Yolanda Reyes, invitada al festival ‘Palavras Andarilhas’

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El lunes 25 de agosto nuestra directora, Yolanda Reyes, viajó a Portugal para participar en el festival ‘Palavas Andarilhas’, que se celebra todos los años Beja: una ciudad de 40.000 habitantes, que queda a 180 kilómetros de Lisboa. El festival es una celebración de las palabras, un encuentro en el que más de 400 participantes reflexionan sobre animación a la lectura, literatura y narración oral.

Palavras

Hoy, viernes 29 de agosto, por la mañana, Yolanda Reyes dictó una conferencia sobre uno de los temas en los que más ha trabajado: “los cimientos de la casa imaginaria: poética y política en la Primera Infancia”. Habló con los asistentes de todo lo que propicia la lectura. Para Yolanda, “leer es evocar la ausencia, traer lo que no está con las palabras, operar con símbolos, descubrir cómo las palabras recogen la experiencia de los otros y de nosotros, los humanos. Y todo puesto en ese video de una manera tan sencilla y tan perfecta: los primeros pasos por el mundo de lo simbólico.”

Estamos muy orgullosos de su participación en el festival. Además, compartimos con quienes estén interesados en saber más sobre el tema, este artículo escrito por ella y publicado en nuestra página web:

Los cimientos de la casa imaginaria:
Poética y política en la primera infancia

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Los libros más mordidos: ¿Qué es eso?

i ago 22nd 7 Comments por

Artículo publicado en la revista Bienestar Sanitas

Comprar libros de la canasta de los más mordidos tiene sus ventajas. Por un lado, apoyas el derecho de los más pequeños a leer con todos los sentidos. Por otro lado, te llevas libros que han sido ‘probados’ por los lectores más sensibles. ¡Calidad garantizada!

Este letrero está puesto a la entrada de la librería Espantapájaros, especializada en literatura infantil, para animar a los adultos a valorar aquellos libros que han sido tocados por los niños y para sensibilizarlos sobre las diversas formas de leer, hojear y probar los libros que tienen los más pequeños. Pero además ilustra la tensión entre dos formas de relacionarse con los libros: una es ponerlos a salvo del posible deterioro que puedan causar las manos pequeñas y otra es ponerlos al alcance de los niños y enseñarles que podemos cuidar los libros, como aprendemos a cuidar lo que más amamos.

La canasta con ‘los más mordidos’ refleja la decisión que ha tomado el equipo de Espantapájaros en todos sus espacios destinados a la formación de lectores: defender el derecho de los niños a crecer rodeados de libros. Al público de la librería, lo mismo que a los padres que llevan a sus hijos al Jardín Infantil o a los talleres de Cuentos en Pañales se les explica cómo los niños dejan huellas en lo que leen y cómo lo que leen deja huellas psíquicas y vínculos afectivos para el resto de la vida.

Libros más mordidos

El concepto de los libros más mordidos nació al ver cómo elegían libros los bebés y los niños en los diversos programas de formación de lectores de Espantapájaros, pues todos incluyen, como parte esencial, el préstamo domiciliario.  Desde hace varios años, el equipo de animación a la lectura ha visto a los niños deambular por las estanterías explorando, saboreando y mordiendo las páginas los libros para decidirse por alguno. Esos gestos hacen parte del proceso de selección y, como consecuencia, los libros más populares de la Bebeteca suelen tener marcas de dientes. Ahora bien, los mordiscos no son las únicas huellas pues a medida que los niños crecen rodeados de libros y de voces adultas que los ayudan a dar palabras a sus sueños y a sus emociones, cada cual va formando su propio criterio y va aprendiendo, con una sabiduría asombrosa, a buscar los libros que su corazón le pide. Como en cualquier biblioteca pública, cada niño tiene una ficha de préstamo en donde están registrados los libros que ha llevado a su casa, las fechas en las que los eligió y los devolvió, y sus “firmas” –sus garabatos y sus huellas- que van quedando en las fichas como un acto ciudadano inicial: el de responder por los libros que llevan prestados.

