Nuestra directora: “La política del espectáculo”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 25 de febrero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La política del espectáculo

 

Adoro los conciertos multitudinarios: canto hasta quedar afónica y me confundo en una misma ola con gente con la que jamás me fundiría, gracias a esa proximidad casi promiscua que permite el espectáculo. Y, aunque paso tanto tiempo escudriñando las formas de significar las palabras, cuando voy a un concierto coreo las consignas que propone la estrella del momento, encuentro poesía en cada una de sus frases y las aplaudo hasta que me duelen las manos. En un concierto reciente grité contra la contaminación, contra el capitalismo y contra la desigualdad y logré olvidar, mientras duraba el ‘show’, la contradicción de haber pagado esa boleta impagable para estar entre semejante derroche de sonidos, luces, objetos voladores y efectos especiales, clamando por un planeta austero y justo.

No obstante lo anterior, sospecho de los músicos (y de los millonarios) que reaccionan frente a los conflictos políticos del mundo organizando conciertos “humanitarios”. Así como desconfío de los libros de autoayuda que pretenden ser obras literarias, me preocupan esas tenues fronteras que se cruzan en nombre de las artes y reducen su complejidad simbólica a los eslóganes, aunque sea por “buenas causas”. En ese sentido, me parece imperativo preguntar qué tan conscientes son los músicos de las consecuencias políticas y de los intereses que movilizan sus voces.

En estos días tan difíciles para Venezuela, y también para Colombia, esa asociación entre música comercial y política de masas que restringe el debate político a la efervescencia emocional de los conciertos funcionó como un telón de fondo en un campo minado para el que solo bastaba una chispa. Pero lo más preocupante era ver moverse a nuestros mandatarios al ritmo de esas multitudes vociferantes, con sus ‘hashtags’ y sus eslóganes. “Hoy es un día casi que equivalente (sic) a lo que fue la caída del Muro de Berlín. En ese momento era para dividir, aquí es para evitar que llegue ayuda humanitaria”, exclamó el presidente Duque, como si más que un estadista fuera una ‘pop-star’, y como si la adrenalina de la multitud lo hiciera perder (aun más, si cabe) la perspectiva. Su imagen, al lado del presidente interino de Venezuela, del presidente de Chile y del Secretario General de la OEA, tomados de las manos, con los brazos alzados, “en modo concierto”, como si se tratara de jóvenes listos para movilizar las consignas y adhesiones de algún ídolo, es un modelo de diplomacia preocupante. Y temo también que poco espontánea, no obstante su apariencia casual.

No se necesita recurrir a ninguna teoría de la conspiración para preguntar a quién beneficia esta mezcla de banalidad con ingenuidad y manipulación ni quién puede ser el director detrás del escenario. Tampoco hay que ser experto en relaciones internacionales para haber pronosticado la resistencia del gobierno de Maduro a dejar pasar la ayuda humanitaria enviada por el gobierno de Estados Unidos el sábado pasado. Sin embargo, en medio de la innegable tragedia política que afrontan los venezolanos, es un imperativo político sustraerse del ruido del concierto y de los gases lacrimógenos para pensar con el rigor y con las herramientas institucionales y diplomáticas que requieren circunstancias tan complejas.

“Tengo la ilusión de que hoy, el pueblo venezolano va a convencer a las fuerzas militares de ese país para que se ubique del lado correcto de la historia”, también arengó Duque, y su frase ilustra la confusión entre arte y política. Si la esencia del arte es descreer del “lado correcto de la historia”, la de la política, en cambio, supone descreer de la ilusión para buscar mecanismos de gobernar, especialmente cuando la realidad es tan difícil.

YOLANDA REYES

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