Nuestra directora: “La educación de las niñas”

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 19 de enero de 2015, Yolanda Reyes escribió:

“La educación de las niñas”

 

Las veo llegar al jardín, iguales o incluso más inquietas que sus compañeros varones, y suelen ser más precoces para hablar y menos propensas a enfermarse. A veces se visten de princesas con faldas de tul rosa que toman visos de color tierra o verde pasto, de tanto echarse arena, buscar bichos y correr de un lado a otro.

Porque no quiero educar niños uniformes y porque creo que la libre expresión de la personalidad se practica desde la primera infancia, les doy toda la libertad para elegir jeans o faldas cortas o muy largas, así como los niños la tienen para vestirse de hombres araña o de princesas (pues de vez en cuando, los niños quieren ser princesas y las niñas, hombre araña). Sin embargo, hay una regla: los atuendos no pueden limitar sus movimientos. No quiero ver niñas de tres años con tacones, ropa, uñas o peinados que les impidan saltar, dar botes, embadurnarse con todos los colores y explorar el mundo en igualdad de condiciones.

Tal vez a usted le extrañe una columna sobre tacones infantiles porque ignora que hay niñas de cinco años que pasan horas quietecitas, mientras les hacen manicure de florecitas en salones especializados, o que celebran sus cumpleaños en spas donde desfilan frente a sus padres, como en el concurso Miss Tanguita de Barbosa. Habrá quien argumente que no se puede comparar un spa del norte de Bogotá con Miss Tanguita porque no venden licor, pero descontando matices relacionados con una mayor o menor exposición pública, encuentro más similitudes que diferencias en esa obsesión adulta por convertir a las niñas en modelitos precoces y en esa tolerancia negligente que se refleja en una frase típica: “¿acaso qué tiene de malo?”

Eso dijo la alcaldesa de Barbosa: que Miss Tanguita hacía parte de la idiosincracia y de la cultura de su municipio. “Yo no me he inventado absolutamente nada”, concluyó, y es cierto, no solo porque ese reinado para niñas de cinco a diez años completa 27 versiones, sino porque el “modelo cultural” se ha transmitido de generación en generación. Desde los tiempos de las bisabuelas, “todas íbamos a ser reinas”, pero no de cuatro reinos sobre el mar, como en el poema de Gabriela Mistral, sino de Cartagena.

Hay una ruta imaginaria que conduce, del reinado barrial al municipal, y de ahí, a ser reina de Colombia. Y si no se va al miss universo, al menos se llega a ser modelo, presentadora de televisión, actriz o mujer de político, mafioso o empresario. Ante la falta de educación y la inequidad de oportunidades, la belleza significa para muchas niñas colombianas lo que los grupos armados para los varones de diez años: opciones de ascenso económico, de movilidad social y de poder. ¿Qué otros sueños se podrían cultivar en un país que no ofrece alternativas para hacer contrapeso a esa aleación entre el poder, el dinero y la belleza que se vende por televisión y que para muchos es la única esperanza?

En este país donde son evidentes (pero también silenciadas y subestimadas) las brechas educativas y salariales entre hombres y mujeres, donde las niñas obtienen puntajes menores en ciencias naturales y matemáticas en las pruebas, e incluso pierden las ventajas de lenguaje que traían de la primera infancia, Miss Tanguita es la punta del iceberg de esas prácticas sociales que legitiman la desigualdad de género y que se aceptan, en mayor o menor grado, en todos los estratos y en todos los oficios. Por eso, además de sanciones, necesitamos propuestas educativas y otros modelos de mujeres y de hombres para inspirar las nuevas rutas imaginarias de esas niñas inteligentes y maravillosas que recogen gusanos, inventan sus historias y no se cansan de preguntar por qué.

Yolanda Reyes 

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¡Bienvenidos a Espantapájaros!

i ene 16th 3 Comments por

Este semana se acabaron las vacaciones y nuestra casa se volvió a llenar de niños.
El martes, 14 de enero, llegaron “los nuevos”.

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¡Pero no vinieron solos! Las familias los acompañaron a conocer su primer colegio de la vida.b

– “Papá, ¿quieres jugar conmigo?” –

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Al final de la mañana, los niños estaban felices jugando con sus nuevas profesoras. (Algunos no se querían ir.)

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Al otro día volvieron a Espantapájaros. ¡Pero solos!

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Y para su sorpresa, había otros niños en la casa;

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niños con quienes compartir los juguetes y la atención de los adultos.

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De todas formas, fue muy divertido jugar con nuevos amigos y descubrir algunas de las cosas maravillosas que se pueden hacer en Espantapájaros.

