Leer al calor del hogar

i jul 24th No Comments por

Por: Yolanda Reyes
2003

“El pequeño mundo que uno encuentra al nacer es el mismo en cualquier parte en que se nazca; solo se amplía si uno logra irse a tiempo de donde uno tiene que irse, físicamente o con la imaginación.”
Augusto Monterroso.

En ese mundo pequeño que es el hogar, se aprende lo fundamental sobre la vida. Sin tableros, ni pupitres ni uniformes. Casi por ósmosis, sin que nadie se dé cuenta cómo ni a qué horas, entre rutinas y sobremesas, entre lo que se dice y lo que no se dice, las cuatro paredes de la casa son la primera imagen del mundo. Los valores, las actitudes, los modos de ser, de sentir y de pensar, la manera de mirar, tienen sus raíces en esa primera escuela a la que, por fortuna, no han llegado aún las innovaciones de la tecnología educativa.

Es realmente una fortuna. En las casas no se habla de objetivos, ni de metodologías, ni se evalúan periódicamente los resultados, ni se rinden informes. Se vive, simplemente. Y es en ese fluír de la vida, sin planificar, donde crece la gente. La escuela tiene mucho que envidiarle a ese sistema pedagógico , donde todo sucede de una manera mas espontánea y más real. Sin compartimientos, ni disciplinas separadas, ni horas asignadas para tal o cual destreza. Por eso, hablar de lectura en el hogar es hablar de muchas cosas al mismo tiempo.

En primer lugar, no suena muy apropiado ese nuevo rótulo tan de moda de “Promoción de Lectura” para lo que se hace en un hogar. No creo que en el hogar se hagan promociones de ninguna clase. El término, tomado del lenguaje comercial, tiene un sesgo cuantitativo que me parece sospechoso. Desde siempre ha habido hogares con padres, madres, abuelos, tíos o nodrizas que sembraron en los niños el amor por las historias y por los libros. Dudo que lo hubieran hecho a propósito, siguiendo unos objetivos predeterminados…Lo más probable es que solo quisieran pasar un buen rato, o domar a las pequeñas fieras que suelen ser los niños, para que se estuvieran quietos unos minutos. Las dos intenciones son, en sí mismas, maravillosas. Porque disfrutar simplemente del placer de una historia o confiar en el poder hipnótico de las palabras, es creer de antemano en la lectura.

Esa creencia no se aprende en talleres ni en libros especializados, aunque ahora estén tan de moda las escuelas para padres. Las creencias se tienen o no se tienen y eso nos remite al círculo interminable de la vida; a las infancias de los que ahora somos padres y a las de nuestros padres y, así sucesivamente, en la memoria colectiva. Indagando en nuestros sentidos y en nuestros sentires, que tienen que ver con una historia personal, podemos encontrar nuestras propias ideas para que los hijos se acerquen a los libros en el hogar.

A simple vista podría pensarse que niego la posibilidad de cambiar lo que ya está dado o de salirse de una “estructura familiar” y eso suena muy pesimista, sobre todo si tenemos en cuenta que en Latinoamérica solo una minoría ha crecido en ambientes familiares cercanos al libro. Pero ése no es el sentido. Lo que propongo es partir de una búsqueda personal , empezando por el principio, que somos nosotros, y no por el final, que son los niños. Porque somos los adultos, con nuestras lecturas y con nuestras palabras, inscritas desde mucho antes de ser padres, el texto de lectura primordial al que se enfrentan los ninos.

Los arrullos y las canciones, los cuentos que otros escribieron en nosotros cuando fuimos niños, las retahílas, los conjuros, las leyendas y todos esos juegos de palabras que hacen parte de la tradición oral, son los más ricos textos de lectura de la primera infancia. ¿Quién no recuerda alguno? Un arrurrú mi niño, arrurrú mi sol, un aserrín aserrán o cualquiera de esas historias que se cuentan en los dedos de la mano… En el campo o en la ciudad, ahora o hace veinte, o cincuenta años, la infancia tiene sus propios textos de lectura.. Y una de las ventajas de ser padre es que uno puede darse el lujo de recrear su propio repertorio. Basta con buscar entre la memoria, preguntando aquí y allá por ese cuento que nos gustaba tanto, por esas fórmulas de comenzar y terminar las narraciones, que nos remontaban al tiempo mítico del “Había una vez hace muchísimos años…”

Todos los padres tenemos el poder de volvernos cuenteros, juglares y trovadores con nuestros propios hijos. Nuestras historias, nuestras canciones -afinadas o no- nuestras voces y nuestros tonos pueden resultarles más interesantes que ningún otro texto. Porque les hablan de sus orígenes, porque vinculan a las palabras con los más cercanos afectos. Porque nombran los temores y conjuran las sombras y establecen otro tipo de comunicación más estrecha, más significativa y auténtica que la que suele entablarse en la vida escolar. Al conocer los intereses, los temores y las características de cada uno de sus hijos, mejor que nadie en el mundo, los padres son los más capacitados para revelar los misterios que encierran las palabras. Esos misterios que constituyen la esencia del placer por la lectura.

Naturalmente, no todo se reduce a estas buenas intenciones. Se necesitan algunos ingredientes. En primer lugar, tiempo. Un tiempo ritual, lejos de las presiones cotidianas para otorgarle otro espacio a la palabra. Además de su función informativa e instrumental, las palabras permiten viajar, soñar, desear, acariciar, cantar y expresar. Un cuento antes de dormir, todas las noches, o una sobremesa para conversar en familia, o un libro apasionante que se lee por entregas, le confieren a las palabras poderes mágicos y vinculan a la lectura con el placer.

Pero, además de tiempo, necesitamos una actitud diferente, abierta al diálogo y al encuentro con todo lo que quieren decir los niños. Escucharlos, para permitirles expresar su mundo, sus fantasías, sus historias, sus opiniones, sus acuerdos y sus desacuerdos. Respetar sus argumentos y ayudarlos a formar su criterio, que no tiene que ser el nuestro. Alimentar sus puntos de vista, proporcionarles referencias culturales, estimular su imaginación y su inventiva, todo ello constituye el trabajo de los padres en la formación de nuevos lectores.

Para responder a esos retos, regresamos al punto de partida: Se necesitan padres lectores, asiduos visitantes de las bibliotecas y de las librerías, en busca de material para alimentar los sueños de sus hijos. Y se necesitan padres lectores, no solo para que eduquen con el ejemplo, sino para que transmitan por ósmosis una idea de lectura más vital y menos académica. Padres que esperan ansiosos el periódico de la mañana y madres que roban tiempo a sus quehaceres diarios para enfrascarse en su novela preferida. Padres que, además de regalar juguetes, regalen libros. Madres que puedan encontrar en las páginas de un libro los mejores secretos de la cocina o de las plantas, la mejor historia para compartir en voz alta con sus hijos o el conjuro más poderoso para dormir a su bebé.

A encontrar esos y muchos otros secretos en la lectura, se aprende en el hogar y lo que está en juego no es el número de ejemplares que pueda tener la biblioteca paterna ni los títulos universitarios que estén colgados en las paredes. Es mucho más sencillo y más barato que eso. Es compartir una cierta fe en las palabras. Es creer en el valor del lenguaje para enriquecer la experiencia, para crear y recrear el mundo. Es dejar una puerta abierta para que los libros y las palabras se instalen cómodamente en el sofá y ocupen un lugar importante en la vida cotidiana.

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La sustancia oculta de los cuentos

i jul 23rd No Comments por

Por: Yolanda Reyes

Charla para los maestros, con ocasión del lanzamiento de Cuentos para siempre de la colección “Libro al Viento”, del Instituto Distrital de Cultura y Turismo.

Biblioteca Virgilio Barco. Bogotá, Colombia. Junio 18 de 2004

 

I. El hilo de la memoria
Hace mucho, pero muchísimo tiempo, mucho antes de aprender a leer solos, quizá una voz amada nos contó alguno de esos cuentos tradicionales que suelen contarse a los niños y que hemos dado en agrupar bajo el rótulo de “cuentos de hadas” o “cuentos tradicionales”.

Deberíamos seguir el hilo de la memoria para evocar ese rostro, ese tono de voz, esas manos que iban señalando reinos y palacios lejanos, para construir una arquitectura que no existía entonces y que, sin embargo, era más real que todo lo demás: más real que el borde de esa cama que olvidamos; más real que la habitación o el patio o la noche aquella de esos tiempos… más real que nuestras caras de entonces, que las trenzas o las colas de caballo o la gomina que hace ya tanto no usamos…

Y ahora, cuando ya hemos olvidado el rostro que tuvimos y la edad exacta y el vestido, tal vez seguimos acordándonos de algún retazo de la historia, de alguna fórmula mágica de inicio, de algunas palabras que se repetían como un canto y que nombraban todo aquello de lo que no se hablaba durante el resto de las horas, todo aquello que no se decía en las visitas ni en la mesa ni en la fila del colegio…

La sustancia oculta de los cuentos: ese poder de las palabras para dar nombre y existencia a realidades interiores, tantas veces terribles e inciertas, a pesar de la supuesta inocencia que los adultos atribuyen a los tiempos de infancia.

El primer cuento que recuerdo, tal vez el más triste de los cuentos que conozco, más que cuento era letanía e indagaba, como en el fondo lo hace siempre la literatura, en los misterios de la vida, con dos de sus dramas recurrentes: el amor y la muerte. Era la historia de La Cucarachita Martínez contada por mi abuela muchas noches a la misma hora. Por si no saben el cuento, la Cucarachita, barre que te barre la puerta de su casa, encontraba una moneda y con la moneda, se compraba una cinta para el pelo. Y luego, así, tan linda, se sentaba en esa misma puerta a esperar que alguien la enamorara. Pasaban el perro, el gato y otros animales y todos le decían la misma frase: “Cucarachita, como te ves de bonita. De corazón te lo pido, ¿quieres casarte conmigo?”. Ella, como se acostumbra en los cuentos tradicionales, contestaba siempre igual: “Eso depende: ¿cómo me enamorarás?

El perro decía guau, el gato decía miau y ella volvía a contestar, invariablemente: “¡Ay, no!…sigue tu camino que me asustas, me espantas y me asombras”. Hasta que llegaba el Ratón Pérez y cuando ella decía “eso depende: ¿cómo me enamorarás?”, el Ratón Pérez contestaba, con un suave “bsbsbs” en susurros, y ella quedaba fascinada. Inmediatamente se casaban, pero la historia no tenía final feliz porque unos días luego de la boda, la Cucarachita dejaba al Ratón Pérez revolviendo un sancocho y el pobre se ahogaba entre la olla.

De repente todo se volvía muy triste. La Cucarachita se sentaba a llorar y un pajarito que pasaba le preguntaba por qué estaba tan triste. Ella contestaba: “Porque el Ratón Pérez se cayó en la olla y la Cucarachita lo siente y lo llora”… Entonces, el pajarito se unía al duelo y decía: “pues yo pajarito me corto el piquito”… Entonces pasaba la paloma y le preguntaba al pajarito por qué se había cortado el piquito y la letanía recomenzaba: “Porque el Ratón Pérez se cayó en la olla y la Cucarachita lo siente y lo llora y que el pajarito se cortó el piquito”. Y la paloma decía: “pues yo, la paloma, me corto la cola”… Y cuando el palomar llegaba a preguntar, se ponía igual de triste y decidía: “pues yo, palomar, voy me a derribar”, y se sumaba al coro y la letanía se iba haciendo cada vez más larga y aparecían nuevos personajes que repetían una y otra vez la misma retahíla:

Porque el Ratón Pérez se cayó en la olla y la Cucarachita lo siente y lo llora y que el pajarito se cortó el piquito, y que la paloma se cortó la cola y que el palomar fuese a derribar y la fuente clara se puso a llorar. Y yo que lo cuento acabo en lamento porque el Ratón Pérez se cayó en la olla y la cucarachita….

Y así sucesivamente, el duelo se iba apoderando de todo y las palabras eran tristes pero, de tanto repetirse, parecían tener poderes curativos… Obviamente, eso lo pienso ahora porque entonces yo no sabía qué circulaba debajo de esas palabras que mi abuela me contaba. Quizás tampoco ella lo sabía: sencillamente, éramos dos personas muy cercanas, cuerpo a cuerpo, cara a cara, hablando sin hablar todas las noches, de los misterios de la vida y de la muerte y del amor.

