Nuestra directora: “La política de los árboles”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 10 de septiembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

La política de los árboles

 

 

Cuántos años vive un árbol? ¿Es posible hacer una equivalencia entre un año humano y un año árbol, así como decimos que un año canino equivale a siete nuestros? Suponiendo que algo similar pudiera generalizarse a todas las especies de árboles, ¿durante cuántos años puede ser viejo un árbol y seguir en pie, dando albergue y sombra? ¿Todo árbol viejo representa una amenaza para la ciudad, un peligro para la humanidad?

¿Ser viejo –en árbol, en gente– es una enfermedad terminal? ¿Hay que eliminar todas las especies viejas, las “no nativas”, las que se salen del marco de la calle y las que no coinciden con el gusto de un mandatario o con el diseño paisajístico de una administración? ¿Qué significado tiene que la Alcaldía de Bogotá haya autorizado jornadas nocturnas de talas masivas en los espacios públicos y, para “cumplir con el requisito” de informar a la comunidad, se haya limitado a comunicarles el procedimiento a algunos vigilantes de edificios de la zona?

Además del pavor de despertarse a la una de la madrugada por el sonido de una motosierra y del dolor de sentir que están derribando un árbol amado que estuvo ahí, frente a la ventana o en el parque del barrio, desde que los vecinos tienen memoria, ¿qué mensaje les da a los ciudadanos, a los más nuevos y a los mayores, una tala masiva e inconsulta con el argumento de que todos los árboles representan peligro para la gente? ¿Qué significa esa generalización que, según lo han demostrado ciudadanos informados, se llevó árboles sanos para reemplazarlos por otros o para ‘despejar’ el espacio? ¿De quién es el espacio público?

Como un precedente que ojalá marque un cambio de paradigma en las decisiones administrativas de la Alcaldía, la Personería de Bogotá suspendió la tala en la carrera 9.ª argumentando “fallas en los procesos de socialización”, “inconsistencias en los estudios técnicos” y afectación “del derecho fundamental de los ciudadanos a la participación”. Según afirmó la personera, “en Bogotá pareciera que la voz de los ciudadanos no se tuviera en cuenta y no tuviera ninguna repercusión en la toma de decisiones”. Por su parte, el subsecretario de Ambiente del Distrito explicó que se trataba de “un ejercicio normal de mantenimiento”, que había un equipo idóneo encargado de evaluar el estado de los árboles y no era la primera vez que la Alcaldía hacía estos procesos. (Y para demostrarlo citó cifras de talas hechas en las administraciones precedentes).

No es la primera vez que se hacen talas masivas en Bogotá, en eso tiene razón el subsecretario, pero sí es la primera vez que la ciudadanía logra suspenderla con argumentos sustentados y el apoyo de la institución diseñada justamente para apoyar la voz ciudadana, y ahí hay un precedente que recoge cambios ecológicos en el sentido amplio de cómo nos relacionamos con todos los seres vivos para propiciar una ética del cuidado, y en el sentido político de lo que implica una participación ciudadana, activa y deliberante, para garantizar esa corresponsabilidad de cuidar nuestro hábitat.

En estos tiempos difíciles para el planeta, la política ambiental de todas nuestras ciudades no puede perder de vista que, independientemente de sus orígenes foráneos o nativos, los árboles son de todos, ni que talar un árbol es asumir la responsabilidad de una vida –o de muchas: la de un hábitat completo– que se pierde irremediablemente. Y debe tener claro que ningún árbol sano (o salvable) se puede reemplazar por otro, como no se reemplaza una mascota por otra ni un ser humano achacoso por otro más saludable. Que cada árbol tiene una respiración, una sombra y unas raíces, a veces enmarañadas, que se aferran a la vida, como lo hacemos nosotros.

YOLANDA REYES

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