Nuestra directora: “De vigilar a convivir”

i feb 12th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 11 de febrero de 2018, Yolanda Reyes escribió:

De vigilar a convivir

 

“La seguridad es un asunto de todos, no exclusivamente de las Fuerzas Militares, la Policía Nacional, la administración de justicia y el Gobierno”, leo frases del Plan de Seguridad que lanzó el presidente Duque la semana pasada, y me pongo a temblar por libre asociación de ideas (o, más bien, de memoria reciente). ¿Asunto de todos la seguridad, en vez de obligación del Estado? ¿Qué significado tiene esa declaración, qué puertas abre?

“Los ciudadanos son los primeros que deben velar por su protección”, sigo leyendo, y también por libre asociación se me ocurren frases como ‘usted se lo buscó’, ‘por algo será’ o ‘para qué se expone’, que insinúan una regresión a esa denominada ‘doctrina’ de la seguridad democrática, con sus informantes y con ese eufemismo aterrador de los ‘falsos positivos’. Dado que el lenguaje de un Gobierno es un acto político y que las palabras que elige para nombrar y comunicar sus estrategias legitiman lo que se puede pensar, decir y hacer, cabe preguntarse por la línea que propone –o que vuelve a cruzar– en materia de seguridad este gobierno.

No obstante algunos cambios superficiales que le dan una apariencia desabrochada y memorística a sus intervenciones, el discurso de Duque insinúa el regreso a la sospecha ciudadana como un pilar de la estrategia de seguridad. Al reconocer que es “insuficiente el despliegue de Fuerza Pública” y proponer que actúe con el respaldo de los ciudadanos, sus “redes de participación cívica” recuerdan las antiguas Convivir, pero modernizadas con ese sello naranja que les imprime el Presidente a sus emprendimientos. “La creación de una gigantesca plataforma tecnológica avanzada” para comunicar a las autoridades “cualquier anomalía sobre seguridad” y la aspiración de llegar, en un año, al millón de ciudadanos vinculados a esas redes parece una versión modernizada del antiguo programa, cuyos efectos padecimos. ¿Cómo es posible desconocer semejante aprendizaje tan mortal y doloroso?

La nueva arma ciudadana que propone este gobierno, convencido de que todo se puede resolver con una app es el celular, según afirma el consejero para la Seguridad. Ha dicho también que no nos preocupemos, que esta vez no se les pagará a los informantes y que en cada región serán distintas las formas de organizar las redes ciudadanas. No sé si es ingenuo, poco responsable (o quizás cínico) suponer que esa estrategia anónima de vigilarse entre vecinos se “articula” –según afirma el Gobierno– con las políticas de estabilización y protección de líderes sociales y defensores de derechos humanos. Si en tantas ocasiones esos líderes han sido estigmatizados como habituales sospechosos, no hay que ser demasiado suspicaz para imaginar las formas de seguimiento (y perseguimiento) que puedan desencadenarse, a partir de la invitación gubernamental a hacer control social en grupos de WhatsApp.

Si bien la estrategia de seguridad del Gobierno contempla explícitamente el paso del control militar a un control institucional por parte del Estado, no parece coherente, en ese contexto, reforzar la narrativa de la vigilancia ciudadana. La convicción de que la seguridad nacional depende de la presencia integral del Estado y de la garantía de derechos para prevenir y cambiar esos contextos desprovistos de institucionalidad que favorecieron el crimen implica afrontar el desafío de reconstruir un tejido social descompuesto por tantos años de guerra y de justicia por mano propia.

En vez de ver al otro como una amenaza, habría que buscar motivos para comunicarnos de formas no previstas, mucho más allá del celular, con redes que vayan surgiendo de las mismas comunidades, de las propuestas abiertas de un Estado que hace presencia y que protege.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “La grieta”

i ene 29th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 28 de enero de 2018, Yolanda Reyes escribió:

La grieta

 

Les voy a contar una historia que me avergüenza y está relacionada con el atentado a la Escuela de Policía General Santander. Como trabajo con niños, tengo un reflejo condicionado frente a las malas noticias que me lleva a hacer esas preguntas instantáneas, parecidas a las que ustedes se hacen cuando hay atentados o catástrofes de cualquier índole: ¿quién vive cerca del lugar de los hechos? ¿Alguien conocido está en riesgo? ¿Qué debo hacer para afrontar la emergencia?

Esa mañana, al saber que la Escuela de Policía estaba situada en la calle 45A sur, tuve otro reflejo condicionado inmediato: en medio del estupor y del dolor que todos sentíamos, experimenté una vergonzosa sensación de ‘alivio’ al pensar que era poco probable que algún familiar de los niños a mi cargo hubiera estado por esas calles. Sé que suena impresentable, pero para los que vivimos en esta ciudad no es ningún secreto que el norte y el sur son dos países distintos.