Pues bien, yo creo que, de eso, exactamente, se trata la literatura. Y creo que los lectores de cualquier edad, cuando nos refugiamos en la cadena de palabras de un libro, seguimos buscando esa posibilidad, muchas veces descubierta al lado de esas primeras voces y de esas primeras historias inscritas en nosotros, de nombrar, en un idioma secreto, en un Idioma Otro, aquellos misterios esenciales que nunca logramos entender: la vida y la muerte…Y lo que hay en la mitad.

 

II. El lugar de la literatura.

Si aceptamos que sabemos, desde esos remotos tiempos de palacios y de voces antiguas, que la materia de la literatura es precisamente la vida – y la muerte y lo que hay en la mitad – cabría preguntarnos por qué razón sigue tan vigente en nuestras prácticas y en nuestros currículos académicos esa otra idea según la cual, lo que se debe saber de literatura es tanto de lo que sobra y tan poco de lo que basta: es decir, definiciones, actividades, etiquetas… (“Deber antes que vida”, como dijo alguno de nuestros ilustres próceres. La letra muerta primero y después, cuando aprendamos bastante, si acaso, vendrá el placer..) Pero el problema es que “después” puede ser demasiado tarde. La literatura, así enseñada, con sus listas de autores y de obras o como estrategias y estándares de decodificación, no da segundas oportunidades.

¿De dónde habrá surgido ese consenso escolar que nos obliga a todos a subrayar lo mismo en el mismo párrafo del cuento de Caperucita Roja , a entender rápidamente las mismas ideas principales de Barba Azul y a mirar todas las obras desde los mismos puntos de vista? ¿De dónde ha surgido ese desprecio que le produce a la educación lo subjetivo, lo inefable, lo que no puede evaluarse en una prueba académica?

Yo me atrevo a pensar que hay un poco de vanidad en este equívoco. Porque, en nuestra concepción de enseñanza, aún se pide al profesor que sea capaz de controlar, planificar y evaluar el proceso de aprendizaje durante todas las etapas, de principio a fin, sin que nada se la salga de las manos. Esa concepción supone que mientras más a corto plazo sean los objetivos que se proponga un maestro y mientras más se materialicen en indicadores concretos, más fáciles serán de ver, comprobar y evaluar en términos cuantitativos. De alguna manera, su “eficacia” está todavía planteada en función de cuánto aprendizaje logra demostrar que obtuvieron sus alumnos. Lo que no es visible, evaluable y observable no da puntos. Lo que se sale de la respuesta esperada no vale. Lo que sucede fuera de clase no cuenta. Los procesos que concluyen después de finalizar el año o las revelaciones que se le van dando paulatinamente a un ser humano, a lo largo de la vida, quizás gracias a la voz de un maestro que cuenta cuentos sin esperar a cambio más que caras expectantes, fascinadas o aterradas, no se califican. Y lo que no puede evaluarse a corto plazo, es como si no existiera.

Si ya hemos esbozado que la literatura trabaja con toda la experiencia vital de los seres humanos –y no sólo con el pedacito que se puede medir– podemos imaginar lo poco que estos cuentos y esas voces han representado para sistemas pedagógicos basados en preguntas cerradas de “selección múltiple” o en ideas meramente instrumentales que insisten en hablar de lectura rápida, como si se tratara de una competencia académica o deportiva…para el caso, da lo mismo.

 

III. Casas de palabras

Detengámonos a pensar por un momento en la esencia del lenguaje literario y ubiquémoslo dentro del contexto más amplio de la comunicación humana. Cada uno de nosotros posee una lengua determinada para expresar su mundo interior y para relacionarse con los otros. En nuestro caso, pertenecemos a la comunidad lingüística que habla castellano. El castellano tiene un código propio, un sistema de signos que nos permite a todos los hablantes nombrar, con ciertas etiquetas, unas imágenes mentales o unos significados determinados. Eso garantiza que podamos compartir, de cierta forma, un código común. En efecto, si escribo la palabra “casa”, puedo tener la seguridad de que todos ustedes, que comparten mi lengua, evoquen en su mente el concepto de casa. Sin embargo, ninguna de las imágenes mentales que ustedes se forman corresponden al significado estándar del diccionario. Habrá mansiones, apartamentos o casas de campo; algunas serán grandes y otras pequeñas. Muchos irán más lejos y asociarán la palabra con un olor particular, con una cierta sensación de seguridad o de calor de hogar, con una añoranza o con sus propios secretos. Y eso sucede porque todos vivimos en casas distintas.

Valgámonos de esa imagen para ilustrar nuestra relación con la lengua: cada uno construye su propia casa de palabras. Tenemos un código común, digamos que son los materiales y las especificaciones básicas. Pero cada ser humano va apropiándose del código a través de sus propias experiencias vitales y suele formar sus significados, más allá de un diccionario, mediante una trama compleja de relaciones y de historias. Así, debajo de las etiquetas, el lenguaje que habitamos oculta zonas privadas y personales. Junto a las zonas iluminadas existen grandes zonas de penumbra.

¿Qué significado tiene todo esto para la enseñanza de la literatura? Pues nada menos que el reconocimiento de esas zonas. Porque, entendámonos: no es lo mismo leer un manual de instrucciones para conectar un horno que leer un cuento de hadas, y si la escuela no se da cuenta de “semejante sutileza”, seguirá enseñando a leer todos los textos desde la misma postura.

Es cierto que para conectar un horno se deben seguir, de manera literal y obediente, unos pasos, pues lo contrario puede ocasionar un cortocircuito. Sin embargo, es igualmente cierto que, en el caso de los cuentos, de los poemas y de la literatura toda, son precisamente la libertad del lector y, de cierta forma, su desobediencia al sentido literal de las palabras, las que le permiten “comprender” en toda su dimensión. Aunque para las dos tipos de lectura hablemos de comprender, el tipo de comprensión que se establece, es muy distinto. Para entender un cuento, es necesario conectarlo con sensaciones, emociones, ritmos interiores, evocaciones como las que hicimos al comienzo, símbolos tal vez arcaicos y zonas recónditas y secretas de nuestra experiencia. Si no nos permitimos explorar esas zonas secretas con sus penumbras y sus ambigüedades, esos cuentos no nos dirán nada, así contestemos cuál es su tema o cuándo nacieron sus autores, o así identifiquemos la introducción, el nudo y el desenlace…

A pesar de que los dos tipos de lecturas –el manual de instrucciones para conectar un horno y los cuentos de hadas – compartan muchas palabras y signos, hay algo en ellas que nos hace a nosotros, como lectores, entrar en dinámicas diferentes. Y la escuela, aclarémoslo, debe enseñar a leer de todas las formas posibles y con diversos propósitos. Porque necesitamos seguir instrucciones cada vez más complejas, no sólo para conectar hornos, sino para que una nave pueda despegar y explorar lugares remotos. Pero también necesitamos, y cada vez con mayor urgencia, explorar el fondo de nosotros mismos y conectarnos, desde ahí, con esos otros, iguales y diferentes, que comparten nuestras raíces humanas, nuestros sueños y nuestros terrores. Así como algunas veces debemos ser obedientes o literales y otras veces requerimos analizar con exactitud textos científicos y académicos – y no niego que esto también puede y debe enseñarse – también es cierto que necesitamos herramientas para hacer lecturas libres y transgresoras, para conversar profundamente con nosotros mismos y con esas otras voces, en ese idioma secreto que fluía entre nosotros y nuestros narradores privados mientras compartíamos un cuento.

Por hablar en ese Idioma Otro , y por nombrar esas “habitaciones propias”, la literatura debe ser leída, vale decir sentida, desde la propia vida. El que escribe estrena las palabras y debe reinventarlas cada vez, para imprimirles su huella personal. Y el que lee literatura recrea ese proceso de invención para descifrar y descifrar-se en el lenguaje secreto de otro. Es éste un proceso complejo que compromete, por decir lo menos, a dos sujetos, con toda su experiencia, con toda su historia, con sus lecturas previas, con su sensibilidad, con su imaginación, con su poder de situarse más allá de sí mismos. Se trata de una experiencia de lectura compleja y, hay que decirlo, difícil. Pero se puede enseñar. Y yo sostengo también que se puede enseñar a amar la literatura, así como se enseñan y se aprenden números, vocales o competencias semánticas o lo que ustedes quieran. Es posible enseñar la experiencia esencial de la literatura: es decir, su poder para revelarnos sentidos ocultos y secretos; para conmovernos y aterrarnos y zarandearnos y nombrarnos y hacernos reír o temblar, y para hablar de todo aquello que no se dice, de labios para afuera, en las visitas.

Cabe, entonces y sé que muchos de ustedes lo creen y lo hacen posible todos los días, promover una pedagogía del amor a la literatura que dé cabida a la imaginación de alumnos, alumnas y maestros y al libre ejercicio de su sensibilidad, para impulsarlos a ser re-creadores de los textos.

 

IV. Lo que sí puede enseñar la literatura

Nuestros niños, niñas y jóvenes están inmersos en una cultura de prisa y bullicio que los iguala a todos y que les impide refugiarse, en algún momento del día o, incluso, de su vida, en lo profundo de sí mismos. De ahí que la experiencia del texto literario y el encuentro con esos libros reveladores que no se leen sólo con los ojos o con la razón, sino con el corazón y el deseo, sean hoy más necesarios que nunca como alternativas para ir construyendo esas casas o palacios interiores. En medio de la avalancha de mensajes y estímulos externos, la experiencia literaria brinda al lector unas coordenadas para nombrarse y leerse en esos mundos simbólicos que han construido otros seres humanos. Y aunque leer literatura no cambie el mundo, sí puede hacerlo más habitable, porque el hecho de vernos en perspectiva y de mirar hacia adentro, contribuye a abrir nuevas puertas para la sensibilidad y el entendimiento de nosotros y de los otros.

Necesitamos poemas, cuentos y toda la literatura posible en nuestras escuelas, no para subrayar ideas principales, sino para favorecer una educación sentimental. No para identificar moralejas, enseñanzas y valores sino para emprender esa antigua tarea del “conócete a ti mismo” y “conoce a los demás”. El reto fundamental de un maestro es el de acompañar a sus alumnos en esa tarea, creando, a la vez, un clima de introspección y unas condiciones de diálogo para que, alrededor de cada texto, puedan tejerse las voces, las experiencias y las particularidades de cada niño, de cada niña, de cada joven de carne y hueso, con su nombre y con su historia..

Un maestro de literatura, por encima de todo es, como aquellos contadores que evocamos al comienzo, una voz que cuenta; una mano que inventa palacios y arquitecturas imposibles, que abre puertas prohibidas y que traza caminos entre el alma de los libros y el alma de los lectores. Y para hacer su trabajo, no debe olvidar que, más allá de maestro, es también un ser humano, con zonas de luz y sombra; con una vida secreta y una casa de palabras que tiene su propia historia. Su labor, como la literatura misma, es riesgo e incertidumbre. Su oficio privilegiado es, básicamente, leer. Y sus textos de lectura no son sólo los libros sino también sus lectores. No se trata de un oficio, sino de una actitud de vida. No figura en los estándares ni en los textos escolares ni en el manual de funciones, pero se puede enseñar. Ojalá les quede esa idea clara: que un maestro puede “enseñar” el amor por la literatura mediante su actitud vital, que es el texto por excelencia de sus alumnos. Cuando salgan del colegio y olviden fechas y nombres, podrán recordar la esencia de esas conversaciones de vida que se tejían entre líneas, cuando su maestro sacaba un libro de cuentos y compartía con ellos la emoción de una historia, sin pedirles nada a cambio. Porque en el fondo, los libros son eso: conversaciones de vida. Y sobre la vida, sí que es urgente aprender a conversar.

Creo que leemos para conversar, y decir y decirnos, sin entender nunca nada del todo. Como la Cucarachita cuando se refugiaba en esa letanía, cada vez con más voces y ese ser en las palabras, ese fluir con las palabras de otros muchos, era como un hechizo que de cierta forma, sanaba el dolor, mediante el rito de nombrarlo.

Tal vez el tiempo, que siempre va tan de prisa, borre en sus estudiantes los rostros de ahora y las coordenadas de aquel salón donde ustedes les leen cuentos, sin pedirles nada a cambio, salvo sus caras de expectación, terror, asombro o deleite…Pero quizás cuando sean grandes lectores se acuerden de algún cuento entrañable que los marcó para siempre y de una voz que decía:

“Érase una vez, en un país muy lejano…”

Y nadie estará ahí para ponerles una condecoración ni una medalla al mérito ni para dar fe del milagro. Pero así es como se van haciendo los lectores: cuerpo a cuerpo: cuerpo y alma, en una habitación o en un salón de clase. Cuento a cuento. Y uno por uno.

