Nuestra directora: “Caperucita bajo censura”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de abril de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Caperucita bajo censura

 

En una escuela de Barcelona, la Asociación de Madres y Padres de Alumnos (Ampa) sacó 200 libros de la biblioteca. La Ampa encontró “un alto contenido sexista” en el 30 por ciento de los libros y consideró que, por tratarse de alumnos de educación infantil, su lectura podría llevarlos a reproducir estereotipos de género. ‘Caperucita Roja’, ‘La Bella Durmiente’ y la leyenda de San Jordi, según cuenta la noticia, fueron algunos de los títulos censurados.

Quizás la realidad es tan incontrolable, y quizás a veces los padres están tan ocupados, que parece más tranquilizador purgar la biblioteca de los niños, con la vana ilusión de controlar sus mentes, que ocuparse de educarlos y hacer cambios culturales en la realidad cotidiana. Y, aunque cortar las raíces del árbol genealógico de Caperucita requeriría una expedición interminable a través de siglos, versiones y países muy lejanos, me atrevo a sospechar que los niños se las arreglarían para eludir la vigilancia de la Ampa. Así como la Bella Durmiente encontró el único huso que sus padres no lograron ocultar, la literatura, como los sueños, tiene vida propia y existe, justamente, para dar nombre a las emociones contradictorias que todos enfrentamos desde la infancia.

Al contrario de los argumentos dados por la Ampa, he visto que los niños entienden, desde edades muy tempranas, que existe una ‘lengua-otra’ inventada por la humanidad para nombrar las cosas indecibles, y que saben que, en ese lugar seguro del lenguaje, es posible convertirse en otros para vivir experiencias que pertenecen a un orden distinto, pero que les hablan de sus vidas. Por supuesto, ese saber se va construyendo paulatinamente y depende de los adultos: si les ofrecemos libros buenos y diversos para leer –para leerse–, si los acompañamos a descubrir los que cada uno necesita y si respetamos sus elecciones, ellos van descubriendo las huellas que han dejado otros tiempos y otras vidas en las páginas. Y, a través de esa conversación entre los libros y la vida, descubren otros mundos, no de hechos sino de símbolos que se pueden interpretar.

Al amparo de esas conversaciones, que son la esencia de la cultura, los niños exploran su identidad: pueden ser el lobo y Caperucita y el dragón y la princesa; tener vidas secretas y afrontar emociones, temores y deseos indecibles, y regresar al mundo real, que funciona con normas y marcos muy distintos. Y, aunque las familias de esa escuela tengan razón al querer examinar la calidad de los títulos de las bibliotecas de sus hijos, lo que están confundiendo es la literatura con la ideología –o con la propaganda o con la moraleja–. Esta confusión no es nueva en el campo de los libros para niños, tan expuesto a las intenciones didácticas de los adultos para adoctrinar a los niños y venderles libros a quienes los educan.

Si antes se inventaron historias predecibles para enseñar virtudes o se pavimentaron los cuentos de hadas para quitarles las escenas miedosas, bajo el sello edulcorado de Disney, hoy, el último grito de la moda es hacer cuentos por demanda para embotellar y rotular las emociones, escribir biografías esquemáticas o historias sosas de ‘anti princesas’, para ‘empoderar’ a las niñas, y hacer pasar estos productos de escritura rápida por textos literarios.

¿Cómo saber, en medio de esa avalancha que ahora encontraremos en Filbo, cuáles son los libros que necesita el corazón de cada lector? La única fórmula es leer (cada historia, cada niño) y pedir lo que le pedimos, a cualquier edad, a la literatura: que deje zonas en penumbra para que cada cual encuentre no un mensaje explícito, sino una urdimbre de imágenes, palabras y huellas de otros tiempos, de otras vidas, resonando.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: «La naranja no tiene jugo»

i abr 8th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 6 de abril de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La naranja no tiene jugo

 

Leí en zigzag el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022 que presentó el Gobierno, saltándome las introducciones repetidas en cada capítulo, y sin profundizar –si cabe la palabra– en los numerosos epígrafes con frases de Iván Duque. No de otra forma habría podido atravesar sus más de 1.500 páginas que culminan con un glosario interminable de siglas para economizar tiempo y caracteres y que nombran sistemas, institutos y grupos como los NNA (niños, niñas y adolescentes).

Mi interés era centrarme en la propuesta de desarrollo humano que ha venido prometiendo este gobierno alrededor de la economía naranja y que supuse encontrar por fin profundizada en ese plan cuyo subtítulo recuerda trabajos escolares de matemáticas: ‘Legalidad + Emprendimiento = Equidad’. Me imaginé que, por tratarse de una idea supuestamente original del Presidente antes de ganar las elecciones, la tal economía naranja aparecería de manera ‘transversal’, como se dice ahora, y sería una especie de faro para inspirar las propuestas de primera infancia, educación, cultura y ciencia y tecnología, entre otras. Lo que me encontré, sin embargo, fue una proliferación de frases sueltas, utilitarias y gratuitas como esta: “Apostarle a ‘exprimir la naranja’ contribuye a solucionar los desafíos productivos y de empleo del país”. (¿En serio?)

Justifique su afirmación, podría exigirle un profesor a cualquier alumno que diera por hecho ese enunciado sin argumentar razones. Y así, como esa frase, podría citar varias definiciones que encontré y que me hicieron pensar en esos métodos de ‘copy paste’ al estilo del Rincón del Vago. Leamos alguna: “La cultura es el conjunto de rasgos distintivos, modos de vida, sistemas de valores…” –recuerdo esos tiempos en los que repetíamos definiciones de memoria, y paso a un párrafo siguiente que se conecta gratuitamente con el bicentenario–: “Por otra parte, (¿por cuál?) el bicentenario de la Independencia de la República es una oportunidad para dinamizar lo mejor de nuestra cultura y mentalidad (sic), acelerando la innovación social”.

Además de la superposición gratuita de frases hechas y mal redactadas para abordar todos los temas con la misma superficialidad que ya parece una marca de estilo presidencial, me impresionó la distancia –en páginas, por no hablar de ideas– que separa los capítulos dedicados a la primera infancia y la familia, por una parte, a la educación; por otra, a la ciencia y la tecnología y a la cultura. En vez de pensar en un proyecto de país centrado en la curiosidad, la creatividad y la investigación desde la infancia como motores de un cambio de paradigma cultural y científico, que habría podido articular un documento inspirador, lo que se lee es una enumeración de objetivos aislados y de programas ya existentes, sin relación ni jerarquía.

Dado que el Plan de Desarrollo enmarca el proyecto de nación de este cuatrienio, su pobreza retórica refleja una pobreza conceptual y política que alerta también sobre la falta de claridad para articular prioridades de inversión. Resulta preocupante esa idea utilitaria de cultura que confunde el capital simbólico con el capital económico y que se ha ido instalando, sin ninguna discusión, en las políticas de infancia, educación, cultura y ciencias.

Quizás la gran carencia de este documento, en el que parece caber todo, es esa “utilidad de lo inútil”, para decirlo con el título del libro de Nuccio Ordine sobre la importancia de las humanidades. Esa construcción de sentido que es la empresa humana por excelencia y que va mucho más allá del mero emprendimiento comercial, salta como la gran ausente en esas páginas. Y mucho me temo que más allá de ellas, y no solamente en las apuestas de Gobierno.

YOLANDA REYES

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