Así vivimos la visita de Paloma Valdivia

i may 14th No Comments por

Encuentros Espantapajaros

Paloma en Espanta

El sábado 4 de mayo nos volvió a visitar Paloma Valdivia en Espantapájaros (aquí pueden ver cómo fue la visita anterior). Para nosotros, las visitas de autores son como encuentros con viejos amigos, en los que la preparación, la visita y la despedida son un ritual y un motivo de celebración. Nuestra historia con Paloma Valdivia es una historia de cariño y admiración; muchos de sus libros han estado, y se han mantenido imbatibles, en la lista de Los más mordidos.

Por eso, desde que los niños se enteraron de que Paloma vendría a Colombia, empezaron a pedir, a pedir y a pedir los libros de ella en todas las horas del cuento que hubo en el jardín infantil y en la librería por esos días.

Jennyfer Benítez, profesora de Espantapájaros, en su Hora del Cuento, leyendo "Los de arriba y los de abajo"

(Jennyfer Benítez, profesora de Espantapájaros, en su Hora del Cuento, leyendo “Los de arriba y los de abajo”)

Rocío y su hijo, Rafa, leyendo "Estaba la rana"

(Rocío y su hijo, Rafael, leyendo “Estaba la rana”)

Además, como parte de la preparación para la visita de Paloma, los niños quisieron pintar los animales, los árboles y las cosas que más les gustaban de sus historias para que al llegar ella se sintiera como en casa.

El mural de la entrada para recibir a Paloma, lleno de los dibujos que todos los niños hicieron para ella.

(El mural de la entrada para recibir a Paloma, lleno de los dibujos que todos los niños hicieron para ella)

Llegó el día

Paloma llegó antes de que el evento comenzara para recorrer Espantapájaros y descubrir las sorpresas que los niños le habían preparado. Recorrió cada espacio con una sonrisa, mientras las profesoras le contaban las anécdotas detrás de cada dibujo como, por ejemplo, que Abril dibujó el zorro de De paseo (uno de los libros de ella) con antenas porque quería que su zorro fuera diferente, o que Juana quiso dibujar solo siete cachorros (en lugar de diez perritos).

También aprovechó para contarnos que, para ella, venir a Colombia sin visitar Espantapájaros es imposible, porque esta casa es especial y le encanta encontrar lectores, pequeños y grandes, que disfrutan tanto con sus libros.

Paloma tomando fotos de la exposición con todos los mensajes de los niños.

(Paloma tomando fotos de la exposición con todos los mensajes de los niños)

Cuando llegaron, los niños no podían creer que tuvieran en frente a la persona que había hecho sus libros favoritos. Si no nos creen, mírenlos en la foto, como fans antes de un concierto:

Lucía, Susana y Simona con todos sus libros favoritos de Paloma.

(Lucía, Susana y Simona con sus libros favoritos de Paloma)

Y Paloma nos tenía una sorpresa maravillosa: leyó los nuevos libros de su editorial, Ediciones Liebre, que trajo en su maleta desde Chile. Además, leyó muchos de nuestros favoritos, como Estaba la ranaNosotros y Yo tenía 10 perritos.

Paloma Valdivia leyendo "¡Puf!", uno de los libros publicado por su editorial, Ediciones Liebre.

(Paloma Valdivia leyendo “¡Puf!”, uno de los libros publicado por su editorial, Ediciones Liebre)

El momento de la firma de libros se convirtió en un encuentro cercano lleno de risas y anécdotas sobre sus lecturas.

¡Los primeros en llegar a la fila!

(¡Los primeros en llegar a la fila!)

Paloma conversando con Emiliano y

(Paloma conversando con Emiliano y María Paula)

Una de las lectoras más pequeña de Paloma: Aila junto a su mamá, Malika.

(Una de las lectoras más pequeña de Paloma: Aila junto a su mamá, Malika)

Para Lucía, Valentina y Alejandra esta firma será inolvidable.

(La firma y el dibujo de Paloma para Valentina, Alejandra y Lucía)

Al final, estar con Paloma Valdivia se volvió un recuerdo inolvidable para los niños, que han crecido con sus historias y se han permitido encontrarse, una y otra vez, en sus personajes. Y, como nos lo demostraron Emilio y Martín, también se han permitido ellos mismos ser esos libros:

Ser libros

Gracias por tu visita

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Nuestra directora: “Léete, Filbo”

i may 8th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 6 de mayo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Léete, Filbo

Adoro el último día de Filbo –que siempre cae en lunes– porque ya no hay charlas ni ríos de gente que impidan ver el bosque, y puedo andar, libre por fin, entre libros, con esa sensación de carnaval a punto de acabarse. Me gusta, incluso, ver los ritos de cierre del oficio –armar cajas, llenarlas y sellarlas– y trato de quedarme hasta que una voz anuncia, como en las tiendas de cadena, que la función se ha terminado y rompe el hechizo de esa ‘cadena del libro’ que cada año, durante dos semanas, suplanta la realidad.

