Nuestra directora: “A pie por la Gran Colombia”

i ago 27th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 27 de agosto de 2018, Yolanda Reyes escribió:

A pie por la Gran Colombia

 

 

‘El éxodo venezolano atraviesa los Andes’, se titula un artículo sobrecogedor que escribió el periodista colombiano Santiago Torrado para el diario ‘El País’ de Madrid sobre la odisea de los migrantes que recorren cerca de 1.500 kilómetros desde Cúcuta, en la frontera nororiental con Venezuela, hasta Ipiales, en la suroriental, para pasar el puente de Rumichaca, entrar a Ecuador y continuar hacia Perú, o más allá.

Toma casi treinta horas hacer ese trayecto por carretera, y bastantes más si hay que hacer autostop, pero andar a pie requiere mucho más tiempo: quizás el mismo que les tomó hace dos siglos a los lanceros de nuestras guerras de independencia subir desde los llanos hacia la cordillera Oriental (descalzos, sin abrigo, tosiendo, llenos de picaduras y temblando de frío). Al igual que miles de desplazados que atraviesan tantos países de este mundo para salvarse de guerras, tiranías e inequidades (en pateras, como en el Mediterráneo; en trenes como La Bestia, que cruza Centroamérica hacia Estados Unidos, o en ‘flotas’ y tractomulas que serpentean por nuestras carreteras llenas de curvas y precipicios), los migrantes venezolanos andan con sus familias o van a reunirse con ellas en algún lugar de esta Gran Colombia.

En lo que va de 2018, mientras usted y yo estuvimos concentrados en nuestros asuntos y apenas nos fijamos en algún venezolano que tocaba un violín o un cuatro en alguna esquina de nuestras ciudades, veinte o treinta buses, cada uno con alrededor de cuarenta puestos, atravesaron nuestro país diariamente, de paso hacia Ecuador, según relata el artículo. La simple multiplicación da 1.200 personas al día, contando únicamente a quienes pueden pagar viajes en bus, pero en los días cercanos al 7 de agosto aumentaron a 8.000, con el rumor de que el presidente Duque planeaba cerrar la frontera. En la terminal alterna que ya existe en Ipiales para estos expresos –y que también vende comidas, abrigos, gorros de lana y todos esos productos relacionados con la “economía migratoria”–, alguien le dijo a Torrado que alcanzó a contar setenta y dos buses, y luego perdió la cuenta.

Lo que resulta sobrecogedor del artículo de ‘El País’, y lo que nos plantea un desafío no solo periodístico, sino humano a todos es asomarse a un drama del cual aún no hemos tomado plena conciencia y que, detrás de cada cifra, cuenta una historia particular, o mil historias de exilios, de pérdidas y despedidas. Una mujer embarazada que echa a andar con su pareja, como hace tantísimos siglos, en busca de un país en donde pueda nacer y vivir su hijo; una familia rota entre una frontera y un guardia, un bebé con un gorrito de lana y unos ojos brillantes que miran el nuevo mundo en los brazos de una madre con la mirada triste y perdida de cansancio son las imágenes que se multiplican por mil en nuestra frontera para volver a contar esa épica de la migración que, paradójicamente, se ve mejor cuando no se está cerca.

Así como muchas veces me he preguntado cómo se puede vivir cerca de una playa en la que naufragó un barco lleno de familias de inmigrantes o pasar diariamente por un refugio donde unos niños siguen esperando la reunificación familiar ordenada al gobierno Trump, hoy me pregunto en dónde hemos estado mientras 547.000 venezolanos de todas las edades atravesaron este país. ¿Cómo recordarán esos niños las imágenes de ese exilio que los marcarán durante el resto de sus vidas? ¿Qué circunstancias hacen que una familia ponga en riesgo a sus hijos para salvarlos del riesgo mayor de quedarse en su tierra? Como escribió la poeta anglo-somalí Warsan Shire: “Tienes que entenderlo: nadie pone a su hijo en un barco, salvo que el agua sea más segura que la tierra”.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: ¿Que ocho años no es nada?

i jul 30th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 30 de julio de 2018, Yolanda Reyes escribió:

¿Que ocho años no es nada?

 

 

La próxima vez que escriba esta columna, gobernará a Colombia un nuevo presidente, y ahora me doy cuenta de que, no obstante llevar tantos años escribiendo en este diario sobre asuntos que muchas veces tienen relación con el Gobierno, solo he visto pasar dos presidentes.

