Escuela de padres- Límites con amor

i mar 27th No Comments por

gloria mercedes

GLORIA MERCEDES ISAZA POSSE

Psicologa egresada de la Universidad Javeriana ha dedicado su vida profesional a guiar y aconsejar a las familias. Escritora de libros como “Descubre tu GPS”, en el que da al lector herramientas para conocer sus emociones y saber cómo lograr lo que se propone, y “Algo pasa en casa: el divorcio de mis padres”,  Gloria Mercedes dedica su tiempo a ayudar a las familias en sus momentos difíciles, rescatando la importancia del amor por los hijos.

En esta oportunidad tendremos el honor de tenerla con nosotros en su charla “Límites con amor”. En conversación con nuestra directora Yolanda Reyes, se hablará sobre herramientas de diálogo para solucionar dificultades y la importancia del acompañamiento, entre otras.

Horario:
Martes 4 de abril 5:30 pm, entrada libre con inscripción previa.

Inscripciones:
comunicacion@espantapajaros.com
teléfono: 6200754

Dirección:
Carrera 19A  104A- 60

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El mundo enterrado

i mar 16th No Comments por

¡Vamos a ver qué encontramos por acá!

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¿qué hay ahí escondido en tanta harina?

¡Un dinosaurio! ¿quién más estará por ahí escondido?

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Encontraste una tortuga Manu, ¡qué bien!

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Y tu Dani, ¿qué ves entre tantos papeles?

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¡Otro dinosaurio!

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¿Ya vieron lo que encontró Cris?

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Ya vamos a acabar, ¡miren todo lo que encontramos enterrado!

 Dinosaurios, cerdos, tortugas… tantos animales.

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Ahora… a limpiarnos un poco…

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¡Para volver a empezar!

 

Curso de María Paz Saenz con los más pequeños del jardín

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Graciela Fandiño: “Si me toca ser innovadora, soy innovadora…”

i nov 21st 3 Comments por
Haciendose_maestras.

En Espantapájaros aplaudimos la publicación del libro Haciéndose maestras, de Graciela Fandiño e Inés Elvira Castaño, sobre los problemas a los que se enfrentan en sus primeros años de trabajo las maestras de Educación Infantil. Hoy compartimos con ustedes esta entrevista que le hizo Isabel Calderón a una de las autoras.

Graciela Fandiño es Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación, UNEP, Madrid, y Magister en Investigación y Análisis Curricular, Universidad Pedagógica Nacional (UPN). Ha sido profesora de la Maestría de Educación y del Doctorado en la UPN. Coordinó la elaboración del Lineamiento Pedagógico y Curricular para la Educación Inicial en el Distrito y fue consultora del BID para la construcción del Lineamiento de Educación Inicial del Ministerio de Educación Nacional.


 

“Si me toca ser tradicional, soy tradicional.

Si me toca ser innovadora, soy innovadora…”

 

Graciela, por favor cuéntenos de dónde surgió su interés por el tema de los primeros años de docencia.

Yo me atrevería a decir que el tema de los maestros principiantes es nuevo para nuestro medio. Cuando fui a España a hacer mi Doctorado, en 1998, entré al mundo de la investigación educativa. Y allí me encontré con una línea de investigación, que se llama la línea del pensamiento del profesor: surgió en la década de 1970 y trata de pensar la profesión docente desde su especificidad. Su pregunta fundamental es “¿Cómo piensan los maestros?”.

Y cuando yo les conté a mis profesores que me interesaba trabajar en esa línea, me sugirieron que leyera a Carlos Marcelo; Conseguí varios libros de él y uno de ellos era una investigación sobre los maestros principiantes. Yo no podía creer que ese fuera un tema de investigación. Y me alegró mucho porque recuerdo que para mí, salir de la universidad y empezar a trabajar como maestra fue un choque muy violento. De modo que mientras leía la investigación de Marcelo alcancé a pensar en hacer mi tesis sobre maestros principiantes. Pero sentía que quería investigar sobre ese tema más adelante y con la ayuda de alguien más. Así que hice mi tesis sobre el pensamiento del profesor en el trabajo por proyectos y supe que eventualmente llegaría el momento de trabajar en torno a los maestros principiantes.

Y el momento llegó. Cuéntenos cuándo decidió hacer esta investigación que ahora se ha convertido en un libro.

Yo estaba dictando un curso sobre el pensamiento del profesor, en la Maestría de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN). Y en una sesión les mostré a mis estudiantes una investigación sobre los maestros principiantes, a lo que un muchacho respondió: “¡No puedo creer que lo que yo esté viviendo esté tematizado!”. Este muchacho, recién egresado de la Licenciatura en Ciencias Sociales, quería ser el mejor maestro de historia del mundo y se estaba encontrando con que lo que menos hacía era enseñar historia. Estaba metido en un mundo en el que no entendía nada. Para él, descubrir que aquello que él estaba sintiendo se investigaba en la academia era increíble. Y con esa perspectiva que él me dio decidí ponerme en la tarea de preparar mi investigación.

¿Cómo hicieron Inés Elvira Castaño y usted para recoger información sobre las experiencias de estas maestras principiantes?

