Nuestra directora: “Un año raro”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 17 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Un año raro

 

En estos días, cuando la temporada navideña nos convoca nuevamente a celebrar viejos rituales con gente tan cercana en los afectos y a veces tan lejana en las ideas, tal vez vamos a estar todos de acuerdo en una apreciación: el 2018 ha sido un año raro, por decir lo menos. Y es posible que en semejante año, el más incierto e incomprensible de los que quizás recuerden las diversas generaciones reunidas en las fiestas de los hogares colombianos, nadie quiera jugarse la armonía familiar ni terminar en forma anticipada las veladas, dando un portazo, por defender al Presidente o al Gobierno.

Pero, como en estas fechas es recomendable buscarle a toda noticia, por mala que sea, el lado positivo, me parece una buena nueva que, en medio de nuestra habitual polarización, los comensales sentados a la mesa podamos por fin sentirnos hermanados en torno a esta sensación nacional de desconexión con la política, y conversar, incluso, y lograr un consenso milagroso en los tiempos que corren sobre esta sensación de desencanto ciudadano.

No se necesita ser una firma encuestadora para vaticinar que la pérdida de confianza en los líderes políticos y la crisis de credibilidad que ha puesto bajo sospecha a todas las instancias del Estado, con los organismos de control a la cabeza de la lista, se reflejará en un cambio de alineación en las tendencias de las fiestas decembrinas. En vez de la división habitual de bandos entre la derecha y todo lo demás (eso que la derecha llama ‘izquierda’, ‘comunismo’ o ‘castrochavismo’), es probable que la polarización se exprese ahora de una forma más sencilla: de un lado, los gobernantes y sus amigos que detentan o disfrutan el poder político. Del otro, los llamados ciudadanos del común.

Por primera vez en mucho tiempo, este fin de año albergo un sentimiento de fraternidad con todos los que pagamos impuestos, sin importar color político, ideario, partido o tendencia, y con todos los que descubrimos, aterrados, como si un velo se nos hubiera caído de repente de los ojos, lo que siempre hemos sabido: que hay una cantidad de compatriotas que ganan en un mes lo que muchos no alcanzan a ganar en todo el año (o en la vida); que hay una puerta giratoria y unos ‘doctores’ con poderes invisibles que adjudican privilegios (contratos, licitaciones, carreteras eternas, repagadas con nuestra plata y siempre inconclusas) a sus amigos, a sus socios o a sus jefes, en tanto que nosotros, los ciudadanos del común, nos rompemos el alma trabajando y pagando planillas de salud y de pensión cada vez que hacemos una columna como esta o cualquier trabajo por contrato, y con los servicios de salud y las pensiones que tenemos.

Es probable que esa sensación de ir pedaleando en una bicicleta estática, cada vez con más esfuerzo y más trabajo, y cada vez con menos resultados personales y sociales, sea el elemento cohesionador que nos permita –es ese mi deseo– reconocernos como parte de una misma familia y tener sentimientos de empatía para entender ese cansancio, esta desesperanza y esta crisis que, queramos ver o no, se anuncia como el ‘leit motiv’ del año venidero (o del cuatrienio).

Por eso, este año, en vez de batirme en duelo con quienes votaron por este presidente y su partido, aprovecharé la Navidad para entender el sentido cristiano de la compasión, de la solidaridad y de la culpa. Y en vez de recriminar, aceptaré que tampoco había mucho que escoger y entenderé el arrepentimiento sincero de esta familia colombiana que –idos ‘los bandidos’ habituales– ya no halla a quién culpar de tantos males que son responsabilidad de todos. Y aunque al final no me haya salido tan optimista esta columna, les deseo una feliz Navidad a todos mis lectores.

YOLANDA REYES

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¡Así celebramos la Navidad!

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Encabezado

Faltan veinte días para Navidad, pero en Espantapájaros ya estamos celebrando. Por ahora, estamos celebrando lo rico que es estar juntos y poder expresar cuánto nos queremos. El lunes de esta semana tuvimos la fiesta del final del semestre con los niños, las niñas y las familias de nuestro jardín infantil.

A la fiesta vino una invitada maravillosa:

MdelSol

Además de ser una amiga de la casa, María del sol es autora de libros para niños. Uno de ellos, ¡Arre, borriquita!, es una adaptación de la historia tradicional sobre María, José y su viaje a Belén, con ilustraciones, villancicos y mucho humor.

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Mírennos: ahí estábamos, un lunes por la mañana, bailando por toda la casa y haciendo mucho ruido. Para eso es la Navidad, ¿o no?