Libros mordidos

Todos los semestres, a partir de esas fichas, el equipo de Espantapájaros reflexiona sobre el significado y la evolución de esas elecciones para seguir aprendiendo sobre las relaciones impredecibles, íntimas y muchas veces reiterativas que se establecen entre niños y libros. ¿Por qué un niño necesita llevar siempre el mismo libro y pedir sucesivas relecturas a sus padres? ¿Por qué los libros elegidos nos cuentan lo que muchas veces los niños no saben nombrar aún o no saben siquiera que les está sucediendo? ¿Por qué la literatura habla a los niños en un lenguaje cifrado y secreto y les permite tener profundas conversaciones sobre la vida? ¿Cuál es el lugar del adulto en este proceso? ¿Qué tanto debe intervenir, nutrir el gusto, pero también propiciar y respetar el criterio del lector?

Cuentos al parque 1  -01

Yolanda Reyes habló de este tema en las Jornadas Internacionales de Literatura Infantil y Juvenil de Buenos Aires. En su ponencia, “El derecho a morder libros: cómo leen los más pequeños y qué nos dicen sobre sus elecciones”, mostró la complejidad que hay detrás de las elecciones de los niños y la manera como no solo los niños leen libros, sino cómo también son los libros los que  “leen” a los niños. En este proceso, la mediación del adulto es muy importante. En palabras de Reyes, “en la medida en que los adultos ofrecemos buenos libros a los niños, en la medida en que les leemos, ellos van formando su propio criterio. Un niño que ha sido nutrido con literatura aprende a buscar en la literatura lo que necesita para conversar con los adultos y también consigo mismo.”

Eso es dar de leer: sacar los libros de las vitrinas, ponerlos al alcance de los niños, acompañarlos a descubrirlos y “leer” quiénes son, mientras compartimos el lenguaje cifrado de una historia.

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El lugar de la literatura en la vida de un lector

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Una experiencia de animación a la lectura en Espantapájaros

Por: Yolanda Reyes
Espantapájaros
2003

1. Así como comienzan las historias…

Hace mucho tiempo –más de 20 años- unas personas interesadas en la pedagogía de la lectura, en la expresión artística y en la literatura, nos fuimos encontrando para construir el proyecto cultural de “Espantapájaros”, centrado en el deseo de cambiar los esquemas tradicionales de acercamiento a la lectura.

Desde el comienzo, hacíamos talleres con niños y niñas pero, por otra parte, teníamos la convicción de que el trabajo con adultos era imprescindible para cambiar la concepción tradicional de la lectura, entendida simplemente como un proceso académico. Esta doble dirección del proyecto nos fue dando las primeras pistas para descubrir que el acercamiento a la lectura debía emprenderse desde el comienzo de la vida. En efecto, los testimonios recogidos en los talleres con maestros y padres, nos demostraban que los adultos lectores tenían biografías en las que muy temprano habían descubierto la magia de las historias. Vimos la necesidad apremiante de crear un “nido” para la lectura que marcara a los niños desde el comienzo de su vida y que les permitiera encarar con éxito – y sobre todo con pasión – el reto progresivo de crecer como lectores, sin perder la magia y el sentido profundo de leer, ligado al desciframiento vital.

Entonces fuimos especializándonos en niños cada vez más pequeños y los mismos niños nos llevaron a investigar en torno a esa primera etapa en la que el niño aún no lee alfabéticamente, sino que son otros los que lo leen y sobre la cual poco solían fijarse los trabajos de promoción de lectura de la época. Así creamos, dentro del proyecto, una Bebeteca, es decir, una biblioteca para niños a partir de 8 meses y, de la mano de los pequeños, hemos ido descubriendo cómo la literatura puede dar sentido –más allá de lo académico- a la experiencia de leer desde el comienzo de la vida y a lo largo de todas sus etapas.

2. ¿Qué entendemos por leer?

La investigación de Espantapájaros parte de dos premisas básicas: La primera es la de considerar a la lectura, en un sentido amplio, como una forma de conocerse a sí mismo, de descifrarse y descifrar el mundo, de encontrar en los libros y en los objetos de la cultura, alternativas para el crecimiento, para el diálogo, para favorecer el pensamiento y para desarrollar la sensibilidad. La segunda premisa, que se deriva de esta concepción de lectura, es la hipótesis de que la necesidad del sentido acompaña al hombre desde su nacimiento, y esta hipótesis nos lleva a decir que leemos desde mucho antes de empezar el proceso de alfabetización propiamente dicho.