Además de salir con nuevos libros, es tiempo de balances, y seguramente en los próximos días conoceremos las cifras de ventas, de asistentes y de actividades que también, año tras año, son parte de la retórica post-Filbo. Sin embargo, mientras otras ferias –de modas, arte, artesanía, maquinaria o lo que sea– se toman los espacios, conviene aprovechar que faltan casi doce meses para la próxima Filbo y pensar, aún con esta versión fresca, qué tipo de feria propone Bogotá. Más allá del número de ejemplares, de metros cuadrados o de asuntos logísticos, ¿cuál es su identidad, cuál es su apuesta cultural y cuál es su lugar en el conjunto de las ferias del libro de Colombia y de América Latina?

Se trata, en últimas, de preguntar por el concepto o, para decirlo con ese lenguaje que han puesto de moda los autodenominados ‘coachs’, por su misión y su visión. ¿Alguien lo sabe? ¿Qué historia –o qué historias– les cuenta Filbo a los lectores, qué recorridos propicia, cuál es su narrativa? Más allá de lanzar una programación anual y de invitar –o no– a un país, ¿existe algún diseño susceptible de ser leído? Si, como sabemos, el ambiente es otro educador, ¿cuál es la idea de lectura, de lector, de formación lectora, de infancia, de educación, de libro y, por supuesto, de literatura y de escritura que “se lee”?

¿Es posible, para atender el eslogan que este año lanzó Filbo, ‘leerse’, mientras se avanza a empellones entre una multitud desorientada? ¿Qué lectura sobre lectura se lleva una familia con dos niños en edad escolar y un bebé, que hace largas filas a la entrada de Corferias un domingo y, después de entrar, hace otra fila para ver el pabellón de Colombia y otra para comer crispeta y otra para salir? ¿Cuál es la curaduría, no solo del pabellón, sino de la feria, que se les ofrece a tantas familias que han invertido su dinero y su tiempo del domingo entre las filas? ¿Cómo se enriquecen su experiencia, su perspectiva y sus ganas de leer? ¿Qué se llevan, además de una colección de papelitos para botar en casa? ¿Cómo hacen para separar el grano de la paja, entre el ‘Bebé Políglota’, el estand del ejército, y el que ofrece literatura de calidad?

Conviene preguntarse si esta supuesta diversidad sin jerarquías que junta todo sin criterio obedece a una equivocada idea de pluralismo o si se trata, simplemente, de una forma de eludir el crecimiento desmesurado de una feria que, por ser parte de un tinglado comercial, se transa según el precio del metro cuadrado. En caso de que el éxito comercial sea el hilo conductor y todos los criterios culturales y educativos deban supeditarse a esa ‘visión’, es imperativo tener claro el objetivo para no disfrazar de altruismo un negocio al estilo de las ‘grandes superficies’. Los libros no hablan solos y la manera de organizarlos, de acompañarlos, de proponer recorridos y de orientar al lector también se lee, y dice más que todos los discursos y todas esas frases hechas sobre el oficio de leer y de escribir.

Quizás es hora de proponer otro eslogan para pensar y debatir durante los meses de preparación de la siguiente feria. ‘Reinvéntate, Filbo’. Reescríbete y, por favor, hazte pequeña, que calidad y cantidad no son lo mismo.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Caperucita bajo censura”

i abr 22nd No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de abril de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Caperucita bajo censura

 

En una escuela de Barcelona, la Asociación de Madres y Padres de Alumnos (Ampa) sacó 200 libros de la biblioteca. La Ampa encontró “un alto contenido sexista” en el 30 por ciento de los libros y consideró que, por tratarse de alumnos de educación infantil, su lectura podría llevarlos a reproducir estereotipos de género. ‘Caperucita Roja’, ‘La Bella Durmiente’ y la leyenda de San Jordi, según cuenta la noticia, fueron algunos de los títulos censurados.

Quizás la realidad es tan incontrolable, y quizás a veces los padres están tan ocupados, que parece más tranquilizador purgar la biblioteca de los niños, con la vana ilusión de controlar sus mentes, que ocuparse de educarlos y hacer cambios culturales en la realidad cotidiana. Y, aunque cortar las raíces del árbol genealógico de Caperucita requeriría una expedición interminable a través de siglos, versiones y países muy lejanos, me atrevo a sospechar que los niños se las arreglarían para eludir la vigilancia de la Ampa. Así como la Bella Durmiente encontró el único huso que sus padres no lograron ocultar, la literatura, como los sueños, tiene vida propia y existe, justamente, para dar nombre a las emociones contradictorias que todos enfrentamos desde la infancia.

