Nuestra directora: “En la frontera”

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 31 de agosto de 2015, Yolanda Reyes escribió:

En la frontera

 

A pie, a nado, en una balsa o bajo un túnel, cruzando un río, un mar o una alambrada, ahogados entre un camión frigorífico o entre un barco, a veces logran llegar a la otra orilla y a veces no les importa ya, porque están muertos. Los guardias que descubren sus cuerpos, descompuestos y a veces abrazados, se tapan la boca y la nariz, y los ciudadanos también se tapan (nos tapamos) los ojos en la comodidad de nuestras casas.

Las rutas, las causas y los métodos de migración son tan diversos como los países de origen. Unos huyen de los conflictos de Siria, Afganistán, Libia y tantos más, y otros huyen de la pobreza, simplemente. Unos van por la ruta de los Balcanes, otros se embarcan en África y otros, más cercanos, viajan aferrados al techo de “La Bestia”, ese tren que recoge migrantes por los países de Centro América para llegar a la frontera entre México y Estados Unidos. Una tragedia humana, decimos, en todos esos casos, con gestos que van desde la conmiseración hasta la indignación, o incluso el asco. Una tragedia humana, exclamamos también aquí al ver las filas de compatriotas a los dos lados del Puente Internacional Simón Bolívar o cargando un armario por ríos y trochas. Qué horror, como en Siria, decimos, pero mejor valdría decir: qué horror, como en Colombia.

Pese a las diferencias inherentes a cada situación, la marca común de los migrantes es haber ido a parar, y no por gusto, a la frontera. Pero no me refiero a esas líneas que separan los países, sino a ese limbo donde hemos expulsado a los que no tienen lugar físico ni simbólico. Por esa falta de lugar no es casualidad que sean clasificados como indocumentados, que los políticos los usen como botín electoral y los traficantes como mercancías humanas, que los gobiernos los marquen con P de deportados o R de revisados y que a veces tengan que atravesar esa zona gris que va del rebusque a la ilegalidad. Tampoco es casualidad que aparezcan en las noticias como cuerpos detrás de una alambrada, sin nombres ni apellidos, salvo cuando las cámaras quieren mostrarlos en situaciones en las que ninguno de nosotros aceptaría ser filmado.

Protestamos por la violación de sus derechos y gritamos frente a las sedes diplomáticas de los países que lo maltratan, pero no sé si quisiéramos ver sus colchones en la puerta de la casa o en el supermercado de la esquina, si les daríamos trabajo o si aceptaríamos compartir con ellos nuestros cupos escolares, nuestros barrios o nuestros hospitales. Los altos funcionarios, por su parte, les brindan “ayuda humanitaria”, refugio temporal y primeros auxilios y hasta les ayudan a cargar enseres, mientras los reflectores los iluminan. Sin embargo, cuando se van a cubrir la siguiente emergencia, de proporciones (aún más) incalculables, ahí quedan los migrantes, con sus campamentos provisionales cada vez más rotos, y cada vez más permanentes, condenados a seguir en esa frontera, que cambia de lugar y sigue siempre igual.

Más allá de la responsabilidad que tiene el gobierno de Maduro por tomar decisiones que han afectado a más de mil personas vulnerables, necesitamos asumir también otro tipo de responsabilidades y de acciones de largo plazo para acoger a estos ciudadanos, pero no en el sentido de darles un albergue provisional, sino de ofrecerles las condiciones básicas para reconstruir sus casas y sus vidas. Entender que nuestras decisiones y nuestras reacciones tienen un impacto sobre esta historia que no nos es ajena y que nuestras múltiples formas de exclusión han convertido en “normal” lo que es impresentable puede ser más incómodo, pero quizás más constructivo a largo plazo. Lo otro es delegar todas las culpas en cualquier mandatario vociferante de cualquier país vecino.