Dieciséis años y solo dos gobiernos: eso no ayuda al debate en un país tan inclinado –valdría mejor decir, hincado– ante el poder. Por eso, a pesar de no saber (¿o sí?) quién será el nuevo mandatario, es sano recordar que ninguna esfera de la actividad pública está escriturada, que los ministerios no son vitalicios y los balances de gestión y las evaluaciones no los pueden hacer los mismos implicados. O sí: poderse, se puede, como lo hemos leído hasta el hastío en muchas entrevistas ‘libreteadas’ de las últimas semanas. Pero una cosa es leer y otra, leer levantando la cabeza, según decía Roland Barthes al referirse a la compleja actividad de pensar y hacerse preguntas entre los intersticios de los textos.

En ese sentido, una de las inexplicables paradojas de estos ocho años fue el manejo que la ministra de Cultura le dio al ejercicio del disenso. Quizás haber permanecido dos cuatrienios en el poder influyó en la baja tolerancia a la crítica que caracterizó su gestión, en contraposición al respeto por la libertad de prensa que propugnaba el Presidente. Bastantes casos conocidos en el gremio cultural ilustran las reacciones de Garcés frente a profesionales, artistas, instituciones o medios de comunicación que se atrevieron a disentir, y que se tradujeron en vetos de personas o en supresión de pauta publicitaria por la ministra.

Un caso interesante es el de la revista Arcadia, cuyos debates sobre asuntos culturales como la remodelación del Museo Nacional o el apoyo del ministerio al Festival Iberoamericano de Teatro, entre otros, “no le gustaron” a la ministra. Estos debates, esperables en el contexto del trabajo cultural, llevaron a Garcés a considerar opositor del ministerio al entonces director de la publicación, Juan David Correa, y el resultado, al parecer, fue el retiro de la pauta que le daba el ministerio a la revista. El ostracismo publicitario terminó cuando Correa renunció a Arcadia para asumir la dirección editorial de Planeta, y basta con mirar los últimos números, a partir de su salida en marzo de este año, para notar el regreso y el incremento paulatino de la publicidad del ministerio en la revista.

Si bien se sabe que la publicidad oficial es una fuente de financiación para los medios, resulta inaceptable que el precio de recibirla sean el silenciamiento, la adulación o las interferencias, explícitas o sutiles, en decisiones sobre el personal o la línea editorial de una publicación. Así como ya se acepta, aunque sea a regañadientes, la crítica de los medios a la actividad política, económica, judicial o de salud, sin que ello implique vetos, ‘regaños’ o supresión de publicidad, es urgente considerar no solo natural, sino beneficiosa, la crítica constante en la actividad cultural, lo cual se extiende, por supuesto, a las políticas y las actividades desarrolladas por los ministerios y los organismos oficiales.

Sin duda, el balance de los dos últimos cuatrienios será menos elogioso con la distancia del tiempo y la pérdida del poder. En eso consiste, por fortuna, la alternancia democrática. Sin embargo, el caso del Ministerio de Cultura resulta pertinente para pensar en las maneras de albergar voces diversas. En este momento, crucial para la construcción de una cultura de paz, nadie debería ser vetado por expresar sus opiniones. Para beneficio de los ciudadanos y del nuevo gobierno, deseo toda la crítica posible en este cuatrienio que comienza.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Celebración del conflicto”

i feb 15th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 15 de febrero de 2016, Yolanda Reyes escribió:

Celebración del conflicto

 

Hay un valor instalado en nuestra idiosincrasia que, en lenguaje coloquial, se conoce como “no poner pereque” y que clasifica como “personas conflictivas” a quienes dicen abiertamente lo que piensan. Aunque llevamos tantos siglos matándonos por causas diversas, parece haber una especie de consenso nacional que considera “enemigo” (de la paz, del Gobierno, de la comunidad o del grupo que sea) a quien no traga entero y lo expresa con palabras.

La colección de frases es elocuente: “El que no está conmigo está contra mí”, “fulana está vetada porque es muy problemática”, “yo nunca he tenido un sí ni un no con mi marido”, “mejor me callo para evitar problemas”, y muchas otras que descalifican a quienes son ‘frenteros’ y que confunden nuestra supuesta amabilidad colombiana (en los dichos, no en los hechos) con la hipocresía, el servilismo o el silencio. 

Digo esto porque me parece peligroso el optimismo edulcorado alrededor de esta promesa llamada ‘posconflicto’, que sugiere el comienzo de una nueva era, como si fuera una tierra prometida al otro lado del arco iris. Aunque todos sabemos que el término se refiere a la confrontación armada con las Farc, la generalización hace pensar en un país donde el conflicto habrá quedado en el pasado, y esa ilusión lingüística reafirma la confusión nacional de considerar la paz como la ausencia de problemas.