Las maestras principiantes que participaron habían sido alumnas mías en la UPN y yo había mantenido contacto con ellas. Por otro lado, se dio una circunstancia muy bonita y es que por esos años se acababa de crear el Jardín Maternal de la UPN. Inés Elvira Castaño era la coordinadora y ella y yo trabajado juntas en otra investigación. Yo le propuse que me acompañara en esta y ella se entusiasmó con la idea. Por eso, varias de las maestras con las que trabajamos eran principiantes en el Maternal.

A la primera reunión llegaron unas quince personas: maestras que llevaban seis meses en el mundo real. Algunas no habían conseguido trabajo, estaban buscando y presentándose a entrevistas, y otras ya estaban trabajando. Y allá llegaron… Yo siento que ellas fueron para socializar lo duro que era haber salido de la universidad. Era muy fuerte.

Suena como si fueran a un grupo de apoyo…

¡Exacto! Los grupos de discusión se convertían en grupos de apoyo. Porque los maestros principiantes necesitan compañía. Para estas jóvenes, asistir a las discusiones era como una terapia: llegaban en busca de alguien que las escuchara y que entendiera lo que ellas estaban viviendo. Y eso lo encontraban en el grupo.

Pero, bueno, volviendo a la metodología de la investigación, se trabajó de una manera muy libre, aunque con unas categorías muy bien definidas: es decir, ya sabíamos que íbamos a indagar por los problemas a los que se enfrentan las maestras en cuatro niveles: en el ámbito social, en el ámbito pedagógico, en el ámbito personal y en el ámbito institucional.

Llama la atención que en su investigación ustedes hayan concluido que el ámbito en el que las maestras se encuentran con mayores problemas es el institucional. Sorprende un poco, porque otras investigaciones sobre maestros principiantes señalan el ámbito pedagógico como el más difícil.

Eso es una cosa coyuntural, específica de la educación infantil. No necesariamente pasa en otros niveles educativos. Sin duda, en Bachillerato las mayores tensiones sí están relacionadas con el manejo del grupo. Pero, bueno, lo que vimos nosotras es que estas maestras con las que trabajamos no tenían problemas con los niños. Sus mayores dificultades estaban relacionadas con las situaciones nuevas para ellas: con aquellos problemas a los que no se enfrentaban como practicantes. Por ejemplo, la relación con los padres de familia y los asuntos de las instituciones educativas.

Cuéntenos qué se sabe, en la actualidad, sobre <<el choque con la realidad>> de los maestros principiantes y sus efectos.

Es tan duro el choque con la realidad, en diferentes países, que más o menos el 30% de los maestros principiantes se retiran de la profesión. Eso es muy grave. Y por eso, porque el costo es muy grande, en otros países se adelantan programas de acompañamiento. Ahora el 80% de las ponencias en los congresos son sobre acompañamiento a los maestros principiantes. Colombia, en cambio, ni siquiera tiene estudios sobre el tema. Aquí se han tratado de hacer cosas, pero muy pronto se abandonan. Hay que hacer programas de acompañamiento y esto tiene que ser una política de estado. Todos deberíamos entender que hay que cuidar a los maestros, hay que preocuparse por que ellos estén bien. Yo creo que no se debe responsabilizar a la Universidad, que es la tendencia que hay acá. Aunque la Universidad sí tiene que revisarse y le convendría hacerlo…

¿Qué cosas se podrían replantear desde la Universidad?

En la Universidad la formación es muy crítica. Y es posible que por eso termine siendo idealista. Las maestras principiantes reconocen que cuando eran estudiantes y practicantes criticaban a las maestras. Y la universidad refuerza esas críticas, en vez de asumir un rol de comprensión y la reflexión; es decir, en vez de ayudar a las estudiantes a a entender que la maestra es parte del sistema educativo. La gran frase de las maestras principiantes con las que he hablado es: “Yo pensaba que podía cambiar el mundo”. Y con eso se refieren a que pensaban que ellas no iban parecerse a las maestras a las que criticaron, ellas creían que iban a ser diferentes. Esa mirada hace que el golpe sea más duro. Pero, a la vez, ¿cómo les vamos a quitar el entusiasmo? ¡No! El entusiasmo es la esencia del trabajo educativo y tiene que ver con la edad, con la juventud, con el idealismo. Lo que pasa es que hay que ser un poco más realistas.

¿Cómo se explica que no se esté ofreciendo acompañamiento a las maestras principiantes?

Mire, mientras el maestro no tenga un lugar, esto no va a cambiar, es imposible. Si en este país de verdad fuera importante la educación habría tiempo y habría espacios para acompañar a los maestros. Y los maestros de educación infantil son los mejores del sistema educativo: son seres humanos maravillosos. Porque estar con los chiquitos no es una cosa fácil, dejémonos de tonterías. Estar con los chiquitos es agotador. Pero estos maestros se encarretan y quieren a los niños. Y si no tienen con quien compartir sus experiencias, si no tienen colegas, se les acaba el mundo. Estuve hace poco en Choachí y me impresionó la soledad de las madres comunitarias. Hay madres comunitarias a cargo 12 niños, que no tienen con quién hablar de lo que les pasa. Nadie, en serio. Eso empobrece el pensamiento. El maestro solo, la madre comunitaria sola…

Para cerrar, hablemos sobre lo que sucede después del choque con la realidad. A los tres años de estar trabajando, parece que las maestras se adaptan… ¿Qué nos puede decir sobre eso?

El primer año es el más duro. Luego, entre el primer y el tercer año, se van adaptando. Hay unas que cambian de institución cada vez que tienen la oportunidad. Esto les potencia el problema, diría yo.