Yolanda Reyes 

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Eloísa y los bichos : un libro sin edad

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Nunca dejamos de ser bichos raros

Por: Paula Guerra Arjona
Asistente de Comunicaciones de Espantapájaros
Eloísa y los bichos

Libro ganador del premio White Raven (2011) que otorga la Biblioteca Internacional de Juventud de Munich anualmente

 

Hoy escribo a propósito del libro Eloísa y los bichos, una historia que nos recuerda la vulnerabilidad humana y el miedo a lo desconocido. El libro, escrito por Jairo Buitrago e ilustrado por Rafael Yockteng, cuenta la historia de una niña llamada Eloísa quien llega a una nueva ciudad por el trabajo de su papá. Al principio todo es una pesadilla: los recreos, las clases, las tareas y hasta caminar por la calle. Con el tiempo todos sus sentimientos cambian y ya no le importa que papá llegue tarde a recogerla, tampoco le importa perderse en la ciudad porque es así como logra conocerla, es así como logra apoderarse de un nuevo ambiente, pero jamás olvida lo que ha dejado atrás.

Es una historia que reitera la inmortalidad de los miedos. A pesar de que es protagonizada por una niña, los miedos a los que ella se enfrenta nunca los dejamos de enfrentar así pasen los años y nos convirtamos en adultos. El primer día de colegio nos sentimos solos y tristes. El primer día de universidad nos da oso todo y no se nos va de la cabeza el tormentoso “qué dirán”. El primer día de trabajo estamos intimidados, nos sentimos nerviosos. Los miedos se transforman a lo largo de la vida pero siempre están ahí recordándonos una de nuestras mayores cualidades: la sensibilidad.

“Poco a poco nos hicimos al lugar, pero nunca olvidamos lo que habíamos dejado atrás. Es verdad que no nací aquí pero en este lugar aprendí a vivir ”. Así termina el libro y esa misma historia es la que se repite en nuestra vida más de lo que nos imaginamos. Dicen que el hombre es un animal de costumbres… los miedos son los que nos empujan, se transforman en el motor para adaptarnos a una nueva vida. A Eloísa la llevo adentro y la he llevado adentro desde que tengo memoria: en cada viaje en donde he decidido dejar Colombia por meses, en nuevas experiencias, en inestables terrenos, y esa misma Eloísa es la que me acompañará de aquí en adelante porque definitivamente nunca dejamos de sentirnos como bichos raros.

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Nuestra directora: “Retrato de la desigualdad”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 17 de agosto de 2015, Yolanda Reyes escribió:

Retrato de la desigualdad

 

“Ahí está la desigualdad, está retratada. Eso de la concentración es algo que tenemos que corregir”, afirmó el presidente Santos y se declaró sorprendido con los datos del Tercer Censo Nacional Agropecuario, en la primera etapa de divulgación. Desde hace 45 años no se hacía un censo de las áreas rurales dispersas, de ese campo que para muchos colombianos es simplemente el paisaje pintoresco al que se asoman en los puentes.

Para hacer este trabajo, según explicó el director del DANE, 25 mil personas recorrieron “cerca de 113 millones de hectáreas, 3,9 millones de predios, 773 resguardos indígenas, 181 territorios colectivos de comunidades negras y 56 parques nacionales”. Es inevitable asociar el trabajo con el de la Comisión Corográfica encomendada a Agustín Codazzi a mediados del siglo XIX para levantar la cartografía de este país que salía de las guerras y que era indispensable conocer. Hoy, casi dos siglos después, algunos censistas debieron llegar a caballo a sitios inaccesibles y se encontraron con situaciones que no difieren demasiado de las que relataron Codazzi, Ancízar y sus compañeros de comisión.