Durante ese día doloroso que nos recordaba todo lo que aún falta por resolver en Colombia, muchos conocidos que viven lejos expresaron su preocupación por redes sociales, pero solamente los extranjeros preguntaron por mi integridad física o la de mis seres cercanos. Así como parece poco probable que alguno de los cientos de líderes sindicales asesinados en regiones alejadas tenga relación directa con los que vivimos en ‘este lado’ de la ciudad, quienes conocen la grieta profunda de este país suelen hacer un barrido instantáneo para ‘zonificar’ las preocupaciones de guerra.

Esa mañana, sin embargo, el hijo de una mujer que trabaja conmigo estaba en la General Santander. Mientras ella se concentraba, como todos los días, en cuidar, cantar y cambiar pañales, recibió la llamada urgente de su hermana para contarle de una explosión en esa escuela de policía donde estudiaba interno el muchacho. El padre ya había salido a buscarlo y era uno de esos familiares a los que el mundo vio por televisión, pegado al portón, esperando noticias.

Esa mujer que labora en el mismo lugar donde yo trabajo esperó, durante un tiempo interminable, quizás el más largo de su vida, noticias de su hijo y supo, con esa mezcla de horror y de alivio que sentimos cuando la muerte pasa rozando, que el muchacho se había salvado. Al terminar su ronda, había entregado el arma y estaba en su dormitorio cuando sintió que la tierra temblaba, como en un terremoto, y vio morir –saltar en pedazos– a algunos de sus compañeros. Quizás para no tener que contestar llamadas de los familiares de sus amigos, que seguían buscando desesperadamente alguna señal de supervivencia, tardó tanto tiempo en recuperar el habla. Con qué palabras se puede contar, a los veinte años, que un amigo se ha roto en pedazos…

Más atrás de esta polarización entre dos formas de pensar la política, el país y el mundo que tanto preocupa a algunos, hay una vieja grieta imaginaria que rompió esta ciudad (este país) en dos puntos cardinales que no se tocan, y en la que ni siquiera nos fijamos, pues está incorporada a nuestras fronteras mentales desde la infancia o incluso desde antes de nacer. Esa capacidad de sentir que “podría haber sido mi hijo” es sectorial en Colombia, y quizás por eso no nos parece tan urgente dejar de matarnos. (Sobre todo si los que se matan son otros y viven ‘del otro lado’.)

Sin desconocer la complejidad del conflicto armado, ni los puntos de vista irreconciliables que seguimos ventilando ni los acuerdos que tarde o temprano tendremos que seguir haciendo, no parece posible avanzar sin hacer visible esa grieta: la madre de todas las grietas. Hay que empezar por nombrarla y atravesarla de lado y lado para situarnos en el lugar de los otros. Para sentir que somos nosotros.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “El deber de preguntar”

i ene 8th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 31 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

El deber de preguntar

 

Lamento que los lectores, quizás deseosos de distraerse hoy con augurios, agüeros y tópicos de fin de año, se encuentren con esta columna incómoda, pero me parece que la sucesión de tragedias relacionadas con el caso Odebrecht en Colombia, a la que se sumó hace pocos días la muerte de Rafael Merchán, exsecretario de Transparencia del gobierno Santos, no puede dejarnos indiferentes.

Esta “serie de eventos desafortunados”, que comenzó con el accidente automovilístico de Amparo Cerón, la fiscal que lideraba la investigación de Odebrecht; que continuó con la muerte del auditor Jorge Pizano y la de su hijo Alejandro, y a la que ahora se suma el posible suicidio de Merchán, otro testigo clave en la defensa de Luis Fernando Andrade (quien también ha buscado, con justificada angustia, protección en Estados Unidos), tiene, como se ha repetido insistentemente, todos los componentes de una novela negra. Y, aunque en la realidad exista la posibilidad, esa que se le negaría a la ficción, de que semejante cadena de desgracias no sea más que simple coincidencia, me declaro insatisfecha, quizás como muchos de ustedes, con las explicaciones fragmentarias divulgadas en los medios, que, salvo algunas excepciones, parecen más inclinadas a no relacionar los hechos trágicos que a mirarlos en el contexto de una investigación profunda por corrupción multinacional.

Una cosa es pretender suplantar los hoy cuestionados organismos de control encargados de investigar los hechos, pero otra cosa, también muy preocupante, es la falta de análisis y, en últimas, de interés ciudadano y periodístico por intentar comprender en profundidad lo que les sucedió a todas estas personas, cuyo denominador común era el manejo de información crucial para la investigación de Odebrecht en Colombia, y cuyas voces, reconocidas como críticas y honestas, hemos perdido.

