Relato de una visita al Museo Eric Carle

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El autor e ilustrador de libros para niños, Eric Carle, entre cuyas obras se destacan La pequeña oruga glotonaLa mariquita gruñona, Una casa para el cangrejo ermitaño¿Has visto a mi gata?De la cabeza a los pies y muchas más que harían esta enumeración demasiado larga, nació en Syracuse, Nueva York, en 1929. Se ha dedicado por más de cuarenta años al arte de crear libros álbum y libros ilustrados para los lectores más jóvenes. En el año 2002, fundó un espacio muy especial en Amherst, Massachusetts: un museo consagrado al arte del libro álbum. Isabel Calderón, ex alumna de Espantapájaros y nuestra corresponsal en Estados Unidos, estuvo en el museo y nos envió esta nota sobre su experiencia.

Encabezado

Esta historia empieza con una langosta. En los años sesenta, Eric Carle trabajaba en Nueva York en una agencia de publicidad. Un día, el escritor Bill Martin Jr vio un anuncio que él había diseñado: era una imagen de una langosta, para alguna campaña sobre las alergias. A Martin Jr, profesor y autor de libros para niños, le encantó esa langosta y le pidió a Carle que ilustrara el libro que acababa de escribir: Oso pardo, oso pardo, ¿qué ves ahí? Por ese camino, un poco antes de cumplir los cuarenta años, Eric Carle se acercó al oficio de la ilustración, y ya nunca más se volvió a alejar. Pronto descubrió que también le interesaba escribir sus propios libros; el primero del que fue autor e ilustrador a la vez fue 1, 2, 3, al zoo, y uno de los siguientes, en 1969, esto es, hace casi cincuenta años, La pequeña oruga glotona.

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Algunos de los libros de Eric Carle en Espantapájaros

A Eric Carle lo conocemos y lo queremos por muchas razones: por sus personajes entrañables, como la oruga, la mariquita gruñona, el cangrejo ermitaño, la araña hacendosa… el artista que pintó un caballo azul, entre otros; por su técnica para ilustrar: a partir de collages hechos con recortes de papeles pintados, llenos de texturas, algunas transparencias y colores muy vivos, y por sus historias sencillas, historias que solo puede escribir y dibujar alguien que pasa mucho tiempo al aire libre, en el campo, mirando todos los detalles del paisaje, hasta los bichos más pequeños, y pensando por qué quiere tanto a las personas que quiere; a sus hijos, a su esposa y a sus amigos, que no son muchos pero significan todo para él.

En Estados Unidos, a Carle también lo conocen y lo quieren por su trabajo de gestión cultural a favor de la formación de lectores y, en especial, por un lugar que fundó hace 16 años, único en su clase: The Eric Carle Museum of Picture Book Art. Es un proyecto que busca transmitir el amor por la lectura y el arte, a través de un trabajo de curaduría y pedagogía, dirigido a los niños más pequeños y a sus familias. La colección del museo está compuesta por libros ilustrados y libros álbum de todos los continentes, ilustraciones en gran formato, bocetos, primeras ediciones y otros objetos relacionados con el oficio. Se organizan exposiciones diferentes varias veces al año, muy interactivas, para celebrar a distintos autores, ilustradores, libros, mundos imaginarios y personajes de la literatura infantil. Desde que me mudé a Estados Unidos, conocerlo estaba en mi lista de deseos. La semana pasada lo visité y de ahí salió este relato para todos los lectores de espantapajaros.com

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Espacio de lectura

El Museo, al que los estadounidenses llaman «El Carle» (The Carle) como quien habla del Moma o el Met, queda en Amherst, un pueblo del condado de Hampshire, en el estado de Massachussets. Esto significa: más o menos a dos horas de Boston, en medio de un paisaje que bien podría ser el escenario de varios de sus libros: mucho aire libre, árboles, zonas verdes, senderos, granjas… y cerca, algunas fábricas, casas históricas, pueblos pequeños y varias universidades. Carle lo fundó en el 2002, después de un viaje a Japón en el que descubrió que había museos dedicados a los libros ilustrados para niños y al libro álbum.