Yolanda Reyes.
Bogotá, 2004

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En el nacimiento de Nidos para la Lectura

i jul 23rd 2 Comments por

Por: Yolanda Reyes
Ponencia del lanzamiento de la colección Nidos para la Lectura.
Bogotá, abril 23 de 2005.

nidos

–¿Quisiera usted decirme qué camino debo tomar para salir de aquí?
–Eso depende, en mucho, del lugar a donde quiera ir –respondió el Gato.
–No me preocupa mayormente el lugar –dijo Alicia.
–En tal caso, poco importa el camino –declaró el Gato.
–Con tal de llegar a alguna parte –añadió Alicia a modo de explicación.
–¡Oh! –dijo el Gato–: puede usted estar segura de llegar, con tal de que camine durante un tiempo bastante largo”.
Lewis Caroll. Alicia en el país de las maravillas.

Hay palabras de los libros que uno va subrayando sin entender bien del todo y que se quedan incorporadas a la memoria durante muchos, muchos años. Cada uno va apropiándose de las suyas y aunque aparentemente las olvide por el camino, permanecen guardadas en algún recoveco. Recuerdo que subrayé esa conversación entre Alicia y el Gato cuando era una adolescente. Entonces pensaba, con esa suficiencia de la juventud, que se trataba de un diálogo más absurdo incluso que el resto de la historia. ¿Cómo no preocuparse por saber hacia dónde iba uno?, ¿cómo conformarse, simplemente con andar durante un tiempo bastante largo? –me preguntaba en esos días, cuando aún tenía la ilusión de que todo se decidiría pronto y que los caminos serían rectos y que bastaría sólo con decir por aquí o por allá, sin atajos ni matices, ni antesalas… ni mucho menos paciencia?

Pues bien, mientras pensaba cómo presentar la colección se me apareció el consejo del Gato y ya no se quiso ir. Y aunque gasté bastantes horas ahuyentándolo, en busca de palabras más pertinentes para comenzar esta presentación (¿qué diablos hacía ese gato ahí, colado, si ni siquiera Alicia en el país de las maravillas figuraba en el menú de los 15 libros escogidos?), al fin me resigné a dejarlo y poco a poco me fui dando cuenta de que no era tan causal su aparición, como casi nada es casual en esta vida. Y menos que nada lo es este proyecto de Nidos para la Lectura, que hoy sale oficialmente del cascarón.

¿Cuántos años se necesitan para formar un lector, uno solo? ¿Cuántos libros, cuántas palabras, cuántas voces y personas, cuántos encuentros y desencuentros? ¡Cuánta vida y cuántos caminos hemos recorrido nosotros, los que hoy estamos aquí, todos tan diferentes, para hacernos lectores y, tal vez, para hacer de éste un oficio de vida!

¿Cuándo nos hicimos lectores? O quizá valdría decir: ¿cuándo nos hicieron lectores? ¿Quiénes nos hicieron lectores? Y porque no hay momento exacto ni libro definitivo, el absurdo parlamento de Alicia con el Gato me resulta hoy tan revelador: “puede usted estar segura de llegar, con tal de que camine durante un tiempo bastante largo”.

Creo que es una maravillosa admonición para los que compartimos este oficio. Porque enseñar a leer, en el sentido amplio y cabal del término, requiere de mucho tiempo y el tiempo, ya se sabe, es una categoría difícil de alterar a pesar del Concorde o de Internet. Serán gajes del oficio, pero en lectura y en educación no todo es para ya, ni para este cuatrienio o para esta campaña específica, ni mucho menos para esta Feria del Libro. Quizás por eso son tan escasos los proyectos educativos de largo alcance y tan exiguos los presupuestos.

(Alguna vez un alto funcionario me sugirió que con el objeto de reducir costos y mostrar resultados inmediatos, triplicáramos el trabajo o no durmiéramos o madrugáramos más y contratáramos más gente. Le dije, con todo respeto, que para hacer un bebé se necesitaban nueve meses de gestación y que eso no se podía reemplazar por nueve vientres maternos, a razón de un mes cada uno… ¡Obviamente jamás volvieron a contratarme!… )

Para enseñar a leer y eso uno lo aprende, no sólo a defender sino también a disfrutar, se necesita un proceso largo de formación. Por eso no me avergüenzo de haber tomado varios años y muchas horas de encierro pensando en este proyecto que, como ustedes van a ver, no tiene ideas novedosas ni libros de última moda, sino que más bien recoge una experiencia sencilla y una suma de esfuerzos cotidianos que durante “un tiempo bastante largo” –eso sí– venimos haciendo muchas personas, en diversos ámbitos, para formar lectores.

Los conceptos que subyacen a este proyecto editorial de dar de leer a los niños, desde que nacen y nosotros los “leemos”, hasta que se hacen grandes lectores y se encierran en las habitaciones propias que construyen con sus propios libros, son básicamente los mismos que ustedes conocen y con los que trabajan día a día. Por eso tampoco es una casualidad que esta “salida del cascarón” de Nidos haya sido programada en un día como hoy, cuando se congregan en la Feria del Libro tantas personas del oficio, tan conocidas y tan cercanas.

Porque, además de tiempo, para formar a un lector se necesita un trabajo de equipo y en este salón –tampoco es casualidad– estamos por fin reunidos todos los que formamos lectores: desde mamás y papás y mis colegas de Espantapájaros que trabajan con los más pequeños –y a las que, dicho sea de paso, tantísimo les debe esta colección– hasta esa enorme red de gente que fomenta la lectura y en la que se tejen los esfuerzos de maestros, bibliotecarios, autores, ilustradores, investigadores y amigos de los libros.

Aunque los verán sintetizados en el folleto que preparó Alfaguara, en términos generales, esos conceptos parten de la idea de que, así como se pueden enseñar fonemas, números y tantas otras cosas, es posible enseñar, vale decir, transmitir el amor por la lectura y que suele ser más sencillo de lo que se supone. Basta con la presencia amorosa de un adulto entrañable que desde muy temprano vincule a la lectura con la vida y que ofrezca buenos libros durante todas las etapas de la formación de un lector. De ahí que la colección sitúe la génesis del placer de leer en el ámbito de la familia y se dirija principalmente a los padres para orientarlos en eso que ya saben hacer, aunque no lo crean: dar palabras y afecto, mientras comparten un libro con sus hijos.

Lo que hemos intentado es, simplemente, ofrecer literatura de calidad y seleccionar un menú de autores e ilustradores de hoy y de siempre, de aquí y de más lejos, para proponer desde el comienzo diversas posibilidades de lectura, en una amplia gama de géneros, pues pensamos que cada género aporta distintas posibilidades para la formación de un lector sensible, interpretativo y crítico y porque creemos que la lectura siempre es todo eso, –interpretativa, sensible, crítica– desde la primerísima infancia. Eso implica creer también que no hay un “advenimiento del sentido” a cierta edad, como en mis épocas, cuando a los niños se les atribuía “uso de razón” sólo a los 7 años, pues los lectores desde cero hasta cien, desarrollamos básicamente los mismos procesos y las mismas operaciones, y experimentamos las mismas emociones cuando nos abandonamos a un libro. Quizás el bebé que hinca los dientes en su primer libro o el que le gruñe a los monstruos es tan suspicaz, agudo e interpretativo como el sofisticado lector de una novela de Saramago.

Todos, niños y adultos, nos vamos formando como lectores literarios, leyendo de todo. Por ello, la colección ofrece obras narrativas para explorar diversos mundos e historias; libros álbum para leer la imagen y establecer conversaciones entre la ilustración y el lenguaje verbal; y también ofrece poesía, para experimentar las enormes posibilidades del ritmo, la musicalidad y la connotación, que están presentes en la comunicación humana.

Este menú de géneros se ha organizado en tres etapas distintas que se constituyen en grandes hitos en el desarrollo del lector y que no están ligadas a lo estrictamente cronológico, sino a esos grandes saltos que experimentamos en nuestro proceso de formación. Desde el momento en que no leemos sino que “alguien nos lee”, hasta ese momento en que, después de “leer con otros”, descubrimos el placer de “leer solos”, la colección pretende acompañar al niño y a los adultos que lo guían a conectar la literatura con las preguntas y las emociones que vamos experimentando durante los diversos momentos de la vida.

Así, cruzando la idea de los géneros con la de las etapas, (y cruzando también el ámbito de la realidad con el de los sueños; es decir, con el ámbito de lo posible y de lo bueno y de lo no excesivamente costoso) sugerimos los 15 títulos, 5 por cada franja, que ustedes van a conocer.

Hasta ahí, nada parece muy original. (Y es que en el fondo, ¿quién dijo que había que inventarse de nuevo lo que ha funcionado?). Sin embargo, lo que me enorgullece profundamente y quiero registrar como novedoso es el interés de la editorial Alfaguara por recoger este proyecto que lleva ya bastante tiempo y por sumarse, no con libros sueltos, sino con una filosofía sobre la lectura y con un concepto pedagógico claro, en la apuesta de formar lectores, invitando a la familia a trabajar en equipo con la escuela y apuntalando a esos años cruciales de la primera infancia en los que la lectura encuentra literalmente su nido y en los que se establecen los vínculos más duraderos con las palabras y con los libros. Esa apuesta del sector editorial puede ser un hito interesante en el proceso de aunar esfuerzos para asumir la responsabilidad de formar lectores desde distintos ámbitos, mediante un trabajo en el que participemos todos: editores, autores, ilustradores, especialistas y diseñadores gráficos junto a la familia, la escuela y la biblioteca. Creo que esa novedad sí puede marcar un cambio en el libreto y estimular la creación de nuevas propuestas editoriales.

Porque, es hora de confesarlo, muchas veces le pregunté a Pilar Reyes, la editora, en medio de tantas dudas y trasnochadas, quién la había mandado meterse en este proyecto, si ya tenía suficiente trabajo y autores de tanto prestigio en otras colecciones… Y la respuesta que siempre me ha dado es la que curiosamente dan tantos editores: que hacer libros para niños es el mayor reto para un editor y la mayor de las escuelas (¡y de las aventuras!). Yo añadiría, y creo que ella está de acuerdo, que se trata también de la mayor de las responsabilidades. Por eso quiero agradecerle, a Pilar y a todo el equipo editorial, el haber convocado a tantos autores, ilustradores y especialistas en torno a esta aventura.

Ya para cerrar esta conversación entre lectores, quiero sumar a al diálogo de Alicia y el Gato, un fragmento de Harold Bloom que encontré en sus Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades, pues creo que recoge, mejor que todas mis palabras, lo que puede significar dar de leer a un niño:

“¿Dónde nos encontramos más cómodos y al mismo tiempo más extraños? Idealmente, con nuestra familia y nuestros amigos, y finalmente, si es posible, con nuestra pareja. Sin embargo hay tantas sombras, tantas dificultades en todo amor humano, que siempre existe algo en nuestro interior que sigue sintiéndose solo. A medida que la inteligencia y la conciencia se desarrollan en nosotros, nos damos cuenta de que lo mejor y lo más antiguo de nosotros es incognoscible para los demás. Yo era un niño muy solitario, a pesar de vivir en un círculo familiar lleno de cariño, y sigo siendo una persona solitaria después de toda una vida de enseñar, releer y escribir. Pero estaría mucho más aislado si no me hubiera alimentado de relatos y poemas, y si ellos no siguieran nutriéndome. Un niño a solas con sus libros es, para mí, la verdadera imagen de una felicidad potencial, de algo que siempre está a punto de ser. Un niño, solitario y con talento, utilizará una historia o un poema maravillosos para crearse un compañero. Ese amigo invisible no es una fantasmagoría malsana, sino una mente que aprende a ejercitar todas sus facultades. Quizá es también ese momento misterioso en que nace un nuevo poeta, un nuevo narrador”.

Como ven, no hay nada demasiado original en esto de la lectura porque tampoco somos muy originales, en el fondo, los seres humanos. Pienso en Oscar Wilde contando cuentos hace más de un siglo a sus hijos Cyril y Vivian con los ojos llenos de lágrimas porque, según él decía, “las cosas bellas siempre hacen llorar”, y pienso también en toda la familia de Brunhoff reunida noche tras noche alrededor de un nuevo episodio del elefantito Babar. (Era la madre quien inventaba las historias y el padre, desde un sanatorio para tuberculosos las ilustraba y las enviaba por correo a la casa y luego esa madre las leía a sus hijos para reemplazar la dolorosa ausencia del padre.)