Si bien los comunicados familiares merecen todo nuestro respeto y nuestra empatía por el dolor de la pérdida (y, en el caso reciente de Rafael Merchán, cuya muerte atribuyen a una decisión personal relacionada con un cuadro de depresión), resulta importante preguntarse sobre el tipo de presiones y amenazas –tangibles, pero también psíquicas– que pudo enfrentar Merchán y están afrontando, como lo han revelado los testimonios de Pizano y de Andrade, otros testigos. ¿Qué significa haber conocido situaciones que comprometen a muchas personas vinculadas al poder económico y político? ¿Cómo afectan (o afectarán) estas presiones la salud mental, los riesgos y las vulnerabilidades de las personas involucradas?

Más allá de mirar cada hecho como un suceso trágico privado o de conformarnos con los dictámenes –por desgracia, hoy también cuestionados– de Medicina Legal, es un imperativo ético para el país, y me parece simbólicamente importante plantearlo en el último día del año, llevar más lejos las preguntas acerca de estas muertes recientes y asumir como método de búsqueda de la verdad la necesidad de recoger todos los puntos de vista posibles. Una sociedad civil que formule preguntas es hoy más necesaria que nunca y puede contribuir a que las luchas de estos testigos, y de otros aún por declarar que afrontan tantas presiones, no se vean como esfuerzos aislados y solitarios.

En un momento tan peligroso por las investigaciones que se han anunciado para 2019, la protección integral de los testigos del caso Odebrecht es un asunto de vida o muerte. ¿Cómo cuidará el Estado la seguridad física y emocional de los testigos y de sus familias? Las alertas lanzadas hasta el momento requieren respuestas y acciones inmediatas.

Les deseo un feliz año, con muchas y nuevas preguntas, y ojalá con algunas verdades incómodas, apreciados lectores.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Un año raro”

i dic 17th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 17 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Un año raro

 

En estos días, cuando la temporada navideña nos convoca nuevamente a celebrar viejos rituales con gente tan cercana en los afectos y a veces tan lejana en las ideas, tal vez vamos a estar todos de acuerdo en una apreciación: el 2018 ha sido un año raro, por decir lo menos. Y es posible que en semejante año, el más incierto e incomprensible de los que quizás recuerden las diversas generaciones reunidas en las fiestas de los hogares colombianos, nadie quiera jugarse la armonía familiar ni terminar en forma anticipada las veladas, dando un portazo, por defender al Presidente o al Gobierno.

Pero, como en estas fechas es recomendable buscarle a toda noticia, por mala que sea, el lado positivo, me parece una buena nueva que, en medio de nuestra habitual polarización, los comensales sentados a la mesa podamos por fin sentirnos hermanados en torno a esta sensación nacional de desconexión con la política, y conversar, incluso, y lograr un consenso milagroso en los tiempos que corren sobre esta sensación de desencanto ciudadano.

No se necesita ser una firma encuestadora para vaticinar que la pérdida de confianza en los líderes políticos y la crisis de credibilidad que ha puesto bajo sospecha a todas las instancias del Estado, con los organismos de control a la cabeza de la lista, se reflejará en un cambio de alineación en las tendencias de las fiestas decembrinas. En vez de la división habitual de bandos entre la derecha y todo lo demás (eso que la derecha llama ‘izquierda’, ‘comunismo’ o ‘castrochavismo’), es probable que la polarización se exprese ahora de una forma más sencilla: de un lado, los gobernantes y sus amigos que detentan o disfrutan el poder político. Del otro, los llamados ciudadanos del común.

Por primera vez en mucho tiempo, este fin de año albergo un sentimiento de fraternidad con todos los que pagamos impuestos, sin importar color político, ideario, partido o tendencia, y con todos los que descubrimos, aterrados, como si un velo se nos hubiera caído de repente de los ojos, lo que siempre hemos sabido: que hay una cantidad de compatriotas que ganan en un mes lo que muchos no alcanzan a ganar en todo el año (o en la vida); que hay una puerta giratoria y unos ‘doctores’ con poderes invisibles que adjudican privilegios (contratos, licitaciones, carreteras eternas, repagadas con nuestra plata y siempre inconclusas) a sus amigos, a sus socios o a sus jefes, en tanto que nosotros, los ciudadanos del común, nos rompemos el alma trabajando y pagando planillas de salud y de pensión cada vez que hacemos una columna como esta o cualquier trabajo por contrato, y con los servicios de salud y las pensiones que tenemos.

Es probable que esa sensación de ir pedaleando en una bicicleta estática, cada vez con más esfuerzo y más trabajo, y cada vez con menos resultados personales y sociales, sea el elemento cohesionador que nos permita –es ese mi deseo– reconocernos como parte de una misma familia y tener sentimientos de empatía para entender ese cansancio, esta desesperanza y esta crisis que, queramos ver o no, se anuncia como el ‘leit motiv’ del año venidero (o del cuatrienio).