Quizás porque crecimos viendo demostraciones permanentes según las cuales el conflicto es sinónimo de violencia, y no la consecuencia de ser distintos y de sentir y querer cosas distintas, consideramos enemigos a quienes expresan sus desacuerdos con palabras y les seguimos evitando las situaciones conflictivas a las nuevas generaciones. En lugar de enseñar a los niños a crecer entre las diferencias, los uniformamos, los encerramos en guetos, estratos, conjuntos cerrados, colegios cercados y privados, y les resolvemos los problemas (académicos, relacionales, personales), sin darles siquiera tiempo a formularlos. Con la ilusión de que no existe conflicto entre “la gente como uno” (la frase es elocuente), hemos perdido, por falta de entrenamiento, la capacidad para convivir entre las diferencias.

La capacidad de usar la lengua no para estar todos de acuerdo, sino, precisamente, para expresar los desacuerdos, para nombrar todo lo que no nos hemos dicho e incluso para alzar la voz y “poner pereque”, es una asignatura pendiente que requiere entrenamiento deliberado. Esa facultad simbólica, exclusivamente humana, para traducir nuestra experiencia con palabras, aunque a veces suenen crudas, es la herramienta básica para favorecer el tránsito hacia un país donde los conflictos armados vayan mutando, paulatina y lentamente, a conflictos tramitados con lenguaje. Las leyes, la institucionalidad, las artes, los libros, la cultura y especialmente la política son variaciones de ese invento humano de situar las diferencias en un orden seguro, construido en el lenguaje.

“Hacer pedagogía” sobre el proceso de paz debería significar mucho más que celebrar unos festejos publicitarios, para promover prácticas diversas, en todos los escenarios de la polis, desde la escuela hasta el parlamento, que permitan celebrar las diferencias, escuchar a los adversarios y enriquecer los niveles de argumentación. El reconocimiento de que un país se tramita, se discute y se construye con puntos de vista diferentes, con gente que discrepa y que negocia posturas a través del lenguaje, debería ser el desafío esencial para asumir los tiempos difíciles que nos esperan. Desde esta perspectiva, podríamos asumir una responsabilidad colectiva, en vez de seguirla desplazando a unos señores que resuelven problemas en una isla, como hemos hecho siempre.

Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “Sí es más que no”

i feb 1st No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 1 de febrero de 2016, Yolanda Reyes escribió:

Sí es más que no

 

–Quiero darte un beso. ¿Tú quieres?

–Sí, quiero.

–¿Te puedo acariciar?… ¿Pasamos a esto?… ¿Estás de acuerdo?… No tienes que hacerlo si no quieres. ¿Quieres?

–Sí. ¿Y tú?

–Yo también quiero.

Este tipo de conversación ilustra el cambio de paradigma sobre el consentimiento en las relaciones sexuales en el que se sustenta la ley denominada ‘Only Yes Means Yes’ (solo sí significa sí). La ley, firmada por el gobernador de California en el 2014 y posteriormente adoptada por los estados de Nueva York, Connecticut, Nueva Jersey y New Hampshire, define ese consentimiento como “un acuerdo afirmativo, consciente y voluntario” para tener relaciones sexuales, expresado con lenguaje verbal o no verbal por TODAS las personas involucradas en la relación. Si aún no les queda claro, la simple falta de resistencia o el silencio no significa una aceptación y cualquier relación sexual se puede interrumpir en cualquier momento ante la falta de permiso explícito para continuar.

¿O sea que tienes que preguntar y esperar un “sí” cada diez minutos?, suelen preguntar, con una mezcla de ironía y de preocupación, los estudiantes de secundaria o de universidad que participan en talleres de formación sobre la ley (uno de los requisitos para que las instituciones educativas reciban fondos estatales). La respuesta –afirmativa, claro– tiene que ver, más que con el tiempo, con esos matices que van definiendo la intensidad de los encuentros y que hay que aprender a identificar y a manejar como parte del aprendizaje de la sexualidad. En otras palabras, cuando se va a pasar a un nivel siguiente de intimidad es imprescindible volver a preguntar y recibir permiso explícito. La sabiduría del viejo refrán, “ante la duda, abstente”, vuelve a funcionar para evitar ambigüedades o disculpas al estilo del “yo creí que ella quería”, “ella se lo buscó” o “mi error fue enamorarme”.

El consentimiento afirmativo es un paso más allá del eslogan “No significa No”, que marcó la pauta de generaciones anteriores y, además de hacer más claras las fronteras para determinar lo que constituye un abuso sexual, define nuevos marcos educativos. Sentencias como “quien calla, otorga” o la máxima perversa que asegura que “cuando una mujer dice que no, quiere decir sí”, por no mencionar el antiguamente mal llamado “deber conyugal” se desvirtúan por completo, y queda también claro que alguien drogado, borracho, inconsciente, dormido o en situaciones de vulnerabilidad o desigualdad no está en condiciones de dar un consentimiento afirmativo. Según esta legislación, ya no es necesario demostrar una negativa contundente a tener sexo: basta con no decir que sí para configurar casos de abuso o de violación, sin importar si fue con alguien cercano.