Se trata de una “sorpresa” esperada y antigua, que hoy se comprueba con cifras. Por ejemplo, el 69,9% de las Unidades de Producción Agropecuaria tiene menos de 5 hectáreas y ocupa el 5% del área censada, mientras que los terrenos de más de 500 hectáreas están en manos del 0,4 de los propietarios y representan el 41,1% de esos 113 millones de hectáreas. Con pequeñas variaciones, es la desigualdad impresentable de siempre, pero contarla a través de los que nunca han contado da luces sobre las formas de intervención diversas que hay que emprender en el campo.

Una de las mayores alarmas tiene que ver con las ideas de riqueza y pobreza. Si en este milenio está claro que, más que la tenencia de la tierra, el talento humano es el principal motor de desarrollo, el paisaje revelado por el DANE no solo evidencia lo mal repartida que sigue estando la tierra, sino la imposibilidad de romper el curso de la pobreza, a menos que se tomen medidas drásticas de emergencia educativa para cambiar los paisajes mentales del campo.

Las estadísticas revelan que el 11,5% de los mayores de 15 años es analfabeta, sin mencionar el analfabetismo funcional del que no se presentan datos. En cuanto a los menores de 5 años, el 73% es cuidado por padres o por alguien en la casa o en la parcela, y solo el 16% asiste a un hogar comunitario o a un centro de desarrollo infantil. Aunque esta situación podría atenuarse a través de modalidades familiares de educación inicial, lo que sigue es más preocupante: en 2014, el 20% de niños y jóvenes entre 5 y 16 años no asistió a ninguna institución educativa, y tampoco el 76% de los jóvenes entre 17 y 24. Para agravar estos porcentajes de nuevas generaciones sin estudio, más de la mitad de los jefes de hogar solo tiene educación primaria, de lo cual se deduce el poco estímulo que puede dar a sus hijos para afrontar los desafíos del aprendizaje.

Aunque las cifras se refieren a cobertura, no a calidad, puede inferirse que esta falta de preparación incide en la poca asistencia técnica, el pobre uso de maquinaria, la escasa solicitud de créditos y la resignación a labores de auto subsistencia de quienes se quedan en el campo, lo mismo que en el envejecimiento y la disminución de la población campesina durante la última década. En ese campo de cultivo de inequidades, con una pobreza que se muerde la cola, la urgencia de pensar en una apuesta de educación diferente para hacerle frente a estas cifras se convierte en una prueba más cruda, apremiante y real que cualquier prueba PISA.

Yolanda Reyes 

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¡Empieza un nuevo semestre en Espantapájaros!

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Espantapájaros casi siempre está lleno de bebés, niños y niñas, que vienen a nuestros talleres, a la librería y al Centro de Desarrollo Infantil. Pero hay algunas semanas del año (pocas, afortunadamente), en que la mayoría de los niños están de vacaciones con sus familias.

Y a veces, para no aburrirnos tanto sin ellos, hacemos locuras. Este año aprovechamos los primeros días de agosto para poner la casa al revés, reinventar nuestros espacios y diseñar ambientes para el arte y la exploración del medio.

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Y el martes 11 de agosto fue el primer día de los niños que llegaron este semestre a Espantapájaros. Ellos vinieron acompañados, para explorar su nuevo colegio de la mano de las personas en quienes más confían: papá, mamá, la hermana, la abuela…

Nosotros nos pusimos felices de ver los espacios nuevos de la casa llenarse de caras nuevas, voces nuevas y risas nuevas.

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Nos encantó la energía con que llegaron estos niños. ¡Qué ganas de moverse por todas partes! (Y ya saben cómo decimos en Espantapájaros, ¿no?: “en los primeros años, los niños piensan con las manos, con los pies, con todo su cuerpo, con todos sus sentidos y con todos los lenguajes”.)

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También nos encantó verlos disfrutar de la música y de los cuentos…

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y nos quedó muy claro que de aquí en adelante tendremos que asegurarnos de que todos los días haya mucha música y muchos cuentos (y muchos, muchos juegos) para todos los niños y sus familias.