Esta idea de la lectura como desciframiento vital que involucra, no sólo lo cognoscitivo sino también lo emocional, se constituye en el “nido” de nuestro trabajo. Desde ahí nos proponemos la tarea de construir fuertes vínculos, no sólo con los libros sino con las personas que interactúan con los niños desde los comienzos de su vida, es decir, con la familia, con los maestros y con los bibliotecarios.

3. Las etapas en el desarrollo del lector

Partiendo de esta concepción amplia de lectura, hemos ubicado tres grandes etapas en el proceso de formación de un lector: La primera es aquella en la que el niño no lee, sino que otros “lo leen” y se extiende desde el nacimiento hasta el inicio de la lectura alfabética. La segunda es la etapa en la que el niño comienza a leer con otros y, por lo general, suele coincidir con el ingreso a la educación formal y con el proceso de alfabetización propiamente dicho. La tercera etapa concluye con el lector autónomo, aquel que es capaz, no sólo de alcanzar un nivel adecuado de competencias lectoras, sino de encontrar en la lectura una opción permanente de desarrollo intelectual, emocional, cultural y vital.

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Historia de una reescritura

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Por: Juliana Camacho

 

Cuenta mi mamá que alguna vez, cuando estaba próxima a terminar la carrera de educación preescolar, le manifestó a mi abuela su inquietud con respecto al futuro que le esperaba como maestra. Para tranquilizarla, su madre le dijo: “No se preocupe mija, que usted ha aprendido muchas cosas en la universidad. ¡Mire la cantidad de canciones infantiles que se sabe ahora!” Crecí riéndome de esa anécdota. Ahí estaba pintada mi abuela y su desencajado humor paisa.

Esas palabras echaron en mí raíces y me llevaron a pensar por un tiempo – como lo hacen tantos –  que enseñar a los más pequeños es una tarea tan elemental como tararear una ronda infantil. Hoy garabateo nuevas creencias sobre ese prejuicio atávico que tanto daño nos ha hecho a los colombianos.

Pasé la niñez escondida entre libros. En mí, el desconcierto del recién llegado tardó en mermarse – si es que lo ha hecho – y la literatura infantil fue a la vez mapa y brújula del nuevo mundo. Persiguiendo la guarida que me procuraron las buenas historias, decidí estudiar letras y especializarme en literatura infantil y juvenil. Quería leer libros para niños, estudiarlos, promover su lectura, acaso hasta escribirlos, pero eso sí, lejos del aula o de la biblioteca, lejos de los niños. Creía estar predestinada para actividades profesionales más prestigiosas que el canto de nanas y rondas.

Desde hace varios años trabajo en proyectos de fomento lector. Le hice al quite a la docencia, mientras que mi marido – cineasta de profesión, con dos maestrías y una robusta hoja de vida – decidió dedicarse a enseñarles literatura y cine a adolescentes. Algunos vieron su decisión como un fracaso profesional y hasta sus mismos estudiantes lo animaban a dejar ese trabajo “tan poca cosa”, o al menos dedicarse a la docencia universitaria. El prestigio del maestro parece estar en relación directa con la edad del alumno: entre más jóvenes los estudiantes, menor el reconocimiento social del profesor.

Hace dos años nació mi hija. Gracias a ella hundí el cuerpo entero en el mundo de la infancia; aprendí a leer en voz alta los cuentos que antes analizaba y a entonar con desparpajo las canciones infantiles que le oía a mi mamá. Ese reencuentro con la niñez me motivó a emprender nuevos proyectos profesionales. Recientemente me vinculé a una asociación de lectura con la primera infancia. Esta vez hago el trabajo que tanto recelo me causaba antes. Me siento en ronda con los niños, abro las páginas de algún libro infantil, leo y canto con ellos. Aquel ha sido un liberador ejercicio de reescritura personal. Leo libros pero sobre todo observo a los niños. Hay quienes miran la página con una gravedad que me infunde respeto, como si entre el libro y ellos se hubiera gestado un diálogo íntimo, tan antiguo como la lengua de los pájaros. Otros me miran para descubrir cuál es mi parentesco con el libro, qué potestad tengo sobre la historia. Algunos comentan entusiasmados cada imagen porque ese descubrimiento de su propia voz es una esclusa que se abre, un agua que corre a borbotones. Unos cantan a gritos, otros solo susurran, algunos no abren la boca pero se dejan envolver por la música. En esas sesiones pasan cosas, muchas más – y mil veces más importantes – que el aluvión de trivialidades que nos ocurren a diario.