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Después de cantar y bailar, María del Sol firmó nuestros libros. ¿Quién no quiere tener su propio ¡Arre, borriquita! autografiado?

Firmas

Y al final escribimos nuestros deseos para esta Navidad. Cada deseo fue distinto porque cada niño es distinto: ya sabemos que cada niño es un mundo.

Papá Noel llegó de sorpresa para ayudarnos a guardar nuestras cartas en el buzón.

Collage cartas y papá noel

También aprovechamos para disfrutar de la comida que nosotros mismos habíamos preparado: galletas y aguas frescas para decirles a nuestras mamás, a nuestros papás, a nuestras abuelas y a nuestros abuelos cuánto los queremos.

Las fresas y las uvas que nos comimos las habíamos cosechado en nuestra huerta, especialmente para este día.

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Final

Vamos a seguir celebrando todos estos días y queremos pasar tiempo con todos ustedes. Este viernes, 7 de diciembre, para el día de las velitas, los estaremos esperando en nuestra librería.

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Relato de una visita al Museo Eric Carle

i nov 30th No Comments por

El autor e ilustrador de libros para niños, Eric Carle, entre cuyas obras se destacan La pequeña oruga glotonaLa mariquita gruñona, Una casa para el cangrejo ermitaño¿Has visto a mi gata?De la cabeza a los pies y muchas más que harían esta enumeración demasiado larga, nació en Syracuse, Nueva York, en 1929. Se ha dedicado por más de cuarenta años al arte de crear libros álbum y libros ilustrados para los lectores más jóvenes. En el año 2002, fundó un espacio muy especial en Amherst, Massachusetts: un museo consagrado al arte del libro álbum. Isabel Calderón, ex alumna de Espantapájaros y nuestra corresponsal en Estados Unidos, estuvo en el museo y nos envió esta nota sobre su experiencia.

Encabezado

Esta historia empieza con una langosta. En los años sesenta, Eric Carle trabajaba en Nueva York en una agencia de publicidad. Un día, el escritor Bill Martin Jr vio un anuncio que él había diseñado: era una imagen de una langosta, para alguna campaña sobre las alergias. A Martin Jr, profesor y autor de libros para niños, le encantó esa langosta y le pidió a Carle que ilustrara el libro que acababa de escribir: Oso pardo, oso pardo, ¿qué ves ahí? Por ese camino, un poco antes de cumplir los cuarenta años, Eric Carle se acercó al oficio de la ilustración, y ya nunca más se volvió a alejar. Pronto descubrió que también le interesaba escribir sus propios libros; el primero del que fue autor e ilustrador a la vez fue 1, 2, 3, al zoo, y uno de los siguientes, en 1969, esto es, hace casi cincuenta años, La pequeña oruga glotona.

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Algunos de los libros de Eric Carle en Espantapájaros

A Eric Carle lo conocemos y lo queremos por muchas razones: por sus personajes entrañables, como la oruga, la mariquita gruñona, el cangrejo ermitaño, la araña hacendosa… el artista que pintó un caballo azul, entre otros; por su técnica para ilustrar: a partir de collages hechos con recortes de papeles pintados, llenos de texturas, algunas transparencias y colores muy vivos, y por sus historias sencillas, historias que solo puede escribir y dibujar alguien que pasa mucho tiempo al aire libre, en el campo, mirando todos los detalles del paisaje, hasta los bichos más pequeños, y pensando por qué quiere tanto a las personas que quiere; a sus hijos, a su esposa y a sus amigos, que no son muchos pero significan todo para él.

En Estados Unidos, a Carle también lo conocen y lo quieren por su trabajo de gestión cultural a favor de la formación de lectores y, en especial, por un lugar que fundó hace 16 años, único en su clase: The Eric Carle Museum of Picture Book Art. Es un proyecto que busca transmitir el amor por la lectura y el arte, a través de un trabajo de curaduría y pedagogía, dirigido a los niños más pequeños y a sus familias. La colección del museo está compuesta por libros ilustrados y libros álbum de todos los continentes, ilustraciones en gran formato, bocetos, primeras ediciones y otros objetos relacionados con el oficio. Se organizan exposiciones diferentes varias veces al año, muy interactivas, para celebrar a distintos autores, ilustradores, libros, mundos imaginarios y personajes de la literatura infantil. Desde que me mudé a Estados Unidos, conocerlo estaba en mi lista de deseos. La semana pasada lo visité y de ahí salió este relato para todos los lectores de espantapajaros.com

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Espacio de lectura

El Museo, al que los estadounidenses llaman “El Carle” (The Carle) como quien habla del Moma o el Met, queda en Amherst, un pueblo del condado de Hampshire, en el estado de Massachussets. Esto significa: más o menos a dos horas de Boston, en medio de un paisaje que bien podría ser el escenario de varios de sus libros: mucho aire libre, árboles, zonas verdes, senderos, granjas… y cerca, algunas fábricas, casas históricas, pueblos pequeños y varias universidades. Carle lo fundó en el 2002, después de un viaje a Japón en el que descubrió que había museos dedicados a los libros ilustrados para niños y al libro álbum.