Y pienso también en esos niños que, sin saber hablar, rugen sus rugidos terribles mientras se embarcan con Max a Donde viven los monstruos, y pienso que, en el fondo, la lectura es un viaje sin ruta fija, un intento por salir de donde uno está y caminar durante bastante tiempo. Y es también esa red de voces que nos va construyendo por dentro y esa conversación permanente y esa maravillosa sucesión de encuentros aparentemente fortuitos como el que hoy nos convoca para celebrar el nacimiento de estos Nidos que hoy salen de su cascarón.

Hay mucho para celebrar. Así que por ahora, como dijo Max, “¡que empiece la fiesta monstruo!”

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¿Dónde están la lectura y la escritura?

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Relato de una maestra que recorrió el mundo de “Egipto, el de los faraones”, al lado de sus niños, en un salón de clase.

Por Lina María Barrero. Espantapájaros Taller. 2009

Lina María Barrero, más conocida como “la profesora de los grandes”, lleva 13 años aprendiendo al lado de los niños en nuestro Jardín Infantil. Poco después de obtener su título como Psicopedagoga de la Universidad Pedagógica Nacional (Bogotá, 1991), comenzó a trabajar en Espantapájaros y, motivada por sus inquietos alumnos, se ha convertido en entomóloga, agrónoma, arqueóloga, botánica, editora de libros raros y curiosos, contadora de historias e investigadora de mundos posibles e imposibles, por los que viaja incansablemente cada semestre desde su salón de clase. Espantapájaros se enorgullece de presentar este relato, en el que Lina recoge su experiencia de tantos años al lado de los niños, para mostrarnos que son ellos mismos el material más apasionante de lectura; que son un libro abierto a múltiples interpretaciones y a miles de escrituras. Y que, leyendo y escribiendo a su manera, cada uno asume poco a poco la tarea más apasionante: la de inventar la propia vida.

En mi trabajo con niños de tres a cinco años, me maravillo frecuentemente con su capacidad de asombro y su imaginación. Es fácil verlos entreteniéndose con sucesos simples a los ojos de los adultos, como caminar una y otra vez sobre las hojas secas que hay en el parque y creer que son unos tiranosaurios; pasar horas hundiendo objetos en un balde con agua e imaginar que están en una gran tormenta marina, o jugar al lobo y sentir que son los lobos más feroces sobre la faz de la tierra. Así, con esa naturalidad, los niños empiezan a plantearse preguntas sobre hechos científicos: ¿por qué hay objetos que no se hunden en el agua?, ¿por qué las hojas verdes no suenan al pisarlas?, ¿por qué las estrellas no salen de día?, ¿por qué ya no hay dinosaurios?

Las preguntas de los niños me han llevado a preguntarme en dónde están la lectura y la escritura y en qué momento se une con nuestros proyectos de aula. Yo pienso que la lectura y la escritura están ahí permanentemente: cuando jugamos al lobo, o al puente está quebrado; cuando les ofrecemos espacios para garabatear y dibujar, cuando les permitimos plantear sus inquietudes y sus hipótesis, o cuando discutimos en el salón sobre cómo construir una nave espacial. Los proyectos se construyen así, con esas preguntas, con esas necesidades e intereses de los niños, que nosotros captamos y les ayudamos a materializar.

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Sin detenerme en planteamientos teóricos, les contaré lo que ocurrió con un grupo de quince niños, entre los tres y los cinco años, en busca de las respuestas a sus inquietudes e intereses del momento. Verán cómo nuestro trabajo cotidiano se fue enriqueciendo con las lecturas que llegaban a nuestras manos y cómo las situaciones mismas nos llevaron a ese encuentro, lleno de sentido, con el lenguaje escrito.

Un día, cuando los niños jugaban libremente en el salón con las mesas volteadas a manera de barco, un grupo de ellos decidió viajar a Egipto. Al llegar allí, una niña se nombró “faraona”. Otros niños optaron por viajar al bosque y ser los exploradores que se encontraban con los lobos; otros hicieron de lobos, y así transcurrieron cerca de veinte minutos, todos absortos en su juego. Entonces observé cómo los lobos entraban al mundo de los egipcios y les aullaban…

Mi postura durante esta actividad era de escucha y observación; eventualmente hacía preguntas sobre lo que iba sucediendo: por ejemplo, si habían llegado de día o de noche o si hacía calor o frío. En el desarrollo de estos dos mundos paralelos, la niña que se nombró “faraona” también se “ordenó” como la jefa de los lobos, y paulatinamente, hizo que todos, tanto los lobos como los exploradores del bosque, hicieran parte del mundo de los egipcios y terminaran queriendo ser faraones. En el juego se planteó de entrada una discrepancia: un niño, que inicialmente estaba jugando a los lobos y que ahora quería ser faraón, opinó que no había mujeres “faraonas” que solo había faraones. Entonces surgió un primer interrogante: ¿por qué solo hay faraones?

Me pareció interesante generar una discusión sobre el conocimiento que los niños tenían sobre los egipcios y les pregunté: ¿Qué hace un faraón? He aquí las respuestas que me dieron:
-Es el que manda en Egipto.
-Es como un rey.
-Cuando muere, lo envuelven y lo hacen momia.
-Y lo entierran con sus juguetes y sus tesoros.

Así surgió la posibilidad de desarrollar con ellos “El mundo de los egipcios”. Cada niño “escribió” sus preguntas e hipótesis, empleando su propio código y yo simplemente fui “traduciendo” lo que ellos habían escrito a su manera:

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Colgamos las preguntas en un cartel, en el salón, y dejamos espacio para ir escribiendo otras preguntas que pudieran surgir en el camino. Luego decidimos pintar el desierto donde quedaba “Egipto, el de los faraones” y realizamos un listado de las cosas que querían hacer:
El desierto
El río Nilo con los cocodrilos
Las pirámides
Sus tesoros: collares, coronas y pulseras.

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Para hacer el desierto, opinaron que lo mejor era hacerlo con arena, obviamente traída de la arenera del parque, y decidieron pintar sobre cartulina, mezclando vinilo amarillo, arena y pegamento. Poco a poco fuimos armando nuestro gran mural del mundo de los egipcios y, durante el semestre, se pobló con pirámides, dioses, templos, obeliscos….

Una mañana, uno de los niños que inicialmente jugaba a los lobos del bosque trajo un libro sobre las momias: Cita con las momias, de John Malam, y nos mostró que cuando un Faraón moría, lo momificaban y lo ponían en un hermoso sarcófago. Una niña dijo: “las vendas son parecidas a las que usa mi mamá para adelgazar”. Entonces decidimos hacer un sarcófago, que fue puesto en la entrada de nuestro salón. Y comenzaron a hacer las joyas de los faraones y las reinas, pues ya a esta altura del trabajo, sabíamos que sí existieron mujeres que gobernaron a los egipcios. Con este libro ocurrió algo muy especial: los niños casi le exigieron a su compañero que lo dejara en el salón, pues diariamente lo tomaban y hacían pequeñas “lecturas” entre ellos, guiándose por las ilustraciones que observaban, alimentadas con toda la información que habían ido descubriendo con las charlas y las lecturas de otros textos. En este mismo libro conocimos algunos dioses y escribimos sus nombres en tarjetas que luego comenzaron a comparar con la escritura de sus propios nombres; así observaron que tenían algunas letras en común.

Otra mañana nos visitó la mamá de un niño del grupo, que venía a hablarnos sobre Tutankamón, el faraón más joven. Desde ese día todos quisieron ser ese faraón y yo los veía correr de un lado a otro en los recreos jugando a que “eran faraones… ¡luchando contra los Power Rangers!”. Otro día, otra mamá vino al salón para enseñarnos a hacer papel: nos habló sobre el papiro y cómo los egipcios hacían muchas otras cosas con papel. En otra ocasión, una niña trajo un artículo sobre los egipcios, que su papá le había sacado de Internet, y otro llegó con el último número de la revista National Geographic que hablaba sobre el tema. Así, con el material escrito que llegaba, el trabajo se iba enriqueciendo cada vez más y, con esa información de diferentes fuentes, que nos ayudó a resolver y a contrastar las preguntas de los niños, decidimos hacer nuestro propio libro. Para armarlo, organizamos un listado de las cosas que ellos consideraban importantes y cada uno quiso escribir los textos del libro con su propio código.

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Cada momento del proyecto fue una oportunidad para jugar y fantasear, para encontrarse con libros que ampliarían las fronteras de su imaginación y para convertirse en los creadores de un libro propio, con sus escrituras y sus ilustraciones particulares.

Para que los niños lleguen a desarrollar trabajos como este, ha sido necesario alimentarlos desde temprano con una gran variedad de experiencias y situaciones en las que han ido adquiriendo todo lo necesario para salir de viaje y apoderarse del mundo entero. Las múltiples entradas al mundo de las historias, el arte, la música y los libros, desde que son bebés, les han mostrado que hay otros lenguajes, diferentes al lenguaje cotidiano: lenguajes que encierran otra simbología, que se organizan de otra manera –de múltiples maneras- y que permiten ingresar a esos “mundos posibles”, para habitarlos y reconocerse en ellos.

En estos momentos es cuando considero que mi papel es el más afortunado, pues me permite no perder nunca ese deseo de conocer y de maravillarme con todo, y sentir esa delicia de estar entrando y saliendo del mundo fantástico: ese mundo por el que se mueven los niños con tanta naturalidad y que los conecta con la lectura y la escritura.

Libros recomendados sobre “Egipto, el de los faraones”:

Egipto. En busca de la tumba de Osiris. The Templar Company. Barcelona, Random House Mondadori, 2008

Cita con las momias. Malam, John. Barcelona, RBA Molino, 2005.

Maravillas de la antigüedad. Wood, Tim. Belgrano, Sigmar, 2002.

La tumba egipcia. Claude Delafosse. México, Océano Travesía, 2008.

El antiguo Egipto. Lloyd, Rob. Reino Unido, Usborne Publishing, 2008.

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Dar de leer a los niños

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Por: Yolanda Reyes

No importa si los adultos son lectores compulsivos o si poco o nada leen. El hecho es que cuando tienen hijos, se hacen las mismas preguntas: ¿Qué dar de leer a los niños? ¿Cómo volverlos lectores? ¿Con cuál libro comenzar?

Se trata de preguntas aparentemente difíciles pero ya lo dice el dicho: las apariencias engañan. Porque, en sentido profundo, la cuestión es más sencilla de lo que suele creerse. Yo me arriesgo a contestar que a los primeros lectores no les importan demasiado los títulos ni el orden de aparición. Lo que definitivamente sella la relación de un pequeño con la lectura es aquello que circula por debajo y que no está escrito en los renglones de un libro: la pareja adulto-niño, amarrada con palabras. La revelación de que ese libro cualquiera –sin páginas o con páginas– es una suerte de encantamiento que logra lo más importante en la infancia: la certeza de que, mientras dure la historia, papá o mamá no se irán.

Papá o mamá volcados, todo voz, rostro y palabra, a la orilla de la cama. De cierta forma, sujetos, en el fluir del lenguaje. Sus ocupaciones adultas y sus prisas cotidianas, de las que nada entiende el niño pero que tan honda inquietud le causan, de repente se postergan. (Que no me pasen llamadas hasta que se acabe el cuento. Que la comida se enfríe o que se caiga el país). Entretanto, Rizos de Oro va corriendo por el bosque o Hansel y Gretel despiertan, en el terror de otro bosque. Y mientras dura la historia, el tiempo se ha detenido como en La bella durmiente . Las ruecas y los relojes y hasta el cochino en el fuego han dejado de dar vueltas. Y ese “Tiempo Otro”, el tiempo de las historias, le ha ganado la batalla al de la vida real.

¿Qué más se puede pedir? ¿Qué otra cosa es la lectura sino la revelación de que existe ese “Tiempo Otro” y de que existe también, “en un país muy lejano”, un “Reino Otro” en donde somos los amos, como el “pequeño tirano” que tiene cautivo al padre en el fluir de una historia? La exploración de ese mundo paralelo donde las cosas nos hablan, con un lenguaje cifrado, de nosotros y los otros, comienza en la primera infancia y los padres son El Libro de Cabecera: el primer texto que leen los niños. Indaguen en los vericuetos de su más antigua memoria y si no la creen confiable, busquen biografías ajenas, testimonios de escritores o incluso, vidas de santos. Todos les dirán lo mismo. Que han olvidado, quizás, el título de la historia o que el tiempo borró también sus personajes y hazañas. Pero que, entre la nebulosa, persiste inalterable la misma fascinación de haber vislumbrado aquel “Reino Otro”. Tal vez seguimos leyendo para recuperar el encantamiento de las voces que nos arrullaban y que espantaban las sombras. Y, paradójicamente también, para el efecto contrario que consiste en convocar aquellos miedos terribles que poblaban nuestra infancia y que era posible conjurar con palabras. (Los miedos y los conjuros van cambiando con los años pero, en el fondo, son los mismos hilos los que nos atan a los libros).