Al contrario de los argumentos dados por la Ampa, he visto que los niños entienden, desde edades muy tempranas, que existe una ‘lengua-otra’ inventada por la humanidad para nombrar las cosas indecibles, y que saben que, en ese lugar seguro del lenguaje, es posible convertirse en otros para vivir experiencias que pertenecen a un orden distinto, pero que les hablan de sus vidas. Por supuesto, ese saber se va construyendo paulatinamente y depende de los adultos: si les ofrecemos libros buenos y diversos para leer –para leerse–, si los acompañamos a descubrir los que cada uno necesita y si respetamos sus elecciones, ellos van descubriendo las huellas que han dejado otros tiempos y otras vidas en las páginas. Y, a través de esa conversación entre los libros y la vida, descubren otros mundos, no de hechos sino de símbolos que se pueden interpretar.

Al amparo de esas conversaciones, que son la esencia de la cultura, los niños exploran su identidad: pueden ser el lobo y Caperucita y el dragón y la princesa; tener vidas secretas y afrontar emociones, temores y deseos indecibles, y regresar al mundo real, que funciona con normas y marcos muy distintos. Y, aunque las familias de esa escuela tengan razón al querer examinar la calidad de los títulos de las bibliotecas de sus hijos, lo que están confundiendo es la literatura con la ideología –o con la propaganda o con la moraleja–. Esta confusión no es nueva en el campo de los libros para niños, tan expuesto a las intenciones didácticas de los adultos para adoctrinar a los niños y venderles libros a quienes los educan.

Si antes se inventaron historias predecibles para enseñar virtudes o se pavimentaron los cuentos de hadas para quitarles las escenas miedosas, bajo el sello edulcorado de Disney, hoy, el último grito de la moda es hacer cuentos por demanda para embotellar y rotular las emociones, escribir biografías esquemáticas o historias sosas de ‘anti princesas’, para ‘empoderar’ a las niñas, y hacer pasar estos productos de escritura rápida por textos literarios.

¿Cómo saber, en medio de esa avalancha que ahora encontraremos en Filbo, cuáles son los libros que necesita el corazón de cada lector? La única fórmula es leer (cada historia, cada niño) y pedir lo que le pedimos, a cualquier edad, a la literatura: que deje zonas en penumbra para que cada cual encuentre no un mensaje explícito, sino una urdimbre de imágenes, palabras y huellas de otros tiempos, de otras vidas, resonando.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “La naranja no tiene jugo”

i abr 8th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 6 de abril de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La naranja no tiene jugo

 

Leí en zigzag el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022 que presentó el Gobierno, saltándome las introducciones repetidas en cada capítulo, y sin profundizar –si cabe la palabra– en los numerosos epígrafes con frases de Iván Duque. No de otra forma habría podido atravesar sus más de 1.500 páginas que culminan con un glosario interminable de siglas para economizar tiempo y caracteres y que nombran sistemas, institutos y grupos como los NNA (niños, niñas y adolescentes).

Mi interés era centrarme en la propuesta de desarrollo humano que ha venido prometiendo este gobierno alrededor de la economía naranja y que supuse encontrar por fin profundizada en ese plan cuyo subtítulo recuerda trabajos escolares de matemáticas: ‘Legalidad + Emprendimiento = Equidad’. Me imaginé que, por tratarse de una idea supuestamente original del Presidente antes de ganar las elecciones, la tal economía naranja aparecería de manera ‘transversal’, como se dice ahora, y sería una especie de faro para inspirar las propuestas de primera infancia, educación, cultura y ciencia y tecnología, entre otras. Lo que me encontré, sin embargo, fue una proliferación de frases sueltas, utilitarias y gratuitas como esta: “Apostarle a ‘exprimir la naranja’ contribuye a solucionar los desafíos productivos y de empleo del país”. (¿En serio?)

Justifique su afirmación, podría exigirle un profesor a cualquier alumno que diera por hecho ese enunciado sin argumentar razones. Y así, como esa frase, podría citar varias definiciones que encontré y que me hicieron pensar en esos métodos de ‘copy paste’ al estilo del Rincón del Vago. Leamos alguna: “La cultura es el conjunto de rasgos distintivos, modos de vida, sistemas de valores…” –recuerdo esos tiempos en los que repetíamos definiciones de memoria, y paso a un párrafo siguiente que se conecta gratuitamente con el bicentenario–: “Por otra parte, (¿por cuál?) el bicentenario de la Independencia de la República es una oportunidad para dinamizar lo mejor de nuestra cultura y mentalidad (sic), acelerando la innovación social”.

