colección Fénix de Poesía. Ediciones del Copista, Córdoba. En prensa.
  • Michel de Certau. La invención de lo cotidiano. Artes de hacer. Universidad Iberoamericana. Ac. México, 1996.
  • Cesare Pavese. Il mestiere di vivere. Giulio Einaudi editore, Torino, 1952.
  • Octavio Paz. El mono gramático. Seix Barral,1974.
  • Paul Auster. Revista Vox de poesía. Nro. 1. Bahía Blanca.
  • Peter Brook. Hilos de tiempo. Editorial Siruela, 2001.
  • Jean Genet. El secreto de Rembrandt. Narvaja editor. Córdoba, 1996.
  • Wallace Stevens. Adagia. Ediciones Península. Barcelona, 1993.
  • José Sanchis Sinisterra. El lector por horas. Proa. Teatre Nacional de Catalunya. Barcelona, 1999
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Así se vivió la Feria del Libro en Espantapájaros…

i may 12th No Comments por

Hoy es lunes 12 de mayo: el último día de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Esta noche se acaba FilBo y por eso queremos hacer un recuento de las actividades que ofrecimos a nuestro público durante las dos semanas que duró.

El miércoles 30 de abril celebramos el lanzamiento del libro más reciente de Rubén Silva: Los miedos de Joaquín. El autor conversó con Fanuel Díaz, gerente de Línea Infantil de la editorial Norma, y con Yolanda Reyes, escritora colombiana y directora de Espantapájaros, sobre el camino que lo llevó a la literatura, sobre sus miedos y sobre el nacimiento de su libro, que curiosamente fue escrito hace muchos años y duró un buen tiempo escondido. ¡Resulta que Rubén le teme a mostrar su trabajo!

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Afortunadamente, en Espantapájaros venció el pavor. Tanto, que se atrevió a cambiarse de ropa en el escenario, en frente del público, para explicar y mostrar cómo, en un momento de su vida, cuando se sentí muy gris, decidió vestirse de palabras (de palabras de todos los colores) y hacerse escritor.

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Las fotos de la fiesta las tomó Alexander Obonaga.

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El sábado 3 de mayo nos visitó una familia de artistas: el ilustrador venezolano Gerald Espinoza, con su esposa Reyva Franco, que es escritora, y el pequeño Joaquín.

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Después de leer algunos cuentos en voz alta y contarnos sobre su trabajo, Gerald nos enseñó a dibujar algunos animales, como el burro de Mi burro enfermo (Ekaré – Colección Clave de Sol) o las aves de Mis pollitos dicen (Ekaré – Pikinini). Luego Gerald y Reyva invitaron a los niños a dibujar en las paredes, y al final les firmaron libros a sus lectores de todas las edades.

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Y desde el jueves 8 de mayo hasta hoy, lunes 12, nos fuimos a Corferias. Este año, por primera vez, 16 librerías independientes estuvimos presentes en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. La Madriguera del Conejo, Tornamesa, Casa Tomada, Lerner, Babel y otras librerías muy valiosas nos acompañaron. En el segundo piso del Pabellón 8 exhibimos nuestros libros (escogidos con mucho cuidado para ofrecer lo mejor a nuestros lectores) y brindamos asesoría personalizada a quienes necesitaron ayuda para encontrar ese regalo especial o ese libro que les abriera la mente.

¡Muchas gracias a todos los que nos acompañaron!

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Nuestra Directora: “Lectura y mariposas amarillas”

i may 12th No Comments por

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 12 de mayo de 2014, Yolanda Reyes escribió:

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Lectura y mariposas amarillas

La familiaridad desabrochada con la que el presidente Santos llamó “Mario” a Vargas Llosa en el discurso inaugural de la Feria del Libro, como si estuvieran tomándose unos whiskies en el bar del Country Club (de Lima o Bogotá, da igual), ilustra esa forma de ir por la vida cultural de casi todos nuestros mandatarios. Con ese tono de supuesta espontaneidad, con ese “no vine preparado” que es una expresión de desprecio por la audiencia, “Juan Manuel” improvisó un discurso deshilvanado en el que mezcló las mismas anécdotas trilladas de “Gabo” con alusiones de campaña y hasta con una invitación personal a ir de parranda al festival vallenato.

Agradecí estar viéndolo todo desde la barrera, por televisión, no solo porque pude dormitar mientras otros presidentes de gremios o repúblicas repetían los habituales lugares comunes sobre lectura, (con la excepción del brillante discurso de Petro), sino porque no tuve que disimular la vergüenza –esa sí con diéresis– cuando Santos se refirió a José María Argüedas (sic), con una diéresis que se inventó, como los niños que dicen güerra en vez de guerra, mientras aprenden a leer. Que el presidente del gobierno anfitrión no supiera leer el apellido de uno de los escritores emblemáticos del Perú, precisamente el país invitado de honor, y precisamente, en el discurso inaugural de la Feria del Libro, resultó tan impresentable como los errores que cometió al confundir los papelitos que quizás algún asesor le había preparado y que le hicieron adjudicarle comienzos de frases de García Márquez al aterrado Vargas Llosa.

Por supuesto, Santos no es muy original en esto de los lapsus literarios. Hay casos célebres como el de Esperanza Aguirre, quien cuando era Ministra de Cultura de España, declaró que “Sara Mago” era una excelente artista, o el del trino que mandó Vicente Fox a Vargas Llosa para felicitarlo por el Nobel, en el que le atribuyó a Borges ese premio que le fue esquivo: “Felicidades, Mario, la hiciste –tecleó–. Ya son tres: Borges, Paz y tú”. Por su parte el presidente Peña Nieto, el mismo que acaba de presidir con Santos los funerales de García Márquez, atribuyó la autoría de “La Silla del águila”, de Carlos Fuentes, a Enrique Krauze, cuando le preguntaron en la Feria de Guadalajara por un libro. Y cuando le pidieron evocar alguno que hubiera sido importante en su vida, pidió ayuda al público y al fin declaró que era la Biblia…Aunque no toda.

Estos ejemplos, de tantos más, ilustran el currículo oculto que se repite en los discursos sobre lectura: de un lado, los valores salvadores, educativos y mesiánicos atribuidos al acto de leer, el “maravilloso, mágico y lúdico” poder de la literatura y el respeto por los autores regionales o nacionales que son vistos como héroes o mártires y que nadie parece haber leído… Y de otro lado, la falta de referencias, de ideas, de argumentación, de sensibilidad e inteligencia: en síntesis, de lectura y de escritura. Todas esas frases de cajón que recitan los funcionarios crean una doble moral sobre lectura que aprenden los niños, y no solo en los pupitres de la escuela.

Recuerdo el tono despectivo y burlón con el que el candidato Santos llamaba “profesor Mockus” a su adversario en la pasada campaña electoral. En esos viejos tiempos, cuando no se había puesto de moda la educación entre empresarios y políticos, la palabra “profesor” se usaba para subrayar la incompetencia del adversario. Quizás es parte de lo mismo y todos esos discursos sin articulación ni contenido, por no mencionar la sucesión de chismes sucios que estamos leyendo en estos días de campaña, subrayan la falta que nos hace esa forma de organizar el pensamiento, de confrontarlo, enriquecerlo y compartirlo, que es la razón de ser de la cultura escrita.

Yolanda Reyes 

 
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