Por eso, este año, en vez de batirme en duelo con quienes votaron por este presidente y su partido, aprovecharé la Navidad para entender el sentido cristiano de la compasión, de la solidaridad y de la culpa. Y en vez de recriminar, aceptaré que tampoco había mucho que escoger y entenderé el arrepentimiento sincero de esta familia colombiana que –idos ‘los bandidos’ habituales– ya no halla a quién culpar de tantos males que son responsabilidad de todos. Y aunque al final no me haya salido tan optimista esta columna, les deseo una feliz Navidad a todos mis lectores.

YOLANDA REYES

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¡Así celebramos la Navidad!

i dic 6th No Comments por

Encabezado

Faltan veinte días para Navidad, pero en Espantapájaros ya estamos celebrando. Por ahora, estamos celebrando lo rico que es estar juntos y poder expresar cuánto nos queremos. El lunes de esta semana tuvimos la fiesta del final del semestre con los niños, las niñas y las familias de nuestro jardín infantil.

A la fiesta vino una invitada maravillosa:

MdelSol

Además de ser una amiga de la casa, María del sol es autora de libros para niños. Uno de ellos, ¡Arre, borriquita!, es una adaptación de la historia tradicional sobre María, José y su viaje a Belén, con ilustraciones, villancicos y mucho humor.

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Mírennos: ahí estábamos, un lunes por la mañana, bailando por toda la casa y haciendo mucho ruido. Para eso es la Navidad, ¿o no?

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Después de cantar y bailar, María del Sol firmó nuestros libros. ¿Quién no quiere tener su propio ¡Arre, borriquita! autografiado?

Firmas

Y al final escribimos nuestros deseos para esta Navidad. Cada deseo fue distinto porque cada niño es distinto: ya sabemos que cada niño es un mundo.

Papá Noel llegó de sorpresa para ayudarnos a guardar nuestras cartas en el buzón.

Collage cartas y papá noel

También aprovechamos para disfrutar de la comida que nosotros mismos habíamos preparado: galletas y aguas frescas para decirles a nuestras mamás, a nuestros papás, a nuestras abuelas y a nuestros abuelos cuánto los queremos.

Las fresas y las uvas que nos comimos las habíamos cosechado en nuestra huerta, especialmente para este día.

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Final

Vamos a seguir celebrando todos estos días y queremos pasar tiempo con todos ustedes. Este viernes, 7 de diciembre, para el día de las velitas, los estaremos esperando en nuestra librería.

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Relato de una visita al Museo Eric Carle

i nov 30th No Comments por

El autor e ilustrador de libros para niños, Eric Carle, entre cuyas obras se destacan La pequeña oruga glotonaLa mariquita gruñona, Una casa para el cangrejo ermitaño¿Has visto a mi gata?De la cabeza a los pies y muchas más que harían esta enumeración demasiado larga, nació en Syracuse, Nueva York, en 1929. Se ha dedicado por más de cuarenta años al arte de crear libros álbum y libros ilustrados para los lectores más jóvenes. En el año 2002, fundó un espacio muy especial en Amherst, Massachusetts: un museo consagrado al arte del libro álbum. Isabel Calderón, ex alumna de Espantapájaros y nuestra corresponsal en Estados Unidos, estuvo en el museo y nos envió esta nota sobre su experiencia.

Encabezado

Esta historia empieza con una langosta. En los años sesenta, Eric Carle trabajaba en Nueva York en una agencia de publicidad. Un día, el escritor Bill Martin Jr vio un anuncio que él había diseñado: era una imagen de una langosta, para alguna campaña sobre las alergias. A Martin Jr, profesor y autor de libros para niños, le encantó esa langosta y le pidió a Carle que ilustrara el libro que acababa de escribir: Oso pardo, oso pardo, ¿qué ves ahí? Por ese camino, un poco antes de cumplir los cuarenta años, Eric Carle se acercó al oficio de la ilustración, y ya nunca más se volvió a alejar. Pronto descubrió que también le interesaba escribir sus propios libros; el primero del que fue autor e ilustrador a la vez fue 1, 2, 3, al zoo, y uno de los siguientes, en 1969, esto es, hace casi cincuenta años, La pequeña oruga glotona.

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Algunos de los libros de Eric Carle en Espantapájaros

A Eric Carle lo conocemos y lo queremos por muchas razones: por sus personajes entrañables, como la oruga, la mariquita gruñona, el cangrejo ermitaño, la araña hacendosa… el artista que pintó un caballo azul, entre otros; por su técnica para ilustrar: a partir de collages hechos con recortes de papeles pintados, llenos de texturas, algunas transparencias y colores muy vivos, y por sus historias sencillas, historias que solo puede escribir y dibujar alguien que pasa mucho tiempo al aire libre, en el campo, mirando todos los detalles del paisaje, hasta los bichos más pequeños, y pensando por qué quiere tanto a las personas que quiere; a sus hijos, a su esposa y a sus amigos, que no son muchos pero significan todo para él.