En cambio, otras se cansan de ir contra la corriente y se adaptan. Pensando en eso, yo quise ponerle a este libro un título diferente: “Si me toca ser tradicional, soy tradicional; si me toca ser innovadora, soy innovadora.” Es una frase de una maestra, a la que le pregunté, hacia el final de la investigación, cuando ella ya estaba en su tercer año de docencia, por qué sus opiniones sobre muchos temas habían cambiado. Y ella me respondió con esa frase, que me parece maravillosa porque muestra de qué se está tratando en realidad la profesión docente. El libro habla también sobre ese proceso.

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Haciéndose maestras, de Graciela Fandiño e Inés Elvira Castaño, se consigue en la librería Espantapájaros (Bogotá, Colombia).

Dirección: Cra 19 A # 104A – 60. Teléfono: 2142363.

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Historia de una reescritura

i ago 20th 3 Comments por

Por: Juliana Camacho

 

Cuenta mi mamá que alguna vez, cuando estaba próxima a terminar la carrera de educación preescolar, le manifestó a mi abuela su inquietud con respecto al futuro que le esperaba como maestra. Para tranquilizarla, su madre le dijo: “No se preocupe mija, que usted ha aprendido muchas cosas en la universidad. ¡Mire la cantidad de canciones infantiles que se sabe ahora!” Crecí riéndome de esa anécdota. Ahí estaba pintada mi abuela y su desencajado humor paisa.

Esas palabras echaron en mí raíces y me llevaron a pensar por un tiempo – como lo hacen tantos –  que enseñar a los más pequeños es una tarea tan elemental como tararear una ronda infantil. Hoy garabateo nuevas creencias sobre ese prejuicio atávico que tanto daño nos ha hecho a los colombianos.

Pasé la niñez escondida entre libros. En mí, el desconcierto del recién llegado tardó en mermarse – si es que lo ha hecho – y la literatura infantil fue a la vez mapa y brújula del nuevo mundo. Persiguiendo la guarida que me procuraron las buenas historias, decidí estudiar letras y especializarme en literatura infantil y juvenil. Quería leer libros para niños, estudiarlos, promover su lectura, acaso hasta escribirlos, pero eso sí, lejos del aula o de la biblioteca, lejos de los niños. Creía estar predestinada para actividades profesionales más prestigiosas que el canto de nanas y rondas.

Desde hace varios años trabajo en proyectos de fomento lector. Le hice al quite a la docencia, mientras que mi marido – cineasta de profesión, con dos maestrías y una robusta hoja de vida – decidió dedicarse a enseñarles literatura y cine a adolescentes. Algunos vieron su decisión como un fracaso profesional y hasta sus mismos estudiantes lo animaban a dejar ese trabajo “tan poca cosa”, o al menos dedicarse a la docencia universitaria. El prestigio del maestro parece estar en relación directa con la edad del alumno: entre más jóvenes los estudiantes, menor el reconocimiento social del profesor.

Hace dos años nació mi hija. Gracias a ella hundí el cuerpo entero en el mundo de la infancia; aprendí a leer en voz alta los cuentos que antes analizaba y a entonar con desparpajo las canciones infantiles que le oía a mi mamá. Ese reencuentro con la niñez me motivó a emprender nuevos proyectos profesionales. Recientemente me vinculé a una asociación de lectura con la primera infancia. Esta vez hago el trabajo que tanto recelo me causaba antes. Me siento en ronda con los niños, abro las páginas de algún libro infantil, leo y canto con ellos. Aquel ha sido un liberador ejercicio de reescritura personal. Leo libros pero sobre todo observo a los niños. Hay quienes miran la página con una gravedad que me infunde respeto, como si entre el libro y ellos se hubiera gestado un diálogo íntimo, tan antiguo como la lengua de los pájaros. Otros me miran para descubrir cuál es mi parentesco con el libro, qué potestad tengo sobre la historia. Algunos comentan entusiasmados cada imagen porque ese descubrimiento de su propia voz es una esclusa que se abre, un agua que corre a borbotones. Unos cantan a gritos, otros solo susurran, algunos no abren la boca pero se dejan envolver por la música. En esas sesiones pasan cosas, muchas más – y mil veces más importantes – que el aluvión de trivialidades que nos ocurren a diario.

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No más llanto, por favor

i abr 19th 2 Comments por

Desde hace algunos días ha circulado por las redes sociales el comercial que la compañía estadounidense American Greetings lanzó a propósito del día de la madre, que se celebra en mayo. El video se llama El trabajo más difícil del mundo y se puede ver en youtube, siguiendo este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=HB3xM93rXbY .

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Juliana Camacho, una mamá y amiga de Espantapájaros que vive en Deerfield, Massachusetts y que desde allá nos envía artículos y reflexiones muy interesantes sobre crianza y educación, nos hizo llegar este texto que escribió a propósito del comercial. Lo compartimos con ustedes porque consideramos que su lectura vale mucho la pena. Como siempre, sus comentarios son bienvenidos.

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No más llanto, por favor

Por: Juliana Camacho

No entiendo por qué me quieren hacer llorar. Qué macabro placer sacan algunos al ver a una mamá sentada frente a su computador, el café a medio enfriar sobre la mesa, secándose unas lágrimas que brotan sin antesala ni tristeza previa.

