Nuestra directora: “En el estudio del actor”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de diciembre de 2014, Yolanda Reyes escribió:

“En el estudio del actor”

 

Como buen actor que era, Alberto Valdiri se murió dos veces. Pero no me refiero a la muerte de alguno de sus personajes, que es normal cuando el trabajo consiste en jugar a ser los otros, sino a su propia muerte. Recordé la historia el sábado pasado al enterarme de que había “fallecido”, según dijeron en los medios, y aunque pensé que a él no le habría gustado la solemnidad de esa palabra, fallecido, rogué que otra vez, como hace tantos años, volviera a ser mentira.

A pesar de que no recuerdo bien los detalles, conservo intacta la sensación y las emociones de esa historia. Alguien, quizás un monstruo, hizo una broma macabra y llamó a la casa de Valdiri para decir que se había muerto. Su esposa y sus hijos lo llamaron muchas veces y como él no pudo contestar por estar grabando en el estudio de televisión, la falsa noticia fue cobrando contundencia. En esos viejos tiempos no había redes sociales y los celulares eran poco inteligentes, pero la red de amigos de Valdiri era tan fiel y numerosa como las que existen hoy en esta realidad virtual, así que, cuando por fin reapareció, su casa estaba llena de gente llorándolo.

Como él solía reírse de todo, y sobre todo, de sí mismo, su falsa muerte se convirtió en celebración. Por esos días empezamos a llamarlo cariñosamente Lázaro, y él, que todo lo que tocaba lo convertía en fiesta, organizó su propia “fiesta de resurrección”. Jamás olvidaré las emociones extrañas de esa noche: los abrazos que le dimos, como si no termináramos de creer que estaba de nuevo con nosotros, y el privilegio de decirle -con él pudiéndonos oír: he ahí la diferencia- cómo nos alegrábamos de verlo. Esa segunda oportunidad, precisamente la que nos queda faltando cuando un ser querido se nos muere, fue la que tuvo Valdiri para saber cuánto lo queríamos y la que tuvimos nosotros para no quedarnos con tantas cosas que se quedan sin decir cuando alguien se nos muere.

En estos días de funeral, veo aquella fiesta de resurrección como un regalo de la vida. Y se me ocurre que el carnaval que entonces inventamos es, en el fondo, el mismo que se inventan, desde hace tantos siglos, el arte y el teatro para burlar los designios de la Parca, la Pelona, la Catrina, o como quiera que se llame, y hacerle muecas y bailar en su honor y alardear con esa vida que podemos disfrutar, mientras viene a recogernos. En ese sentido, de todos los queridos muertos, Alberto fue uno de los pocos que tuvo el privilegio de saber cómo llorábamos (llorararíamos) su ausencia.

Lo conocí, hace casi 30 años, cuando se inauguró la Fundación Rafael Pombo en Bogotá. Trabajábamos juntos con los niños de las escuelas aledañas a la Candelaria: yo les leía cuentos, Aníbal Moreno, un artista que hoy vive en Alemania, hacía artes plásticas y Valdiri hacía teatro. Y mientras los niños saltaban como ranas, saltaban también tijeras, crayolas y bloques de plastilina que habían ocultado en sus bolsillos. Siempre nos reíamos de aquel método infalible para recuperar los materiales y volver a trabajar, al día siguiente, mientras pensábamos, no sin preocupación, cómo íbamos a hacer para vivir del arte, el teatro y la literatura.

Hoy, cuando no está, (nunca jamás, porque esta vez no hay vuelta atrás: así es la muerte) pienso en esa tenue línea que Alberto transitó y que separa la frontera entre comedia y tragedia. En esos viejos tiempos, cuando era aun más difícil arriesgarnos a inventar mundos posibles, en vez de conformarnos con los supuestos linderos de la vida real en donde nos sentíamos confinados, no sé qué habría sido de nosotros sin la risa generosa, la amistad a toda prueba y el talento de Valdiri. Con él se va una parte de la vida: la más festiva, la más irreverente y atrevida.

Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “La educación según Dinero”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 7 de diciembre de 2014, Yolanda Reyes escribió:

“La educación según Dinero

 

¿Por qué nos va tan mal?, se preguntó en televisión Darío Arizmendi frente al rector de la Universidad Nacional y la viceministra de Educación Superior, con una cara compungida que recordaba esos tiempos en que evaluar –o calificar, como decíamos entonces– significaba regatear décimas para competir con el vecino o jugarse el año en rojo y negro. ¡¿En qué me equivoqué?!, exclamaban los padres frente a las malas notas, tan sobreactuados como Arizmendi, y sus reacciones iban del castigo físico al encierro para que, a fuerza de aburrimiento, el “rajado” no tuviera más remedio que estudiar. Poco importaba si estaba enfermo o desnutrido, si tenía problemas o si en su casa y su colegio había estímulos para aprender: la calificación era un rasero igual para todos, una misteriosa transacción entre alumno y profesor con repercusiones familiares pasajeras.

Ahora, cuando la educación está de moda y esos alumnos se volvieron presidentes, ministros y gerentes, evaluación sigue enraizada en esas ideas y dista de verse como un proceso inherente al trabajo pedagógico que da información sobre logros, dificultades y desafíos de todos los actores. Obviamente, las pruebas revelan un panorama, pero necesitan ser interrogadas e interpretadas desde enfoques múltiples que trasciendan un ranking basado en “mejores y peores”. En esa competencia desigual de Saber 11 que mezcla peras con guayabas, a nadie puede sorprender que se reflejen, como en las Pisa o en tantas otras pruebas, la inequidad de este país y sus archiconocidas brechas entre lo público y lo privado y lo rural y lo urbano, sobre todo si no se ha puesto en marcha nada sostenido para cambiar el rumbo. Pero esa falsa conmiseración mediática no aporta nada, salvo otra prueba de la banalidad con que se trata la evaluación educativa.

El especial “Los mejores colegios 2014”, publicado, como todos los años, por la revista Dinero ejemplifica esos clichés del tipo “la más educada”. Bajo un enfoque que equipara educación con mercancía, le resulta difícil al lector distinguir los contenidos periodísticos de los publirreportajes. Salvo por pequeños rótulos que llaman “información institucional” a la publicidad, los discursos parecen tener la misma importancia en diagramación y extensión: las declaraciones de la Ministra de Educación salen frente a la propaganda de un colegio que mezcla “felicidad y calidad académica” y el Embajador de Francia ofrece “saber con acento galo” en una entrevista con torre Eiffel al fondo.

“Cuando lo mejor es posible, lo bueno no es suficiente”, afirma otro colegio y vende bajo la sigla “D.A.R.E”, un “Diagnóstico de Alto Rendimiento y Entrenamiento, de los mejores para los mejores”. Pero el problema no es solo de diagramación sino de contenidos pues a lo largo de las páginas se repite, con variaciones, una preocupante asociación entre la llamada “excelencia” y la precocidad y una obsesión por enseñar idiomas a “pequeños multilingües” que aún no han aprendido a hablar y a quienes se organiza en grupos de “nursery, walkers, todlers y preparatory”.

Detrás de los anuncios del mandarín como tercera lengua desde preescolar que se ofrecen junto con estructuras sismo resistentes, docentes nativos, club conversacional en francés, clase de spanish (sic) y monitoreo virtual con cámaras “para observar a sus hijos a través del celular”, se hace evidente la urgencia de que el MEN –no el presidente ni los empresarios–, retome un liderazgo técnico y dé línea conceptual, como es su mandato, en torno al significado de educar, que difiere de estar entre “los más”. Porque en el ranking de Dinero se vislumbra la amenaza de esos “falsos educativos” que pueden presentarse como efecto colateral cuando la presión por las cifras se despoja de sentido.

Yolanda Reyes 

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