Nuestra directora: “A pie por la Gran Colombia”

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 27 de agosto de 2018, Yolanda Reyes escribió:

A pie por la Gran Colombia

 

 

‘El éxodo venezolano atraviesa los Andes’, se titula un artículo sobrecogedor que escribió el periodista colombiano Santiago Torrado para el diario ‘El País’ de Madrid sobre la odisea de los migrantes que recorren cerca de 1.500 kilómetros desde Cúcuta, en la frontera nororiental con Venezuela, hasta Ipiales, en la suroriental, para pasar el puente de Rumichaca, entrar a Ecuador y continuar hacia Perú, o más allá.

Toma casi treinta horas hacer ese trayecto por carretera, y bastantes más si hay que hacer autostop, pero andar a pie requiere mucho más tiempo: quizás el mismo que les tomó hace dos siglos a los lanceros de nuestras guerras de independencia subir desde los llanos hacia la cordillera Oriental (descalzos, sin abrigo, tosiendo, llenos de picaduras y temblando de frío). Al igual que miles de desplazados que atraviesan tantos países de este mundo para salvarse de guerras, tiranías e inequidades (en pateras, como en el Mediterráneo; en trenes como La Bestia, que cruza Centroamérica hacia Estados Unidos, o en ‘flotas’ y tractomulas que serpentean por nuestras carreteras llenas de curvas y precipicios), los migrantes venezolanos andan con sus familias o van a reunirse con ellas en algún lugar de esta Gran Colombia.

En lo que va de 2018, mientras usted y yo estuvimos concentrados en nuestros asuntos y apenas nos fijamos en algún venezolano que tocaba un violín o un cuatro en alguna esquina de nuestras ciudades, veinte o treinta buses, cada uno con alrededor de cuarenta puestos, atravesaron nuestro país diariamente, de paso hacia Ecuador, según relata el artículo. La simple multiplicación da 1.200 personas al día, contando únicamente a quienes pueden pagar viajes en bus, pero en los días cercanos al 7 de agosto aumentaron a 8.000, con el rumor de que el presidente Duque planeaba cerrar la frontera. En la terminal alterna que ya existe en Ipiales para estos expresos –y que también vende comidas, abrigos, gorros de lana y todos esos productos relacionados con la “economía migratoria”–, alguien le dijo a Torrado que alcanzó a contar setenta y dos buses, y luego perdió la cuenta.

Lo que resulta sobrecogedor del artículo de ‘El País’, y lo que nos plantea un desafío no solo periodístico, sino humano a todos es asomarse a un drama del cual aún no hemos tomado plena conciencia y que, detrás de cada cifra, cuenta una historia particular, o mil historias de exilios, de pérdidas y despedidas. Una mujer embarazada que echa a andar con su pareja, como hace tantísimos siglos, en busca de un país en donde pueda nacer y vivir su hijo; una familia rota entre una frontera y un guardia, un bebé con un gorrito de lana y unos ojos brillantes que miran el nuevo mundo en los brazos de una madre con la mirada triste y perdida de cansancio son las imágenes que se multiplican por mil en nuestra frontera para volver a contar esa épica de la migración que, paradójicamente, se ve mejor cuando no se está cerca.

Así como muchas veces me he preguntado cómo se puede vivir cerca de una playa en la que naufragó un barco lleno de familias de inmigrantes o pasar diariamente por un refugio donde unos niños siguen esperando la reunificación familiar ordenada al gobierno Trump, hoy me pregunto en dónde hemos estado mientras 547.000 venezolanos de todas las edades atravesaron este país. ¿Cómo recordarán esos niños las imágenes de ese exilio que los marcarán durante el resto de sus vidas? ¿Qué circunstancias hacen que una familia ponga en riesgo a sus hijos para salvarlos del riesgo mayor de quedarse en su tierra? Como escribió la poeta anglo-somalí Warsan Shire: “Tienes que entenderlo: nadie pone a su hijo en un barco, salvo que el agua sea más segura que la tierra”.

YOLANDA REYES

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“Constelaciones”: una historia de Juliana Camacho

i ago 23rd No Comments por

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En Espantapájaros, agosto es un mes muy emocionante. Al jardín infantil llegan niños, niñas y bebés que no conocíamos; personas nuevas, fascinantes, que nos enseñan cosas desde que las vemos llegar por primera vez.

Las personas que pasan por Espantapájaros son muy difíciles de olvidar (tal vez imposibles). Hoy, por ejemplo, recordamos que hace cinco años entró al jardín Olivia Correa. Su lugar favorito era el parque, o, al menos, el lugar del que más hablaba: gritaba “¡paque! ¡paque! ¡paque!”.

Su mamá, Juliana Camacho, escribió para su blog (Mi vida con Olivia) este artículo precioso sobre la llegada al jardín infantil, sobre cómo ese cambio en la rutina les transformó la vida a las dos y les abrió el universo. Decidimos compartirlo con ustedes en nuestro blog, porque sabemos que varios papás, mamás, abuelos, abuelas, tíos, tías, hermanos y hermanas mayores se están preguntando, como se lo preguntaba Juliana, cómo soltar la mano de los más pequeños de la casa.