De modo que la respuesta sobre qué dar de leer a un niño está inscrita en el fondo de los padres y nadie puede contestarla con palabras más certeras. Cuando nacen los bebés, empezamos a evocar aquellos “libros sin páginas” que alguien escribió en nosotros hace mucho, mucho tiempo. En los dedos de una mano diminuta o en los pliegues de unos brazos regordetes, las palabras primordiales reviven antiguos relatos. (Este, que compró un huevito…y éste que se lo comió. Otro que fue a comprar carne y otro que amasó arepitas). Las hormigas de palabras van encontrando caminos. Y a medida que entregamos a nuestros hijos esos primeros poemas, descubrimos, asombrados, todo aquello que no sabíamos que sabíamos. Del fondo de la memoria, emergen cantos y arrullos, muchas veces sin sentido. Poco importa lo que dicen: importa lo que suscitan. (Voz, palabra, encantamiento. Ritmo que mece y conforta). ¿Qué otra cosa, sino ésa, es la experiencia poética?

Junto a los “libros sin páginas”, surgen también otros libros. Sus páginas son de hule para la hora del baño, o de cartón resistente, para leer con los dientes. Los niños se comen los libros y así van probando el mundo. Y de nuevo, los adultos, en el rito de nombrar, van diciendo que, entre páginas, está condensado el mundo. “Mira que aquí está mamá y mira que aquí está papá. Y aquí apareció el abuelo. Y este gato que hace miau”. Y así, mira que te mira, mirando una y otra vez, ese pequeño descubre otra gran revelación: que ese conjunto de líneas y de colores no es “la realidad de verdad”. Pero que, en el espacio del libro, parece “como si” fuera, porque la representa. ¿Que otra cosa es la lectura, sino esa operación simbólica de “hacer de cuenta” que, en esas convenciones, está simulado el mundo?

Poco a poco las historias se van haciendo más complejas. Los bebés salen corriendo a explorar tierras lejanas y ya no les basta con ver reflejados los objetos cotidianos. Entonces aparecen los “álbumes” que cuentan historias valiéndose de un diálogo creativo entre imagen y palabra. Si al comienzo el bebé leía con las orejas y luego, con la boca y con las manos, ahora se vuelca, todo ojos, para imaginar las infinitas formas que puede tomar el mundo. (No sólo el mundo visible, sino el otro: el invisible). Los álbumes se constituyen en un universo nuevo, tanto para los pequeños como para sus maravillados padres. Por mucho que hayan leído los adultos, descubrirán otras formas de leer gracias a la mirada sensible y lúcida con la que los pequeños interpretan un álbum. Olivia de Ian Falconier, Las pinturas de Willy de Anthony Browne, Donde viven los monstruos de Maurice Sendak y otras joyas de los maestros del género como Arnold Lobel, David McKee, Chris Van Alsburg, Satoshi Kitamura o Peter Sís, por citar sólo algunos, demostrarán que los libros ilustrados son museos, abiertos a cualquier hora, a mil interpretaciones.

Así van pasando los años, con el rumor de las páginas. Y entre poemas, álbumes, cuentos, novelas y toda clase de libros que revelan los secretos de la ciencia, del arte y del interior de los seres humanos, los niños construyen, con el material que les damos, esa “habitación propia”, de la que –ahora debo decirlo– expulsarán a sus padres. Una optimista mamá me dijo que le leía a su pequeña con la secreta intención de que luego, cuando ella se hiciera mayor, la siguiera dejando entrar de noche a su cuarto para compartir esas deliciosas conversaciones que se hilaban alrededor de los libros. No quise decepcionarla: para entonces, mis hijos habían cerrado sus puertas y habían escondido las llaves. Ya no leían, en privado, los libros que yo recomiendo. (Roald Dahl, Gianni Rodari, Chisthine Nöstlinger, Lygia Bojunga, Anthony Horowitz y tantos otros autores, clásicos y contemporáneos, eran cosa del pasado). Ahora leen –debo decirlo también– libros que yo desconozco o que juré no leer. Y basta con que les diga que ya están en edad de leer tal o cual…Saki, Stevenson, Cortázar… para que me miren por encima del hombro, con una mezcla de prepotencia y de lástima, y escojan otras opciones, en contravía de los cánones: ¡la libertad del lector!

Y aunque a veces he pensado que dar de leer a los niños puede ser como criar cuervos, creo que esa optimista mamá tiene un poco de razón. Quizás cuando mis adolescentes abran de nuevo las puertas de sus habitaciones, podamos volver a pasar algunas temporadas en aquellos “Reinos Otros” que construimos juntos durante su infancia. (Ellos saben que ahí están.). Por ahora, me conformo con evocar las noches eternas cuando pendíamos, encantados, del hilo de alguna historia.

-Mamá, léeme otro cuento…El último, por favor.
-Está bien. ¡El último y ni uno más!

El tiempo suspendido entonces. (La rueca dejaba de hilar). Lo más extraño de todo es que uno jamás intuye que algún día se va a acabar. Pero también es extraño: al mismo tiempo uno sabe que, en esos cuartos con llave, persiste el encantamiento. Y que permanece intacto, así duerma por cien años.

 


Este artículo fue publicado originalmente en la revista Pie de página en diciembre del año 2004.


 

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BRRRRR… ¡Quién dijo miedo!

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  • Monstruos, Ogros y otros inventos de la literatura para niños

En estas fechas propicias para la aparición de brujas y monstruos, resurgen esas preguntas frecuentes que se hacen los adultos en torno a las historias de miedo para los niños. ¿Qué efecto producen en ellos? ¿Es aconsejable leerlas? ¿Son las historias las que causan el miedo o, por el contrario, permiten expresarlo? Sobre esas y otras cuestiones habla este artículo de Yolanda Reyes.

Los cuentos que le leímos hormigueaban de hermanos, hermanas, padres, dobles ideales, escuadrillas de ángeles guardianes, cohortes de amigos tutelares que se hacían cargo de sus pesares, pero que, luchando contra sus propios ogros, encontraban a su vez refugio en los latidos inquietos de su corazón. Se había convertido en su ángel recíproco: un lector. Sin él, su mundo no existía. Sin ellos, él quedaba preso en la espesura del suyo. Así descubría la virtud paradójica de la lectura que consiste en abstraernos del mundo para hallarle un sentido.
Daniel Pennac. Como una Novela.

  • ¡Auxilio, un monstruo!

En una oscura, oscura noche, un niño se despierta gritando:
-¡Papá, mamá! ¡auxilio, un monstruo!
Papá llega corriendo y enciende la luz de la habitación.
-Vamos a ver, ¿dónde está el monstruo?- pregunta, con un tono de voz bastante incrédulo.
-No sé- duda el niño. Creo que estaba escondido debajo de la cama… o detrás de las cortinas, o entre el armario.
Papá revisa todos esos lugares y anima al niño a comprobar que no hay ningún monstruo en la habitación.
-¿Te das cuenta? –dice triunfante- Aquí no hay monstruos. Ahora, duérmete, que mañana tenemos que madrugar.
El padre apaga la luz y regresa a su cuarto. Sólo entonces, cuando ya se ha ido, el malvado monstruo sale de su escondite y vuelve a tomar su lugar en las tinieblas de la noche.

La escena anterior no pertenece a ningún cuento. Hace parte de la vida real. Tal vez le sucedió anoche a su hijo y es probable que suceda mil y una noches en todos los lugares de la tierra donde existan niños. Quizá, desde nuestra lógica, nos resulte incomprensible e incluso desesperante comprobar que la razón poco ayuda en estos casos. De nada valen los argumentos y el “sentido común” de los padres para demostrar la inexistencia de los monstruos que acechan en la oscuridad. Es más: podría decirse que los monstruos y los personajes siniestros son inherentes al mundo de los niños, a pesar de todos los esfuerzos de los adultos para erradicarlos del paisaje de la infancia. Aún si dejáramos de mencionarlos y si escondiéramos todos los relatos que, a nuestro juicio, dan miedo me atrevo a pensar que los niños se las arreglarían para crear sus propias ficciones tenebrosas.

¿En qué radica, entonces, el inmenso poder de estas criaturas? ¿Cómo se las han arreglado para sobrevivir durante milenios enteros, permaneciendo intactas en la memoria de tantas generaciones?

Para intentar posibles respuestas, conviene ampliar los estrechos límites de lo que llamamos “realidad “. Desde una cómoda perspectiva de “gente grande”, el término suele abarcar únicamente lo que sucede fuera de nosotros mismos; aquello que se puede medir, tocar, observar y ojalá fotografiar. En general, los adultos no consideramos que las realidades psíquicas hagan parte de “la vida real” y por eso nos resulta difícil entender que para los niños pueda ser tan real un helado de fresa como una poción mágica, o que quizás los atemorice más una pesadilla nocturna que un acontecimiento vivido verdaderamente.
El sueño de la educación muchas veces se reduce a lograr tempranamente que los niños “pongan los pies sobre la tierra” y que establezcan fronteras definidas entre realidad y fantasía, ignorando que se trata de una conquista progresiva que compromete procesos psíquicos bastante complejos.

Durante ese largo itinerario en el que se va construyendo la personalidad, el ser humano tiene contacto con realidades dolorosas que hacen parte de su mundo interior. La lucha con los monstruos del inconsciente, el descubrimiento de sentimientos no siempre buenos en nosotros mismos, la percepción de un cierto caos interior al que no nos resulta fácil dar forma, hacen de la infancia una época difícil. Basta con echar un vistazo a nuestra propia niñez para recordar miedos terribles y situaciones en las que nos sentíamos profundamente indefensos, vulnerables y confusos. Hasta el punto de que, si nos dieran a escoger, muchos evitaríamos volver a ser pequeños, con tal de no volver a pasar por los temores de la infancia.

De ahí, el enorme significado que tiene para los niños la literatura. Los tradicionales cuentos de hadas están llenos de personajes temibles: ogros, brujas, lobos feroces, malvadas madrastras… Los autores modernos más leídos por los niños tampoco evaden el tema. Maurice Sendak, el autor de “Donde viven los monstruos”, David McKee, con historias como “Ahora no, Bernardo” o el colombiano Ivar da Coll de “Tengo Miedo”, por citar unos pocos ejemplos, son leídos y releídos con devoción por los niños pequeños. Podría decirse que hay una fascinación compartida entre los autores para niños y sus jóvenes lectores, una especie de complicidad, frente a los personajes del miedo y frente a realidades como el dolor, la maldad, los celos, la muerte.

El tema ha dado para más de una polémica en la que, curiosamente, no son los niños los interesados sino sus padres y sus maestros. Con frecuencia, son ellos los que tildan a los cuentos de violentos y los que los acusan de causar temores “infundados” en los niños. Porque, a fuerza de despistar la memoria, muchos adultos se han ido creyendo el mito de la infancia como un paraíso perdido, como la época más feliz y despreocupada de la vida. En esa concepción idealizada, no caben la violencia, ni el miedo ni la maldad. Tampoco caben los cuentos, con su enorme poder para nombrar lo innombrable. Es como si el miedo fuera un perverso invento literario, ajeno a la vida real.

  • “De mi casa desterrada la palabra miedo”

En los talleres de literatura dirigidos a padres de familia, he escuchado más de una vez frases como esa. Con una gran dosis de ingenuidad y con las mejores intenciones, las madres se precian de escoger para sus hijos materiales de lectura sin escenas agresivas, tristes o miedosas. La creencia generalizada de que “el mundo es de por sí demasiado cruel para agregarle más problemas” tiende a buscar una literatura “rosa” o a adaptar los cuentos tradicionales, suprimiendo todos los conflictos que, a juicio de los adultos, puedan “herir la sensibilidad de los niños“. Las historias de personajes perfectos, muchas veces insulsos y aburridos o las de animalitos que viven en unas condiciones idílicas en el bosque o las versiones light de los cuentos de hadas, en las que Caperucita y su abuela alcanzan a esconderse en el armario antes de ser devoradas por el lobo, les encantan a los padres y a los educadores, deseosos de utilizar los libros para impartir enseñanzas y transmitir mensajes. A los niños, por el contrario, esas historias almibaradas y nostálgicas, les parecen un tanto sospechosas. Con razón suelen desconfiar de una “literatura” que se empeña en desconocer las “debilidades” de la naturaleza humana.