Decir sí quiero: he ahí la diferencia entre una sexualidad basada en los tabúes, los miedos, las presiones y las prohibiciones, y esas relaciones complejas y cambiantes que se construyen mediante un diálogo continuo y lleno de dudas, de errores, de aciertos y de descubrimientos entre iguales. Ese preguntar de múltiples maneras, esas exploraciones y esos permisos mutuos que van construyendo las fronteras, las complicidades y los desafíos de una relación (no solo sexual) se basan en el reconocimiento de la autonomía y en el respeto por cada persona, sin importar su género.

El escándalo del Defensor del Pueblo es apenas la punta del iceberg de esta cultura nuestra que equipara sexo con poder y que está presente, de tantas formas, en lo público y en lo privado. Antes de la secundaria, desde el comienzo de la vida, tendríamos que educar de otra manera para favorecer esa exploración de los límites propios y ajenos que se extienden entre el no y el sí… y tantas veces el “quién sabe”.

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Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “A través de las pantallas”

i dic 6th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 7 de diciembre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

A través de las pantallas

 

Primera escena. En la sala de espera de un aeropuerto, un bebé llora desesperadamente. El padre, desesperado también, deambula con él en brazos alrededor de un maletín donde la madre rebusca algo. Mi amiga Patricia, una psicoanalista que estuvo ahí para contarlo, aguarda al igual que el padre, el bebé y los desesperados pasajeros, la aparición de ese objeto que, a juzgar por la expectativa familiar, debe ser indispensable. Mi amiga supone que del maletín saldrá un tetero o un chupo, pero… ¡sale una tableta!

El bebé brama, ahora de excitación. Y al lado de los destellos con voz metálica que lo entretienen, regresa la calma a la sala y la madre comienza a amamantarlo, con los ojos del niño perdidos en la pantalla. Esa especie de nuevo rostro inexpresivo que no descifra a ese bebé particular, que no le habla exclusivamente a él mientras lo alimenta (y no solo de leche), como solía suceder en la especie humana, marcando ritmos y acentos, ilustra lo que mi amiga denominó una “catástrofe psíquica”. Aquella intimidad entre un adulto y un bebé que hay que aprender a habitar mutuamente, esa experiencia de piel con piel, no la puede suplir ninguna app. ¿Cómo inventar el olor, la redondez, el latido, el diálogo tónico entre un adulto y un niño en brazos? ¿Cuál red reemplaza esas redes de afecto entre seres humanos que nacen en la primerísima infancia?

Segunda escena. Una familia va a conocer mi jardín con su hija de un año. ¿Aquí cuántos idiomas enseñan?, pregunta el padre y yo niego con la cabeza. Su hija, de la que me estoy haciendo amiga, mueve su dedo para decirme, en idioma bebé, que ella también sabe decir “no, no”. La madre cuenta que conocieron un jardín infantil trilingüe: inglés, francés y mandarín. ¿Y español?, le pregunto, con cierto sarcasmo. El español lo aprende en la casa, me dice el padre. Aunque ya sé que no es el lugar que ellos buscan, les muestro la arenera, el gimnasio, la biblioteca… No veo computadores, reclama la madre, y yo vuelvo a negar con la cabeza.

¿Tampoco tienen cámaras?, pregunta el padre. Contesto “no, no” con el dedo y la niña se ríe. El padre dice que entonces cómo podrían saber si su hija estaría bien cuidada. Le doy una explicación del diálogo que mantenemos con los padres y le digo que los niños tienen muchas formas de contar cómo se sienten, pero él me cuenta cuántas cámaras tienen en el apartamento, para vigilar desde los computadores de sus oficinas que sí les estén cuidando bien a su hija, y yo agradezco que no la estén viendo forcejear con otra niña, por un balde de arena. Les hablo de la importancia de acompañar a los niños a resolver problemas cotidianos para aprender a vivir juntos y de las formas sutiles y diversas de estar con ellos, y pienso en la necesidad de tener algo de privacidad, desde el jardín, pero los veo absortos en sus celulares, así que me pongo a hacer tortas de arena mojada con la niña, hasta que la madre nos regaña a las dos porque el vestido está lleno de arena y se lleva a la hija llorando.

