Nuestra directora: “Duque versus Duque”

i nov 6th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Duque versus Duque

 

¿Quién es, a fin de cuentas, el presidente de Colombia? ¿Es un actor que finge esa espontaneidad ingenua y sonríe feliz, jugando al presidente, o es un sofisticado estratega que desconcierta a la opinión como parte de un juego aprendido? Produce miedo no saberlo, y no saber si lo que dice hoy lo sostendrá, no digamos en un par de años, sino la próxima semana.

Ese desconcierto que hoy compartimos todos, incluso quienes lo eligieron, se ha exacerbado durante las últimas semanas con la ley de financiamiento. Su propuesta de gravar con IVA la canasta familiar a pocos meses de haber prometido exactamente lo contrario en su campaña ilustra el poco valor que otorga a su palabra. Y aunque aquí estemos acostumbrados al engaño en las promesas tributarias, el cinismo de su partido y de su jefe, Álvaro Uribe, pidiendo (pidiéndose a sí mismo) hace unos días que no se grave la canasta familiar ratifica el manido truco del policía malo y el policía bueno del Gobierno, en el que ya no cree nadie.

Gracias a internet, la memoriosa, se ha hecho viral un video del presidente Duque en su antiguo papel: “Soy el senador Iván Duque –saluda desde un pasado reciente para advertir sobre los peligros de la reforma tributaria del gobierno Santos–: esta reforma se llama IVA… no podemos dejar que sean los colombianos de la clase media y los más necesitados los que terminen pagando” –argumenta con una convicción, y hoy debería escucharse a sí mismo–.

Y desde tiempos más antiguos, se puede leer la propuesta del entonces presidente Uribe: “Por el criterio paternalista de no cobrarles a los más pobres se incurre en el tratamiento de inequidad, de no cobrarles a los ricos. Es mucho mejor cobrarles a todos y devolverles a los pobres… Si la devolución se hace a través de cuentas de ahorro, eso se convertirá en un apoyo para avanzar hacia el crédito popular”, argumentaba para justificar el IVA del 10 % a la canasta familiar”. (‘El País’, Cali, 2006). Los testimonios de los dos actores no pueden ser más elocuentes.

Sin embargo, la incoherencia mayúscula del gobierno Duque que, de ser cierta, hablaría de una preocupante tendencia a autosabotearse, es la de gravar con IVA a todos los libros, desde los textos escolares hasta los virtuales. A pesar de que uno de los pilares de su gobierno –y la única idea que puede reclamar como propia o, al menos, compartida con Felipe Buitrago– es la ‘economía naranja’, basada en esos oficios de la imaginación que están recogidos y atravesados por el libro y la lectura, gravar con IVA a toda la cadena del libro, con sus múltiples actores, desde los creadores hasta los editores, los lectores, los libreros y el sector educativo (incluyendo a los niños que hoy se forman), desvirtuaría, de un modo irreparable, la única propuesta de su gobierno que parece innovadora y que se centra en los oficios creativos.

A menos que se trate de otra supuesta falta de comunicación entre el Presidente y su ministro de Hacienda –que hoy actúa como el mayor ‘policía malo’ del Gobierno–, o de un truco más para distraer a la opinión con un IVA impresentable que luego se quitará y hará parte del ‘lobby’ del sector de la cultura y de la negociación que agradeceremos (otra vez más, como es costumbre) al presidente de turno, se trata de una falta de coherencia aterradora. Como lo dijo Enrique González, el presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro, “ningún pueblo debería pagar impuestos para leer, estudiar e informarse”.

Justamente leemos para eso: para preservar el valor de la palabra, que es, en el fondo y a largo plazo, la única manera que tiene una sociedad de garantizar, entre otras cosas, que queden fijas, que no queden impunes las palabras.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Perder la memoria”

i oct 22nd No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Perder la memoria

 

A los trece años tuve una amnesia temporal producida por un golpe. De aquel paseo de fin de semana, que se convirtió en una nebulosa sin antes ni después, conservo una imagen fija: a través de una ventana miro una ciudad que sé que no es la mía, pero no logro saber por qué estamos ahí ni me atrevo a volver a preguntar lo que sé que ya he preguntado muchas veces.