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Nuestra directora: “El más educado”

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 18 de agosto de 2014, Yolanda Reyes escribió:

El más educado

 

El lema de la campaña Santos, de hacer de Colombia “el país más educado de América Latina en 2025” me devuelve a esas épocas en las que solíamos estudiar solo para los exámenes y comparábamos quién había sacado cinco y quién cuatro con nueve. En esos tiempos, a las niñas bien educadas nos exigían “buenos modales” y bastaba con memorizar las capitales de América para “sacar buenas notas”. Hoy, en cambio, ¿qué puede significar ser un país más educado que México, Paraguay y otros del vecindario? ¿Más educado en matemáticas, trabajo manual, democracia, informática? ¿Qué autoridad nos evaluará, cuando llegue el 2025, si es que alguien se acuerda de la promesa? ¿Seguirá siendo la OCDE, o habrá sido reemplazada por otro club, en este mundo de hegemonías y socios cambiantes?    

Esa idea de la educación como un proceso idéntico para toda la gente, todos los países y todos los tiempos, susceptible de medirse al estilo de las gráficas de crecimiento empresarial, suena tan anacrónica hoy como la concepción del desarrollo humano en línea recta. Los nuevos enfoques del desarrollo vuelven a poner el foco en la persona como fin en sí misma y, desde esas perspectivas, los trabajos de Amartya Sen y Martha Nussbaum, entre otros, advierten que los elementos que definen la calidad de vida son plurales y cualitativamente distintos, que tienen que ver con la capacidad de tomar decisiones y que, por consiguiente, hay que ofrecer oportunidades para fortalecer las capacidades interiores. Asimismo, el desarrollo infantil dejó de verse como una serie de peldaños por los que todos los niños ascienden en fila y al tiempo, para concebirse como un proceso dinámico que se da a través de una intrincada conjunción de factores individuales y culturales, y en el cual se vislumbran, no solo cimas, sino también hondonadas, pues no todos somos iguales y muchas veces necesitamos retroceder para tomar impulso.

Ese retorno a la particularidad y a la impredecibilidad de nuestra especie humana que se está esbozando desde diversas disciplinas nos previene frente a la aparente seguridad de los guarismos. En La voz del aprendizaje liberal, (Katz Editores, 2009), el filósofo inglés Michael Oakeshott asocia la educación, no con un viaje, sino con una encrucijada, y nos recuerda que “no existe una vida humana o un hombre perfecto y sustancial que le sirva de modelo”. Por el contrario, dice Oakeshott, “cada ser humano es una historia y define esa historia para sí mismo a partir de sus respuestas a las vicisitudes con las que se encuentra”.

En estos tiempos, cuando las fronteras de los mundos reales y virtuales se transforman a la velocidad con la que se nos vuelve obsoleto el último modelo de celular, ¿cómo saber cuál debe ser el “modelo colombiano 2025”? Si la educación está dejando de ser pensada como el camino más corto entre dos puntajes y si el mundo se está conviertiendo en ese lugar amenazante para la vida humana, quizás necesitemos estudiantes que en vez de competir con sus colegas latinoamericanos, cooperen con ellos y con los ciudadanos de todos los mundos y trabajen en equipos no previstos para resolver problemas que aún no imaginamos.

Quizás nuestra educación necesita comenzar por competir y comparar –o mejor dialogar y albergar– diversas versiones de nosotros mismos para saber quiénes somos y comprender lo que aún no hemos comprendido. Porque nuestras formas de vivir y de morir han afectado, no solo nuestras escuelas, sino nuestra psiquis, y requieren ser repensadas, reparadas y reconstruidas para sanar nuestras heridas y aprender a vivir juntos.

La escuela puede ser un buen escenario para comenzar la tarea. Pero no basta con sacar unas décimas más que nuestros vecinos. Con el perdón de la OCDE y de los asesores de Santos, necesitamos enfoques más imaginativos.