Además de la superposición gratuita de frases hechas y mal redactadas para abordar todos los temas con la misma superficialidad que ya parece una marca de estilo presidencial, me impresionó la distancia –en páginas, por no hablar de ideas– que separa los capítulos dedicados a la primera infancia y la familia, por una parte, a la educación; por otra, a la ciencia y la tecnología y a la cultura. En vez de pensar en un proyecto de país centrado en la curiosidad, la creatividad y la investigación desde la infancia como motores de un cambio de paradigma cultural y científico, que habría podido articular un documento inspirador, lo que se lee es una enumeración de objetivos aislados y de programas ya existentes, sin relación ni jerarquía.

Dado que el Plan de Desarrollo enmarca el proyecto de nación de este cuatrienio, su pobreza retórica refleja una pobreza conceptual y política que alerta también sobre la falta de claridad para articular prioridades de inversión. Resulta preocupante esa idea utilitaria de cultura que confunde el capital simbólico con el capital económico y que se ha ido instalando, sin ninguna discusión, en las políticas de infancia, educación, cultura y ciencias.

Quizás la gran carencia de este documento, en el que parece caber todo, es esa “utilidad de lo inútil”, para decirlo con el título del libro de Nuccio Ordine sobre la importancia de las humanidades. Esa construcción de sentido que es la empresa humana por excelencia y que va mucho más allá del mero emprendimiento comercial, salta como la gran ausente en esas páginas. Y mucho me temo que más allá de ellas, y no solamente en las apuestas de Gobierno.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Vuelos que siguen vacíos”

i mar 26th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 26 de marzo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Vuelos que siguen vacíos

 

“La feria internacional del libro universitario en Xalapa @FILU_UV está dedicada a Colombia, pero llama la atención que entre los escritores invitados no hay ninguna mujer escritora”, escribió Laura Gómez en Twitter, y mostró el afiche promocional de la feria en el que aparecían ocho escritores varones. ¿Es un evento solo para hombres?, preguntaba esta “socióloga y literata en formación”, según se define en su perfil, y recordaba la etiqueta de #ColombiaTieneEscritoras, creada en 2017, cuando la Biblioteca Nacional de Colombia organizó una presentación de autores colombianos en París, sin incluir autoras.

¿Sería posible que el Ministerio de Cultura o la Biblioteca Nacional hubieran olvidado las repercusiones de aquel episodio?, fue una primera pregunta, pero pronto supimos que las invitaciones habían sido hechas desde la Universidad de Veracruz, lo cual ilustraba nuevamente (viejamente) esos currículos ocultos en los que se han (nos hemos) formado tantas generaciones, incluyendo a los organizadores de la feria. Y, aunque la reacción suscitada en las redes por semejante cartel que pretendía mostrar la literatura del país solo con rostros de hombres era una buena señal, precisamente por eso era imperativo hacer las viejas preguntas: ¿quiénes eligen, con qué criterios y por qué se repite la historia?

Después de leer los textos que reciclaban lugares comunes sobre el café, las esmeraldas y las mariposas amarillas para presentar a Colombia en la feria, y de preguntarle a Germán Martínez Acebes, su coordinador, por la ausencia de escritoras, temo que, en lugar de una intención deliberada de excluir mujeres o de un juicio de valor sobre obras y trayectorias, lo que se infiere, simplemente, es la antigua práctica de no indagar más allá de lo que aparece primero (¿de no leer más a fondo?) y de conformarse con esas miradas únicas –pero no me refiero solo a asuntos literarios ni a países invitados– que limitan el mundo a una visión esquemática y poco informada.

En ese sentido, las respuestas que recibí son elocuentes: “Tienen razón en cuanto a la falta de representación literaria de mujeres colombianas, pero créame que la programación la fuimos confeccionando y así quedó de manera fortuita”. “Somos una universidad y, por supuesto, una feria del libro que busca la diversidad y respeta todas las voces… verá que hay académicas colombianas relevantes… en un foro… y una brillante estudiante de literatura”. Frente a estas palabras, hay poco que agregar: las exclusiones por género parecen ‘fortuitas’ y las explicaciones que se dan suelen agruparse en tendencias de este estilo: “tienen razón, fue sin culpa, la próxima vez lo tendremos en cuenta” o “agradezcan que ‘les’ invitamos a tal y cual” (pero en otra jerarquía)… Al lado de esas disculpas políticamente correctas, la otra tendencia es la burla o la descalificación: desde feministas superficiales que no son suficientemente buenas hasta viejas resentidas porque no las invitaron son las frases que circulan por las redes.

Así como lo mostró la propaganda desafortunada de ‘El vuelo vacío’ de Avianca, es posible encontrar innumerables “vuelos vacíos”, no solo en la vida cultural, sino en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Sin embargo, en un ámbito académico como el de la Universidad de Veracruz, que no creo que sea un caso aislado, tenemos la responsabilidad de sostener la pregunta y de llenarla de contenido.