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Exposición sobre La oruga glotona

Tuve la suerte de ir ahora que La pequeña oruga glotona está a punto de cumplir cincuenta años y me encontré con una exposición entera sobre ella, que va a estar abierta hasta marzo de 2019. Visitar la exposición es como volverse una persona miniatura y saltar adentro del libro; la galería está organizada para que los visitantes, que son, sobre todo niños y familias, se detengan en cada página, en cada ilustración y en lo que pensó y sintió Carle cuando hizo cada cosa, hasta la más pequeña. Por ejemplo: los huecos de las páginas. ¿Sabían que un día él estaba jugando con artículos de oficina y se dio cuenta de que le gustaban los huecos pequeños, perfectamente redondos, que quedaban en el papel después de pasarlo por la perforadora? A veces un autor decide hacer un libro solo porque le gustó la forma de un hueco en un papel. Es el caso de Eric Carle, que pensó, después de jugar con la perforadora, en un gusano devorador de libros (en inglés se dice bookworm, algo que suena muy parecido a cuando nosotros hablamos de ratones de biblioteca), aunque a su editora no le gustó la idea y le dijo: “oye, ¿y qué tal si lo hacemos con una oruga?” Esta historia la cuentan y la muestran en el museo, en donde tienen copias de los primeros bocetos, con el gusano en lugar de la oruga.

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Tote bags en el museo

En esta, como en las demás salas del museo, hay espacios para la lectura de libros. El museo no olvida que el libro fue primero, fue antes que todo lo demás. Me llamaron la atención los canastos llenos de libros a la altura de los niños, en todos los idiomas, y los rincones acogedores para sentarse a leer, como los que aparecen en la foto. Además, a la entrada de la exposición hay un muro de donde cuelgan bolsas de tela que, oh sorpresa, adentro tienen libros. Así, un niño puede hacer todo el recorrido por la galería con el libro de la oruga glotona en la mano (a mí, por pura casualidad, me tocó una edición de cartoné, bilingüe: en inglés y en español).

Y como a Eric Carle no solo le interesa Eric Carle, en el museo siempre hay exposiciones que celebran el trabajo de otros creadores de libros álbum. En este momento hay dos bellísimas: una sobre Paddington el oso y otra sobre Leo y Diane Dillon, la pareja de autores que han ganado dos veces la medalla Caldecott, una de esas con el libro Por qué zumban los mosquitos en los oídos de la gente, que ha acompañado algunos proyectos de aula de Espantapájaros. La exposición sobre Paddington me asombró porque estaba hecha con tanto cariño como la de la oruga glotona. Y cariño significa, en el glosario de este texto, atención a los detalles. Los curadores de la exposición tenían algo muy claro cuando la montaron: que más allá de lo mediático que se ha vuelto el oso, ahora que se ha convertido en un personaje de cine, lo esencial, aquello que resuena en Un oso llamado Paddington y en los libros de Michael Bond, es que es un libro sobre ser huérfano y ser extranjero.

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Paddington

Paddington, que ahora tiene 60 años (es más viejo que la oruga glotona), es un oso de peluche, tierno, encantador y felpudo, pero los lectores no olvidamos que viene de “los oscuros bosques del Perú” y que aunque lo ha adoptado una familia inglesa, él todavía se sorprende con los paisajes londinenses y se escandaliza, por ejemplo, con los precios de las cosas. La exposición tiene mucho de recorrido por Londres, y está llena de guiños relacionados con situaciones del libro, pero además hay varias alusiones al viaje y a la migración. Uno de los espacios que más me gustó y más me hizo pensar que el Carle hace un trabajo por los niños, con los niños en la cabeza, fue una maleta de viaje que está casi al final de la galería: está completamente abierta, y llena de papeles. Miré el letrero a su lado decía: “¿Qué empacarías tú?” Invitaba a los niños y a las niñas a dibujar y escribir todas las cosas que guardarían en su equipaje si tuvieran que irse de donde viven a un lugar lejano. La maleta estaba repleta de papeles con todo tipo de objetos, con mensajes, dibujos y muchos, muchísimos garabatos como los que he visto en los salones de los más pequeños de Espantapájaros.