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Exposición sobre La oruga glotona

Tuve la suerte de ir ahora que La pequeña oruga glotona está a punto de cumplir cincuenta años y me encontré con una exposición entera sobre ella, que va a estar abierta hasta marzo de 2019. Visitar la exposición es como volverse una persona miniatura y saltar adentro del libro; la galería está organizada para que los visitantes, que son, sobre todo niños y familias, se detengan en cada página, en cada ilustración y en lo que pensó y sintió Carle cuando hizo cada cosa, hasta la más pequeña. Por ejemplo: los huecos de las páginas. ¿Sabían que un día él estaba jugando con artículos de oficina y se dio cuenta de que le gustaban los huecos pequeños, perfectamente redondos, que quedaban en el papel después de pasarlo por la perforadora? A veces un autor decide hacer un libro solo porque le gustó la forma de un hueco en un papel. Es el caso de Eric Carle, que pensó, después de jugar con la perforadora, en un gusano devorador de libros (en inglés se dice bookworm, algo que suena muy parecido a cuando nosotros hablamos de ratones de biblioteca), aunque a su editora no le gustó la idea y le dijo: «oye, ¿y qué tal si lo hacemos con una oruga?» Esta historia la cuentan y la muestran en el museo, en donde tienen copias de los primeros bocetos, con el gusano en lugar de la oruga.

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Tote bags en el museo

En esta, como en las demás salas del museo, hay espacios para la lectura de libros. El museo no olvida que el libro fue primero, fue antes que todo lo demás. Me llamaron la atención los canastos llenos de libros a la altura de los niños, en todos los idiomas, y los rincones acogedores para sentarse a leer, como los que aparecen en la foto. Además, a la entrada de la exposición hay un muro de donde cuelgan bolsas de tela que, oh sorpresa, adentro tienen libros. Así, un niño puede hacer todo el recorrido por la galería con el libro de la oruga glotona en la mano (a mí, por pura casualidad, me tocó una edición de cartoné, bilingüe: en inglés y en español).

Y como a Eric Carle no solo le interesa Eric Carle, en el museo siempre hay exposiciones que celebran el trabajo de otros creadores de libros álbum. En este momento hay dos bellísimas: una sobre Paddington el oso y otra sobre Leo y Diane Dillon, la pareja de autores que han ganado dos veces la medalla Caldecott, una de esas con el libro Por qué zumban los mosquitos en los oídos de la gente, que ha acompañado algunos proyectos de aula de Espantapájaros. La exposición sobre Paddington me asombró porque estaba hecha con tanto cariño como la de la oruga glotona. Y cariño significa, en el glosario de este texto, atención a los detalles. Los curadores de la exposición tenían algo muy claro cuando la montaron: que más allá de lo mediático que se ha vuelto el oso, ahora que se ha convertido en un personaje de cine, lo esencial, aquello que resuena en Un oso llamado Paddington y en los libros de Michael Bond, es que es un libro sobre ser huérfano y ser extranjero.

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Paddington

Paddington, que ahora tiene 60 años (es más viejo que la oruga glotona), es un oso de peluche, tierno, encantador y felpudo, pero los lectores no olvidamos que viene de «los oscuros bosques del Perú» y que aunque lo ha adoptado una familia inglesa, él todavía se sorprende con los paisajes londinenses y se escandaliza, por ejemplo, con los precios de las cosas. La exposición tiene mucho de recorrido por Londres, y está llena de guiños relacionados con situaciones del libro, pero además hay varias alusiones al viaje y a la migración. Uno de los espacios que más me gustó y más me hizo pensar que el Carle hace un trabajo por los niños, con los niños en la cabeza, fue una maleta de viaje que está casi al final de la galería: está completamente abierta, y llena de papeles. Miré el letrero a su lado decía: «¿Qué empacarías tú?» Invitaba a los niños y a las niñas a dibujar y escribir todas las cosas que guardarían en su equipaje si tuvieran que irse de donde viven a un lugar lejano. La maleta estaba repleta de papeles con todo tipo de objetos, con mensajes, dibujos y muchos, muchísimos garabatos como los que he visto en los salones de los más pequeños de Espantapájaros.

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Salón de arte

Al terminar de recorrer las galerías, todos teníamos ganas de pintar. (Y eso que éramos un grupo de cuatro adultos y una sola niña) Pasamos al salón de arte del museo, un espacio, del mismo tamaño o más grande que las galerías, con mesas, sillas y materiales de arte. Los materiales que había eran tijeras, perforadoras, papeles de colores, cartulinas blancas, pegante y nada más. En todas las mesas había lo mismo y una profesora de arte del equipo del museo se pasaba por el espacio respondiendo preguntas de las personas. Como ya habíamos visto, en la exposición sobre la oruga glotona, que Eric Carle crea la mayoría de sus ilustraciones recortando y pegando formas de papeles de colores, no nos tomó mucho tiempo usar su técnica para pintar sin pintura. Las paredes del salón estaban decoradas solo con obras hechas por la gente. No vi muchas formas reconocibles, no vi un sol amarillo con cara sonriente, ni una rosa roja, y no vi el árbol con copa simétrica (simétrica y por lo tanto imposible) que me enseñaron a dibujar en el colegio. Solo vi cosas como las que veo cada vez que voy a Espantapájaros.