¿Qué están haciendo las mujeres en las letras colombianas, mexicanas, latinoamericanas? ¿Cuál es su lugar en el mundo cultural de este momento y cómo su trabajo está movilizando un cambio de paradigma? Seguir sin acusar recibo de estos cambios no solo es imperdonable, sino empobrecedor para todos.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “El vuelo vacío”

i mar 12th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 11 de marzo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

El vuelo vacío

 

Nos enseñaron a hacer bonita letra y buena cara, a no decir malas palabras, a sonreír sin tener ganas y a cuidar a los más pequeños o a los más necesitados. Nos enseñaron a correr sin empujarnos, a no subirnos a los árboles, a mantener limpio el uniforme, a no expresar la rabia ni el deseo, a no tomar la iniciativa y a quedarnos esperando una llamada.

No recordamos la edad ni el curso exacto porque esas lecciones ya estaban impresas en nuestra psique desde antes de nuestra llegada al mundo y, de tanto repetirse, parecen estar grabadas en la memoria más remota. Quizás por eso, cuando menos pensamos, descubrimos frases hechas, jerarquías inamovibles y prejuicios que siguen dividiendo el mundo en dos categorías: la de los hombres, considerados como guerreros, atrevidos, seguros, intrépidos y exploradores; y la de las mujeres, amables y “bien presentadas” y, al parecer, siempre dispuestas a postergar sus necesidades para ayudar a los demás.

En nombre de esas generalizaciones, la razón, la objetividad, el espíritu investigativo y la pericia se han ubicado en el lado masculino; y la emoción, la subjetividad, el espíritu de servicio y, recientemente, la capacidad para resolver asuntos logísticos, en el lado femenino. Ese currículo oculto sigue enmarcando las oportunidades educativas, culturales y laborales de las mujeres, y se refleja también en pruebas académicas como Pisa, en las que se ha mostrado la ventaja numérica de los puntajes obtenidos por varones quinceañeros en matemáticas y la de sus compañeras en lenguaje.

La pregunta sobre qué tanto cambiarían –cambiarán– esos resultados con la democratización, durante un tiempo prolongado y sostenido, de otras formas de educar, de pensar, y también de interpretar lo que se considera ‘femenino’ es un desafío para las ciencias de la educación, las neurociencias y los estudios culturales.

Aunque en Colombia parecemos no solo familiarizados sino muy complacidos con esas iniciativas del Día de la Mujer que suelen premiar a “la mujer abnegada” (en tanto que durante el resto del año se castiga, de formas explícitas o sutiles, a las contestatarias, a las arriesgadas y a las que interpelan a esta sociedad), la campaña que lanzó Avianca el pasado 8 de marzo rebasó todos los estereotipos. Un video titulado ‘El vuelo vacío’ mostró, sin ninguna pista que invitara a la pregunta, como ahora –‘a posteriori’ y a raíz del escándalo– pretende presentarlo la aerolínea, un vuelo ciento por ciento operado por mujeres, con el siguiente mensaje: (en este vuelo) “no van los que no creen en sus capacidades” (femeninas). El problema era que el vuelo iba vacío. ¿Es decir, nadie creía; ni siquiera la misma compañía?

Si es cierto que la publicidad saca a la luz los pensamientos más recónditos, el trabajo publicitario de Avianca es una metáfora perfecta de ese currículo subliminal que sigue instalado como segunda piel, tanto en los hombres como en las mujeres de este país y que circula bajo los mensajes aparentemente positivos y condescendientes sobre el supuesto poder femenino.

El texto subyacente de la campaña –me atrevería a apostar que fue concebida y supervisada por varones, a juzgar por la falta de suspicacia para haber previsto la polémica– sigue siendo el de, ‘ánimo, mujer: tú ya casi puedes y estamos viendo cómo te esfuerzas’.

Aunque ahora intenten decirnos exactamente lo contrario y pretendan convertir semejante mensaje en el primer capítulo de una sesuda campaña sobre género, ese video ilustra todo lo que tenemos que cambiar, y no solo en el terreno de los hechos (equidad de salarios, derechos, oportunidades y tareas de cuidado, entre otros muchos), sino en el ámbito de lo simbólico.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “La política del espectáculo”

i feb 26th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 25 de febrero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La política del espectáculo

 

Adoro los conciertos multitudinarios: canto hasta quedar afónica y me confundo en una misma ola con gente con la que jamás me fundiría, gracias a esa proximidad casi promiscua que permite el espectáculo. Y, aunque paso tanto tiempo escudriñando las formas de significar las palabras, cuando voy a un concierto coreo las consignas que propone la estrella del momento, encuentro poesía en cada una de sus frases y las aplaudo hasta que me duelen las manos. En un concierto reciente grité contra la contaminación, contra el capitalismo y contra la desigualdad y logré olvidar, mientras duraba el ‘show’, la contradicción de haber pagado esa boleta impagable para estar entre semejante derroche de sonidos, luces, objetos voladores y efectos especiales, clamando por un planeta austero y justo.