No se trata de afirmar que toda la literatura para niños deba ser “fuerte”. Se trata, más bien, de descubrir en los libros, los conflictos y las situaciones existenciales a las que todos los seres humanos nos vemos enfrentados desde muy pequeños. Justamente, el poder hablar acerca de aquello que nos preocupa, nos molesta o nos causa angustia, es ya un posible camino de solución porque implica salir de nosotros y poner las cosas afuera, para intentar mirarlas de otro modo. Esa es una de las principales funciones del lenguaje y de la literatura: la de expresar, traducir y dar forma a las emociones y a los sentimientos que tantas veces nos atormentan.

Citemos, por ejemplo, un cuento que a los adultos suele horrorizar y que muchas veces es eliminado del repertorio de las historias aptas para los pequeños. Estoy hablando, nada menos, que de Hansel y Gretel. La trama es espeluznante. Una noche, mientras los niños duermen, la malvada madrastra y su marido se quejan de lo pobres que están. Como no tienen con qué alimentar a los niños, ella sugiere que los abandonen en el bosque. La idea no es del todo descabellada ni perversa: quizás alguien se compadezca de ellos y encuentren un destino mejor. Lo que sigue, ya lo sabemos. Los niños escuchan y hacen planes, pero al final tienen que pasar por todo el lío de la falsa casa de chocolates y de la bruja y del horno, etcétera, etcétera.

Son escenas horribles, de verdad. Pero si pensamos en términos de símbolos la situación no es del todo ajena a cualquier niño de nuestra época y de nuestra ciudad, en cualquier clase social. Pongámonos en el lugar de alguien de dos o tres años. Es probable que haya escuchado conversaciones parecidas en el tranquilo seno de su hogar. La madre puede haber dicho cosas similares a las de esa malvada madrastra. Algo así como “ya no puedo quedarme más tiempo cuidando al niño, tengo que trabajar, porque no nos alcanza el dinero. Lo mejor es buscarle un Jardín…” Para el pequeño, que no tiene referencias concretas, la palabra Jardín suena tan desconocida y tan amenazante como el más terrible de los bosques. Y la sensación de abandono puede parecerle tan desesperada como la de Hansel y Gretel. Perderse en el supermercado, entre un bosque de piernas puede llegar a ser también una experiencia terrorífica. Poco importa que dure unos minutos. Para el niño, la noción del tiempo es diferente y la ausencia de la mamá es siempre una dolorosa incertidumbre.

Escuchar la historia de otros a los que ya les sucedieron cosas similares y que lograron, venciendo una serie de dificultades, resolver el conflicto, puede ser revelador para un niño. De manera simbólica, el cuento lo hace cómplice de otros que también tienen problemas. Le permite meterse en la piel del héroe, enfrentar los peligros, aceptar sus sentimientos agresivos, “quemar a la bruja entre el horno” y regresar ileso, sin necesidad de someterse, en la vida real a tan difíciles pruebas.

Desterrar de las lecturas de la infancia estas escenas que a simple vista nos parecen peligrosas, equivale a negar la validez de los sentimientos infantiles. Es creer que los niños no son seres humanos sino una especie de ositos de peluche. Es tenerle miedo al miedo y creer que, simplemente con dejar de mencionarlo, podremos librarnos de él. Y, en el fondo, es también una censura velada contra la libertad de expresión de los niños al señalarles temas vedados de los que, desde el principio, es mejor no hablar.

La psicoanalista Francoise Dolto afirma que “En el inconsciente, el ser humano lo sabe todo desde pequeño. La inteligencia del inconsciente es la misma que la de nosotros, los adultos. De manera que cada vez que tenemos ocasión de hablar a los niños de las cosas de la vida, hay que decírselas sencillamente como son.” (2)
Esa hipótesis recoge, a mi modo de ver, una de las principales características de la buena literatura para niños: Su capacidad para elaborar “las cosas de la vida, tal como son”.

  • “Los cuentos si lo permiten todo”

En ese sentido, los cuentos son sabios. En lugar de negar el miedo, lo afrontan y lo elaboran de una manera simbólica. El lobo, el ogro, el monstruo o la bruja, son personajes frente a los que se puede reaccionar y volcar en ellos lo que produce angustia. Esa angustia, que tantas veces es una sensación confusa e incierta, logra elaborarse en imágenes concretas y, de esa forma, encuentra salidas. A los personajes que la representan, el niño puede odiarlos y castigarlos y ser más fuerte que ellos. Puede, incluso, utilizar su inmenso poder de lector, para dejarlos prisioneros entre las páginas del libro, mientras él lo cierra, regresando a la “vida real”. Así va estableciendo esa sutil distinción entre ficción y realidad, tan necesaria para su existencia. En general, desde muy pequeños, los niños son capaces de intuir que el “Hace muchos, pero muchísimos años, en un lugar muy lejano” o el simple “Había una vez” son fórmulas de entrada a un mundo diferente del real, que se rige por sus propias normas. Para moverse con tranquilidad en estos dos territorios, el niño necesita un guía adulto que lo acompañe y le abra puertas, no un celoso guardián que le prohíba transitar por sus fronteras.

Además, en el mundo de los cuentos se puede andar con seguridad porque sus normas son muy estrictas. Por lo general, los temibles monstruos son castigados y los personajes indefensos logran superar una serie de difíciles pruebas, para encontrar, al final, lo que desean. Más allá de la posible “lección moral,” lo que le dicen a los niños estas historias, no es que el miedo no exista, sino todo lo contrario: que existe, que es válido sentirlo y que también es posible vencerlo. De ahí que muchas veces ellos disfruten con el ritual de escuchar una y otra vez el mismo cuento. Oírlo de nuevo es conjurar el miedo, es “jugar a asustarse otra vez”, es buscar, cada vez en el transcurso de la historia, nuevas claves para intentar descubrir un poco de sí mismos. Y cuando además se tiene la fortuna de escuchar el cuento cerca a un padre, a una madre o a un adulto que, con su voz cálida y su actitud protectora, transmiten seguridad y confianza, el niño recibe también otros mensajes diferentes al del cuento: siente que es acogido y comprendido y que no necesita siempre hacerse el valiente. Establece con los otros esa complicidad tan necesaria en la vida, esa sensación de que nadie, ni el más fuerte de los adultos, es perfecto e invulnerable.

Naturalmente, las historias que son tan significativas para los niños, esconden también sus propios riesgos. A quien las cuenta en grupo puede sucederle que se encuentre con un pequeño al que determinada historia llegue a aterrorizarlo. En ese caso, conviene saber que el miedo ya existía y que simplemente encontró una manera de salir. A propósito dice Gianni Rodari: “Si el niño siente el miedo angustioso de quien no consigue defenderse, es necesario reconocer que el miedo ya estaba en él, antes de que apareciese el lobo de la historia: estaba dentro de él como un conflicto escondido. El lobo es el síntoma que nos revela el miedo, no su causa.” (3)

De todas maneras, si los cuentos pueden servir de “pretexto” para que un niño nos diga algo que necesitaba urgentemente decir, bien vale la pena “el mal rato” de explicarle a la mamá que no fue la profesora quien traumatizó a su hijo, “metiéndole miedo con historias malvadas”. En cuanto al niño, muchas veces la simple oportunidad de conversar con alguien, de poner en palabras lo que lo atemoriza, es el antídoto más eficaz contra el más horrible de los monstruos.

Las historias tradicionales, que a todos nos inquietaron y nos fascinaron en la infancia, no son, en el fondo, más que eso: una manera de elaborar nuestros sueños y nuestras angustias más intimas. Por eso no pasan de moda y, por encima de las circunstancias particulares, tienen una significación universal. Hablan de sentimientos que todos hemos vivido: del temor a la muerte, de la agresividad que percibimos en los otros y, por qué no decirlo, de la que también intuimos en nosotros mismos.

A los niños les interesan esos temas, sobre todo porque los adultos no acostumbramos a conversarlos con ellos en la vida cotidiana. Nuestro instinto protector nos hace pensar que es mejor ahorrarles, hasta donde sea posible, todo sufrimiento. El problema de ese “ahorro” es que les evitamos, de paso, el sagrado derecho de sentir, de soñar despiertos y de llorar, como lloramos nosotros, en la oscuridad del cine, con las peripecias de nuestros héroes.

Ese sagrado derecho a identificarnos con criaturas de ficción es, a mi modo de ver, el más respetable de todos los derechos humanos. Es el que nos amarra a la trama del lenguaje, al tejido infinito de las palabras, de los símbolos y de la cultura. Es en ese territorio donde cada hombre, grande o pequeño, va escribiendo su lectura particular, en el libro inmenso de los tiempos.

Yolanda Reyes

Notas

(1) Dolto, Francoise. Tener Hijos 1. ¿Niños agresivos o niños agredidos?. Buenos Aires, Piados. Pg. 27.

(2) Rodari, Gianni. Gramática de la Fantasía. Introducción al arte de inventar historias. Barcelona, Reforma de la Escuela,1992. P. 164.

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Algunas cuestiones en torno al canon

i jul 22nd No Comments por

Texto de María Teresa Andruetto*, leído en el II Congreso Argentino de Literatura, en la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, en julio de 2006, en la Mesa de Literatura Infantil: “Acerca de los problemas del canon”. Participaron Beatriz Actis, Lilia Lardone y María Teresa Andruetto. La coordinación de la mesa estuvo a cargo de Germán Prósperi.


*María Teresa Andruetto es una de las escritoras más reconocidas en el ámbito de la literatura infantil argentina (aunque esto sería encasillarla, pues escribe para diversos públicos y en muy diversos registros). En Espantapájaros decidimos publicar dos textos suyos que exploran las preocupaciones estéticas de toda una generación de escritores latinoamericanos que se preguntan sobre ese campo difuso que se denomina “Literatura Infantil” y que, pese a las etiquetas, se resiste a la comodidad y al encasillamiento. María Teresa Andruetto tiene la vocación de una autora polifacética que no sólo escribe para niños, sino que quizás escribe, simplemente.


 

Algunas cuestiones en torno al canon

1. Caña, vara, norma, regla, precepto, modelo, prototipo, son las acepciones de canon que nos da el diccionario. Debiera entonces partir de que la idea de un canon como norma, precepto o prototipo no me gusta. Que me gusta mucho más que la literatura sea un remolino, siempre desacomodándose…. porque -como ha dicho Lotman- es siempre dialéctica la relación entre lo canonizado y lo no canonizado en una cultura y ese movimiento permanente, hace que los que están fuera tiendan a ocupar el centro y pugnen por insertar sus modelos desplazando a otros que están dentro, porque no existe centro sin periferia y “lo literario” en cada caso, tiempo y lugar, precisa de lo “no literario” para definirse. De modo que todo canon necesita de la amenaza exterior – la amenaza de lo no canónico- y es de ese exterior no canonizado de donde provienen las reservas de la literatura que vendrá.

2. Presente/pasado. Un canon es una lectura del presente hacia el pasado, para decidir qué enseñar, qué antologar, cómo hacer para que ciertos libros permanezcan vivos y sean leídos por las generaciones que nos siguen. Lectura de lectores que nos arrogamos la facultad de dirigir las lecturas de los demás. Retomo la frase: para que ciertos libros permanezcan vivos y enseguida salta la paradoja, porque lo canonizado se fija, endurece, tiende a convertirse en monumento, o sea que en lo que respecta a la lectura como un acto irreverente (que es el concepto de lectura que me interesa), podríamos decir que tiende a morir. El Quijote convertido en brindis y celebraciones, del que hablaba Borges, o en un libro que no necesita ser leído porque ya lo han leído por nosotros las generaciones precedentes, como dice Raúl Dorra.

3. Cada lector construye su canon. Horacio González habla del pinchazo, Barthes habla de punctum. Se está refiriendo a fotografías, pero podría estar hablando de libros. Dice: “No soy yo quien va a buscarlo, es él quien sale de la escena como una flecha y viene a punzarme. En latín existe una palabra para designar esta herida, este pinchazo, esta marca…(…)…a ese elemento que viene a perturbar…lo llamaré punctum”, dice, “pues punctum es pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad”. Cada (buen) lector construye su canon, más allá de lo que canonicen la academia, la escuela o el mercado. “La gloria de un poeta depende de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas (…) Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare, creo (esta tarde de uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley. Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos, es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”, dice Borges.