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Pero ahora vamos a contarles una cosa que los papás y las mamás no saben…

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En el segundo día de colegio… ¡los niños también estuvieron felices!

La mañana estuvo soleada, como suele suceder cuando empieza el semestre en Espantapájaros. Y sus hijos jugaron toda la mañana con sus nuevas profesoras y los compañeros que han empezado a conocer. Nosotros estamos felices de recibirlos y haremos todo lo posible para que este “primer colegio” les enseñe -¡para toda la vida!- que aprender y estar con muchos amigos es una maravilla.

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¡Bienvenidos, Rebeca, Emilio, Lorenzo (Frías), Lorenzo (Arroyave), Sebastián, Gael, Tomás (Medina), Benjamín y Bruno!

Y bienvenidos, Tomás (Gaviria) y Lucas, que no vinieron esta semana pero llegarán la próxima. Los estamos esperando con los brazos abiertos. ¡Gracias por confiar en nosotros!

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¡Así quedó “El libro de los libros”!

i ago 6th 1 Comment por

Nuestros libreros del curso de vacaciones, además de aprender cómo funciona una librería y cómo atender a los clientes, aprendieron que un librero debe ser un lector por excelencia, y por eso, entendieron que los libreros son una autoridad cuando se trata de reseñar libros. Inspirados en el libro My ideal bookshelfeditado por Thessaly La Force e ilustrado por Jane Mount, los “pequeños libreros” crearon El libro de los libros.

Como si fueran editores, se sentaron en una mesa a dialogar y llegaron a ese título, así como al nombre de su editorial: Malo-Maluco Lectores. Martín Vélez hizo de diseñador gráfico y los demás aprobaron el logo. Cada niño se puso en la tarea de elegir sus libros favoritos y después escribió por qué los considera tan importantes. La parte gráfica también estuvo en sus manos; cada uno se apropió de la cámara, eligió el mejor ángulo y tomó fotos a sus libros favoritos para acompañar sus textos.

A continuación compartimos con ustedes algunas fotos de la edición final  y el contenido que hizo parte del libro:

librodeloslibros

 


 

– Alicia Rendón –

8 años

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La historia interminable

Este libro me lo estoy leyendo y para mí ha sido alegre, ha sido triste. Es muy importante porque desde que mi papá me lo compró me puse muy feliz. A veces encuentro palabras difíciles que no entiendo pero con el diccionario las entiendo.

Billy y el vestido rosa

Es un libro que uno se puede leer tres veces seguidas sin aburrirse. Es de un niño a quien le pasan muchas cosas malas pero al final tiene buena suerte. Es muy gracioso.

El terror de sexto B

Desde que supe de él, yo lo quería tener. Yo lo tengo en mi casa y me di cuenta que tal vez no era para mi edad pero después pude leerlo con otros. Es muy bueno, pero todavía no me lo he terminado. Yo lo recomiendo mucho, los capítulos son muy divertidos.

Olivia y su banda

Este yo me lo leí cuando tenía tres o cuatro años. Lo que más me gusta es que es chistoso. Es inesperado y a veces Olivia no sabe que hacer y de repente se le ocurre una idea. Fue uno de los primeros libros que me leí cuando era pequeña.

– Emilio Vélez –

11 años

emilio

Olivia y el juguete desaparecido

Fue el primer libro que me marcó la infancia porque es muy divertido.

El relato de un náufrago

Este libro me lo puedo leer dos, o tres veces y nunca me aburro. Me gusta mucho la aventura del náufrago cuando está en el bote y tiene que hacer muchas cosas para sobrevivir. Además me encantaron las ilustraciones de la edición que me leí.

Harry Potter

De las sagas que me gustan, es la más larga que he intentado leer. Es muy bueno, creo que nunca me lo voy a terminar, pero hasta donde voy, me gusta mucho. Lo que más me gusta es la magia.

Tras los pasos de Charles Darwin

Este libro me lo quiero leer porque me interesa la teoría de la evolución.