Tercera escena. La Navidad llega cada vez más rápido, dice un abuelo, y hablamos del tiempo infantil, eterno y subjetivo, que se extendía entre una navidad y otra, o entre el día de velitas y la llegada del niño Dios. Evocamos la emoción de esa espera que permanece en la memoria poética cuando la infancia ya se ha ido y se han perdido todas las fotos, y nos preguntamos a dónde van a parar esos millones de fotos de niños que ya no nos dejan estar con los niños, mientras los miramos (sin verlos) a través de las pantallas. Y se me ocurre que hay un patrimonio de todas las infancias que está en riesgo y que es urgente preservar en esos encuentros humanos que necesariamente comienzan con una voz, con un olor, con un cuerpo que canta.

Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “Dejar leer a los niños”

i nov 23rd No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 23 de noviembre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

Dejar leer a los niños

 

“Lee lo que te caiga en las manos; así irás formando un criterio”, me aconsejó mi papá al ver que intentaba esconder una novela de Françoise Sagan. Yo tenía trece años y había pasado abruptamente de Heidi, Corazón y las series de entonces (los Cinco, los Siete) a Corín Tellado y a la Sagan. Recuerdo la carátula con unas sábanas revueltas; el resto lo olvidé pronto. Lo que no olvidaré nunca fue esa confianza en mi capacidad de formar criterio leyendo.

Por supuesto, la escena tiene segunda parte. “Ya estás en edad de leer otras cosas”, me dijo al otro día, y me mostró, por si quería darles un vistazo, El lobo estepario de Hesse, La peste de Camus y no recuerdo cuál otro libro. Lo que tampoco olvidaré nunca fue ese “ya estás en edad” y esas sobremesas que siguieron, hablando sobre aquellos personajes que mis papás también conocían. Esas charlas, en lenguaje cifrado, sobre una vida adulta a la que yo me estaba asomando y que ellos reconocían, con los libros que me daban, fueron mi rito de iniciación literario. Y también desde esos días me quedó claro lo que significaba criterio.

Quise rebobinar esa historia, que tanto influyó en mi oficio, a propósito de las reacciones que suscitó la orden de la Superintendencia de Industria y Comercio de advertir a los padres sobre el contenido de “El libro Troll”, como no apto para niños. Aunque ya me referí a la mala calidad del contenido y de la edición, (Semana 2015/11/14), creo que reducir el asunto a la dicotomía entre censura y libertad de expresión es renunciar a los matices que se pueden explorar entre la libertad y la censura, entre el oficio del editor y el de publicador, entre el trabajo del librero y el del vendedor de libros, especialmente –pero no solo- cuando se trata de niños. Y más cuando la “mercancía” es un libro y el consumidor, un lector.

Si la SIC regula las transacciones entre mercancías y consumidores y si los consumidores, en este caso los padres, le solicitan defender el interés superior de los niños consagrado en la Constitución, ordenar una advertencia al lado de un formato engañoso sería parte de sus obligaciones. El criterio de corresponsabilidad frente a los niños implica no venderles alcohol ni tabaco y advertir a los adultos cuando las mercancías –películas, juegos, libros, medicamentos– tienen restricciones de edad.

Sin embargo, ahí donde se resuelve la imposición de la SIC comienzan las preguntas para nuestro gremio: ¿Estas mercancías llamadas libros que se compran y se venden, como las demás, pueden ampararse en su fuero “cultural” para alegar censura, en vez de responsabilidad editorial? ¿Por qué un sello como Planeta edita un libro de actividades para niños que les propone quitarse “algo de ropa y ponerse a bailar en la ciudad mientras piden oro”, escribir un rap sobre penes y vaginas o burlarse de un anciano, y justifica las ramplonerías porque el autor tiene más de diez millones de suscriptores en YouTube? ¿Existe ese autor? ¿Hay un editor a cargo de la edición? ¿Qué piensa el librero que lo ubica en una estantería al lado del libro de actividades de Disney? ¿Lee el librero, o solo “coloca” libros? ¿Cuál es la apuesta de ese librería, cuál la de ese editor? ¿Quién es el papá que regala el libro? ¿Se lo recomienda el librero?

Ante la voracidad del mercado y la ausencia de crítica, hoy es más necesario educar el criterio de los niños. Dejarlos leer y mostrarles, al tiempo, nuestros tesoros y hallazgos. Decirles, “ya estás en edad de leer esto” y ver cómo les brillan los ojos cuando les recomendamos el libro justo. O cuando conversamos con ellos sobre por qué nos parece mejor este libro que el otro. A ellos les gusta la crítica. Y no es censura sino valoración, argumentos: criterio.

Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “Todas las familias felices”

i nov 9th 2 Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 9 de noviembre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

Todas las familias felices

 

¿Ustedes duermen en la misma cama? preguntó mi hijo a una pareja de amigos homosexuales que nos había invitado su casa. Le contestaron que sí y pasamos a la mesa. Pese a los marcos jurídicos vigentes en su infancia, mis hijos se hicieron adultos mirándonos compartir trabajo, fiestas y afectos entrañables con amigos homosexuales: parejas de hombres y parejas de mujeres, en proporción similar a las parejas conformadas por hombres y mujeres y a los amigos sin pareja. Como dato curioso, (y nada concluyente), las parejas de amigos que han celebrado más aniversarios son homosexuales. Unas amigas tienen un nieto que considera a su abuela biológica y a la pareja de su abuela igual de abuelas: en el amor incondicional, la biología no marca diferencias.

Por Espantapájaros, el jardín infantil que dirijo, han pasado familias de todo tipo, unas más abiertas y otras más reservadas. Hace un año llegó un niño con dos mamás. No era la primera vez que sucedía, pero sí fue la primera vez que una pareja homosexual se presentaba abiertamente. Entonces nos dimos cuenta de los formatos administrativos que debíamos cambiar. Por citar un ejemplo aparentemente inofensivo, las listas de curso y de asistencia tenían dos casillas: una para el nombre del padre y otra para el de la madre. ¿ Y qué pasaba con el niño que tenía dos mamás?

Vimos que los formatos tampoco se ajustaban a la realidad de muchos niños: ¿Dónde cabían la hija de una madre soltera, el niño criado por un papá, aquel que había sido adoptado por su tía y tantas familias que se habían organizado de formas recursivas y amorosas para cuidar a sus niños? Alguien recordó que en su colegio solían escribir la palabra “fallecido”, o simplemente trazaban una raya en la casilla del padre que había muerto, y evocamos la vieja sensación de “no ser como los otros” que es un currículo oculto y vergonzante de la escuela. Esos formatos, reproducidos por los siglos de los siglos, nos habían “formateado” también las ideas sobre lo “normal”, mientras la realidad iba por otro lado; así que decidimos dejar una casilla con el nombre de “familia” para que cada familia la llenara como era.

Desde hace muchísimos años, muchos colombianos han sido criados por parejas o triángulos casi siempre femeninos, (madres, abuelas, tías) que han apoyado o reemplazado a madres viudas, solteras y solitarias, de tantas soledades y de tantos abandonos, en contravía de las formas de control social que pretenden encajonar la complejidad de las relaciones humanas, con sus contingencias, sus accidentes y sus posibilidades. Las reacciones de estos días frente a la decisión de la Corte Constitucional de permitir la adopción a familias homosexuales, indican que reformar los marcos jurídicos es bastante más sencillo que cambiar esos prejuicios que han marginado a tantos seres queridos.

Indaguen en la historia nacional y en sus círculos cercanos y descubran cuántos secretos a voces han sido sepultados entre ese formato único. Y si no ven nada explícito, quizás es tiempo de ahondar más e imaginar el sufrimiento de ese pariente, lejano o cercano, vivo o muerto, que debió –¿o debe aún?– reprimir su orientación sexual para encajar en el formato.

Si a los niños se les garantiza el derecho a tener una familia en esa acepción plural que, más allá de la condición sexual, está enraizada en nuestra compleja condición humana, crecerán entre modelos diversos para identificarse, expresarse y ejercer su ciudadanía. Las decisiones jurídicas son parte del proceso irreversible de actualizar formatos sociales para dar cabida a todas las familias, felices e infelices, a veces más a veces menos, que somos todas, en el fondo y desde hace mucho, mucho tiempo.

Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “Hace treinta años…”

i oct 25th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 25 de octubre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

Hace treinta años…

 

“…en 1985, un hombre exigió que cesara el fuego. El llamado fue desoído. Esa vida fue acallada en medio de una pira fatal a la vista de todos los colombianos, atónitos y silenciosos. El gesto de Alfonso Reyes Echandía mal podría ser visto como el acto por demás comprensible y humano de una víctima sacudida por el miedo; es, en realidad, una demanda ética cuya grandeza aún debe ser valorada y ponderada por nuestro país”. 

Así comienza el Informe Final de la Comisión de la Verdad sobre el Palacio de Justicia elaborado por los Magistrados Jorge Aníbal Gómez, José Roberto Herrera y Nilson Pinilla, (Corte Suprema de Justicia, 2010), que debería ser lectura obligada en estos días cuando se conmemoran treinta años del holocausto y los secretos a voces vuelven a romper el silencio para recordarnos que es imposible cerrar lo que no está resuelto.

El pasado 20 de octubre, entre el ruido electorero, el país conoció una noticia que habría conmocionado a cualquier país, pero que aquí suscitó más indiferencia que estupor: Medicina Legal había identificado los restos de Cristina del Pilar Guarín, Lucy Amparo Oviedo y Luz Mary Portela, tres desaparecidas del Palacio. Cristina y Luz Mary, que trabajaban en la cafetería, fueron halladas en Jardines del Recuerdo y Lucy Amparo, quien había ido a una entrevista de trabajo, apareció en el Cementerio del Sur.