Final
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Nuestra directora: «Lo que un muerto puede decir»

i nov 19th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 19 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Lo que un muerto puede decir

 

Uno de los testigos más importantes del mayor escándalo de corrupción documentado en la historia de América Latina, capítulo Colombia, habla en el noticiero. Nos fijamos en sus gestos y su tono de voz y escudriñamos su mirada y sus argumentos en busca de alguna inconsistencia. A excepción de un nerviosismo entendible por la complejidad de sus revelaciones, todo parece verosímil, salvo un pequeño detalle aterrador: el hombre que nos habla ya no existe. Ese fantasma que revive en la televisión para contarnos una historia de terror tuvo que morir para contarla.

¿Qué nos dicen sus revelaciones? Más allá de los hechos conocidos, de los que tanto se ha hablado durante la última semana, y más allá de las investigaciones judiciales sobre el caso Odebrecht en Colombia, que a la luz de las grabaciones entregadas por el ingeniero Pizano es forzoso reencauzar, garantizando una independencia hoy cuestionada, conviene mirar este episodio doloroso y esta tragedia familiar para la que no hay palabras. ¿Qué nos dicen, o mejor, qué nos ratifican estas recientes revelaciones en el contexto más amplio de unas coordenadas de poder, de unos pactos implícitos que están en el fondo del ordenamiento institucional de Colombia y otros países de América Latina y fueron el caldo de cultivo del escándalo continental de estos sobornos?

Aunque se ha dicho que es superficial escandalizarse por la manera como el abogado Martínez salpica la conversación grabada por Pizano con términos como ‘hijueputa’ y otras groserías, es igual de superficial pasar por alto la relación entre el fondo y la forma, que no solo nos muestra la relación entre lenguaje y pensamiento sino el lugar que cada hablante da a los interlocutores y los hechos. En este caso, la forma discursiva del abogado Martínez, hoy fiscal general, señala su pertenencia a una secta formada –cómo no– por ciertos ‘varones ilustres’ que marcan su territorio con un lenguaje ‘exclusivo’, de uso privativo de sus pares, en ciertas situaciones secretas en las que se mezclan negocios y poder.

La supuesta complicidad que el asesor jurídico, a todas luces superior en jerarquía, establece con ‘su amigo’, el auditor, se revela en el lenguaje procaz del que Martínez abusa, quizás para generar confianza. En esa conversación, como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, se pueden detectar rasgos de las relaciones de poder de este país que han ocultado, permitido o potenciado tantos ‘negocios’ y tantos cruces de supuestas líneas grises entre lo público y lo privado. Esa manera de ‘putear’ que solo se le permite al interlocutor más fuerte para hablar con alguien al que se considera un poco inferior (pero no tanto), esa supuesta alianza de lealtad que instauran las palabras soeces de antiguo colegial como un valor corporativo en ciertos ‘negocios’ y esa risa socarrona de un abogado que, al parecer, lo ha visto todo son elocuentes.

Y más atrás, como una música de fondo, las órdenes que da el actual fiscal antes de entrar por la puerta giratoria: la manera como habla con la secretaria para que llame al Gran Jefe, la condecoración de uno de sus empleados por el ejército; en suma, el narcisismo intocable que otorgan los privilegios del poder a ciertos elegidos.

La aterradora mezcla de banalidad con tragedia que se lee en las grabaciones legadas por Pizano (¡cuánta razón tenía su prisa!) ha socavado una vez más –aún más, si eso es posible– nuestra posibilidad de confiar en la institucionalidad de la justicia y en sus relaciones con el poder económico y político. Y sobre esa sensación de desconfianza y miedo que, con razón, se ha instalado entre nosotros no podrá llegarse a la verdad en este proceso que en Colombia apenas comienza.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: «Duque versus Duque»

i nov 6th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Duque versus Duque

 

¿Quién es, a fin de cuentas, el presidente de Colombia? ¿Es un actor que finge esa espontaneidad ingenua y sonríe feliz, jugando al presidente, o es un sofisticado estratega que desconcierta a la opinión como parte de un juego aprendido? Produce miedo no saberlo, y no saber si lo que dice hoy lo sostendrá, no digamos en un par de años, sino la próxima semana.