Pasen y lean:

Constelaciones

 

Uno sabe que en el universo hay otros planetas, miles de estrellas y agujeros negros, soles distantes que no nos alumbran y lunas que no vemos al caer la noche. Sin embargo, la vasta extensión del universo es tan cercana a la idea de infinito, que a veces nos cuesta hacerla entrar en nuestro entendimiento – siempre un poco miope -.

Hace una semana Olivia entró al jardín infantil. Hace ocho días ella y yo nos tomamos de la mano, cruzamos el portal de Espantapájaros y descubrimos juntas una nueva constelación. Olivia sabía que en el mundo hay otros niños y otros adultos, que existen rodaderos, libros, columpios, casas. Pero desconocía la estructura que se forma cuando todos esos elementos confluyen en un mismo punto del universo. Ella entró al jardín como quien mira a través de un telescopio. Todo tan misterioso, tan apasionante. ¿Quiénes son esas señoras tan simpáticas que la saludan y la invitan a seguir? ¿Por qué tantos niños como ella jugando entretenidos, corriendo, conversando a media lengua? ¿Y ella dónde se ubica en ese cielo extranjero?

Uno

A mí me pasó algo similar. Sabía de la existencia de los jardines infantiles porque asistí a uno de ellos cuando tenía la edad de Olivia, porque los veo desde la calle y sé para qué sirven. Incluso, desde antes de tener a Oli en mi barriga supe que mi hija iría a Espantapájaros porque a Yolanda Reyes, su directora, la conozco desde tiempo atrás y admiro su trabajo, además de compartir su visión de la infancia. Pero aún así, hace una semana crucé la puerta de “Espanta” nerviosa y expectante. ¿Cómo hago para soltar la mano de mi Olivia? ¿Cómo dejarla ir a otra constelación tan poblada de estrellas nuevas?

La respuesta a sus preguntas y las mías se ha dado serenamente, sin traumatismos. Con la ayuda y la comprensión del equipo de Espantapájaros, Olivia y yo hemos aprendido en estos días a conocer la dinámica de esta nueva porción del universo, y sobre todo a encontrar nuestro lugar allí. La pequeña Oli ha disfrutado conocer nuevas estrellas que como ella saltan y titilan. También ha visto que en la nueva galaxia hay otros satélites parecidos a mamá y papá, que la cuidan y le enseñan cosas nuevas. Yo también he podido soltar su mano de a pocos, acercarme y alejarme por momentos, como los eclipses.

Tres

El pasado lunes, una semana después de haber emprendido juntas nuestro viaje intergaláctico, crucé la puerta de Espantapájaros con mi pequeño planeta – mi pequeña estrella – sonriente, tomada de mi mano. Ya adentro, Oli me soltó y yo le planté un beso grande en la frente. La vi acercarse a otros niños hasta perderse en medio de esa nueva constelación. Entonces, fui capaz de ocultarme por unas horas como el sol cuando es de noche o la luna cuando es de día.

Dos

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¡Bienvenidos a su nueva casa!

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Volvió la alegría a Espantapájaros…

¡Nuestros niños nuevos han estado conociendo su segunda casa! En esta etapa determinante de sus vidas, la transición se ha hecho a través del juego y, como siempre, con la compañía de toda la familia. 

Algunos han preferido jugar en el muñequero: con carritos, martillos o bebés.

(Gabriel Buitrago Góngora, Sebastián Consuegra María y Alejandro López Venegas)

(Gabriel Buitrago Góngora, Sebastián Consuegra María y Alejandro López Venegas)

(Paula Granados Blanco)

(Gabriel Buitrago Góngora y Paula Granados Blanco)

(Simón Barrales Quintero)

(Simón Barrales Quintero)

Otros prefirieron estar al aire libre: para jugar en la arenera, resbalarse por el tobogán o cocinar…

(Alana Camargo Moreno y su papá, Juan David Camargo)

(Alana Camargo Moreno y su papá, Juan David Camargo)

(Gabriel Buitrago Góngora y Sofía Malagón Marín)

(Gabriel Buitrago Góngora y Sofía Malagón Marín)

(Alejandro López Venegas)

(Alejandro López Venegas)

(Sebastián Consuegra María)

(Sebastián Consuegra María)

¡También  hubo torres altas y sonrisas enormes!

(Emiliano Barreto Benavides)

(Emiliano Barreto Benavides)

(Silvana Jiménez Méndez)

(Silvana Jiménez Méndez)

Y, claro… ¡los libros estaban por todas partes!

(Carmen Dreyer Navas, Paula Dreyer Navas, y su papá, Pablo Dreyer)

(Carmen Dreyer Navas, Paula Dreyer Navas, y su papá, Pablo Dreyer)

¡Qué ilusión volver a recibirlos en este hogar!

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