Me levanto en la mañana con el ánimo esperanzado, me sirvo el desayuno, prendo el computador para enterarme de las noticias de las naciones y los chismes de los amigos, y entonces aparecen los responsables de mi sollozo inesperado. Son videos de dos o tres minutos que circulan en Facebook desde hace un tiempo y que están dirigidos a esta tribu insólita de la cual hago parte y a la que suelo llamar “homo parentalis”.

Los hay en todos los idiomas. Abordan asuntos tan disímiles como el cambio climático, los juegos olímpicos, la telefonía celular o la adopción. Algunos son hechos por las grandes corporaciones, otros por organizaciones no gubernamentales o asociaciones de cualquier tipo. A pesar de su variada temática, todos apelan a la sensibilidad más ramplona, la misma que nos hace estremecer – muy a nuestro pesar – con los finales felices de Hollywood y el alumbrado navideño.

He visto varios videos de este tipo, asaltada en mi buena fe de cibernauta curiosa. En uno de ProctorGamble que se estrenó en las pasadas olimpiadas de invierno, se suceden imágenes de mamás que acompañan a sus hijos en sus difíciles trayectorias hacia la cima. Una madre aplaude al ver a su bebé empezar a caminar, otra le da ánimos a su adolescente cuando sufre una lesión y finalmente una más llora emocionada cuando su hija gana el oro en las olimpiadas. “Gracias mamá”, dice el comercial antes de mostrar el logo de las marcas patrocinadoras.

Como este, hay muchos más. Un estudiante indio residente en los Estados Unidos cae por sorpresa en su casa en Mumbai para abrazar a su mamá; un niño en un orfanato dibuja en el suelo a una mujer y luego se acuesta en su canto; unos padres pesimistas con respecto al futuro del planeta se conmueven al escuchar los sueños entusiastas de sus pequeños hijos. Otro comercial, de Johnson y Johnson – pioneros en las propagandas para hacer llorar al homo parentalis – muestra imágenes de mamás con sus bebés mientras la voz en off de un “hijo universal” le da ánimos a su madre diciéndole que lo está haciendo bien, que a pesar de los errores que ella comete, de la novatada, él la ama.

Cuando veo un video así, luego de limpiarme con torpeza las lágrimas derramadas, siento un gusto amargo en la boca. Me siento invadida en las cavernas profundas de mi maternidad, atropellada en esos laberintos de Piranesi que son mis sentimientos de madre. Porque el amor de una mamá no debería ser moneda de cambio de las marcas de jabones y de cereales. Porque las inequidades sociales, la soledad de los enfermos, las penurias de la infancia, la debacle del planeta, no se arreglan con las lágrimas de una mamá a la hora del desayuno.

Suele haber una gota que rebosa la copa. La mía fue un video que está circulando en estos últimos días, llamado “El trabajo más difícil del mundo”. Varias personas que respondieron a un anuncio de trabajo se entrevistan virtualmente con el empleador. Lo que aparenta ser una buena oferta para un puesto de “Director de operaciones”, termina siendo una propuesta para ejercer un trabajo más inhumano que el de los mineros de Bolivia. El entrevistador afirma que el empleado deberá trabajar sin descanso los 365 días del año, que no tendrá salario ni horas para dormir, solo podrá comer cuando su “asociado” se lo permita y deberá permanecer parado las veinticuatro horas del día. Finalmente, cuando los entrevistados están en el paroxismo de su indignación, este les dice que hay millones de personas que ejercen ese trabajo en el mundo y que son felices haciéndolo: las mamás. Los entrevistados se conmueven, ríen nerviosamente y lloriquean mientras les agradecen a sus madres por ser quienes son.

Todo me ofende de ese video. Me produce urticaria el uso de la metáfora corporativa para describir una relación que es esencialmente no comercial. No puede ser que al hijo se le llame “asociado” y a la madre “directora de operaciones”. Tampoco soporto las mentiras que se dicen allí, como que una mamá nunca duerme, no come, no tiene recompensa alguna y no descansa jamás. No puedo creer que este sea un video para el Día de las Madres. Me indigna, finalmente, que el comercial lo hayan compartido en sus páginas de Facebook tantas mamás que conozco. Me temo, entonces, que al ser bombardeadas de videos sensibleros, muchas mujeres terminen construyendo una imagen rosa y acartonada de su propia maternidad. Como si la realidad de ser madre no estuviera poblada de matices. Como si la relación entre una mamá y su hijo no fuera lo que es precisamente gracias a sus honduras y a que escapa a cualquier intento de encasillamiento. Al menos está vez, al ver ese último video, no derramé una sola lágrima.

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Afecto para estimular el cerebro

i mar 4th No Comments por

Evania Reichert es una experta en desarrollo infantil que ha publicado varias investigaciones sobre la importancia que tienen los primeros años de vida en la formación de los seres humanos. Rescatamos este artículo sobre su trabajo, que fue publicado hace dos años en la revista El Librero.

Afecto para estimular el cerebro

Evania Reichert está convencida de que el incremento en las estadísticas que miden los suicidios infantiles y juveniles, así como la presencia creciente de la depresión en los listados de las enfermedades más frecuentes en el mundo,  tienen que ver con errores en la crianza de los niños, en especial de los recién nacidos.