No obstante lo anterior, sospecho de los músicos (y de los millonarios) que reaccionan frente a los conflictos políticos del mundo organizando conciertos “humanitarios”. Así como desconfío de los libros de autoayuda que pretenden ser obras literarias, me preocupan esas tenues fronteras que se cruzan en nombre de las artes y reducen su complejidad simbólica a los eslóganes, aunque sea por “buenas causas”. En ese sentido, me parece imperativo preguntar qué tan conscientes son los músicos de las consecuencias políticas y de los intereses que movilizan sus voces.

En estos días tan difíciles para Venezuela, y también para Colombia, esa asociación entre música comercial y política de masas que restringe el debate político a la efervescencia emocional de los conciertos funcionó como un telón de fondo en un campo minado para el que solo bastaba una chispa. Pero lo más preocupante era ver moverse a nuestros mandatarios al ritmo de esas multitudes vociferantes, con sus ‘hashtags’ y sus eslóganes. “Hoy es un día casi que equivalente (sic) a lo que fue la caída del Muro de Berlín. En ese momento era para dividir, aquí es para evitar que llegue ayuda humanitaria”, exclamó el presidente Duque, como si más que un estadista fuera una ‘pop-star’, y como si la adrenalina de la multitud lo hiciera perder (aun más, si cabe) la perspectiva. Su imagen, al lado del presidente interino de Venezuela, del presidente de Chile y del Secretario General de la OEA, tomados de las manos, con los brazos alzados, “en modo concierto”, como si se tratara de jóvenes listos para movilizar las consignas y adhesiones de algún ídolo, es un modelo de diplomacia preocupante. Y temo también que poco espontánea, no obstante su apariencia casual.

No se necesita recurrir a ninguna teoría de la conspiración para preguntar a quién beneficia esta mezcla de banalidad con ingenuidad y manipulación ni quién puede ser el director detrás del escenario. Tampoco hay que ser experto en relaciones internacionales para haber pronosticado la resistencia del gobierno de Maduro a dejar pasar la ayuda humanitaria enviada por el gobierno de Estados Unidos el sábado pasado. Sin embargo, en medio de la innegable tragedia política que afrontan los venezolanos, es un imperativo político sustraerse del ruido del concierto y de los gases lacrimógenos para pensar con el rigor y con las herramientas institucionales y diplomáticas que requieren circunstancias tan complejas.

“Tengo la ilusión de que hoy, el pueblo venezolano va a convencer a las fuerzas militares de ese país para que se ubique del lado correcto de la historia”, también arengó Duque, y su frase ilustra la confusión entre arte y política. Si la esencia del arte es descreer del “lado correcto de la historia”, la de la política, en cambio, supone descreer de la ilusión para buscar mecanismos de gobernar, especialmente cuando la realidad es tan difícil.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “De vigilar a convivir”

i feb 12th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 11 de febrero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

De vigilar a convivir

 

“La seguridad es un asunto de todos, no exclusivamente de las Fuerzas Militares, la Policía Nacional, la administración de justicia y el Gobierno”, leo frases del Plan de Seguridad que lanzó el presidente Duque la semana pasada, y me pongo a temblar por libre asociación de ideas (o, más bien, de memoria reciente). ¿Asunto de todos la seguridad, en vez de obligación del Estado? ¿Qué significado tiene esa declaración, qué puertas abre?

“Los ciudadanos son los primeros que deben velar por su protección”, sigo leyendo, y también por libre asociación se me ocurren frases como ‘usted se lo buscó’, ‘por algo será’ o ‘para qué se expone’, que insinúan una regresión a esa denominada ‘doctrina’ de la seguridad democrática, con sus informantes y con ese eufemismo aterrador de los ‘falsos positivos’. Dado que el lenguaje de un Gobierno es un acto político y que las palabras que elige para nombrar y comunicar sus estrategias legitiman lo que se puede pensar, decir y hacer, cabe preguntarse por la línea que propone –o que vuelve a cruzar– en materia de seguridad este gobierno.