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Salón de arte

Al terminar de recorrer las galerías, todos teníamos ganas de pintar. (Y eso que éramos un grupo de cuatro adultos y una sola niña) Pasamos al salón de arte del museo, un espacio, del mismo tamaño o más grande que las galerías, con mesas, sillas y materiales de arte. Los materiales que había eran tijeras, perforadoras, papeles de colores, cartulinas blancas, pegante y nada más. En todas las mesas había lo mismo y una profesora de arte del equipo del museo se pasaba por el espacio respondiendo preguntas de las personas. Como ya habíamos visto, en la exposición sobre la oruga glotona, que Eric Carle crea la mayoría de sus ilustraciones recortando y pegando formas de papeles de colores, no nos tomó mucho tiempo usar su técnica para pintar sin pintura. Las paredes del salón estaban decoradas solo con obras hechas por la gente. No vi muchas formas reconocibles, no vi un sol amarillo con cara sonriente, ni una rosa roja, y no vi el árbol con copa simétrica (simétrica y por lo tanto imposible) que me enseñaron a dibujar en el colegio. Solo vi cosas como las que veo cada vez que voy a Espantapájaros.

Final
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Nuestra directora: “Lo que un muerto puede decir”

i nov 19th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 19 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Lo que un muerto puede decir

 

Uno de los testigos más importantes del mayor escándalo de corrupción documentado en la historia de América Latina, capítulo Colombia, habla en el noticiero. Nos fijamos en sus gestos y su tono de voz y escudriñamos su mirada y sus argumentos en busca de alguna inconsistencia. A excepción de un nerviosismo entendible por la complejidad de sus revelaciones, todo parece verosímil, salvo un pequeño detalle aterrador: el hombre que nos habla ya no existe. Ese fantasma que revive en la televisión para contarnos una historia de terror tuvo que morir para contarla.

¿Qué nos dicen sus revelaciones? Más allá de los hechos conocidos, de los que tanto se ha hablado durante la última semana, y más allá de las investigaciones judiciales sobre el caso Odebrecht en Colombia, que a la luz de las grabaciones entregadas por el ingeniero Pizano es forzoso reencauzar, garantizando una independencia hoy cuestionada, conviene mirar este episodio doloroso y esta tragedia familiar para la que no hay palabras. ¿Qué nos dicen, o mejor, qué nos ratifican estas recientes revelaciones en el contexto más amplio de unas coordenadas de poder, de unos pactos implícitos que están en el fondo del ordenamiento institucional de Colombia y otros países de América Latina y fueron el caldo de cultivo del escándalo continental de estos sobornos?

Aunque se ha dicho que es superficial escandalizarse por la manera como el abogado Martínez salpica la conversación grabada por Pizano con términos como ‘hijueputa’ y otras groserías, es igual de superficial pasar por alto la relación entre el fondo y la forma, que no solo nos muestra la relación entre lenguaje y pensamiento sino el lugar que cada hablante da a los interlocutores y los hechos. En este caso, la forma discursiva del abogado Martínez, hoy fiscal general, señala su pertenencia a una secta formada –cómo no– por ciertos ‘varones ilustres’ que marcan su territorio con un lenguaje ‘exclusivo’, de uso privativo de sus pares, en ciertas situaciones secretas en las que se mezclan negocios y poder.

La supuesta complicidad que el asesor jurídico, a todas luces superior en jerarquía, establece con ‘su amigo’, el auditor, se revela en el lenguaje procaz del que Martínez abusa, quizás para generar confianza. En esa conversación, como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, se pueden detectar rasgos de las relaciones de poder de este país que han ocultado, permitido o potenciado tantos ‘negocios’ y tantos cruces de supuestas líneas grises entre lo público y lo privado. Esa manera de ‘putear’ que solo se le permite al interlocutor más fuerte para hablar con alguien al que se considera un poco inferior (pero no tanto), esa supuesta alianza de lealtad que instauran las palabras soeces de antiguo colegial como un valor corporativo en ciertos ‘negocios’ y esa risa socarrona de un abogado que, al parecer, lo ha visto todo son elocuentes.

Y más atrás, como una música de fondo, las órdenes que da el actual fiscal antes de entrar por la puerta giratoria: la manera como habla con la secretaria para que llame al Gran Jefe, la condecoración de uno de sus empleados por el ejército; en suma, el narcisismo intocable que otorgan los privilegios del poder a ciertos elegidos.

