Nuestra directora: “La grieta”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 28 de enero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La grieta

 

Les voy a contar una historia que me avergüenza y está relacionada con el atentado a la Escuela de Policía General Santander. Como trabajo con niños, tengo un reflejo condicionado frente a las malas noticias que me lleva a hacer esas preguntas instantáneas, parecidas a las que ustedes se hacen cuando hay atentados o catástrofes de cualquier índole: ¿quién vive cerca del lugar de los hechos? ¿Alguien conocido está en riesgo? ¿Qué debo hacer para afrontar la emergencia?

Esa mañana, al saber que la Escuela de Policía estaba situada en la calle 45A sur, tuve otro reflejo condicionado inmediato: en medio del estupor y del dolor que todos sentíamos, experimenté una vergonzosa sensación de ‘alivio’ al pensar que era poco probable que algún familiar de los niños a mi cargo hubiera estado por esas calles. Sé que suena impresentable, pero para los que vivimos en esta ciudad no es ningún secreto que el norte y el sur son dos países distintos.

Durante ese día doloroso que nos recordaba todo lo que aún falta por resolver en Colombia, muchos conocidos que viven lejos expresaron su preocupación por redes sociales, pero solamente los extranjeros preguntaron por mi integridad física o la de mis seres cercanos. Así como parece poco probable que alguno de los cientos de líderes sindicales asesinados en regiones alejadas tenga relación directa con los que vivimos en ‘este lado’ de la ciudad, quienes conocen la grieta profunda de este país suelen hacer un barrido instantáneo para ‘zonificar’ las preocupaciones de guerra.

Esa mañana, sin embargo, el hijo de una mujer que trabaja conmigo estaba en la General Santander. Mientras ella se concentraba, como todos los días, en cuidar, cantar y cambiar pañales, recibió la llamada urgente de su hermana para contarle de una explosión en esa escuela de policía donde estudiaba interno el muchacho. El padre ya había salido a buscarlo y era uno de esos familiares a los que el mundo vio por televisión, pegado al portón, esperando noticias.

Esa mujer que labora en el mismo lugar donde yo trabajo esperó, durante un tiempo interminable, quizás el más largo de su vida, noticias de su hijo y supo, con esa mezcla de horror y de alivio que sentimos cuando la muerte pasa rozando, que el muchacho se había salvado. Al terminar su ronda, había entregado el arma y estaba en su dormitorio cuando sintió que la tierra temblaba, como en un terremoto, y vio morir –saltar en pedazos– a algunos de sus compañeros. Quizás para no tener que contestar llamadas de los familiares de sus amigos, que seguían buscando desesperadamente alguna señal de supervivencia, tardó tanto tiempo en recuperar el habla. Con qué palabras se puede contar, a los veinte años, que un amigo se ha roto en pedazos…

Más atrás de esta polarización entre dos formas de pensar la política, el país y el mundo que tanto preocupa a algunos, hay una vieja grieta imaginaria que rompió esta ciudad (este país) en dos puntos cardinales que no se tocan, y en la que ni siquiera nos fijamos, pues está incorporada a nuestras fronteras mentales desde la infancia o incluso desde antes de nacer. Esa capacidad de sentir que “podría haber sido mi hijo” es sectorial en Colombia, y quizás por eso no nos parece tan urgente dejar de matarnos. (Sobre todo si los que se matan son otros y viven ‘del otro lado’.)

Sin desconocer la complejidad del conflicto armado, ni los puntos de vista irreconciliables que seguimos ventilando ni los acuerdos que tarde o temprano tendremos que seguir haciendo, no parece posible avanzar sin hacer visible esa grieta: la madre de todas las grietas. Hay que empezar por nombrarla y atravesarla de lado y lado para situarnos en el lugar de los otros. Para sentir que somos nosotros.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “El deber de preguntar”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 31 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

El deber de preguntar

 

Lamento que los lectores, quizás deseosos de distraerse hoy con augurios, agüeros y tópicos de fin de año, se encuentren con esta columna incómoda, pero me parece que la sucesión de tragedias relacionadas con el caso Odebrecht en Colombia, a la que se sumó hace pocos días la muerte de Rafael Merchán, exsecretario de Transparencia del gobierno Santos, no puede dejarnos indiferentes.

Esta “serie de eventos desafortunados”, que comenzó con el accidente automovilístico de Amparo Cerón, la fiscal que lideraba la investigación de Odebrecht; que continuó con la muerte del auditor Jorge Pizano y la de su hijo Alejandro, y a la que ahora se suma el posible suicidio de Merchán, otro testigo clave en la defensa de Luis Fernando Andrade (quien también ha buscado, con justificada angustia, protección en Estados Unidos), tiene, como se ha repetido insistentemente, todos los componentes de una novela negra. Y, aunque en la realidad exista la posibilidad, esa que se le negaría a la ficción, de que semejante cadena de desgracias no sea más que simple coincidencia, me declaro insatisfecha, quizás como muchos de ustedes, con las explicaciones fragmentarias divulgadas en los medios, que, salvo algunas excepciones, parecen más inclinadas a no relacionar los hechos trágicos que a mirarlos en el contexto de una investigación profunda por corrupción multinacional.

Una cosa es pretender suplantar los hoy cuestionados organismos de control encargados de investigar los hechos, pero otra cosa, también muy preocupante, es la falta de análisis y, en últimas, de interés ciudadano y periodístico por intentar comprender en profundidad lo que les sucedió a todas estas personas, cuyo denominador común era el manejo de información crucial para la investigación de Odebrecht en Colombia, y cuyas voces, reconocidas como críticas y honestas, hemos perdido.

Si bien los comunicados familiares merecen todo nuestro respeto y nuestra empatía por el dolor de la pérdida (y, en el caso reciente de Rafael Merchán, cuya muerte atribuyen a una decisión personal relacionada con un cuadro de depresión), resulta importante preguntarse sobre el tipo de presiones y amenazas –tangibles, pero también psíquicas– que pudo enfrentar Merchán y están afrontando, como lo han revelado los testimonios de Pizano y de Andrade, otros testigos. ¿Qué significa haber conocido situaciones que comprometen a muchas personas vinculadas al poder económico y político? ¿Cómo afectan (o afectarán) estas presiones la salud mental, los riesgos y las vulnerabilidades de las personas involucradas?

Más allá de mirar cada hecho como un suceso trágico privado o de conformarnos con los dictámenes –por desgracia, hoy también cuestionados– de Medicina Legal, es un imperativo ético para el país, y me parece simbólicamente importante plantearlo en el último día del año, llevar más lejos las preguntas acerca de estas muertes recientes y asumir como método de búsqueda de la verdad la necesidad de recoger todos los puntos de vista posibles. Una sociedad civil que formule preguntas es hoy más necesaria que nunca y puede contribuir a que las luchas de estos testigos, y de otros aún por declarar que afrontan tantas presiones, no se vean como esfuerzos aislados y solitarios.

En un momento tan peligroso por las investigaciones que se han anunciado para 2019, la protección integral de los testigos del caso Odebrecht es un asunto de vida o muerte. ¿Cómo cuidará el Estado la seguridad física y emocional de los testigos y de sus familias? Las alertas lanzadas hasta el momento requieren respuestas y acciones inmediatas.

Les deseo un feliz año, con muchas y nuevas preguntas, y ojalá con algunas verdades incómodas, apreciados lectores.

YOLANDA REYES

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