Crónicas de la prehistoria

La siguiente saga que me quiero leer. Es muy llamativa.

Insu-pu: la isla de los niños perdidos

Es mi libro favorito. La historia es muy buena, el libro es largo y me gusta mucho la aventura y la acción que hay en él.

 

  – Miranda Forero –

10 años

miranda

El Principito

A mí me gusta este libro porque uno tiene que leerlo varias veces para entenderlo. Mi personaje favorito es el Zorro.

El hada reina de los dientes

A mí me gusta este libro porque se trata de la historia de un hada. Este libro es de una saga que se llama El origen de los guardianes que también es una película.

Sandy y la guerra de los sueños

Este libro me gusta porque también es de la saga El origen de los guardianes y mi personaje favorito es Sandy.

Cuentos prohibidos por la abuela

Quise elegirlo pero no porque sea de mis favoritos sino porque no me gusta, pues no es muy fácil de entender para mí.

El camino de Matilde

Este libro me gusta porque mis papás me lo regalaron.

Don Quijote de la Mancha

A mí me gusta este libro porque sale el significado de algunas palabras.

Memorias de un amigo imaginario

Yo me quiero leer este libro porque Emiliana Ramírez me lo recomendó.

 

– Simón Ramírez –

11 años

simon

 

 

Los juegos del hambre

Es mi saga favorita porque tiene mucha aventura y el personaje principal es una chica.

Divergente

Esta saga es parecida a Los juegos del hambre, pero no del todo. En esta hay cinco facciones, es decir, cinco pueblos en donde la historia se desarrolla. Me gusta porque además fue la primera saga que me leí.

Gregor

Me parece un libro chistoso pero me incomoda que los personajes sean insectos.

Nicolás San Norte

Es muy chévere. Me gusta porque me lo leían por las noches.

 

– Martín Vélez –

10 años

martin

Patricio Pico y Pluma en la extraña desaparición del doctor Bonett

Es un libro muy divertido que me podría leer cuatro veces sin aburrirme porque es de misterio y el misterio me gusta.

Harry Potter 1-5

Son unos libros que hacen parte de la saga más larga que estoy leyendo y me gustan mucho porque se trata de magia y me fascina.

Divergente

Esta saga me gusta por la acción y la aventura .

Los héroes del Olimpo

Son definitivamente mis libros favoritos por la magia y porque la mitología griega y romana parece muy interesante y creíble.

La ladrona de libros

Este libro definitivamente me lo quiero leer porque me enteré que había un libro justo después de ver la película.

– Emiliana Ramírez –

10 años

emiliana

Memorias de un amigo imaginario

Este libro es el más largo que he leído. Me gusta mucho porque se trata de la amistad entre un niño y un amigo imaginario.

Tomás no quiere zapatos

Elegí este libro porque cuando era más pequeña me gustaba mucho que mi papá me lo leyera. Esta historia me hace reír mucho.

Adivina cuánto te quiero y Algún día

Estos libros me los regalaron en Navidad y me gustan porque los leo con mi mamá.

El gran gigante bonachón

Esta historia es de Roald Dahl, uno de mis autores favoritos. Es muy divertida porque tiene mucha aventura.

El terror de Sexto B

Es un libro en el que hay varias historias. Casi todas tienen misterio y por eso me gusta.

Stuart Little

Esta historia es sobre un ratón que viaja en barco y me gusta mucho porque me gustan los ratones y los viajes.

Matilda

Este libro me gusta porque en él hablan sobre otros libros.

– Federico Ramírez –

7 años

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Los tres bandidos

Me gusta porque es un libro chistoso.

Nelson Mandela

Este libro es importante y por eso me gusta.

El estofado del lobo

Esta libro me gusta porque la historia es astuta.

Disculpe…¿es usted una bruja?

Me gusta mucho porque es muy chistoso.