No obstante algunos cambios superficiales que le dan una apariencia desabrochada y memorística a sus intervenciones, el discurso de Duque insinúa el regreso a la sospecha ciudadana como un pilar de la estrategia de seguridad. Al reconocer que es “insuficiente el despliegue de Fuerza Pública” y proponer que actúe con el respaldo de los ciudadanos, sus “redes de participación cívica” recuerdan las antiguas Convivir, pero modernizadas con ese sello naranja que les imprime el Presidente a sus emprendimientos. “La creación de una gigantesca plataforma tecnológica avanzada” para comunicar a las autoridades “cualquier anomalía sobre seguridad” y la aspiración de llegar, en un año, al millón de ciudadanos vinculados a esas redes parece una versión modernizada del antiguo programa, cuyos efectos padecimos. ¿Cómo es posible desconocer semejante aprendizaje tan mortal y doloroso?

La nueva arma ciudadana que propone este gobierno, convencido de que todo se puede resolver con una app es el celular, según afirma el consejero para la Seguridad. Ha dicho también que no nos preocupemos, que esta vez no se les pagará a los informantes y que en cada región serán distintas las formas de organizar las redes ciudadanas. No sé si es ingenuo, poco responsable (o quizás cínico) suponer que esa estrategia anónima de vigilarse entre vecinos se “articula” –según afirma el Gobierno– con las políticas de estabilización y protección de líderes sociales y defensores de derechos humanos. Si en tantas ocasiones esos líderes han sido estigmatizados como habituales sospechosos, no hay que ser demasiado suspicaz para imaginar las formas de seguimiento (y perseguimiento) que puedan desencadenarse, a partir de la invitación gubernamental a hacer control social en grupos de WhatsApp.

Si bien la estrategia de seguridad del Gobierno contempla explícitamente el paso del control militar a un control institucional por parte del Estado, no parece coherente, en ese contexto, reforzar la narrativa de la vigilancia ciudadana. La convicción de que la seguridad nacional depende de la presencia integral del Estado y de la garantía de derechos para prevenir y cambiar esos contextos desprovistos de institucionalidad que favorecieron el crimen implica afrontar el desafío de reconstruir un tejido social descompuesto por tantos años de guerra y de justicia por mano propia.

En vez de ver al otro como una amenaza, habría que buscar motivos para comunicarnos de formas no previstas, mucho más allá del celular, con redes que vayan surgiendo de las mismas comunidades, de las propuestas abiertas de un Estado que hace presencia y que protege.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “La grieta”

i ene 29th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 28 de enero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La grieta

 

Les voy a contar una historia que me avergüenza y está relacionada con el atentado a la Escuela de Policía General Santander. Como trabajo con niños, tengo un reflejo condicionado frente a las malas noticias que me lleva a hacer esas preguntas instantáneas, parecidas a las que ustedes se hacen cuando hay atentados o catástrofes de cualquier índole: ¿quién vive cerca del lugar de los hechos? ¿Alguien conocido está en riesgo? ¿Qué debo hacer para afrontar la emergencia?

Esa mañana, al saber que la Escuela de Policía estaba situada en la calle 45A sur, tuve otro reflejo condicionado inmediato: en medio del estupor y del dolor que todos sentíamos, experimenté una vergonzosa sensación de ‘alivio’ al pensar que era poco probable que algún familiar de los niños a mi cargo hubiera estado por esas calles. Sé que suena impresentable, pero para los que vivimos en esta ciudad no es ningún secreto que el norte y el sur son dos países distintos.

Durante ese día doloroso que nos recordaba todo lo que aún falta por resolver en Colombia, muchos conocidos que viven lejos expresaron su preocupación por redes sociales, pero solamente los extranjeros preguntaron por mi integridad física o la de mis seres cercanos. Así como parece poco probable que alguno de los cientos de líderes sindicales asesinados en regiones alejadas tenga relación directa con los que vivimos en ‘este lado’ de la ciudad, quienes conocen la grieta profunda de este país suelen hacer un barrido instantáneo para ‘zonificar’ las preocupaciones de guerra.

Esa mañana, sin embargo, el hijo de una mujer que trabaja conmigo estaba en la General Santander. Mientras ella se concentraba, como todos los días, en cuidar, cantar y cambiar pañales, recibió la llamada urgente de su hermana para contarle de una explosión en esa escuela de policía donde estudiaba interno el muchacho. El padre ya había salido a buscarlo y era uno de esos familiares a los que el mundo vio por televisión, pegado al portón, esperando noticias.

Esa mujer que labora en el mismo lugar donde yo trabajo esperó, durante un tiempo interminable, quizás el más largo de su vida, noticias de su hijo y supo, con esa mezcla de horror y de alivio que sentimos cuando la muerte pasa rozando, que el muchacho se había salvado. Al terminar su ronda, había entregado el arma y estaba en su dormitorio cuando sintió que la tierra temblaba, como en un terremoto, y vio morir –saltar en pedazos– a algunos de sus compañeros. Quizás para no tener que contestar llamadas de los familiares de sus amigos, que seguían buscando desesperadamente alguna señal de supervivencia, tardó tanto tiempo en recuperar el habla. Con qué palabras se puede contar, a los veinte años, que un amigo se ha roto en pedazos…

Más atrás de esta polarización entre dos formas de pensar la política, el país y el mundo que tanto preocupa a algunos, hay una vieja grieta imaginaria que rompió esta ciudad (este país) en dos puntos cardinales que no se tocan, y en la que ni siquiera nos fijamos, pues está incorporada a nuestras fronteras mentales desde la infancia o incluso desde antes de nacer. Esa capacidad de sentir que “podría haber sido mi hijo” es sectorial en Colombia, y quizás por eso no nos parece tan urgente dejar de matarnos. (Sobre todo si los que se matan son otros y viven ‘del otro lado’.)