En Estados Unidos, a Carle también lo conocen y lo quieren por su trabajo de gestión cultural a favor de la formación de lectores y, en especial, por un lugar que fundó hace 16 años, único en su clase: The Eric Carle Museum of Picture Book Art. Es un proyecto que busca transmitir el amor por la lectura y el arte, a través de un trabajo de curaduría y pedagogía, dirigido a los niños más pequeños y a sus familias. La colección del museo está compuesta por libros ilustrados y libros álbum de todos los continentes, ilustraciones en gran formato, bocetos, primeras ediciones y otros objetos relacionados con el oficio. Se organizan exposiciones diferentes varias veces al año, muy interactivas, para celebrar a distintos autores, ilustradores, libros, mundos imaginarios y personajes de la literatura infantil. Desde que me mudé a Estados Unidos, conocerlo estaba en mi lista de deseos. La semana pasada lo visité y de ahí salió este relato para todos los lectores de espantapajaros.com

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Espacio de lectura

El Museo, al que los estadounidenses llaman “El Carle” (The Carle) como quien habla del Moma o el Met, queda en Amherst, un pueblo del condado de Hampshire, en el estado de Massachussets. Esto significa: más o menos a dos horas de Boston, en medio de un paisaje que bien podría ser el escenario de varios de sus libros: mucho aire libre, árboles, zonas verdes, senderos, granjas… y cerca, algunas fábricas, casas históricas, pueblos pequeños y varias universidades. Carle lo fundó en el 2002, después de un viaje a Japón en el que descubrió que había museos dedicados a los libros ilustrados para niños y al libro álbum.

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Exposición sobre La oruga glotona

Tuve la suerte de ir ahora que La pequeña oruga glotona está a punto de cumplir cincuenta años y me encontré con una exposición entera sobre ella, que va a estar abierta hasta marzo de 2019. Visitar la exposición es como volverse una persona miniatura y saltar adentro del libro; la galería está organizada para que los visitantes, que son, sobre todo niños y familias, se detengan en cada página, en cada ilustración y en lo que pensó y sintió Carle cuando hizo cada cosa, hasta la más pequeña. Por ejemplo: los huecos de las páginas. ¿Sabían que un día él estaba jugando con artículos de oficina y se dio cuenta de que le gustaban los huecos pequeños, perfectamente redondos, que quedaban en el papel después de pasarlo por la perforadora? A veces un autor decide hacer un libro solo porque le gustó la forma de un hueco en un papel. Es el caso de Eric Carle, que pensó, después de jugar con la perforadora, en un gusano devorador de libros (en inglés se dice bookworm, algo que suena muy parecido a cuando nosotros hablamos de ratones de biblioteca), aunque a su editora no le gustó la idea y le dijo: “oye, ¿y qué tal si lo hacemos con una oruga?” Esta historia la cuentan y la muestran en el museo, en donde tienen copias de los primeros bocetos, con el gusano en lugar de la oruga.

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Tote bags en el museo

En esta, como en las demás salas del museo, hay espacios para la lectura de libros. El museo no olvida que el libro fue primero, fue antes que todo lo demás. Me llamaron la atención los canastos llenos de libros a la altura de los niños, en todos los idiomas, y los rincones acogedores para sentarse a leer, como los que aparecen en la foto. Además, a la entrada de la exposición hay un muro de donde cuelgan bolsas de tela que, oh sorpresa, adentro tienen libros. Así, un niño puede hacer todo el recorrido por la galería con el libro de la oruga glotona en la mano (a mí, por pura casualidad, me tocó una edición de cartoné, bilingüe: en inglés y en español).

Y como a Eric Carle no solo le interesa Eric Carle, en el museo siempre hay exposiciones que celebran el trabajo de otros creadores de libros álbum. En este momento hay dos bellísimas: una sobre Paddington el oso y otra sobre Leo y Diane Dillon, la pareja de autores que han ganado dos veces la medalla Caldecott, una de esas con el libro Por qué zumban los mosquitos en los oídos de la gente, que ha acompañado algunos proyectos de aula de Espantapájaros. La exposición sobre Paddington me asombró porque estaba hecha con tanto cariño como la de la oruga glotona. Y cariño significa, en el glosario de este texto, atención a los detalles. Los curadores de la exposición tenían algo muy claro cuando la montaron: que más allá de lo mediático que se ha vuelto el oso, ahora que se ha convertido en un personaje de cine, lo esencial, aquello que resuena en Un oso llamado Paddington y en los libros de Michael Bond, es que es un libro sobre ser huérfano y ser extranjero.