No son ideas suyas y asegura con orgullo que su libro Infancia, la edad sagrada está basado en los hallazgos más recientes de la neurociencia. Por ejemplo, que entre el nacimiento y el primer año de vida se establecen en el cerebro humano el mayor número de interconexiones neuronales de toda la vida. Pero, aunque Reichert prefiere decir que su trabajo es el de una intermediaria entre los expertos y el público general, en su forma de describir la crisis que se vive en la actualidad y en las soluciones que propone se nota que tiene sus propias ideas acerca del tema.

El título que le ha puesto a su libro lo dice todo sobre su acercamiento. Para ella, la infancia es la etapa que determina el resto de la vida. Del bienestar de los recién nacidos depende la salud mental de los adultos. Así, los problemas cognitivos y la depresión que se están viendo en los jóvenes en la actualidad son consecuencia de los errores cometidos por sus padres hace algunos años. Por ejemplo, el hecho de que los niños sean criados por varias personas y no establezcan vínculos duraderos es letal. Después de todo, es gracias al afecto que se estimula la sinapsis y son las caricias, los besos y las cosquillas los responsables de que se multipliquen las redes neuronales.

Así las cosas, la percepción imperante de que los niños “ya no obedecen a los adultos”, y el consecuente pesimismo de padres y educadores que ya no saben qué hacer con ellos son señales de un cambio de paradigma. El modelo educativo que se había estado usando ya no funciona. Y para Reichert, la crisis es una oportunidad perfecta para hacer una evaluación. Según ella, podemos alegrarnos y aprovechar la coyuntura para plantear ideas nuevas.

Además de los proyectos que están surgiendo aquí y allá, y de las escuelas innovadoras que se están fundando, las personas se están atreviendo a plantear preguntas incómodas. Por ejemplo: ¿Quiénes son los profesionales del área de la educación que ganan el salario más bajo? Respuesta: los que trabajan en guarderías  y jardines infantiles. Según Reichert, ellos deberían tener un sueldo mayor que el de los profesores universitarios, pues de su trabajo depende la cantidad de esfuerzo que los otros tendrán que invertir en sus estudiantes.

Por otro lado, ¿cómo es que la ampliación de la licencia de maternidad no es una prioridad de la sociedad? Los estudios han demostrado que un bebé necesita haber cumplido seis meses, como mínimo, antes de separare de su madre. ¿Por qué? Porque antes de ese tiempo no sabe dónde termina él y dónde empieza ella: siente que ambos son una sola persona y por lo tanto le cuesta trabajo asimilar la separación, especialmente si esta es abrupta. En los debates en los que ha participado Reichert en el Brasil, se ha topado con empresarios y dirigentes políticos que aseguran, sin titubear, que dar seis meses de licencia de maternidad conlleva un costo muy alto. Ante el argumento, ella sólo atina a preguntar: ¿no es un costo más alto el que estamos pagando, poniendo en riesgo el bienestar de nuestros hijos, y por lo tanto su rendimiento en un futuro cercano?

En el libro hay espacio para los hallazgos de la neurociencia que dan sustento a estas ideas y para el examen de las fases por las que pasan los niños en su desarrollo. Pero si lo que busca el lector es un manual o un libro de recetas, está en el lugar equivocado.

De hecho, parte del problema, según Reichert, es que los adultos, de un tiempo para acá, decidieron dejar de pensar. Se limitaron a comprar libros por el estilo de “Cómo hacer feliz a tu bebé en diez pasos”, que abundan en las librerías y que a la final los dejan tremendamente confundidos. Porque no hay recetas que funcionen en todos los casos. El único consejo imperecedero es éste: entienda que el bebé que tiene entre sus brazos es un ser humano, conózcalo, averigüe cuál es su temperamento, cuál es su historia. Sólo así sabrá cómo debe tratarlo. Probablemente, el afecto fluirá con naturalidad.

Artículo escrito por: Isabel Calderón Reyes

Para la revista El Librero

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Espantapájaros presenta: ¡Juguemos en el bosque!

i ene 13th 1 Comment por

El semestre pasado, los niños del grupo de Lucía, los más grandes del jardín infantil, hicieron un proyecto sobre el bosque. Aprendieron muchas cosas sobre los animales que viven en el bosque y la vegetación que crece a su alrededor y mientras lo hacían, se divirtieron mucho; jugaron a hacer madrigueras para castores, usando palos de paleta y mucha pintura, estuvieron de paseo un fin de semana en un bosque muy bonito, cerca de Tabio, y crearon sus propias mascotas: erizos y puercoespines de plastilina, con todo y espinas. ¡Fue muy emocionante!

Hoy queremos compartir con los lectores de este blog el resultado de un semestre de trabajo: un juego de mesa, creado por los niños. Se llama Juguemos en el bosque,pero no tiene nada que ver con el lobo, sino con otros animales fascinantes que conocieron los niños durante el semestre: el coatí, el jaguar, el murciélago y el cusumbo, entre otros.

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Como cualquier juego de mesa, este tiene tablero, fichas, un dado… y lo más importante: ¡instrucciones! Para jugar, se lanzan los dados y se mueve la ficha el número de casillas que hayan indicado los dados. Algunas casillas tienen instrucciones precisas, como “canta una canción” o “cede el turno”, mientras que otras casillas tienen la foto de un animal del bosque. Cuando un jugador cae en una de ellas, debe responder unas preguntas sobre el animal correspondiente.