La aterradora mezcla de banalidad con tragedia que se lee en las grabaciones legadas por Pizano (¡cuánta razón tenía su prisa!) ha socavado una vez más –aún más, si eso es posible– nuestra posibilidad de confiar en la institucionalidad de la justicia y en sus relaciones con el poder económico y político. Y sobre esa sensación de desconfianza y miedo que, con razón, se ha instalado entre nosotros no podrá llegarse a la verdad en este proceso que en Colombia apenas comienza.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Duque versus Duque”

i nov 6th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Duque versus Duque

 

¿Quién es, a fin de cuentas, el presidente de Colombia? ¿Es un actor que finge esa espontaneidad ingenua y sonríe feliz, jugando al presidente, o es un sofisticado estratega que desconcierta a la opinión como parte de un juego aprendido? Produce miedo no saberlo, y no saber si lo que dice hoy lo sostendrá, no digamos en un par de años, sino la próxima semana.

Ese desconcierto que hoy compartimos todos, incluso quienes lo eligieron, se ha exacerbado durante las últimas semanas con la ley de financiamiento. Su propuesta de gravar con IVA la canasta familiar a pocos meses de haber prometido exactamente lo contrario en su campaña ilustra el poco valor que otorga a su palabra. Y aunque aquí estemos acostumbrados al engaño en las promesas tributarias, el cinismo de su partido y de su jefe, Álvaro Uribe, pidiendo (pidiéndose a sí mismo) hace unos días que no se grave la canasta familiar ratifica el manido truco del policía malo y el policía bueno del Gobierno, en el que ya no cree nadie.

Gracias a internet, la memoriosa, se ha hecho viral un video del presidente Duque en su antiguo papel: “Soy el senador Iván Duque –saluda desde un pasado reciente para advertir sobre los peligros de la reforma tributaria del gobierno Santos–: esta reforma se llama IVA… no podemos dejar que sean los colombianos de la clase media y los más necesitados los que terminen pagando” –argumenta con una convicción, y hoy debería escucharse a sí mismo–.

Y desde tiempos más antiguos, se puede leer la propuesta del entonces presidente Uribe: “Por el criterio paternalista de no cobrarles a los más pobres se incurre en el tratamiento de inequidad, de no cobrarles a los ricos. Es mucho mejor cobrarles a todos y devolverles a los pobres… Si la devolución se hace a través de cuentas de ahorro, eso se convertirá en un apoyo para avanzar hacia el crédito popular”, argumentaba para justificar el IVA del 10 % a la canasta familiar”. (‘El País’, Cali, 2006). Los testimonios de los dos actores no pueden ser más elocuentes.

Sin embargo, la incoherencia mayúscula del gobierno Duque que, de ser cierta, hablaría de una preocupante tendencia a autosabotearse, es la de gravar con IVA a todos los libros, desde los textos escolares hasta los virtuales. A pesar de que uno de los pilares de su gobierno –y la única idea que puede reclamar como propia o, al menos, compartida con Felipe Buitrago– es la ‘economía naranja’, basada en esos oficios de la imaginación que están recogidos y atravesados por el libro y la lectura, gravar con IVA a toda la cadena del libro, con sus múltiples actores, desde los creadores hasta los editores, los lectores, los libreros y el sector educativo (incluyendo a los niños que hoy se forman), desvirtuaría, de un modo irreparable, la única propuesta de su gobierno que parece innovadora y que se centra en los oficios creativos.

A menos que se trate de otra supuesta falta de comunicación entre el Presidente y su ministro de Hacienda –que hoy actúa como el mayor ‘policía malo’ del Gobierno–, o de un truco más para distraer a la opinión con un IVA impresentable que luego se quitará y hará parte del ‘lobby’ del sector de la cultura y de la negociación que agradeceremos (otra vez más, como es costumbre) al presidente de turno, se trata de una falta de coherencia aterradora. Como lo dijo Enrique González, el presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro, “ningún pueblo debería pagar impuestos para leer, estudiar e informarse”.

Justamente leemos para eso: para preservar el valor de la palabra, que es, en el fondo y a largo plazo, la única manera que tiene una sociedad de garantizar, entre otras cosas, que queden fijas, que no queden impunes las palabras.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Perder la memoria”

i oct 22nd No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Perder la memoria

 

A los trece años tuve una amnesia temporal producida por un golpe. De aquel paseo de fin de semana, que se convirtió en una nebulosa sin antes ni después, conservo una imagen fija: a través de una ventana miro una ciudad que sé que no es la mía, pero no logro saber por qué estamos ahí ni me atrevo a volver a preguntar lo que sé que ya he preguntado muchas veces.