Sin desconocer la complejidad del conflicto armado, ni los puntos de vista irreconciliables que seguimos ventilando ni los acuerdos que tarde o temprano tendremos que seguir haciendo, no parece posible avanzar sin hacer visible esa grieta: la madre de todas las grietas. Hay que empezar por nombrarla y atravesarla de lado y lado para situarnos en el lugar de los otros. Para sentir que somos nosotros.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “El deber de preguntar”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 31 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

El deber de preguntar

 

Lamento que los lectores, quizás deseosos de distraerse hoy con augurios, agüeros y tópicos de fin de año, se encuentren con esta columna incómoda, pero me parece que la sucesión de tragedias relacionadas con el caso Odebrecht en Colombia, a la que se sumó hace pocos días la muerte de Rafael Merchán, exsecretario de Transparencia del gobierno Santos, no puede dejarnos indiferentes.

Esta “serie de eventos desafortunados”, que comenzó con el accidente automovilístico de Amparo Cerón, la fiscal que lideraba la investigación de Odebrecht; que continuó con la muerte del auditor Jorge Pizano y la de su hijo Alejandro, y a la que ahora se suma el posible suicidio de Merchán, otro testigo clave en la defensa de Luis Fernando Andrade (quien también ha buscado, con justificada angustia, protección en Estados Unidos), tiene, como se ha repetido insistentemente, todos los componentes de una novela negra. Y, aunque en la realidad exista la posibilidad, esa que se le negaría a la ficción, de que semejante cadena de desgracias no sea más que simple coincidencia, me declaro insatisfecha, quizás como muchos de ustedes, con las explicaciones fragmentarias divulgadas en los medios, que, salvo algunas excepciones, parecen más inclinadas a no relacionar los hechos trágicos que a mirarlos en el contexto de una investigación profunda por corrupción multinacional.

Una cosa es pretender suplantar los hoy cuestionados organismos de control encargados de investigar los hechos, pero otra cosa, también muy preocupante, es la falta de análisis y, en últimas, de interés ciudadano y periodístico por intentar comprender en profundidad lo que les sucedió a todas estas personas, cuyo denominador común era el manejo de información crucial para la investigación de Odebrecht en Colombia, y cuyas voces, reconocidas como críticas y honestas, hemos perdido.

Si bien los comunicados familiares merecen todo nuestro respeto y nuestra empatía por el dolor de la pérdida (y, en el caso reciente de Rafael Merchán, cuya muerte atribuyen a una decisión personal relacionada con un cuadro de depresión), resulta importante preguntarse sobre el tipo de presiones y amenazas –tangibles, pero también psíquicas– que pudo enfrentar Merchán y están afrontando, como lo han revelado los testimonios de Pizano y de Andrade, otros testigos. ¿Qué significa haber conocido situaciones que comprometen a muchas personas vinculadas al poder económico y político? ¿Cómo afectan (o afectarán) estas presiones la salud mental, los riesgos y las vulnerabilidades de las personas involucradas?

Más allá de mirar cada hecho como un suceso trágico privado o de conformarnos con los dictámenes –por desgracia, hoy también cuestionados– de Medicina Legal, es un imperativo ético para el país, y me parece simbólicamente importante plantearlo en el último día del año, llevar más lejos las preguntas acerca de estas muertes recientes y asumir como método de búsqueda de la verdad la necesidad de recoger todos los puntos de vista posibles. Una sociedad civil que formule preguntas es hoy más necesaria que nunca y puede contribuir a que las luchas de estos testigos, y de otros aún por declarar que afrontan tantas presiones, no se vean como esfuerzos aislados y solitarios.

En un momento tan peligroso por las investigaciones que se han anunciado para 2019, la protección integral de los testigos del caso Odebrecht es un asunto de vida o muerte. ¿Cómo cuidará el Estado la seguridad física y emocional de los testigos y de sus familias? Las alertas lanzadas hasta el momento requieren respuestas y acciones inmediatas.

Les deseo un feliz año, con muchas y nuevas preguntas, y ojalá con algunas verdades incómodas, apreciados lectores.

YOLANDA REYES

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