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¡Bienvenidos a Espantapájaros! ¿Nos vemos la próxima semana? El parque, la arenera, los amigos y los libros y las profesoras los vamos a estar esperando.

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Nuestra directora: “Tiempo de jugar”

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de enero de 2014, Yolanda Reyes escribió:

“Tiempo de jugar”

 

“En las playas de todos los mundos se reúnen los niños. Rueda la tempestad por el cielo sin caminos, los barcos naufragan en el mar sin rutas, anda suelta la muerte, y los niños juegan”. Vienen bien estos versos de Rabindranat Tagore para estos días de ocio, cuando tantos niños estrenan juguetes innecesarios y carísimos y otros echan mano de lo que pueden, porque jugar no cuesta nada y, aparte de imaginación, nada requiere, ni siquiera otras personas. ¿Quién no recuerda, acaso, aquel primer placer solitario de la infancia que era hablar con tantas voces y ser a la vez tantas personas?

“Hacen casitas de arena y juegan con las conchas vacías. Su barco es una hoja seca que botan, sonriendo, en la vasta profundidad”, vuelvo a citar el poema de Tagore en este primer lunes del año, por si usted está leyendo al lado de un niño o una niña y no es consciente del milagro: por si no tiene claro que lo más importante de la vida de otro ser humano –su vida emocional, su vida intelectual, su vida imaginaria–, se “está jugando” en esa vocecita que conjuga el pretérito imperfecto para decir “digábamos que este palo era un caballo”…

En esos reinos del Nunca Jamás que escapan a la supervisión adulta y que son el patrimonio inmaterial de todas las infancias se ubica lo que el psiquiatra Winnicott llamó “la zona intermedia”: aquel lugar donde la realidad interna y la exterior se encuentran y en la que se refugian los niños durante largas temporadas a explorar el mundo de la mente. Bastan una sábana vieja que puede hacer de techo de la casa imaginaria y unas tacitas de mentira en las que humea un chocolate invisible, para recrear esa marca fundacional de nuestra especie: la necesidad de rebobinar la vida de otra forma y de convertir lo tangible en símbolo para operar con lo invisible.

No hay nada más serio que el juego de los niños y es ese mismo mismo “hacer de cuenta” que inauguramos en la infancia el que luego nos impulsa a crear una novela, una obra de teatro, una sinfonía, un puente colgante, una nave espacial o un invento tan fantástico como Internet. Ese “digábamos”, que es el germen de toda creación, debería constituirse en el alfabeto básico de todas las escuelas y la imaginación debería ser considerada la “competencia” esencial para habitar este mundo en el cual los conocimientos se desactualizan a la misma velocidad con la que el último modelo de celular se vuelve obsoleto.

¿Cómo educar a estas generaciones 2015 para un mundo que nosotros, sus padres, sus abuelos y sus maestros, no alcanzamos a vislumbrar ni en sueños; para desempeñar oficios que aún no se han inventado y que ni siquiera imaginamos? Sin duda, el problema no está en los contenidos sino en los movimientos que les propongamos a esas mentes: en la familiaridad para operar con símbolos conocidos o por conocer, en la generación incesante de preguntas, en la curiosidad y en la experiencia de inventar y transformar. Por eso, en esos castillos de arena que se construyen y se derrumban mientras usted lee esta columna, se erige El Reino de la Posibilidad donde los niños construyen los cimientos de su casa imaginaria e inventan su propia vida.

Déjelos jugar sin presión: concédales y concédase ese tiempo que en enero se sintoniza con su ocio y mírelos sin intervenir demasiado, a menos que lo inviten a hacer de cuenta que usted era otro. Entonces, despójese de esas ideas utilitarias de “aprender jugando” y limítese a practicar el estribillo de aquella canción de todas las infancias: “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. Es ese saber el único que basta, y usted lo sabe, porque viene de su infancia. Que sepa abrir la puerta para ir a jugar, es mi deseo. ¿Qué mejor forma para empezar un año nuevo, en un milenio ya no tan nuevo?

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Yolanda Reyes 

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Otro momento de Mónica Giraldo

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Los invitamos a oír la canción (y ver el video, que es precioso) Otro momento, de Mónica Giraldo. Además de ser “mamá de Espantapájaros”, Mónica es una compositora e intérprete muy talentosa. Esta canción la compuso hace unos años, inspirada en la llegada de sus hijos: Daniel y Tomás Mendiwelson. Para oír la canción, deben hacer click en este enlace.

OtroMomento

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