Lo único que reconozco es un vestido que interrogo para saber de dónde vengo, pero el vestido no me dice nada. Y deambulo, del vestido a la ciudad y a la ventana y a las caras familiares que me miran preocupadas, y que recuerdo también con una mezcla de angustia y de vergüenza, sin referencias en el medio: sin esos hilos que amarran una escena con la otra, que nos conducen de una causa a un efecto, y de este día al día siguiente. Sin ese pegante que es la memoria y solo echamos de menos cuando falta.

Quería pedirle al presidente Duque, como lo han hecho organizaciones de víctimas y académicos de Colombia y de la comunidad internacional, que preservara la autonomía académica del Centro Nacional de Memoria Histórica, en este cambio de dirección y de Gobierno. Quería argumentar sobre la importancia de mantener continuidad en el proceso de acompañar a las víctimas a comprender lo que les pasó y de seguir documentando con rigor lo que vivimos –y permitimos o hicimos o no vimos– como sociedad, como país y como Estado durante más de treinta años de conflicto armado, pero llegó esa imagen fija de una niña que mira con terror una ciudad desconocida, y encontré una pista para entender cómo la historia (la personal, la del país) pende de esos hilos que amarran lo que pasó con lo que está pasando y con lo que podrá pasar en el futuro.

Explorar esa compleja urdimbre no es sencillo, pues toda memoria está abierta a interpretaciones que cambian en el tiempo y no coinciden exactamente con la de otros, aunque hayan vivido los mismos hechos. La memoria individual está emplazada en la memoria colectiva, y la memoria histórica toma esos recuentos de la memoria colectiva para trabajarlos con las herramientas propias de las ciencias sociales y situarlos en un contexto más amplio, regional y nacional, que permita comprenderlos en toda su complejidad. Sin desconocer la empatía que suscita el recuento de la memoria colectiva en tiempos de guerra, la memoria histórica pretende dilucidar no solo lo que pasó, sino también por qué y cómo pasó.

Más allá de memorizar datos –o de borrarlos, que es el peligro, si no se preserva la independencia académica del centro–, el imperativo ético y político de este país en estos tiempos es comprender los engranajes que nos llevaron a vivir en guerra para desarrollar no solo sentido de pertenencia a una historia compartida, sino también un sentido de responsabilidad que revele cómo nuestras decisiones (o nuestras omisiones) incidieron en la historia. Si la manera como hemos afrontado los conflictos en Colombia no nos habla de nuestra forma de resolver conflictos y si no relacionamos los procesos políticos nacionales y locales que llevaron al desplazamiento y la violencia con nuestras prácticas políticas, estaremos, como la imagen de esa niña, deambulando entre escenas inconexas sin saber cómo salir.

“Cuando a la memoria se la convierte en relato hegemónico, se la vuelve vecina del totalitarismo. Pero cuando se la reconoce en su diversidad, es una de las prácticas con mayor vocación democrática”, decía Gonzalo Sánchez, el director del CNDMH en 2013 al entregar el documento ‘¡Basta ya!’, que mostraba lo que nos habíamos negado a ver durante tantos años de barbarie.

Ese trabajo de documentación que es necesario seguir haciendo y nos ayuda a debatir–en buena hora– es lo que está, de nuevo, en juego.

YOLANDA REYES

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Adivina quién cumple 30 años

i oct 10th No Comments por

Encabezado

Matilda

En octubre de 1988, hace treinta años, se publicó por primera vez Matilda, una de nuestras novelas favoritas de Roald Dahl. Para celebrar este aniversario, la editorial que publica el libro en Inglaterra le pidió a Quentin Blake, el ilustrador, que creara una ilustración, o más bien un boceto, para mostrar cómo se imaginaba a una Matilda de treinta años. Blake fue más allá de lo que le pidieron e hizo ocho ilustraciones. Y el periódico The Guardian fue muchísimo más allá y entrevistó a seis autores de libros para niños sobre lo mismo: ¿qué haría Matilda a los treinta años? ¿cómo su infancia influiría en su forma de ser ahora?

Con sus respuestas hicieron este especial en su página: Matilda at 30, Michael Rosen opinó que Matilda ahora sería comediante y Jeff Kinney supuso que trabajaría en una librería, pero aclaró que no sería la dueña. Además de todas las hipótesis interesantes, la noticia nos hizo pensar, con asombro, que ya han pasado treinta años desde que existe Matilda y siempre que lo leemos nos parece tan vigente, tan cercano, tan real, como si Roald Dahl lo hubiera escrito ayer. ¿Por qué sus historias nos importan tanto? ¿Por qué sus personajes son tan especiales? ¿Cómo vemos su influencia en tantos autores contemporáneos que nos gustan? Nos encanta que estas preguntas estén en el aire, como están en el aire las ganas de disfrutar la buena literatura infantil y juvenil.