4. Fervor/ Lealtad. Sucede con algunos libros: abren en nosotros una grieta que no nos permite olvidarlos. No se trata exactamente de los mejores libros, sino de aquellos que nos disparan una flecha que, como el amor, como el amado, no flecha a todos por igual. No atesoramos el libro mejor escrito sino aquél que, poseedor de un punctum que lo aloja en nuestra memoria, sigue preguntándonos acerca de nosotros mismos. Como el coleccionista que distingue una pieza única entre tantas y la retiene para sí, cada lector arma su canon personal. Libros como diademas excavadas en la lectura, dice Horacio González.

5. Canon y docencia. El intento de canonizar (seleccionar, fijar, detener y preservar) va unido a la docencia. Se trata de la discusión acerca de qué enseñar: ¿qué libros son los más representativos, los que vale la pena que lean las nuevas generaciones? Plantearse el problema del canon es entonces también -y particularmente en la LIJ- preguntarse acerca de cómo seleccionar las lecturas de los programas escolares.

6. Centro/periferia, alto/bajo, interior/exterior, estabilidad/ cambio, tradición/ vanguardia, previsibilidad/ imprevisibilidad, memoria/olvido, están en el corazón de estas cuestiones en torno al canon. Especialmente quisiera detenerme en la dupla memoria/olvido: la selección de unos textos y el olvido de otros. Así, lo que es seleccionado, perdura – perdura porque es valioso, porque perdura adquiere valor- y lo que es más longevo puede considerarse de mayor calidad, con lo cual (y esa idea sí me gusta) lo canonizado estaría en las antípodas de la búsqueda de la novedad (que es muy diferente a la búsqueda de lo nuevo), me refiero a la novedad novedosa y efímera que reclama el mercado.

7. Vara para hacer mediciones, el canon -qué lee, qué debiera leer una generación- es también un instrumento de control social. Retomo uno de sus sentidos: vara para hacer mediciones, así es el canon que aparece en los suplementos culturales de los periódicos masivos bajo el título de Los libros más vendidos, o en notas literarias que responden a operaciones editoriales de publicidad solapada. Canon efímero que dirige las ventas y preparan con fervor los especialistas en mercadotecnia.

8. Canon de autores/ canon de textos. En la actualidad, los cánones de autores han sido sustituidos por los cánones de obras. La Literatura Infantil, sin embargo, en un procedimiento que apenas hace unos años ha comenzado a resquebrajarse, ha ido a la cola de ese concepto porque ha canonizado mucho más que textos, a autores. Se trata de un modo de canonización más peligroso, que puede convertir a un autor en marca registrada, arrimando de un modo indiscriminado hacia la totalidad de su obra -incluidos muchas veces textos sensiblemente menores, o una repetición infinita de sí mismos- grandes volúmenes de compras. Canon como proposición de un único ideal de escritura, cuando el rasgo propio, particular y diverso, el desvío, para decirlo con palabras del poeta Nestor Perlongher, es lo verdaderamente interesante en el proceso creativo. Tanto tiempo buscando el trazo personal, para que después quieran que pinte como todos, me decía hace poco Jorge Cuello. Así ha venido sucediendo en la LIJ argentina: proliferación de escrituras “a la manera de” ciertos autores ya consagrados…. pléyades de escritores repitiendo sus procedimientos hasta el punto de no poder distinguir un libro de otro y pléyades de seguidores repitiendo hasta el cansancio temas, modismos, recursos de escrituras que ya han obtenido un lugar y cuyas ventas están garantizadas.

9. La LIJ no ha sido considerada por la academia. La queja de los autores, acerca de que la Literatura Infantil no ha sido considerada por la academia, es constante, la venimos repitiendo desde los primeros años ochenta, pero ¿no es acaso el olvido de la academia lo que ha favorecido la proliferación de escritores y escrituras de dudosa calidad que se venden en cantidades que un escritor que publica en el circuito adultos no podría soñar? Olvido de la academia. Inexistencia de la crítica. Nulo riesgo editorial y la escuela como mercado cautivo. Esas son las cuatro patas que nos han traído hasta acá, o por lo menos hasta un momento que fijaría en torno a la debacle del 2001, cuando se empieza a percibir un incremento del interés académico, un comienzo de desarrollo de la crítica especializada y el nacimiento de nuevos (pequeños y de capitales nacionales) emprendimientos editoriales.

10. Variedad/uniformidad. ¿Cómo se hace para estar en el centro y en los márgenes? En toda cultura trabajan dos mecanismos contrapuestos: la tendencia a la variedad y la tendencia a la uniformidad. También sucede eso al interior de cada escritor y entonces la escritura se coloca en un punto de tensión entre esos dos extremos: diversidad/ uniformidad. Mientras preparaba estas líneas me llegó una entrevista a Enrique Butti. Leo un párrafo porque dice, de un modo más eficaz que el de mis palabras, la posición en que me interesa colocarme a la hora de escribir: “Lo que debe preocuparle al escritor es tratar de escapar de sus límites o, por lo menos, tratar de cavarse túneles, fosos, pozos, ir más allá. Nuestra época canta loas a los escritores bien pautados y de senderitos asfaltados, cuando no de bien señalizadas autopistas. La alternativa la constituyen los autores que, merced a su vagabundeo, han dilatado los alcances y la amplitud de su estilo, autores preocupados no por estampar su firma en cada línea de sus libros, sino arrebatados por saltos mortales siempre más allá…” El cambio de género y de potencial lector han sido para mí modos de escapar a los encasillamientos que Butti llama “senderitos asfaltados o bien señalizadas autopistas”. Yo podría, a esta altura de los años, visto cómo van las cosas, dedicarme exclusivamente a escribir libros para los chicos. Es ése un espacio en el que he alcanzado cierto reconocimiento, no tengo mayores problemas para colocar editorialmente lo que produzco y a su vez, los libros que he publicado -sin ser yo nunca un éxito de ventas- se han sostenido a lo largo del tiempo, de modo que devienen en liquidaciones de derechos de autor que -de dedicarme yo a tiempo completo a producir ese tipo de textos- engrosarían. ¿Para qué entonces escribir poesía, por ejemplo, para editarla en ediciones pequeñas, alternativas, a cambio de unos pocos ejemplares de obsequio? ¿Por qué escribir cuentos que, como dicen a coro los editores, no se venden? Sin embargo, cada vez que termino un proyecto de escritura (o cuando lo abandono porque no funciona como quisiera) me cruzo a viejos borradores que están en una búsqueda diametralmente opuesta a la que tenía entre manos. Es que no se trata sólo de escapar a los encasillamientos o etiquetas que puedan ponernos los lectores o los editores, sino sobre todo a los propios encasillamientos, etiquetas y estereotipos. Se trata de generar estrategias para permanecer en constante desacomodo, si es que uno entiende la escritura como una exploración, un camino de conocimiento.

11. Adecuación / exploración. En relación a esto, quisiera leer unas líneas sobre Carver, escritas por su mujer en el prólogo a uno de sus libros de poemas, porque tienen que ver con la exploración, con ese desacomodo interno al que me refiero, con la dialéctica entre el propio centro y los propios arrabales: “Ray utilizó su poesía -dice Tess Gallagher- para sacar al tigre de su escondite… (…)… desobedecía a sabiendas las presiones que le hacían para que escribiera relatos porque era en lo que se centraba su reputación y por lo que recibía mayores recompensas en términos de reputación y de público. No le importaba. Cuando recibió el premio Mildred and Harold Strauss, concedido sólo a escritores de prosa, inmediatamente se sentó y escribió dos libros de poesía. No estaba ‘haciendo carrera’; vivía una vocación y eso significaba que su escritura, fuera poesía o prosa, estaba ligada a unos mandatos íntimos que insistían más y más en una aprensión crecientemente inmediata de sus asuntos…” He traído este párrafo también para decir que se necesita tener un sentido ético sin fisuras para sostener lo que él sostuvo y aquí se ha dicho. Y para decir también que la ética de lo estético -la búsqueda de esa verdad interna de escritura- es para mí (ahora que hablamos de centro y periferias) central en un escritor y, aún más, que se trata de una construcción que lleva toda la vida. Centro del hacer que se sostiene por la posibilidad interna de forzar los propios límites, de explorar los linderos de la experiencia, los propios arrabales.

12. Tradición/vanguardia. Todo escritor se coloca en algún punto entre la tradición y la vanguardia, pero dónde debe buscar la tradición o la vanguardia un escritor que escribe “para niños”, ¿en la tradición literaria universal?, ¿en la tradición universal de la literatura destinada a los niños?, ¿en la tradición literaria argentina?, ¿en la literatura argentina para niños?, ¿en qué tradición debe/quiere/puede inscribirse una escritora argentina de hoy que entre sus libros ha escrito algunos destinados a jóvenes lectores?

13. Literatura/ Infantil. ¿Qué está primero? ¿El sustantivo o el ambiguo adjetivo? ¿De qué padres aprender? Aún cuando leo considerable cantidad de libros destinados a niños y jóvenes, incluso mucho material inédito en mi reciente función de directora de una colección de libros para jóvenes, desde aquellos tiempos hasta hoy, se ha construido en mí y ha permanecido, la idea de que hay que buscar a los padres en el campo de la literatura, sin adjetivos.

14. La literatura infantil/ Los comienzos.
Empecé a trabajar en la Literatura Infantil en un tiempo que era al mismo tiempo el de final de la dictadura, el del inicio de mi maternidad y el de la fundación de CEDILIJ, institución que contribuí a formar y que a su vez me formó, un tiempo – fines de 1983/ comienzos de 1984- que los investigadores han empezado a considerar como los años de constitución del campo. En ese marco de fervor democrático naciente, fundamos -durante el filo de los años 83/84- un centro de LIJ, en busca de un espacio más específicamente literario en relación a este tipo de libros, un espacio que se opusiera a posturas más conservadoras y utilitarias. Lo que buscábamos revisar, cuando no combatir, era los fines didácticos, los textos funcionales, la escolarización de los textos destinados a los chicos. Veníamos de hacer estudios literarios, casi todas egresadas de la carrera de Letras, y queríamos plantarnos lisa y llanamente en la literatura. Si hay un adjetivo que yo le hubiera dado entonces a la LIJ, además de “didáctica” (palabra que usábamos para repudiar todo lo que no nos gustaba) ese adjetivo hubiera sido “marginal”, ella – la Literatura Infantil y Juvenil- era por entonces algo que estaba en los márgenes de la literatura y en las orillas del mundo editorial y, tal como nosotros la entendíamos, estaba fuera de la escuela y lejos de todas las estrategias de ventas. Estaba en los márgenes y nosotros queríamos llevarla al centro. Al centro de la escuela, por sobre todo. Al centro de la escuela convertida -lo decíamos con orgullo- en verdadera literatura. Nuestras innumerables charlas, jornadas, cursos, seminarios y encuentros de aquellos años comenzaban y terminaban casi invariablemente con la frase “porque la Literatura Infantil también es literatura”

15. Terratenientes/inquilinos. No pertenecer de un modo exclusivo a este campo, compartir este hacer escritural con otros (la narrativa o la poesía para adultos, como es mi caso) tiene a la hora de la difusión sus desventajas. Ya se sabe: todo campo reclama pertenencia, demanda fidelidad. Sin embargo, a la hora de elegir novelas, libros de cuentos o de poemas para la colección destinada a jóvenes lectores que dirijo, lo más interesante proviene casi siempre de escritores que no escriben exclusivamente para niños o jóvenes, como es el caso de César Bandin Ron y su libro de poemas experimentales Sumamente hormiga, o las novelas de David Wapner, o una novela de Angeles Durini que tengo entre manos, incluso a veces provienen de escritores que tal vez nunca se han puesto a pensar en un lector joven, como es el caso de Hebe Uhart de quien estoy preparando una selección de cuentos. Es que a mí me gustaría un campo de LIJ que no tuviera terratenientes, sino inquilinos, visitantes y viajeros, gente que lisa y llanamente escribe, y en cuya escritura asoma a veces algún escrito que puede ser leído por lectores niños o jóvenes. Como ha pasado con Clarice Lispector, Ionesco, Saramago, Bradbury, Colasanti, Dino Buzzati o Calvino… un campo de florcitas a la manera de aquellas que plantó Daniel Divinsky alguna vez. Me parece que en un campo de esas características podríamos decir con facilidad porque la literatura infantil también es literatura. Y sería cierto.