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Jugar es fácil. Lo que no es tan sencillo es ganar… a menos que uno sepa qué hacen los erizos cuando están asustados o de qué se alimenta el búho de madriguera.

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Algunos de los niños que participaron en este proyecto ya se fueron de Espantapájaros: este año entraron al colegio grande. Otros se quedarán un tiempo más con nosotros, pero no mucho. Y lo cierto es que el juego que crearon se quedará con ellos, como se quedarán los aprendizajes sobre el bosque, la naturaleza y los animales.

Los dejamos con las fotos de algunos trabajos que hicieron en el semestre. Todos estos trabajos encontraron cabida en el juego y sirvieron para enriquecer la imaginación de los niños y jugar de mil maneras distintas.

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Nacer con mantra

i dic 10th No Comments por

Compartimos con ustedes este artículo de Juanita Cajiao sobre los bebés que “nacen con mantra”: los prematuros. Juanita vive en Valencia, España, donde está terminando su Máster en Psicología y Psicopatología Perinatal e Infantil.

 

Nacer con mantra

No todos los bebés que he conocido han nacido en las mejores circunstancias ni han tenido un inicio de vida lleno de mimos, mantas suaves y olor a flores frescas.

Muchos no tuvieron ni siquiera la suerte de reconocer a su mamá al momento de nacer, no pudieron encontrar su mirada ansiosa y cansada, no pudieron sentir el tacto de su piel, ni oler el amor que todo su cuerpo emanaba. Tuvieron que esperar horas, días incluso, para que esos brazos mullidos y cómodos volvieran a rodearlos y esa voz conocida pudiera envolverlos de nuevo con un hola sollozado.

Estos pequeños seres humanos que he tenido la suerte de encontrar en sus primeros minutos de vida, en sus primeras horas y sus primeros días, me han mirado a los ojos, han aferrado mis dedos y mis brazos, los pliegues de mi ropa para que a la vez yo los aferre y puedan contarme así todos los secretos del mundo que saben y que, saben también, olvidarán rápidamente. Si son amados estarán tan embriagados por ese enamoramiento que será más interesante olvidar lo conocido y aprender todo de esa relación. Si. por el contrario, no cuentan con esa suerte, tienen que poner esa sabiduría en pausa y hacer uso de todos sus recursos para sobrevivir, para encontrar ese afecto esquivo y hacerse su camino.

Los bebés que han nacido en circunstancias difíciles son bebés fuertes, luchadores, pacientes… a su manera, porque algunos a nuestros ojos de adultos son terriblemente impacientes, respiran rápidamente, luchan con la gravedad del mundo que los oprime, soportan vueltas, ruidos, luces.

Los bebé que nacen antes de tiempo, que tienen mucha o poca azúcar, que están muy grandes o muy pequeños, que cambian de color, que les cuesta respirar o simplemente no han contado con mucha suerte, hacen ooom cuando quienes trabajamos con ellos olvidamos que sienten todo con mucha, mucha más intensidad que todos los demás; hacen oomm cuando oyen la voz de su mamá o su papá y se preparan para su tacto pero alguien dice que hay que esperar, que no pueden ser tocados, que es mejor que se queden en donde están.

Hacen oomm cuando alguien les dice que tendrá que examinarlos de nuevo con manos e instrumentos fríos, cuando alguien les insiste para que coman cuando no tienen hambre y les pide que esperen cuando la tienen porque aún no es la hora.

Son bebés que hacen ooommmm y doblemente oooommm cuando finalmente se encuentran con una mamá adolorida que les tiene miedo, con un papá que se pierde en una sala luminosa y que se paraliza cuando le dicen que también él puede tocar, que su mano grande sobre la espalda es lo más parecido a la contención que tenían en el vientre de mamá, porque les cobija y protege del vacío en el que viven…

Cuando me agobio, me angustio, y creo que ya no puedo ni quiero más, me acuerdo de que yo fui una de esas bebés, que soy una mujer fuerte porque soy una bebé que nació en circunstancias difíciles y que eso hará que por gusto o por suerte nada nunca vaya a ser tan fácil como tal vez me parece que es para los otros.

Eso lo entendí, me lo contó uno de los bebés con los que me encontré en la vida, que una vez que logró pasarle el ooomm a su mamá y a su papá para que no tuvieran más miedo y lo tomaran en brazos, le cantaran poemas y le arrullaran junto a su pequeña nave espacial, pudo acomodarse y empezar a mirar y aferrar el mundo con más seguridad de la que cualquiera hubiera podido jamás imaginar.

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Poner límites no es alzar muros: entrevista con Jesper Juul

i ago 29th 2 Comments por

Hay un terapeuta familiar danés que se inclina por la claridad en las relaciones interpersonales y está convencido de que los niños son hábiles y pueden adaptarse a los valores de los adultos. Su nombre es Jesper Juul y la editorial Herder ha publicado en español sus libros: Decir no, por amor ¡Aquí estoy! ¿Tú quién eres?

A continuación les presentamos una entrevista que le hizo Isabel Calderón Reyes, publicada originalmente en la revista El Librero de noviembre del 2012:

Poner límites no es alzar muros

Jesper Juul in Frankfurt; 11.04.2008
Aunque McDonald’s tiene sucursales en 119 países y recibe 68 millones de clientes al día, Jesper Juul sostiene que no hay que llevar a los niños allá. Según el terapeuta familiar nacido en Vordgdingbor, Dinamarca, dar comida chatarra a los niños no es una demostración de afecto, sino un esfuerzo desproporcionado por ahorrarles cualquier frustración. Lo que impide que los padres digan “no” a sus hijos es el sentimentalismo, el pavor al conflicto y las ansias de popularidad: no el amor.