Nosotros lo celebramos con el curso de “La reinvención de la infancia. Clásicos contemporáneos de la literatura infantil”, en el que leeremos a Roald Dahl.

Final

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Nuestra directora: “Génesis”

i oct 8th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 8 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Génesis

 

Génesis: ¿cuántas expectativas cifradas en ese nombre? Génesis: esa primera niña del mundo entero que somos todas fue violada y asesinada a los nueve años en Fundación (Magdalena, Colombia). Es muy doloroso afrontar, no solo como familia sino como país, lo que significa matar el comienzo del mundo, pero es imperativo pensar como adultos, más allá de clamar venganza.

Todos conocemos la historia, con innumerables variaciones, desde hace muchos, muchísimos años: la madre le encarga a su hija un mandado sencillo y le da instrucciones para llegar a la casa de un familiar, pero, en el camino, aparece el monstruo. En el territorio de la ficción, el lobo feroz, Barba Azul o el Mohán representan el peligro, el poder y la fuerza, y nos ayudan a luchar simbólicamente para afrontar nuestro miedo y nuestra vulnerabilidad, vencer al enemigo con un castigo ejemplar y regresar a la casa ilesos, desde esas profundidades oscuras que suelen situarse en la panza de un lobo, en el vientre de una ballena o en un sótano ensangrentado. Sin embargo, en este país tan real, la historia se ensaña, con una brutalidad literal, ahora en Génesis, pero antes y después en muchas otras víctimas.

La reacción primaria –la que permiten los cuentos a la psique infantil– es buscar un castigo perpetuo que le dé su merecido al monstruo, pero, sobre todo, que lo desaparezca de nuestra mirada, para que nunca jamás vuelva a ser una amenaza. Ante la falta de control de los instintos –externos e internos–, la solución de retomar el control pasa por las palabras, y ese es el sentido de las ficciones fundacionales que les contamos a los niños. El problema es que, en territorio real, inventar una nueva ley –o reformular un castigo en palabras– es una solución irresponsable y falaz. Al recurrir a una fórmula mágica, evitamos abordar la complejidad de la realidad y nos sentimos a salvo con el esquematismo: el monstruo se pudre en una cárcel (a la que rara vez llega), y todos vivimos felices para siempre.

Si bien el miedo puede dar réditos a los medios de comunicación y ofrecer a los políticos una forma de cohesión inmediata alrededor del castigo, resulta impresentable que los gobernantes manipulen esos mecanismos primarios para eludir el análisis y la búsqueda de soluciones sostenibles e integrales en el terreno real.

Mientras la sociedad se moviliza –y moviliza a un político e inmortaliza su nombre en una nueva ley– para exigir, no el cumplimiento de las leyes ya existentes y la garantía de los derechos de los niños, también ya escritos y reglamentados, sino el aumento de penas escritas, los niños y las niñas siguen desprotegidos en vecindarios inseguros, en los que todos conocen y conviven con los agresores.

La propuesta responsable, la que es obligatoria y difícil y requiere ser sostenida en el tiempo, es asumir la corresponsabilidad entre el Estado, la familia y la sociedad que está consagrada en la Constitución de 1991 y reglamentada en el Código de Infancia y Adolescencia. Ese proyecto colectivo de país alrededor del objetivo común de la protección integral de la infancia es el desafío para nuestros líderes políticos.

No hay otra forma para restaurar la confianza de los niños que convertir a todos los adultos en garantes de sus derechos. En el poder de esas redes que forman una comunidad protectora y responsable está el trabajo de prevención, y ese es el que salva a los niños, antes de que se topen con el monstruo.

Todos sabemos, y deberían saberlo el presidente Duque y los promotores de castigos simbólicos, que la prisión perpetua no es más que el último eslabón de una larga cadena de omisiones. Poner el acento en el castigo cuando todo es irremediable es, por decir lo menos, una irresponsabilidad política.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Competencias argumentativas para servidores públicos”

i sep 24th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 24 de septiembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Competencias argumentativas para servidores públicos

 

“Son las dos o tres semanas más desagradables que he sentido, con el senador Robledo echando Twitter cada dos minutos, sus compinches en la gran prensa bogotana, sus aliados y sus barras bravas”, declaró, visiblemente exaltado, el ministro de Hacienda en el debate sobre los bonos de agua. Ciento diecisiete municipios de los más pobres del país se endeudaron para construir acueductos, llevan años pagando intereses y deben más de lo que les prestaron, sin construir nada, en su mayoría. El Ministro fue citado por haber tenido injerencia en la estructuración del sistema de financiación cuando ocupó el mismo cargo hace unos años y por haber tenido, posteriormente, negocios relacionados con esos bonos en su firma privada.