Lo único que reconozco es un vestido que interrogo para saber de dónde vengo, pero el vestido no me dice nada. Y deambulo, del vestido a la ciudad y a la ventana y a las caras familiares que me miran preocupadas, y que recuerdo también con una mezcla de angustia y de vergüenza, sin referencias en el medio: sin esos hilos que amarran una escena con la otra, que nos conducen de una causa a un efecto, y de este día al día siguiente. Sin ese pegante que es la memoria y solo echamos de menos cuando falta.

Quería pedirle al presidente Duque, como lo han hecho organizaciones de víctimas y académicos de Colombia y de la comunidad internacional, que preservara la autonomía académica del Centro Nacional de Memoria Histórica, en este cambio de dirección y de Gobierno. Quería argumentar sobre la importancia de mantener continuidad en el proceso de acompañar a las víctimas a comprender lo que les pasó y de seguir documentando con rigor lo que vivimos –y permitimos o hicimos o no vimos– como sociedad, como país y como Estado durante más de treinta años de conflicto armado, pero llegó esa imagen fija de una niña que mira con terror una ciudad desconocida, y encontré una pista para entender cómo la historia (la personal, la del país) pende de esos hilos que amarran lo que pasó con lo que está pasando y con lo que podrá pasar en el futuro.

Explorar esa compleja urdimbre no es sencillo, pues toda memoria está abierta a interpretaciones que cambian en el tiempo y no coinciden exactamente con la de otros, aunque hayan vivido los mismos hechos. La memoria individual está emplazada en la memoria colectiva, y la memoria histórica toma esos recuentos de la memoria colectiva para trabajarlos con las herramientas propias de las ciencias sociales y situarlos en un contexto más amplio, regional y nacional, que permita comprenderlos en toda su complejidad. Sin desconocer la empatía que suscita el recuento de la memoria colectiva en tiempos de guerra, la memoria histórica pretende dilucidar no solo lo que pasó, sino también por qué y cómo pasó.

Más allá de memorizar datos –o de borrarlos, que es el peligro, si no se preserva la independencia académica del centro–, el imperativo ético y político de este país en estos tiempos es comprender los engranajes que nos llevaron a vivir en guerra para desarrollar no solo sentido de pertenencia a una historia compartida, sino también un sentido de responsabilidad que revele cómo nuestras decisiones (o nuestras omisiones) incidieron en la historia. Si la manera como hemos afrontado los conflictos en Colombia no nos habla de nuestra forma de resolver conflictos y si no relacionamos los procesos políticos nacionales y locales que llevaron al desplazamiento y la violencia con nuestras prácticas políticas, estaremos, como la imagen de esa niña, deambulando entre escenas inconexas sin saber cómo salir.

“Cuando a la memoria se la convierte en relato hegemónico, se la vuelve vecina del totalitarismo. Pero cuando se la reconoce en su diversidad, es una de las prácticas con mayor vocación democrática”, decía Gonzalo Sánchez, el director del CNDMH en 2013 al entregar el documento ‘¡Basta ya!’, que mostraba lo que nos habíamos negado a ver durante tantos años de barbarie.

Ese trabajo de documentación que es necesario seguir haciendo y nos ayuda a debatir–en buena hora– es lo que está, de nuevo, en juego.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Génesis”

i oct 8th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 8 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Génesis

 

Génesis: ¿cuántas expectativas cifradas en ese nombre? Génesis: esa primera niña del mundo entero que somos todas fue violada y asesinada a los nueve años en Fundación (Magdalena, Colombia). Es muy doloroso afrontar, no solo como familia sino como país, lo que significa matar el comienzo del mundo, pero es imperativo pensar como adultos, más allá de clamar venganza.

Todos conocemos la historia, con innumerables variaciones, desde hace muchos, muchísimos años: la madre le encarga a su hija un mandado sencillo y le da instrucciones para llegar a la casa de un familiar, pero, en el camino, aparece el monstruo. En el territorio de la ficción, el lobo feroz, Barba Azul o el Mohán representan el peligro, el poder y la fuerza, y nos ayudan a luchar simbólicamente para afrontar nuestro miedo y nuestra vulnerabilidad, vencer al enemigo con un castigo ejemplar y regresar a la casa ilesos, desde esas profundidades oscuras que suelen situarse en la panza de un lobo, en el vientre de una ballena o en un sótano ensangrentado. Sin embargo, en este país tan real, la historia se ensaña, con una brutalidad literal, ahora en Génesis, pero antes y después en muchas otras víctimas.