Sin embargo, él no escribe panfletos contra los niños malcriados ni manuales de autoritarismo y su trabajo no es un llamado a la obediencia. Los libros que ha escrito sintetizan su quehacer como terapeuta familiar y su experiencia como fundador y director de Family-lab International, una organización danesa con filiales en varios países de Europa y América Latina que ofrece seminarios, talleres y asesorías para familias y empresas.

Este año llegaron a Colombia dos de sus obras, publicadas por Herder: Decir no, por amor y ¡Aquí estoy! ¿Tú quién eres? Abordan la crianza como una tarea que los adultos pueden emprender con tranquilidad siempre que tengan claras sus convicciones. Para Jesper Juul, un niño que llega a una familia amorosa, donde la firmeza no significa violencia y el cariño no conlleva subordinación, es un niño que tiene todo para afirmarse como individuo, armar su propia escala de valores y tener una vida adulta satisfactoria.

Empecemos por el comienzo: el nacimiento de un bebé. Creo que mucha gente se pregunta cómo se le pueden poner límites a un bebé.

Cualquier niño recién nacido tiene que ser el centro de atención durante los primeros meses de su vida. Por lo tanto, las necesidades y los deseos de sus padres deben ser menos importantes que las de él. Pero nunca deben perder su importancia del todo. Los adultos que tienen bebés han de ser conscientes de sus propias necesidades individuales, incluso cuando no puedan satisfacerlas.

¿Qué pasa cuando los bebés crecen?

Cuando el niño ha cumplido un año de edad, tiene que experimentar que él es parte de un grupo, en el que todos tienen necesidades y deseos y que las suyas no siempre son las más importantes. Este proceso de aprendizaje experiencial toma alrededor de un año. Luego viene la época en que el niño descubre su autonomía y alrededor de los cuatro años la separación se completa y el niño se convierte en una parte integral de la familia.

Y convertirse en una parte integral de la familia implica preocuparse por el bienestar de los demás. ¿Qué tanto se preocupan los niños por sus padres?

Los niños que viven con ambos padres necesitan más que cualquier otra cosa que sus padres estén bien, como individuos y como pareja: que papá y mamá se quieran y se entiendan es muy importante y de eso dependen muchas cosas. En otro tipo de familias, cuando los niños solo cuentan con uno de sus padres, necesitan lo mismo: que él o ella tengan una vida adulta satisfactoria. Esto significa que no hay una verdadera contradicción entre las necesidades de un niño y las necesidades de sus padres. El problema es que los niños no son conscientes de ello. Es por eso que quieren toda la atención que puedan conseguir, que siempre es mucha más de la que necesitan.

Retomemos esa idea, que es importante en los dos libros. Dices que los niños saben qué quieren pero no saben qué necesitan.

Lo que trato de decir es que en realidad los niños no saben la diferencia entre lo que necesitan y lo que quieren. Es por eso que debe haber un liderazgo adulto. Las necesidades básicas de los niños son las mismas que las necesidades de los adultos: el amor, el cuidado, la alimentación, ropa, vivienda y juego. Tal vez quieran comer hamburguesas de McDonald’s todo el tiempo, pero su necesidad es la alimentación y la nutrición. Nuestro deber como padres es proporcionar a nuestros hijos lo que necesitan siempre que podamos hacerlo.

¿Y qué pasa con lo que quieren?

Es un placer cuando también podemos darles algunas de las cosas que quieren. Pero hay que tener mucho cuidado y no hacerlo por las razones equivocadas: con el fin de ser populares o para evitar conflictos. El resultado sería un “niño mimado”.

En Decir no, por amor cuentas que los padres tienden a sacrificar sus convicciones para complacer a sus hijos. Y terminan haciéndoles mucho daño.

Así es. Los padres deben aprender a lidiar con la frustración del niño sin castigarlo y sin culparse a sí mismos.

¿Crees que los adultos le tienen miedo a poner límites? ¿Cómo se les puede ayudar?

Yo siempre he dicho que no creo en poner límites a los niños como quien pone cercas a su alrededor, o construye muros de concreto: reglas y prohibiciones. Más bien, creo que los adultos tienen que ser resueltos: tener claro lo que quieren y lo que no. A través de la interacción y el diálogo, podrán transmitirle eso a los hijos. A los niños les toma aproximadamente cinco años entender y apropiarse de los valores de sus padres o los adultos que los rodean. ¡Cinco años! Déjame decirte que eso es menos tiempo del que un adulto se toma para adaptarse a  la escala de valores de su pareja.

Cuando hablas de las formas más adecuadas de enfrentar los conflictos en la familia, dices que la responsabilidad personal es enemiga de los sistemas autoritarios. ¿Qué significa eso para ti?

Siempre ha sido un deber de las mujeres, los niños y la mayoría de los hombres sacrificar la individualidad e integridad personal. Esto ha sido cierto para nuestras sociedades y en muchos países lo sigue siendo. Y ha sido así simplemente porque las personas que se toman sus necesidades en serio son consideradas una amenaza para los poderosos.

¿Por eso recomiendas que los adultos hablen en primera persona cuando se dirigen a los niños?