El periodista Daniel Coronell, presidente de la división de informativos de Univisión, denunció la situación en su columna de ‘Semana’ y Jorge Enrique Robledo, el senador que se ha destacado por sus debates en el Congreso, citó a Carrasquilla al debate. En ese contexto, ¿hay que decirle al servidor público que disculpe las molestias por pedirle explicaciones, también públicas, o habría que disculparse, más bien, con los ciudadanos de esos municipios que aún no tienen agua potable? ¿A quiénes se refiere el Ministro con ese término de historieta: ‘compinches en la gran prensa bogotana’? (Me queda sonando eso de ‘bogotana’: ¿qué piensa el Ministro de la prensa de otros lugares del país?). ¿Cuál debería ser el rol de los medios, según él, y cuál el de los parlamentarios? ¿Por aliados y barras bravas se refiere a la ciudadanía que elige a los senadores para que la representen?

Además del problema del agua que requiere, como el de la alimentación escolar y tantos otros en los que se vulneran derechos fundamentales, de muchos debates centrados en la búsqueda de explicaciones sobre la incapacidad política nacional y local para garantizarlos y sobre las denuncias relacionadas con incumplimientos o conflictos de intereses, lo más preocupante del debate no es, ni siquiera, lo que se dijo en el Congreso, sino la forma de decir y de reaccionar, como si pedir y dar explicaciones rigurosas no fuera una obligación y como si un debate parlamentario fuera una competencia de boxeo y su objetivo fuera aniquilar al enemigo, en vez de buscar explicaciones y, ojalá, soluciones a problemas que involucran bienes públicos.

Con excepciones brillantes, que no voy a nombrar, pues quiero centrarme en el sentido general, me parece que todos perdimos. La lógica de la argumentación, si se puede llamar ‘lógica’ esa manera de hablar sin escuchar y sin interesarse en seguir la argumentación del otro, fue una asignatura pendiente en muchas intervenciones y la exhibición (o el exhibicionismo) de una retórica acalorada en la que prevalecía la fuerza de las mayorías sobre la naturaleza de los argumentos y con la que algunos parlamentarios hablaban sin decir nada más que lugares comunes refleja carencias dramáticas, precisamente en el Parlamento, que es el escenario por excelencia para el ejercicio democrático.

La falta de pensamiento crítico y de habilidad para expresar argumentos en tiempo breve, lo mismo que la pobreza lingüística y el desconocimiento de reglas gramaticales básicas de algunos “oradores”, es una alerta para el sistema democrático, o quizás, lo que resulta más grave, el reflejo de un país incapaz de contrastar fuentes, versiones y posturas diversas (y del que tampoco puede exonerarse, bueno es reconocerlo, a la prensa). Si la responsabilidad para sustentar y comunicar las ideas es el principio esencial para asumir la responsabilidad de los propios actos, hay razones profundas para preocuparse.

YOLANDA REYES

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Del 17 de octubre al 7 de noviembre

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Encabezado

La infancia, como la conocemos ahora, es una construcción reciente y muchas de las ideas que hoy tenemos sobre las enormes capacidades de los niños para hacerse preguntas profundas y expresar sus opiniones tienen relación con cambios políticos, sociales y culturales que han transformado también nuestras ideas sobre la  familia y la escuela. En ese contexto, la literatura infantil ha tenido una gran influencia en nuestras maneras de leer la complejidad del mundo psíquico de la infancia y nuestras formas de hablar con -y acerca de- los niños les deben mucho a los escritores que se tomaron muy en serio la  exploración de esa “Tierra de Nunca Jamás” de la que venimos todos los seres humanos.

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De izquierda a derecha: Juan, Julia y Jericó de Christine Nöstlinger, Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, Peter Pan y Wendy de J. M. Barrie, y Las brujas de Roald Dahl.

A través de la lectura de obras de J. M. Barrie, Lewis Carroll, Roald Dahl, Christine Nöstlinger y  otros autores que cambiaron las formas de escribir para los niños, descubriremos las razones por las que sus novelas han sido y siguen siendo leídas por tantos niños y tantos adultos en todo el mundo. La escritora  Yolanda Reyes y el crítico Fanuel Hanán Díaz serán los guías en esta exploración por la literatura infantil contemporánea que dejará resonando muchas ideas y muchas posibilidades para leer, releer y dar de leer a los niños.

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