Yolanda Reyes 

 
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La primera clase de cocina

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Hacía solo una semana que habíamos llegado a Espantapájaros y ya estábamos tan cómodos y tan contentos que pudimos comenzar nuestras clases de cocina…

IMG_7873… para descubrir, explorar y disfrutar tantas sensaciones nuevas que ahora son parte de nuestra vida escolar.

IMG_7876web En la cocina, nuestra profesora Natalia nos ayudó a mezclar los ingredientes

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Y nos animó a “meter las manos en la masa” (aunque no parecía necesario, pues todos nos lanzamos).

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Probar , oler,  tocar y saborear son experiencias inseparables:  para eso vinimos a la cocina de Espantapájaros donde es posible aprender con todos los sentidos.

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Esta semana, estuvimos reunidos, en la misma sesión, los grupos de Ana María y Natalia, para que los recién llegados aprendieran de los “expertos” que llevan más tiempo en el jardín.

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Con harina, agua y aceite, hicimos una masa blanca, suave y pegajosa.

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Seguimos algunos pasos y algunas pequeñas instrucciones de las profesoras.

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Y fuimos amasando, muy concentrados y asombrados con estas nuevas experiencias.

Natalia también metió las manos en la masa y disfrutó esta bienvenida a Espantapájaros. Cocinar es toda una prueba de hospitalidad.

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¡Miren la concentración y el deleite!

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Pero los nuevos no se quedaron atrás.

Amasaron con mucha fuerza, hicieron bolitas

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y se atrevieron a probar la masa.

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Ana María, la profesora de los más pequeños, propuso que cantáramos mientras cocinábamos.
¡Qué buena idea! Así fue más divertido.

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“Arepitas de maíz tostao,

para papito que no ha almorzao.”

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“Arepitas de maíz con queso,

para mamita, que quiere un beso.”

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Los mejores amigos se empiezan a conocer alrededor de una mesa.

¡Bienvenidos a Espantapájaros!

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El primer día

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En Espantapájaros llevamos más de dos décadas viviendo, dos veces al año y una vez cada semestre, el primer día de colegio de la vida de los niños.

2Sabemos que cuando se tienen dos o tres años de experiencia de la vida, adaptarse a los cambios es todo un proceso. Por eso, el primer día de colegio nuestros nuevos alumnos vienen con sus papás. 12Y aquí empieza la aventura.
Algunos, como Amelia, se dejan cautivar por la música.

1Otros juegan en la casa del parque.
“Hola”, le dice Nicolás a su nuevo amigo David.

5La arenera es un buen lugar para independizarse de mamá.
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En cambio, subir escaleras es más fácil si papá está al lado.
… Pero muy pronto Rebeca trepará los juegos del parque sin ayuda.
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Estamos felices de recibir nuevas familias en Espantapájaros. Haremos todo lo posible para que este “primer colegio de sus hijos” les enseñe -¡para toda la vida!- que estar con muchos amigos es una maravilla.
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Tenemos el presentimiento de que nosotros vamos a aprender más que ellos.

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¿Y cómo no vamos a tener un buen presentimiento si Sofía que no quiso soltar el libro de La ratoncita presumida en toda la mañana? ¡Ni siquiera para comer!
11Nos vemos mañana, ¿bueno?
Y pasado mañana, y el día después… ¡y la semana que viene también!

SofiaTatis

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Mundos posibles: Explorar la fantasía… para inventar la realidad

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Ponencia de Yolanda Reyes*

“Me voy a Espantapájaros a morder niños”, le anunció Elisa, una niña de dos años, a su asustada mamá. Si ustedes están suponiendo que se trata de una frase inventada para comenzar algún cuento, se equivocan. Elisa es una niña absolutamente real, y la escena sucedió la semana pasada cuando su mamá le estaba preparando la lonchera para regresar al jardín, después de vacaciones. Por supuesto, la madre se quedó preocupadísima y me llamó un par de horas después para preguntarme cómo se estaba portando su hija. Cuando le contesté que muy bien, (que había jugado feliz a las muñecas y a preparar comiditas y a correr con sus amigos) no parecía convencida, y entonces me contó la historia. Ciertamente Elisa había mordido alguna que otra sonrosada y redonda mejilla de sus compañeros cuando era más pequeña –es decir, en el semestre anterior– pero eso ya era cosa del pasado. Ahora usaba su lenguaje cada vez más connotativo, rico y versátil, para entrenarse en “hacer de cuenta”. Si anunció sus intenciones para preocupar a mamá, para expresar la ansiedad del primer día de clases, para ejercer algún control sobre sus instintos, para dar rienda suelta a su imaginación o para todos los fines anteriores, nadie podría asegurarlo con certeza. Pero traigo a colación la anécdota a propósito del tema que hoy nos convoca, como prueba irrefutable de la coexistencia de esos dos planos –fantasía y realidad– en los que nos movemos, sin límites tan definidos ni estrictos, desde la más temprana infancia.