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Paddington

Paddington, que ahora tiene 60 años (es más viejo que la oruga glotona), es un oso de peluche, tierno, encantador y felpudo, pero los lectores no olvidamos que viene de “los oscuros bosques del Perú” y que aunque lo ha adoptado una familia inglesa, él todavía se sorprende con los paisajes londinenses y se escandaliza, por ejemplo, con los precios de las cosas. La exposición tiene mucho de recorrido por Londres, y está llena de guiños relacionados con situaciones del libro, pero además hay varias alusiones al viaje y a la migración. Uno de los espacios que más me gustó y más me hizo pensar que el Carle hace un trabajo por los niños, con los niños en la cabeza, fue una maleta de viaje que está casi al final de la galería: está completamente abierta, y llena de papeles. Miré el letrero a su lado decía: “¿Qué empacarías tú?” Invitaba a los niños y a las niñas a dibujar y escribir todas las cosas que guardarían en su equipaje si tuvieran que irse de donde viven a un lugar lejano. La maleta estaba repleta de papeles con todo tipo de objetos, con mensajes, dibujos y muchos, muchísimos garabatos como los que he visto en los salones de los más pequeños de Espantapájaros.

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Salón de arte

Al terminar de recorrer las galerías, todos teníamos ganas de pintar. (Y eso que éramos un grupo de cuatro adultos y una sola niña) Pasamos al salón de arte del museo, un espacio, del mismo tamaño o más grande que las galerías, con mesas, sillas y materiales de arte. Los materiales que había eran tijeras, perforadoras, papeles de colores, cartulinas blancas, pegante y nada más. En todas las mesas había lo mismo y una profesora de arte del equipo del museo se pasaba por el espacio respondiendo preguntas de las personas. Como ya habíamos visto, en la exposición sobre la oruga glotona, que Eric Carle crea la mayoría de sus ilustraciones recortando y pegando formas de papeles de colores, no nos tomó mucho tiempo usar su técnica para pintar sin pintura. Las paredes del salón estaban decoradas solo con obras hechas por la gente. No vi muchas formas reconocibles, no vi un sol amarillo con cara sonriente, ni una rosa roja, y no vi el árbol con copa simétrica (simétrica y por lo tanto imposible) que me enseñaron a dibujar en el colegio. Solo vi cosas como las que veo cada vez que voy a Espantapájaros.

Final
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Nuestra directora: “Lo que un muerto puede decir”

i nov 19th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 19 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Lo que un muerto puede decir

 

Uno de los testigos más importantes del mayor escándalo de corrupción documentado en la historia de América Latina, capítulo Colombia, habla en el noticiero. Nos fijamos en sus gestos y su tono de voz y escudriñamos su mirada y sus argumentos en busca de alguna inconsistencia. A excepción de un nerviosismo entendible por la complejidad de sus revelaciones, todo parece verosímil, salvo un pequeño detalle aterrador: el hombre que nos habla ya no existe. Ese fantasma que revive en la televisión para contarnos una historia de terror tuvo que morir para contarla.

¿Qué nos dicen sus revelaciones? Más allá de los hechos conocidos, de los que tanto se ha hablado durante la última semana, y más allá de las investigaciones judiciales sobre el caso Odebrecht en Colombia, que a la luz de las grabaciones entregadas por el ingeniero Pizano es forzoso reencauzar, garantizando una independencia hoy cuestionada, conviene mirar este episodio doloroso y esta tragedia familiar para la que no hay palabras. ¿Qué nos dicen, o mejor, qué nos ratifican estas recientes revelaciones en el contexto más amplio de unas coordenadas de poder, de unos pactos implícitos que están en el fondo del ordenamiento institucional de Colombia y otros países de América Latina y fueron el caldo de cultivo del escándalo continental de estos sobornos?

Aunque se ha dicho que es superficial escandalizarse por la manera como el abogado Martínez salpica la conversación grabada por Pizano con términos como ‘hijueputa’ y otras groserías, es igual de superficial pasar por alto la relación entre el fondo y la forma, que no solo nos muestra la relación entre lenguaje y pensamiento sino el lugar que cada hablante da a los interlocutores y los hechos. En este caso, la forma discursiva del abogado Martínez, hoy fiscal general, señala su pertenencia a una secta formada –cómo no– por ciertos ‘varones ilustres’ que marcan su territorio con un lenguaje ‘exclusivo’, de uso privativo de sus pares, en ciertas situaciones secretas en las que se mezclan negocios y poder.

La supuesta complicidad que el asesor jurídico, a todas luces superior en jerarquía, establece con ‘su amigo’, el auditor, se revela en el lenguaje procaz del que Martínez abusa, quizás para generar confianza. En esa conversación, como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, se pueden detectar rasgos de las relaciones de poder de este país que han ocultado, permitido o potenciado tantos ‘negocios’ y tantos cruces de supuestas líneas grises entre lo público y lo privado. Esa manera de ‘putear’ que solo se le permite al interlocutor más fuerte para hablar con alguien al que se considera un poco inferior (pero no tanto), esa supuesta alianza de lealtad que instauran las palabras soeces de antiguo colegial como un valor corporativo en ciertos ‘negocios’ y esa risa socarrona de un abogado que, al parecer, lo ha visto todo son elocuentes.

