Nuestra directora: «¿Cuál es el lugar para las víctimas?»

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 10 de noviembre de 2014, Yolanda Reyes escribió:

«¿Cuál es el lugar para las víctimas?»

 

El anuncio del Alcalde Petro de construir vivienda prioritaria para víctimas de la violencia en parqueaderos de zonas rosas suscitó la polémica perfecta. Seguramente él la está disfrutando con idéntica pasión a la de sus opositores, pues tiene un sentido metafórico esto de hacer lugar (hogar) para las víctimas, y puede verse como una puesta en terreno de los desafíos del postconflicto. Más allá de los Soy Capaz que penden en centros comerciales, el anuncio reta la “capacidad” de las élites para pasar de las declaraciones y las palomitas de solapa, y toca lo más atávico: la territorialidad, la casa y sus detalles asociados: la valorización, el costo del metro cuadrado y la obsesión por la seguridad y la “calidad” del vecindario.

Conviene reconocer que aquí hay una discusión no solo fáctica sino simbólica. Como ocurre en las mesas de la Habana, y en nuestras sobremesas, hay marcos interpretativos y voces en pugna, y no podría ser de otra manera porque nos criamos en unas circunstancias de polarización en las que hemos construido proyectos irreconciliables, ¡no solo de vivienda! En la casa, el barrio y la ciudad se ha materializado lo que pensamos unos de otros, y tiene razón Petro en cuestionar a esta Bogotá de castas y barreras. Sin embargo, esto implica simultáneamente reconocer y poner en cuestión los diversos marcos interpretativos: todos, incluso los marcos “oficiales”.

Por haber vivido en conflicto permanente, tendemos a engancharnos en discursos mesiánicos que se traducen en eslóganes y formulas rígidas, y en esta propuesta se adivina un gobernante listo para atacar o provocar, en vez de un Alcalde consciente de su papel estratégico en un momento crucial. Digo crucial porque hay un déficit de viviendas que él se comprometió a atender, con cifras y proyectos específicos en su campaña y en su Plan de Desarrollo, y porque las víctimas del desplazamiento no pueden seguir esperando. Pero también porque Bogotá es un laboratorio de postconflicto y el Alcalde tiene la responsabilidad política y administrativa de propiciar debates informados, en vez de azuzar una polarización superficial, poblada de eternas discusiones entre enemigos, con su repertorio de prejuicios y sospechas mutuas.

Dicen los arquitectos que este proyecto puede ser como botar una semilla en el desierto porque el costo de la tierra alrededor no ofrece posibilidades para acompañar esas viviendas con usos complementarios como colegios, bibliotecas, locales y nuevas viviendas que permitan crear comunidad. Por ser puestos al azar, aisladamente, en “millas de oro” donde todo cuesta una fortuna, no parece haber alternativas para hacer una apuesta de ciudad como la que prometió Petro en el centro, que tenga sucesivos desarrollos y sea sostenible. Adicionalmente es preocupante la estigmatización que puede significar poner el rótulo de víctima, como una lápida, en unos conjuntos residenciales sueltos porque el desafío de la reparación integral implica la posibilidad de asumir roles diversos y de tomar decisiones como el lugar donde vivir.

Es cierto que en Bogotá hemos construido todos los mecanismos para evitar la obligación de ver a los otros, y frente a ello hay que construir escenarios colectivos como el parque, la calle, los buses, las viviendas, las bibliotecas, y los colegios. (Por cierto, aprovecho para preguntarle al Alcalde por qué no ha recuperado el colegio General Santander de Usaquén). Pero necesitamos un debate sin versiones inamovibles, que nos permita pensar otra ciudad y albergar otros roles, sin limitarnos a ser la víctima o el agresor. El desafío va más allá de una escenografía o del gesto aislado de un alcalde. Ahí está el desafío del alcalde.

Yolanda Reyes 

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Comments

  1. LINA
    10 noviembre, 2014 at 10:16 pm

    De acuerdo Yolanda.
    Lo más importante es que hay que CONSTRUIR COMUNIDAD, y eso no se puede hacer en un pequeño lote. La «vida cotidiana» de barrio, que se da en la calle, la esquina, el parque, frente a la tienda, es la base de la ciudad. El hecho de que algunos estemos perdiendo esa vitalidad por los conjuntos cerrados, el uso del carro, etc. no significa que todos quieran prescindir de lo mejor que una ciudad puede dar.
    En todo caso, interesante debate.
    El colegio General Santander es un Bien de Interés Cultural (patrimonio arquitectónico), de lo poco que aún queda en el centro histórico de Usaquén. Efectivamente se está cayendo a los ojos de todos y en frente de la Alcaldesa de Usaquén. (Un «negocio inmobiliario del tipo gourmet»?)

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