Adivina quién cumple 30 años

i oct 10th No Comments por

Encabezado

Matilda

En octubre de 1988, hace treinta años, se publicó por primera vez Matilda, una de nuestras novelas favoritas de Roald Dahl. Para celebrar este aniversario, la editorial que publica el libro en Inglaterra le pidió a Quentin Blake, el ilustrador, que creara una ilustración, o más bien un boceto, para mostrar cómo se imaginaba a una Matilda de treinta años. Blake fue más allá de lo que le pidieron e hizo ocho ilustraciones. Y el periódico The Guardian fue muchísimo más allá y entrevistó a seis autores de libros para niños sobre lo mismo: ¿qué haría Matilda a los treinta años? ¿cómo su infancia influiría en su forma de ser ahora?

Con sus respuestas hicieron este especial en su página: Matilda at 30, Michael Rosen opinó que Matilda ahora sería comediante y Jeff Kinney supuso que trabajaría en una librería, pero aclaró que no sería la dueña. Además de todas las hipótesis interesantes, la noticia nos hizo pensar, con asombro, que ya han pasado treinta años desde que existe Matilda y siempre que lo leemos nos parece tan vigente, tan cercano, tan real, como si Roald Dahl lo hubiera escrito ayer. ¿Por qué sus historias nos importan tanto? ¿Por qué sus personajes son tan especiales? ¿Cómo vemos su influencia en tantos autores contemporáneos que nos gustan? Nos encanta que estas preguntas estén en el aire, como están en el aire las ganas de disfrutar la buena literatura infantil y juvenil.

Nosotros lo celebramos con el curso de “La reinvención de la infancia. Clásicos contemporáneos de la literatura infantil”, en el que leeremos a Roald Dahl.

Final

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Nuestra directora: “Génesis”

i oct 8th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 8 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Génesis

 

Génesis: ¿cuántas expectativas cifradas en ese nombre? Génesis: esa primera niña del mundo entero que somos todas fue violada y asesinada a los nueve años en Fundación (Magdalena, Colombia). Es muy doloroso afrontar, no solo como familia sino como país, lo que significa matar el comienzo del mundo, pero es imperativo pensar como adultos, más allá de clamar venganza.

Todos conocemos la historia, con innumerables variaciones, desde hace muchos, muchísimos años: la madre le encarga a su hija un mandado sencillo y le da instrucciones para llegar a la casa de un familiar, pero, en el camino, aparece el monstruo. En el territorio de la ficción, el lobo feroz, Barba Azul o el Mohán representan el peligro, el poder y la fuerza, y nos ayudan a luchar simbólicamente para afrontar nuestro miedo y nuestra vulnerabilidad, vencer al enemigo con un castigo ejemplar y regresar a la casa ilesos, desde esas profundidades oscuras que suelen situarse en la panza de un lobo, en el vientre de una ballena o en un sótano ensangrentado. Sin embargo, en este país tan real, la historia se ensaña, con una brutalidad literal, ahora en Génesis, pero antes y después en muchas otras víctimas.

La reacción primaria –la que permiten los cuentos a la psique infantil– es buscar un castigo perpetuo que le dé su merecido al monstruo, pero, sobre todo, que lo desaparezca de nuestra mirada, para que nunca jamás vuelva a ser una amenaza. Ante la falta de control de los instintos –externos e internos–, la solución de retomar el control pasa por las palabras, y ese es el sentido de las ficciones fundacionales que les contamos a los niños. El problema es que, en territorio real, inventar una nueva ley –o reformular un castigo en palabras– es una solución irresponsable y falaz. Al recurrir a una fórmula mágica, evitamos abordar la complejidad de la realidad y nos sentimos a salvo con el esquematismo: el monstruo se pudre en una cárcel (a la que rara vez llega), y todos vivimos felices para siempre.

Si bien el miedo puede dar réditos a los medios de comunicación y ofrecer a los políticos una forma de cohesión inmediata alrededor del castigo, resulta impresentable que los gobernantes manipulen esos mecanismos primarios para eludir el análisis y la búsqueda de soluciones sostenibles e integrales en el terreno real.

Mientras la sociedad se moviliza –y moviliza a un político e inmortaliza su nombre en una nueva ley– para exigir, no el cumplimiento de las leyes ya existentes y la garantía de los derechos de los niños, también ya escritos y reglamentados, sino el aumento de penas escritas, los niños y las niñas siguen desprotegidos en vecindarios inseguros, en los que todos conocen y conviven con los agresores.

La propuesta responsable, la que es obligatoria y difícil y requiere ser sostenida en el tiempo, es asumir la corresponsabilidad entre el Estado, la familia y la sociedad que está consagrada en la Constitución de 1991 y reglamentada en el Código de Infancia y Adolescencia. Ese proyecto colectivo de país alrededor del objetivo común de la protección integral de la infancia es el desafío para nuestros líderes políticos.

No hay otra forma para restaurar la confianza de los niños que convertir a todos los adultos en garantes de sus derechos. En el poder de esas redes que forman una comunidad protectora y responsable está el trabajo de prevención, y ese es el que salva a los niños, antes de que se topen con el monstruo.

Todos sabemos, y deberían saberlo el presidente Duque y los promotores de castigos simbólicos, que la prisión perpetua no es más que el último eslabón de una larga cadena de omisiones. Poner el acento en el castigo cuando todo es irremediable es, por decir lo menos, una irresponsabilidad política.

YOLANDA REYES

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