Digamos que por razones de oficio estoy familiarizada, tanto con la literatura como con los niños, y quizás sea el hecho de moverme en esos ámbitos el que me ha vacunado contra la tentación de ser simplemente una “persona sensata”. A pesar de que muchas veces, y por cuestiones de supervivencia adulta, debo tener los pies muy bien puestos sobre la tierra, siento que mi vida sería incompleta –además de estéril y aburridísima– sin esa otra dimensión: la misma que lleva a Elisa a decir aquella frase, o la que lleva a Silvana a decir en tono de burla, cuando le preguntan su edad, “tengo dos años… y miedo…¡buuu!”.

En el fondo, el germen de toda creación humana –y ojo, porque no me refiero sólo a la creación artística– es ese juego, siempre trasgresor, siempre renovado y recién descubierto entre lo real y lo fantástico. Como los niños, cuando preparan comida invisible en tazas diminutas de juguete y se alimentan de esos platos que nosotros no vemos, el mundo y todos sus inventos han sido construidos mediante ese movimiento perpetuo de vaivén entre lo visible y lo invisible; entre lo dado y lo posible. Piensen, por ejemplo, en algo tan habitual y a la vez tan misterioso como Internet. Que nuestros hijos nos digan que estaban hablando con un amigo en Tokio y que los sigamos viendo a nuestro lado, sin moverse de las coordenadas de la casa, parece un acto de magia y sin embargo es parte de su realidad cotidiana, impensable hace unos años. ¿Dónde se hunden los cables invisibles de esa realidad; cómo llegamos a eso; qué otros mundos posibles seguiremos descubriendo? La creatividad humana parece infinita, como el horizonte que se va alejando, a medida que caminamos. Resulta imposible atreverse a predecir cuáles serán los nuevos productos. Lo que sí parece una constante es esa “vuelta de tuerca” que lleva a los seres humanos a enriquecer la realidad con el acicate de la fantasía. Un cuento, una novela, una nave espacial, una sinfonía, un puente colgante sobre el mar, un castillo de arena o una construcción de lego comparten esa arquitectura erigida a medio camino entre lo tangible y lo intangible, entre lo real y lo soñado.

A pesar de que el mundo actual parece movido por semejante aliento fantástico tan cercano al “hacer de cuenta” infantil, la educación parece no haberse percatado de ello. Sometan, si tienen dudas, los currículos o los estándares de cualquier área –lenguaje, matemáticas, ciencias– a una prueba sencilla: valiéndose de un procesador de palabras, pídanle a sus computadoras “buscar palabras” pertenecientes a familias como “inventar”, “crear”, “imaginar”, “transformar”, “jugar”, “fantasía”, “fantástico”, etc, en documentos curriculares. Pueden ir más lejos y valerse de la estadística para contar cuántos “identificar” o “reconocer” hay por cada “inventar” o cuántos “analizar” hay por cada “crear”, y en el ámbito específico de la literatura, cuántos “expresar nuestras ideas” hay por cuántos “sintetizar las ideas de otros”. No es que pretenda negar el aporte de “lo dado” para construir lo “posible” –al contrario, todo el tiempo me he referido a esa tensión permanente entre lo conocido y lo por conocer– pretendo, simplemente, subrayar ese desequilibrio que persiste como leit motiv de la educación y que nos entrena para ser más receptores que productores, más repetidores que transformadores.

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¿Cómo escoger buena literatura para niños?