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Contraportada de El libro de los libros

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Nuestra directora: “La tierra y la sombra

i ago 3rd 1 Comment por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 3 de agosto de 2015, Yolanda Reyes escribió:

“La tierra y la sombra”

 

El arte de mostrar la aldea para ser universal: eso que a veces logran ciertas obras, de indagar en nuestra particularidad, en lo que no parece interesarle a nadie más, para decirnos algo que nos concierne a todos y que nos conecta con nuestra común humanidad… Eso se podría decir de “La Tierra y la Sombra”, la película dirigida por César Acevedo, que se ha ganado tantos premios, coronados por la Cámara de Oro del Festival de Cannes. Pero hay más.

Hay una historia, una de tantas que suceden todos los días en muchos campos del país. Los exteriores son los cañaduzales del Valle del Cauca y el interior es una casa humilde, una de tantas, en donde vive una familia campesina, como tantas, conformada por una mujer, su hijo, su nuera y el niño de los dos. Un día, entre una nube de polvo, de esas que envuelven a la gente que anda por el campo, llega el padre que los había dejado. Regresa para cuidar al hijo enfermo y a su nieto, mientras las mujeres de la casa reemplazan al hijo en el trabajo que solía hacer en el ingenio. Y, claro, está también el ingenio azucarero. No sale la cadena completa de producción, sino el eslabón más débil donde se ubica la película para dar cuenta de ese trabajo de sol a sol que aún siguen haciendo tantos campesinos, hasta doblarse, hasta enfermarse, hasta morir.

Los personajes, que no son actores profesionales, tienen esa parquedad que parece identificar a los campesinos y que les confiere ese aire impenetrable, que no se sabe bien si es tosquedad o timidez, pero que el director y el fotógrafo van iluminando con una mezcla de respeto e intuición, para revelar tantos matices. Y así, paulatinamente, en medio de frases breves, propias de una lengua circunscrita a lo fáctico, se va colando la belleza. La relación que construye el abuelo con el nieto, el canto de los pájaros que le enseña a imitar, el cumpleaños, el vuelo de la cometa, la risa, los recuerdos que amarran los juegos del niño con los del padre y todas esas pequeñas cosas que marcan las infancias, incluso en circunstancias difíciles, van construyendo un mundo donde confluyen la vida y la muerte, el odio y el amor, y todo lo que hay en la mitad. Y en donde también hay algo –perdón si suena a lugar común– profundamente colombiano.

Si fuera una película de Óscar, tal vez los pajaritos se habrían aparecido en el comedero que construyó el abuelo para darnos un respiro y alegrar al niño –ese niño que tanto se parece a nuestra infancia– en los momentos más dramáticos, cuando nos falta el aire porque una tristeza lejanamente conocida nos invade. En las entrevistas que he leído, César Acevedo se ha referido a esa tristeza que lo llevó a necesitar hacer esta película. Quizás es de esa necesidad de donde proviene no solo la autenticidad de su ópera prima, sino la empatía que sentimos con los personajes, pero quizás también nuestra conmoción provenga de la memoria difusa de haber estado alguna vez en ese lugar; de ser eso que somos en el fondo: hijos, nietos o bisnietos de alguien que tuvo que tomar la decisión de abandonar el campo… o de quedarse.

Los que se van, los que se quedan. El campo que se sigue quedando solo, los hijos condenados a elegir entre las oportunidades y ese mundo cerrado donde solo se quedan los mayores: los que no quieren (o no pueden) irse. Pero en medio de tanta historia que no cambia, la novedad es que un equipo de jóvenes se ha formado y trabajado, también de sol a sol, para salir del esquematismo de las noticias sobre bandos en conflicto y dar noticias de ese país que casi nunca vemos, (a no ser que haya un paro agrario), que tiene tanto de luz como de sombra y que es así, sin concesiones, pero con tanta sensibilidad y tanto respeto, como merece ser contado.

 

Yolanda Reyes 

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