Ese desconcierto que hoy compartimos todos, incluso quienes lo eligieron, se ha exacerbado durante las últimas semanas con la ley de financiamiento. Su propuesta de gravar con IVA la canasta familiar a pocos meses de haber prometido exactamente lo contrario en su campaña ilustra el poco valor que otorga a su palabra. Y aunque aquí estemos acostumbrados al engaño en las promesas tributarias, el cinismo de su partido y de su jefe, Álvaro Uribe, pidiendo (pidiéndose a sí mismo) hace unos días que no se grave la canasta familiar ratifica el manido truco del policía malo y el policía bueno del Gobierno, en el que ya no cree nadie.

Gracias a internet, la memoriosa, se ha hecho viral un video del presidente Duque en su antiguo papel: “Soy el senador Iván Duque –saluda desde un pasado reciente para advertir sobre los peligros de la reforma tributaria del gobierno Santos–: esta reforma se llama IVA… no podemos dejar que sean los colombianos de la clase media y los más necesitados los que terminen pagando” –argumenta con una convicción, y hoy debería escucharse a sí mismo–.

Y desde tiempos más antiguos, se puede leer la propuesta del entonces presidente Uribe: “Por el criterio paternalista de no cobrarles a los más pobres se incurre en el tratamiento de inequidad, de no cobrarles a los ricos. Es mucho mejor cobrarles a todos y devolverles a los pobres… Si la devolución se hace a través de cuentas de ahorro, eso se convertirá en un apoyo para avanzar hacia el crédito popular”, argumentaba para justificar el IVA del 10 % a la canasta familiar”. (‘El País’, Cali, 2006). Los testimonios de los dos actores no pueden ser más elocuentes.

Sin embargo, la incoherencia mayúscula del gobierno Duque que, de ser cierta, hablaría de una preocupante tendencia a autosabotearse, es la de gravar con IVA a todos los libros, desde los textos escolares hasta los virtuales. A pesar de que uno de los pilares de su gobierno –y la única idea que puede reclamar como propia o, al menos, compartida con Felipe Buitrago– es la ‘economía naranja’, basada en esos oficios de la imaginación que están recogidos y atravesados por el libro y la lectura, gravar con IVA a toda la cadena del libro, con sus múltiples actores, desde los creadores hasta los editores, los lectores, los libreros y el sector educativo (incluyendo a los niños que hoy se forman), desvirtuaría, de un modo irreparable, la única propuesta de su gobierno que parece innovadora y que se centra en los oficios creativos.

A menos que se trate de otra supuesta falta de comunicación entre el Presidente y su ministro de Hacienda –que hoy actúa como el mayor ‘policía malo’ del Gobierno–, o de un truco más para distraer a la opinión con un IVA impresentable que luego se quitará y hará parte del ‘lobby’ del sector de la cultura y de la negociación que agradeceremos (otra vez más, como es costumbre) al presidente de turno, se trata de una falta de coherencia aterradora. Como lo dijo Enrique González, el presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro, “ningún pueblo debería pagar impuestos para leer, estudiar e informarse”.

Justamente leemos para eso: para preservar el valor de la palabra, que es, en el fondo y a largo plazo, la única manera que tiene una sociedad de garantizar, entre otras cosas, que queden fijas, que no queden impunes las palabras.

YOLANDA REYES

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¡Así vivimos el 31 de octubre!

i nov 2nd No Comments por

Calabazas

En Espantapájaros, lo que más celebramos el 31 de octubre es la imaginación de los niños.

Este año, la fiesta empezó un día antes porque el 30 fue martes y los martes siempre tenemos el taller de Cuentos en pañales. Con los bebés que vinieron ese día, nos dieron ganas de movernos como esqueletos y por eso leímos (y cantamos) Chumba la cachumba, de la tradición oral. Ese libro, en la edición publicada por Ekaré, fue el favorito de la tarde pero también disfrutamos con canciones de risa, de fiesta y de susto.

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con los niños del jardín infantil tuvimos un día lleno de juegos. Y de literatura, que nunca puede faltar.  Como siempre, las caras de felicidad, sorpresa y concentración de los niños eran tan expresivas y tan llenas de detalles como las páginas de los libros. De toda la casa, el lugar favorito de muchos de ellos fue la librería que, por ese día, dejó de ser la librería Espantapájaros para convertirse en la guarida de Los tres bandidos (el libro de Tomi Ungerer), en donde los niños buscaron el tesoro de monedas de oro de chocolate que los tres bandidos habían escondido.

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