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Artículo escrito por Yolanda Reyes (2003)

Ésa es la pregunta más frecuente que me hacen los padres y no me gusta contestarla en abstracto porque cada niño y cada niña son diferentes y los padres también lo son y cada persona tiene sus gustos, sus preguntas, sus formas de leer… Y todavía no he mencionado las edades, porque hay desde bebés, hasta adolescentes en ese rótulo que los adultos denominan con el genérico de “niños”.

Pero también ésas son categorías abstractas porque a un bebé le gustan los animales, mientras el bebé de al lado prefiere las flores y una niña de diez años odia los poemas, aunque a otro niño le fascinen. Lo mismo sucede con las novelas de aventuras o con las que hablan de la vida real. Igual con los monstruos que con las hadas. Unos se van por los cuentos; otros, por las historietas. Algunos quieren muchos dibujos y otros quieren letra pequeña. Y eso por no hablar de momentos, porque hay libros para leer de noche y otros para leer de día. Hay libros para llorar y hay otros para reírse. Unos son perfectos para contestar esa pregunta que nos da vueltas en la cabeza pero hay otros que nos dejan un montón de preguntas nuevas. A veces necesitamos una respuesta y a veces necesitamos más preguntas. Y así sucesivamente…

Entonces, ¿no hay respuesta? Más bien no hay una receta. O, tal vez, podría haber una: Para dar de leer a un niño, sólo hay que saber leer. ¿Leer cómo? ¿Leer qué?

1. Leer a los niños.

Quiénes son y qué les gusta. Qué nos dicen todos los días, no sólo con lo que hablan, sino con lo que no hablan. Qué lo desvela y qué los hace soñar. A qué juegan, de qué se ríen, por qué lloran. Qué sienten con los libros que ven en la casa, en la biblioteca, en la librería o en la clase. Por cuáles se inclinan. Así sean hermanos gemelos o compartan el mismo pupitre en el salón, pueden ser totalmente distintos. Ningún especialista sabe lo que usted sabe sobre ese niño concreto que espera un libro justo, en un momento justo de su vida. Confíe en esa sabiduría instintiva. Sus propios niños son su primer texto de lectura.

2. Leer el libro, panorámicamente.

Como lee las vitaminas en la caja del cereal: usando su criterio. Usted no compra el cereal sólo por la caja más vistosa o porque tiene un muñeco de Walt Disney. Tampoco compra un disco sin mirar la carátula y las canciones que trae. Incluso, muchas veces pide que se lo dejen oír.

Eso mismo que hace en la tienda de discos o lo que hace en la librería, antes de comprar un libro para usted, debe hacerlo con los libros para sus niños. No compre el primero que le ofrecen en la supertienda. Antes de fijarse si tiene pasta dura o troquelados, pregúntele al libro:

a) ¿Quién lo firma?

Usted no compra un libro anónimo, a no ser que se trate del Cantar del Mío Cid. Tampoco le da lo mismo comprarse una novela de Saramago que la de un “escritor fantasma”. El mercado está lleno de libros para niños firmados por multinacionales. Como en cualquier literatura, un verdadero escritor de libros para niños respalda lo que escribe con su firma.

b) ¿Quién es el ilustrador?

En los álbumes o libros de imágenes, la ilustración es un lenguaje tan válido como el texto. Aprenda a distinguir “unos dibujitos”, de una ilustración con carácter y estilo propios. (De nuevo, la firma de un ilustrador es garantía de que hay alguien detrás de ese trabajo). Usted está educando la mirada de su niño. Desconfíe de los estereotipos: del sol con carita feliz o de la típica casita triangular. Mire más allá: pídale a la ilustración que no se limite a repetir lo que dicen las palabras, sino que las amplíe, que juegue con ellas; que proponga nuevas lecturas; que deje un espacio para la imaginación. Los buenos libros de imágenes pueden ser los museos de un niño.

c) ¿Es versión original o adaptación?