Y más atrás, como una música de fondo, las órdenes que da el actual fiscal antes de entrar por la puerta giratoria: la manera como habla con la secretaria para que llame al Gran Jefe, la condecoración de uno de sus empleados por el ejército; en suma, el narcisismo intocable que otorgan los privilegios del poder a ciertos elegidos.

La aterradora mezcla de banalidad con tragedia que se lee en las grabaciones legadas por Pizano (¡cuánta razón tenía su prisa!) ha socavado una vez más –aún más, si eso es posible– nuestra posibilidad de confiar en la institucionalidad de la justicia y en sus relaciones con el poder económico y político. Y sobre esa sensación de desconfianza y miedo que, con razón, se ha instalado entre nosotros no podrá llegarse a la verdad en este proceso que en Colombia apenas comienza.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Duque versus Duque”

i nov 6th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Duque versus Duque

 

¿Quién es, a fin de cuentas, el presidente de Colombia? ¿Es un actor que finge esa espontaneidad ingenua y sonríe feliz, jugando al presidente, o es un sofisticado estratega que desconcierta a la opinión como parte de un juego aprendido? Produce miedo no saberlo, y no saber si lo que dice hoy lo sostendrá, no digamos en un par de años, sino la próxima semana.

Ese desconcierto que hoy compartimos todos, incluso quienes lo eligieron, se ha exacerbado durante las últimas semanas con la ley de financiamiento. Su propuesta de gravar con IVA la canasta familiar a pocos meses de haber prometido exactamente lo contrario en su campaña ilustra el poco valor que otorga a su palabra. Y aunque aquí estemos acostumbrados al engaño en las promesas tributarias, el cinismo de su partido y de su jefe, Álvaro Uribe, pidiendo (pidiéndose a sí mismo) hace unos días que no se grave la canasta familiar ratifica el manido truco del policía malo y el policía bueno del Gobierno, en el que ya no cree nadie.

Gracias a internet, la memoriosa, se ha hecho viral un video del presidente Duque en su antiguo papel: “Soy el senador Iván Duque –saluda desde un pasado reciente para advertir sobre los peligros de la reforma tributaria del gobierno Santos–: esta reforma se llama IVA… no podemos dejar que sean los colombianos de la clase media y los más necesitados los que terminen pagando” –argumenta con una convicción, y hoy debería escucharse a sí mismo–.

Y desde tiempos más antiguos, se puede leer la propuesta del entonces presidente Uribe: “Por el criterio paternalista de no cobrarles a los más pobres se incurre en el tratamiento de inequidad, de no cobrarles a los ricos. Es mucho mejor cobrarles a todos y devolverles a los pobres… Si la devolución se hace a través de cuentas de ahorro, eso se convertirá en un apoyo para avanzar hacia el crédito popular”, argumentaba para justificar el IVA del 10 % a la canasta familiar”. (‘El País’, Cali, 2006). Los testimonios de los dos actores no pueden ser más elocuentes.

Sin embargo, la incoherencia mayúscula del gobierno Duque que, de ser cierta, hablaría de una preocupante tendencia a autosabotearse, es la de gravar con IVA a todos los libros, desde los textos escolares hasta los virtuales. A pesar de que uno de los pilares de su gobierno –y la única idea que puede reclamar como propia o, al menos, compartida con Felipe Buitrago– es la ‘economía naranja’, basada en esos oficios de la imaginación que están recogidos y atravesados por el libro y la lectura, gravar con IVA a toda la cadena del libro, con sus múltiples actores, desde los creadores hasta los editores, los lectores, los libreros y el sector educativo (incluyendo a los niños que hoy se forman), desvirtuaría, de un modo irreparable, la única propuesta de su gobierno que parece innovadora y que se centra en los oficios creativos.

A menos que se trate de otra supuesta falta de comunicación entre el Presidente y su ministro de Hacienda –que hoy actúa como el mayor ‘policía malo’ del Gobierno–, o de un truco más para distraer a la opinión con un IVA impresentable que luego se quitará y hará parte del ‘lobby’ del sector de la cultura y de la negociación que agradeceremos (otra vez más, como es costumbre) al presidente de turno, se trata de una falta de coherencia aterradora. Como lo dijo Enrique González, el presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro, “ningún pueblo debería pagar impuestos para leer, estudiar e informarse”.

Justamente leemos para eso: para preservar el valor de la palabra, que es, en el fondo y a largo plazo, la única manera que tiene una sociedad de garantizar, entre otras cosas, que queden fijas, que no queden impunes las palabras.

YOLANDA REYES

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¡Así vivimos el 31 de octubre!

i nov 2nd No Comments por

Calabazas

En Espantapájaros, lo que más celebramos el 31 de octubre es la imaginación de los niños.