¡Claro! Te lo voy a explicar con un ejemplo. Si un niño de dos años te tumba las gafas por tercera vez, es mejor decirle “ya veo que te gustan mis gafas, pero no quiero que me hagas esto”, que arrojarle una fórmula pedagógica impersonal de tiempos pasados, como “con las gafas no se juega.”

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¿Estamos educando a una generación de niños sobre-estimulados?

i abr 8th 8 Comments por

Hoy los invitamos a leer un texto de Juliana Camacho, que fue publicado en su blog: Mi vida con Olivia, el 7 de abril del 2013:

Diatriba contra el verbo “estimular”

Nunca he querido hacer de este blog un panfleto del deber ser en cuestiones de maternidad. No me interesa hablar de las etapas del desarrollo de un bebé, de los lugares para comprar comida orgánica para niños, de los mejores jardines infantiles, parques, juegos o marcas de ropa para bebés. Nada de eso me gusta porque detrás de ese tipo de consejos siento un tufillo de superioridad, algo así como “yo soy buenísima mamá y te llevo la delantera en estos temas, así que oye mis recomendaciones para que algún día tu bebé sea casi tan maravilloso como el mío.” Odioso.

Por eso prefiero hablar desde la intimidad de mi experiencia en estas arenas movedizas de la maternidad, sin aleccionar, sin comparar, y concediéndome solo pocos momentos para levantar mi voz de protesta contra cosas que realmente me indignan. Hoy, querido lector, haré uso de dicho indulto.

Y es que me queda imposible no sublevarme contra el uso y abuso del verbo “estimular” en el terreno de la crianza. No sé qué ocurrirá en otras latitudes, pero en Bogotá hay un ejército de padres de familia que solo piensan en cómo estimular a sus bebés. Así como los perros ahora tienen entrenadores y hasta colegios que los educan en el “deber ser” canino, del mismo modo a los niños se les exige desde la cuna ser los mejores en todo – así lo único que hagan sea comer, cagar y dormir… pero deberán ser los mejores en ello, sin duda -.

A veces me encuentro con mamás que me inundan de preguntas. ¿Olivia tiene 15 meses y no ha caminado? ¿A qué guardería va? ¿A qué clases de natación, de yoga, de música o de pintura en porcelana la llevas? ¿Cuántas palabras dice? ¿Cómo es su motricidad fina? ¿A qué colegio irá? ¿No le tienes nana??? Yo quedo mareada. “Olivia todavía no camina pero algún día lo hará, no va a la guardería, no tiene clases de yoga ni de tejido en punto de cruz, de hecho dice muchas palabras porque en la casa le hablamos y le leemos mucho, tiene la motricidad fina de una bebé y no de un cirujano de retina, no hemos pensando en el colegio y no, no le tengo nanaaaa!!!”

Yo nací sin el espíritu de competencia incorporado a mi ADN. Tal vez por eso soy pésima en deportes, odio los juegos de mesa y no soporto el lenguaje empresarial de “liderar”, “motivar”, “ganar” y “ser el mejor”. También por eso me da urticaria pensar que estamos educando a una generación de niños sobre-estimulados, víctimas de las inseguridades de sus padres y de un culto voraz a la excelencia.

Para responder a este particular zeitgeist, o tal vez a su origen, se ha consolidado una industria de la estimulación temprana que enriquece varios bolsillos. Yo con lo único que comulgo en todo ese abanico de clases, de actividades y de historias chinas, es con las horas del cuento. Llevo gustosa a Olivia a que le lean historias, no para asegurarme de que a los diez años podrá leer a Thomas Mann, sino porque J y yo sabemos que la lectura es de los pocos vicios que precisamente le permitirán a Olivia liberarse en algún grado de la tiranía de la uniformidad, de la perfección y de la soberanía del más fuerte.

La lectura y la música (por favor, no la de Mozart en xilófono) le pueden ofrecer a Olivia la posibilidad de darle la espalda al mundo, y esa es de las lecciones más preciadas que podré darle en la vida. También queremos ofrecerle a nuestra Oli el tesoro del tiempo libre, del tiempo para uno mismo, sin estimulaciones que se atraviesen en el camino.

Ya para terminar esta larga diatriba encendida, quiero traer a colación un recuerdo de infancia que me taladra en la cabeza últimamente. Cuando era niña, me quedaba a dormir los viernes en casa de mis abuelos maternos. Allí no había primos con quien jugar o tíos consentidores que me llevaran a dar una vuelta. Mis abuelos pasaban la tarde mirando por la ventana de la sala y luego se iban a la cama cuando se acababa el noticiero de las siete. Yo adoraba estar allí. En medio de ese tiempo flemático y de esa casa silenciosa, yo podía ejercer libremente mi derecho a aburrirme, a perderme en mi cabeza, a darle la espalda al mundo. Uno de los juegos solitarios que más recuerdo de aquellas tardes, era cuando me acostaba en el piso y miraba el techo. Nada más. Al hacerlo, lograba imaginar que el techo era el suelo, y que yo estaba en las alturas. Era una sensación increíble.

En mi infancia nadie me quiso estimular, y eso lo agradezco desde el fondo de mi corazón. Si hubiera estado los viernes en clases de equitación, de gimnasia olímpica o de culinaria infantil, no habría tenido tiempo para mirar al techo. Eso habría sido una verdadera tragedia…

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