En el caso de los cuentos de hadas, de las historias de tradición oral o de los clásicos, en el libro debe decir si se trata de una adaptación o de una versión original. Es distinto leer la Caperucita de Perrault o la de los hermanos Grimm que leer una adaptación, pues en ésta puede haberse perdido la fuerza del lenguaje y la carga simbólica de las imágenes. Cuídese también de las novelas simplificadas. Alicia en el país de las maravillas de Carroll, Pinocho de Collodi, Peter Pan y Wendy de Barrie son novelas complejas y muy hermosas para leer a su debido tiempo. Leer esas obras resumidas en cuenticos de pocas páginas es como leer La Odisea en un resumen escolar. Es mejor que su hijo pueda gozar la riqueza íntegra de la obra, cuando crezca un poco más. Desconfíe también de los clásicos para adultos en versiones aniñadas. Ya llegará, a su debido tiempo, el momento de disfrutar la verdadera voz de Shakespeare o la de Cervantes.

d) ¿Cuál es la edad sugerida?

La mayoría de las editoriales ofrecen rótulos con sugerencias de edad. Fíjese en esas recomendaciones pero enriquézcalas con su criterio. Hay libros para todas las edades; hay otros sin edad, y además los procesos lectores no son idénticos. La edad cronológica de un lector es apenas una de las variables. Coteje la sugerencia de la editorial con su conocimiento de ese niño real que recibirá el libro.

e) ¿Qué editorial respalda ese libro?

Además de su nombre, revise la ciudad, el año de publicación, el nombre del traductor, etc. Desconfíe si esos datos no son explícitos. Pase las páginas; lea la carátula y la tapa. Encontrará datos sobre el libro y su autor que le darán las primeras pistas.

3. Involucre a los niños en la búsqueda.

Llévelos a bibliotecas públicas y a librerías. Lea con ellos y acompáñelos en su proceso de crecer como lectores. Crea en la palabra de su hijo pero, a la vez, bríndele herramientas para que él vaya educando su criterio. En la medida en que un niño tenga contacto con literatura de calidad, irá afinando su sensibilidad y se volverá cada vez más exigente. No siempre lo fácil, lo que está de moda o lo que encabeza la lista de “los más vendidos” es lo mejor. Tampoco se deje tentar por las colecciones completas, que no garantizan, de por sí, la calidad de cada título. Dé libertad para escoger pero ofrezca también la riqueza de esa experiencia suya que ha ido ganando como lector adulto. Y no pretenda acertar siempre. Leer es también equivocarse.

4. Busque asesoría.

El campo de la literatura para niños es enorme. Muchos autores, ilustradores, géneros y tendencias que no conocimos cuando éramos niños han enriquecido notablemente las opciones de lectura. No se limite a lo que usted leyó en su infancia. Aproveche que tiene hijos para descubrir nuevas obras y no pretenda saberlo todo. Busque un librero o un bibliotecario que conozca de literatura infantil. Consulte las listas de libros recomendados, las publicaciones periódicas sobre el tema y las instituciones que promueven la lectura. Se sorprenderá con los descubrimientos y encontrará libros, no sólo para leer con sus hijos, sino también para usted.

5. No confunda una obra literaria con un libro didáctico.

Así como usted busca mucho más que enseñanzas explícitas cuando lee una novela de García Márquez, su hijo busca en la literatura mucho más que una moraleja. La literatura se mueve en el campo de lo simbólico y apela a la experiencia profunda de los seres humanos. Desconfíe de los mensajes explícitos y de las moralejas obvias. El mercado está lleno de libros infantiles que “disfrazan” bajo el rótulo de “cuento” las intenciones didácticas de los adultos. Aprenda a diferenciar los manuales de autoayuda de las obras literarias. La literatura no pretende explicar valores, letras del alfabeto, normas de urbanidad o mensajes ecológicos. Lea entre líneas y no escoja un libro sólo por su tema sino por la forma como un autor construye una voz y un mundo propios. Desconfíe de ese lenguaje pseudo infantil, lleno de diminutivos y de esas historias “light” en las que los protagonistas son tan perfectos como ositos de peluche. (Su hijo será el primero en “no tragarse el cuento”). Los libros para niños pueden ser atrevidos, transgresores, irreverentes, sutiles, inteligentes, tristes, o miedosos. Todos esos matices, que constituyen la infinita variedad de la experiencia de un ser humano, alimentarán el mundo interior de su hijo y le irán dando claves secretas para descifrar mucho sobre su propia vida y sus emociones, sobre sus sueños y sus pesadillas; sobre la fantasía y la realidad.

Cuando lea literatura al lado de un niño déjese tocar por el lenguaje cifrado y misterioso de los libros. Todo lo demás se irá dando por añadidura.

 

 

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