Semejante hallazgo por el que habían vivido y luchado sus familiares, (incluso, algunos murieron en el intento) marcaba el cierre simbólico de treinta años de horror y acababa también con ese resquicio de esperanza que es lo último que se pierde cuando alguien está “desaparecido”. Sin embargo, el derecho a sepultar a los seres queridos que recuperaban esas familias abría las heridas de otras que descubrían haber enterrado muertos ajenos.

Cristina del Pilar apareció en la tumba de María Isabel Ferrer, quien ahora se convirtió en desaparecida; Luz Mary, en la tumba de Libia Rincón, y los restos de Lucy Amparo fueron encontrados en las cajas 55 y 55A, cuyo material pertenece a una fosa común. “Eso por lo que la opinión se aterra hoy, lo vivimos en vivo y en directo hace treinta años. Pero el país no quería oír esa historia”, dijo Carlos Medelín, el ex ministro de Justicia, hijo del Magistrado del mismo nombre, y relató en estas páginas la forma confusa e irregular que caracterizó la entrega de los cadáveres.

Esa historia que el país no quería (o no quiere) oír, está documentada rigurosamente por el informe, en el cual se alude a “las múltiples negligencias que, por acción u omisión conllevaron a que las necropsias no se practicaran adecuadamente (… ) En muchos de los casos, los cadáveres fueron mal identificados, lo que supuso, en consecuencia, la entrega errónea de cadáveres a los dolientes, debido a las presiones políticas y a las derivadas de la angustia de los familiares”. 

Las consecuencias de esas entregas erróneas siguen causando dolor a los familiares y muchos casos que estaban cerrados vuelven a ponerse en tela de juicio. Por ejemplo, Sofía Velásquez, la hija de María Isabel Ferrer, contó que a ella le entregaron un pedazo de zapato y le mostraron un cuerpo calcinado, y que siempre dudó que fuera de su madre. “Esperaba que algún día llegara a la casa. Todas las noches la esperaba. El día de mi grado de fisioterapeuta esperaba que llegara”.

Ahora, cuando se ha comprobado que esas piezas sueltas no son su mamá, Sofía afronta la tragedia de buscar de nuevo algún pedazo de ese cuerpo. Y este es solo uno de los casos que se van revelando, “ante la vista de todos los colombianos, atónitos y silenciosos”, igual que entonces. Si esto ocurre con los duelos de hace treinta años, ¿qué esperar de los más recientes?

Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “¿Por qué se odian, profe?”

i oct 12th 1 Comment por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 12 de octubre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

¿Por qué se odian, profe?

 

Una amiga me contó que la llamaron del colegio a contarle que su hijo estaba leyendo un libro inadecuado para su edad. El lector, a quien llamaré Jota, tiene once años: una edad en la que se puede vislumbrar el mundo adulto con esa lucidez que da la perspectiva de no ser adulto todavía. Jota suele recurrir habitualmente a los libros para contestar sus preguntas, o para encontrar nuevas preguntas, y ese hábito le ha sido inculcado tanto en su casa como en el colegio.

La mamá de Jota comenzó la reunión diciéndole a la profesora que le parecía un contrasentido que a su hijo lo motivaran a leer espontáneamente y que luego le censuraran sus elecciones, y preguntó cuál era el libro inadecuado que estaba leyendo. Enemigos: Santos y Uribe ¿Por qué se odian?, de Vicky Dávila, respondió la profesora, y agregó que Jota lo había encontrado al lado de los periódicos y las revistas, en la sección de actualidad colombiana de la biblioteca escolar.

Entre sorprendida y divertida, la mamá estuvo de acuerdo en que ese no era el libro para leer en clase a los once años y luego le preguntó a Jota por qué había escogido precisamente ese libro, entre tantos de la biblioteca. Precisamente para entender por qué se odian Santos y Uribe, si antes eran amigos, fue su respuesta. ¿Y entendiste por qué?, contra preguntó ella. Creo que se odian por la paz, aventuró Jota, pero dijo que iba a cambiar el libro por otro más interesante.

En estos días, al ver a los miembros del Centro Democrático, todos en bloque, luciendo camisetas con la consigna de “lo que es con Uribe es conmigo”, no dejo de pensar en lo que se preguntarán –y en lo que aprenderán– los ciudadanos de la generación de Jota, al ver a los adultos “gritando al unísono” esos mensajes en negro sobre blanco, sin matices. Esas consignas repetidas en coro, (“lo que es con él es conmigo”), que nos recuerdan los rituales de control y de venganza de “los más machos”, especialmente característicos de los colegios masculinos, son la matriz del matoneo, hoy lo sabemos, y resulta aterrador, por no decir patético, ver a los líderes políticos acusándose mutuamente de terroristas y conformando bandos.