Este año, la fiesta empezó un día antes porque el 30 fue martes y los martes siempre tenemos el taller de Cuentos en pañales. Con los bebés que vinieron ese día, nos dieron ganas de movernos como esqueletos y por eso leímos (y cantamos) Chumba la cachumba, de la tradición oral. Ese libro, en la edición publicada por Ekaré, fue el favorito de la tarde pero también disfrutamos con canciones de risa, de fiesta y de susto.

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con los niños del jardín infantil tuvimos un día lleno de juegos. Y de literatura, que nunca puede faltar.  Como siempre, las caras de felicidad, sorpresa y concentración de los niños eran tan expresivas y tan llenas de detalles como las páginas de los libros. De toda la casa, el lugar favorito de muchos de ellos fue la librería que, por ese día, dejó de ser la librería Espantapájaros para convertirse en la guarida de Los tres bandidos (el libro de Tomi Ungerer), en donde los niños buscaron el tesoro de monedas de oro de chocolate que los tres bandidos habían escondido.

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Nuestra directora: “Perder la memoria”

i oct 22nd No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Perder la memoria

 

A los trece años tuve una amnesia temporal producida por un golpe. De aquel paseo de fin de semana, que se convirtió en una nebulosa sin antes ni después, conservo una imagen fija: a través de una ventana miro una ciudad que sé que no es la mía, pero no logro saber por qué estamos ahí ni me atrevo a volver a preguntar lo que sé que ya he preguntado muchas veces.

Lo único que reconozco es un vestido que interrogo para saber de dónde vengo, pero el vestido no me dice nada. Y deambulo, del vestido a la ciudad y a la ventana y a las caras familiares que me miran preocupadas, y que recuerdo también con una mezcla de angustia y de vergüenza, sin referencias en el medio: sin esos hilos que amarran una escena con la otra, que nos conducen de una causa a un efecto, y de este día al día siguiente. Sin ese pegante que es la memoria y solo echamos de menos cuando falta.

Quería pedirle al presidente Duque, como lo han hecho organizaciones de víctimas y académicos de Colombia y de la comunidad internacional, que preservara la autonomía académica del Centro Nacional de Memoria Histórica, en este cambio de dirección y de Gobierno. Quería argumentar sobre la importancia de mantener continuidad en el proceso de acompañar a las víctimas a comprender lo que les pasó y de seguir documentando con rigor lo que vivimos –y permitimos o hicimos o no vimos– como sociedad, como país y como Estado durante más de treinta años de conflicto armado, pero llegó esa imagen fija de una niña que mira con terror una ciudad desconocida, y encontré una pista para entender cómo la historia (la personal, la del país) pende de esos hilos que amarran lo que pasó con lo que está pasando y con lo que podrá pasar en el futuro.

Explorar esa compleja urdimbre no es sencillo, pues toda memoria está abierta a interpretaciones que cambian en el tiempo y no coinciden exactamente con la de otros, aunque hayan vivido los mismos hechos. La memoria individual está emplazada en la memoria colectiva, y la memoria histórica toma esos recuentos de la memoria colectiva para trabajarlos con las herramientas propias de las ciencias sociales y situarlos en un contexto más amplio, regional y nacional, que permita comprenderlos en toda su complejidad. Sin desconocer la empatía que suscita el recuento de la memoria colectiva en tiempos de guerra, la memoria histórica pretende dilucidar no solo lo que pasó, sino también por qué y cómo pasó.

Más allá de memorizar datos –o de borrarlos, que es el peligro, si no se preserva la independencia académica del centro–, el imperativo ético y político de este país en estos tiempos es comprender los engranajes que nos llevaron a vivir en guerra para desarrollar no solo sentido de pertenencia a una historia compartida, sino también un sentido de responsabilidad que revele cómo nuestras decisiones (o nuestras omisiones) incidieron en la historia. Si la manera como hemos afrontado los conflictos en Colombia no nos habla de nuestra forma de resolver conflictos y si no relacionamos los procesos políticos nacionales y locales que llevaron al desplazamiento y la violencia con nuestras prácticas políticas, estaremos, como la imagen de esa niña, deambulando entre escenas inconexas sin saber cómo salir.

“Cuando a la memoria se la convierte en relato hegemónico, se la vuelve vecina del totalitarismo. Pero cuando se la reconoce en su diversidad, es una de las prácticas con mayor vocación democrática”, decía Gonzalo Sánchez, el director del CNDMH en 2013 al entregar el documento ‘¡Basta ya!’, que mostraba lo que nos habíamos negado a ver durante tantos años de barbarie.

Ese trabajo de documentación que es necesario seguir haciendo y nos ayuda a debatir–en buena hora– es lo que está, de nuevo, en juego.

YOLANDA REYES

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