16. ¿Al centro de qué? En aquellos años nuestro mundo y el mundo de todos era tanto más bipolar que el de hoy y entonces era sencillo saber de qué lado se estaba y contra quiénes disparábamos nuestros dardos. Ciertos autores de aquel tiempo (ninguno de ellos ha perdurado), ciertas colecciones y editoriales (hoy todas desaparecidas), ciertos espacios de formación, no eran para nosotros recomendables. Más aún, en muchos casos eran de un modo franco nuestros enemigos, pues tras los libros de escaso o nulo valor literario que escribían, editaban o difundían, se atrincheraban posturas ideológicas que repudiábamos. Teníamos muy en claro que había que difundir a otros autores y a otros libros, y que había que fundar otras editoriales y revistas y, por sobre todo, que había que construir otra calidad de mediadores. Todo (o casi todo) estaba por hacerse y teníamos para recomendar a unos pocos escritores, cada uno de ellos con uno, dos, no muchos más, libros publicados. Lo que a nuestro juicio era por entonces recomendable y, casi sin excepciones, lo que perduró de los años ochenta hasta nuestros días, lo hemos canonizado nosotros (me refiero al conjunto de instituciones, publicaciones, congresos y editoriales que surgieron entonces) en nuestros cursos, seminarios, campañas de lectura, revistas, reconocimientos públicos y reseñas. Empezamos por tender un puente entre aquel ayer apocalíptico y este hoy integrado pero luego, en aquel futuro que es hoy nuestro presente, a veces, muchas veces, no supimos distinguir -entre los innumerables libros editados que llegaron más tarde- aquellos libros que podían revelarnos algo sobre nosotros mismos… de otros que eran puro papel inútil, letra impresa incapaz de decir nada.

17. Utilitarismo, mercado y otras yerbas. Debemos situar ese nacimiento del campo, nuestra inserción en ese campo, y el fervor militante de entonces en el contexto social: fin de la dictadura, ilusionado renacer de la democracia, primavera alfonsinista. Estábamos construyendo algo nuevo y paralelamente estaba el mundo. No éramos un hongo solo en medio del campo, habitábamos un contexto que reclamaba esos nacimientos y escuchábamos a una escuela que estaba pidiendo otra cosa. Desde ese lugar mirábamos hacia atrás ciertos modelos, la escasísima tradición de la literatura infantil que nos precedía: Javier Villafañe, María Elena Walsh, Syria Poletti, María Granata, José S. Tallon, Laura Devetach, Nelly Canepari, Edith Vera, Jorge W. Abalos… – algunos con apenas un libro publicado o incluso con copias mecanografiadas circulando por fuera de todo mercado- conformaban para nosotros el pequeño universo modelo de este campo literario naciente, incipiente, en los primeros ochenta. Fueron años de militancia por el libro, por la lectura, por la literatura, años fuertemente cargados de voluntarismo, sentido militante y grandes ideales. En ese arremeter nuestro de entonces hacia el centro de lo instituido para generar un nuevo canon -en el que aparecieron en escena Graciela Montes, Graciela Cabal, Gustavo Roldán, Ema Wolf, Ricardo Mariño…entre otros, lo que sumado a los nombres anteriores podría considerarse como el canon fundante- dos cuestiones asomaban como grandes desafíos a resolver en el futuro, dos cuestiones -debemos también decir- que aún están pendientes. Una de ellas tiene que ver con el acecho de nuevas formas de un utilitarismo que no ha cesado, apetencias didácticas no ligadas ya a los buenos modales sino a lo que se podría llamar nobles ideales, cuestiones como la función social de los textos, la educación en valores, la preocupación por lo que entonces llamábamos “temas tabú”, cuestiones que persisten hoy de muchas maneras, groseramente explícitas o de modos más sutiles, tal como lo refieren las reflexiones hechas por Marcela Carranza en La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura publicada en Imaginaria, o por Cecilia Bajour en Abrir o cerrar mundos: la elección de un canon, leída en noviembre de 2005 en el Seminario Internacional Feria del Libro Infantil de México, o las reflexiones de ambas en Abrir el juego en la literatura infantil y juvenil, publicada también en Imaginaria o las de Claudia López sobre las Venturas y desventuras del canon literario en la escuela, publicada en La Mancha, así como las permanentes reflexiones de Graciela Montes acerca de los mandatos y corrales de la zona literaria que nos ocupa. La otra cuestión, más mediata, imprevisible por aquellos años tiene que ver con la creación de lectores y la promoción de la escuela como la gran compradora de libros, lo que devino en la explosiva aparición del mercado y sus estrategias de venta: canonización de autores más que de textos; aceptación de libros “sobre tablas” sin decantación crítica; (más) venta de lo que se vende más, considerando las cifras de ventas como única muestra de calidad bajo la idea de que debe ser bueno si a los chicos les gusta (lo que se promociona con obsceno merchandising….) y algo más que apareció junto a todo eso: la banalización de la figura del escritor contratado para ir a las escuelas con el objeto de llevar a cabo una suerte de “animación de sí mismo” que, si en un comienzo tenía el buen propósito de provocar un encuentro con los lectores, a menudo termina convirtiéndose en una acción que en lugar de llamar la atención sobre el libro, lo reemplaza.

18. Una mesa de muchas patas. En fin, que un campo debe sostenerse por varias puntas: los estudios académicos, la rigurosidad del aparato crítico, la formación lectora de docentes bibliotecarios y otros mediadores, la ética estética de los creadores, la capacidad de riesgo de los editores. Me parece que buena parte de lo que ha sucedido en términos de gran circulación de tantos libros pobrísimos en la LIJ de nuestro país, tuvo que ver con la – por lo menos hasta hace unos años- escasa o nula existencia de espacios de investigación y crítica y con el corrimiento de un modo de lectura alerta en las legiones de mediadores, formadores, maestros, bibliotecarios, coordinadores de talleres y técnicos de programas y campañas de lectura, lo que dejó a los grandes grupos editoriales el campo bastante libre en eso que podríamos llamar la conquista de la escuela.

19. Lectura alerta y flechazo. Lectura alerta, me digo. Alerta al pinchazo del que habla Horacio González o al punctum de Barthes, a eso que se produce cuando no lo esperamos, cuando olvidados de los destinatarios para los que podría llegar a ser “apropiado” leerlo, olvidados de su posible utilidad en clase e ignorantes de su eficacia para enseñar tales o cuales cosas, olvidados también de lo que estábamos buscando en él, el libro que tenemos en las manos nos hiere, deja escapar una flecha que nos punza y nos perturba. Libro que cuando nos llega es pequeña mancha, agujerito y también casualidad, alegría de haber sido flechados, ignorando el después, el sin más y el para qué, olvidados también de eso que debíamos hacer: escribir unas líneas sobre los problemas del canon.

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Algún día

i jul 17th 1 Comment por

Cuando este libro llegó a nuestra librería, hace un par de años, no habíamos oído hablar de él. Lo leímos y nos conmovió tanto que empezamos a recomendarlo a todas las mamás que nos visitaban. Y un día el libro se agotó.

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Hoy estamos felices porque ayer por la tarde volvió a llegar. 

Es un cuento de la escritora norteamericana Alison McGhee, ilustrado por Peter Reynolds y publicado por Serres. Cuenta la historia de una mamá que, mientras vigila el sueño de su hija, recuerda sus primeros días de vida, se da cuenta de cuánto ha crecido y sueña con la vida fascinante que le espera. 

Algún día es un libro perfecto para leer con los niños. Habla sobre los aspectos más sencillos y especiales del amor y la vida. Como dice la protagonista, “… algún día, desde el porche de casa, observaré cómo me dices adiós con la mano, hasta perderte completamente de vista. Ese día, te volverás a mirar la casa y te preguntarás cómo algo que se siente tan grande puede verse tan pequeño.

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Los más mordidos de este semestre

i jul 16th No Comments por

Todos los semestres, el equipo de Espantapájaros hace la lista de los libros más mordidos para seguir aprendiendo sobre las relaciones impredecibles, íntimas y muchas veces reiterativas que se establecen entre niños y libros. ¿Por qué un niño necesita llevar siempre el mismo libro y pedir sucesivas relecturas a sus padres? ¿Por qué los libros elegidos nos cuentan lo que muchas veces los niños no saben nombrar aún o no saben siquiera que les está sucediendo? ¿Por qué la literatura habla a los niños en un lenguaje cifrado y secreto y les permite tener profundas conversaciones sobre la vida? ¿Cuál es el lugar del adulto en este proceso? ¿Qué tanto debe intervenir, nutrir el gusto, pero también propiciar y respetar el criterio del lector?

Compartimos con ustedes los libros que tuvieron más éxito este semestre entre los exigentes lectores de Espantapájaros:

 

Harold y la crayola morada, de Crocket Johnson

harold

¿Has visto a mi gata?, de Eric Carle

has visto

¡Grrr!, de Jean Maubille (más…)

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Nuestra Directora: “El botín del ICBF”

i jul 7th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo, de hoy, lunes 7 de julio de 2014, Yolanda Reyes escribió:

.EL BOTÍN DEL ICBF

En su carta de renuncia a la dirección del ICBF, Marco Aurelio Zuluaga presenta una rendición de cuentas que preocupa, justamente, por las cuentas. Habla de contratos “cercanos a 3 billones de pesos anuales” y considera un logro de su gestión que ahora se ejecutarán por convocatoria pública, lo cual lleva a preguntarse cómo se ejecutaron antes. Menciona también 7 millones de “usuarios”, 8 mil “operadores”, cerca de 12 mil “colaboradores”, más “63 mil madres comunitarias incorporadas al mercado laboral normal” y agrega, como quien suma niños con Bienestarina, casi un billón de pesos para comprar alimentos.

Entre esa mezcla de cifras hay una frase que suena cínica, viniendo de alguien que se caracterizó por su desconocimiento del sector, pero que sintetiza, a la vez, la oportunidad y la amenaza del ICBF. Se trata, dice el ex director, de “un instituto desconocido que se tiene que dar a conocer a todos los colombianos, propiciando un control social sobre la ejecución de los recursos”. Ese “desconocido”, en efecto, cuenta con un presupuesto de 5 billones de pesos que se puede manejar desde la 68 en Bogotá y que llega hasta el último rincón del país. Tener esa plata y esa posibilidad de ejecución lo convierte en botín para pagar favores políticos, con la ventaja de que los temas de infancia están bastante a salvo de controles periodísticos, ciudadanos y políticos. Es tan apetecible el botín que hasta los Nule recibieron contratos de interventoría en la torta de la Bienestarina, pero eso no lo recuerda la ciudadanía con indignación similar a la que suscitaron los desfalcos en obras públicas.

Sin embargo, además de la amenaza que entraña el hecho de ser tajada política, el ICBF escenifica el eterno dilema presidencial entre clientelismo y meritocracia y, por ello, es un laboratorio en el que veremos a Santos decidir entre pagar los favores con niños, o jugársela por un director(a) técnico(a), que convierta al ICBF en protagonista de las transformaciones anunciadas. Si, como prometió en campaña, “ser el país más educado de América Latina en 2025” requiere brindar atención integral de calidad a 2.4 millones de niños en primera infancia, su apuesta en la dirección del instituto encargado de educar a la población infantil más vulnerable del país marcará una diferencia entre el dicho y el hecho.

A ese desafío se suma el de liderar la construcción de un país en paz, pues más allá de cualquier conversación, son los programas de prevención y de protección del ICBF los que garantizan la implementación del Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes, el liderazgo en asuntos cruciales como el reclutamiento ilegal de niños y la garantía y la promoción de derechos de la infancia, sin los cuales la paz es solo discurso. Esos dos pilares –educación y paz– requieren de un aliado que se la juegue desde el ICBF por la implementación de la Ley de Infancia y Adolescencia, que fue aprobada en 2006 y no ha podido ser aplicada por falta de directores comprometidos con ella. Y no se puede concluir sin mencionar la Bienestarina, un asunto que comprueba la falta de control político, pues fabricar “concentrado” para pobres en pleno siglo XXI, pese a que los estudios recomiendan modalidades más eficaces como los micronutrientes (o la comida, simplemente) es una aberración que no sabemos quiénes se niegan a desmontar, y que solo alguien con liderazgo, independencia y respaldo del Presidente podría evaluar.

La decisión de Santos sobre la dirección del Instituto ejemplificará lo que podemos esperar de su segundo mandato. Si vuelve a decir que “el ICBF es para la U”, le dará la razón a quienes lo acusan de tener un doble discurso y una doble moral. Es una situación que conlleva una elección y que nos muestra un carácter.

Yolanda Reyes

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