Allá ellos, que gane el que más vocifere, dan ganas de decir, y de sustraerse al ruido mediático para leer y escribir sobre asuntos más interesantes. El problema, sin embargo, es que esa pobreza de lenguaje y de argumentación caracteriza el nivel del debate político con el que se están formando las nuevas generaciones y reproduce formas esquemáticas y estigmatizadas de dirimir las diferencias y de resolver conflictos de toda índole: “Terrorista. Enemigo de la paz. Eje electoral Santos-Maduro-Timochenko-Montealegre”. Si las palabras ilustran la calidad del pensamiento, cabe preguntarse cuáles son las herramientas conceptuales con las que cuenta este país, en este momento crucial, para afrontar tantas discusiones y versiones contrapuestas.

Muchos aprendizajes se construyen mirando actuar a quienes nos preceden y, en ese sentido, los debates públicos y la manera como estos son recogidos tanto en los medios, como en los ámbitos familiares y sociales, son el referente político de ciudadanos como Jota. La libertad para expresarse y para escuchar voces diversas, lo mismo que el rigor para contrastar fuentes y para asumir posiciones argumentadas y autónomas, son las condiciones educativas mínimas que hoy se requieren para cambiar esas prácticas de secta, instaladas en todos los grupos y transmitidas de generación en generación.

Esas son huellas de guerra y uno de los mayores desafíos es usar otro lenguaje para ejercer la posibilidad de disentir. Pero un lenguaje que se hable más allá de las paredes de la escuela.

Yolanda Reyes 

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Nuestra directora: “Las buenas-nuevas intenciones”

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 28 de septiembre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

Las buenas-nuevas intenciones

 

Parece una paradoja que los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible propuestos en la Cumbre Mundial de Jefes de Estado para los próximos 15 años hayan sido proyectados sobre el edificio de Naciones Unidas, tan necesitado de aire acondicionado, tan iluminado y tanto poco amigable con el ambiente, justamente cuando el foco de la campaña era “educar a todo el mundo sobre los esfuerzos para luchar contra la pobreza, la desigualdad y el cambio climático”.

Por supuesto, el edificio de la ONU fue inaugurado en los 50, una década en la que tampoco estaba previsto que un afroamericano llegara a la Casa Blanca, que un latinoamericano fuera Papa, que los gringos cerraran y acabaran de reabrir su embajada en La Habana, después de cerca de medio siglo, y que gastar energía dejara de asociarse con progreso. Ahora, en el 70 aniversario de la ONU, su Secretario General declaró que “necesitamos una transformación en cómo producimos, usamos y compartimos energía”, y sus palabras contrastaban con esa fachada de vidrio, donde se leía el objetivo de “Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo en 2030” ¿En serio, como van las cosas, alguien lo ve posible en solo quince años?

A juzgar por las palabras del Papa Francisco, invitado a abrir la cumbre, él no lo ve posible y quiso dejar constancia: “Hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias”, dijo, y se refirió a un doble peligro: “limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos –metas, objetivos e indicadores estadísticos–, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos”.

Un ejercicio burocrático, les dijo, y casi todos lo aplaudieron: al fin y al cabo, son muy diplomáticos. “Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad… constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser «Naciones unidas por el miedo y la desconfianza«”, les dijo también, para notificarles que veía las armas ahí, bajo la mesa.

Sin embargo, en materia de contradicciones, tampoco el Papa pudo tirar la primera piedra, al declarar que “la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones”. En una cumbre donde el quinto objetivo para 2030 es “lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a las mujeres y las niñas”, y una de las metas es “garantizar el acceso universal a la salud sexual y reproductiva y los derechos reproductivos”, sus palabras mostraron que la posición de la Iglesia Católica no va por esa línea. “El respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer”, a los que se refirió y en la que incluyó a “los no nacidos” reafirma que la eterna distancia en asuntos de género, respeto a la diversidad sexual y salud reproductiva se mantiene.

Pese al “nominalismo tranquilizador de conciencias” de los objetivos de la ONU, es interesante ver cómo ilustran los cambios de paradigma sobre el deber ser que se plantean los Estados. Por ejemplo, cuando se promulgaron los Derechos de los Niños en la Asamblea de 1989, nadie se imaginó que esa declaración afectaría las miradas sobre infancia que hoy tenemos como horizonte. Eso no significa que debamos esperar milagros de esas cumbres. Sencillamente dan líneas para cambiar de ideales, pero cambiar la realidad es bastante más complicado. Por eso debe ser que lo que ellos cambian, periódicamente, son los objetivos.

Yolanda Reyes 

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