La reacción primaria –la que permiten los cuentos a la psique infantil– es buscar un castigo perpetuo que le dé su merecido al monstruo, pero, sobre todo, que lo desaparezca de nuestra mirada, para que nunca jamás vuelva a ser una amenaza. Ante la falta de control de los instintos –externos e internos–, la solución de retomar el control pasa por las palabras, y ese es el sentido de las ficciones fundacionales que les contamos a los niños. El problema es que, en territorio real, inventar una nueva ley –o reformular un castigo en palabras– es una solución irresponsable y falaz. Al recurrir a una fórmula mágica, evitamos abordar la complejidad de la realidad y nos sentimos a salvo con el esquematismo: el monstruo se pudre en una cárcel (a la que rara vez llega), y todos vivimos felices para siempre.

Si bien el miedo puede dar réditos a los medios de comunicación y ofrecer a los políticos una forma de cohesión inmediata alrededor del castigo, resulta impresentable que los gobernantes manipulen esos mecanismos primarios para eludir el análisis y la búsqueda de soluciones sostenibles e integrales en el terreno real.

Mientras la sociedad se moviliza –y moviliza a un político e inmortaliza su nombre en una nueva ley– para exigir, no el cumplimiento de las leyes ya existentes y la garantía de los derechos de los niños, también ya escritos y reglamentados, sino el aumento de penas escritas, los niños y las niñas siguen desprotegidos en vecindarios inseguros, en los que todos conocen y conviven con los agresores.

La propuesta responsable, la que es obligatoria y difícil y requiere ser sostenida en el tiempo, es asumir la corresponsabilidad entre el Estado, la familia y la sociedad que está consagrada en la Constitución de 1991 y reglamentada en el Código de Infancia y Adolescencia. Ese proyecto colectivo de país alrededor del objetivo común de la protección integral de la infancia es el desafío para nuestros líderes políticos.

No hay otra forma para restaurar la confianza de los niños que convertir a todos los adultos en garantes de sus derechos. En el poder de esas redes que forman una comunidad protectora y responsable está el trabajo de prevención, y ese es el que salva a los niños, antes de que se topen con el monstruo.

Todos sabemos, y deberían saberlo el presidente Duque y los promotores de castigos simbólicos, que la prisión perpetua no es más que el último eslabón de una larga cadena de omisiones. Poner el acento en el castigo cuando todo es irremediable es, por decir lo menos, una irresponsabilidad política.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Competencias argumentativas para servidores públicos”

i sep 24th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 24 de septiembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Competencias argumentativas para servidores públicos

 

“Son las dos o tres semanas más desagradables que he sentido, con el senador Robledo echando Twitter cada dos minutos, sus compinches en la gran prensa bogotana, sus aliados y sus barras bravas”, declaró, visiblemente exaltado, el ministro de Hacienda en el debate sobre los bonos de agua. Ciento diecisiete municipios de los más pobres del país se endeudaron para construir acueductos, llevan años pagando intereses y deben más de lo que les prestaron, sin construir nada, en su mayoría. El Ministro fue citado por haber tenido injerencia en la estructuración del sistema de financiación cuando ocupó el mismo cargo hace unos años y por haber tenido, posteriormente, negocios relacionados con esos bonos en su firma privada.

El periodista Daniel Coronell, presidente de la división de informativos de Univisión, denunció la situación en su columna de ‘Semana’ y Jorge Enrique Robledo, el senador que se ha destacado por sus debates en el Congreso, citó a Carrasquilla al debate. En ese contexto, ¿hay que decirle al servidor público que disculpe las molestias por pedirle explicaciones, también públicas, o habría que disculparse, más bien, con los ciudadanos de esos municipios que aún no tienen agua potable? ¿A quiénes se refiere el Ministro con ese término de historieta: ‘compinches en la gran prensa bogotana’? (Me queda sonando eso de ‘bogotana’: ¿qué piensa el Ministro de la prensa de otros lugares del país?). ¿Cuál debería ser el rol de los medios, según él, y cuál el de los parlamentarios? ¿Por aliados y barras bravas se refiere a la ciudadanía que elige a los senadores para que la representen?

Además del problema del agua que requiere, como el de la alimentación escolar y tantos otros en los que se vulneran derechos fundamentales, de muchos debates centrados en la búsqueda de explicaciones sobre la incapacidad política nacional y local para garantizarlos y sobre las denuncias relacionadas con incumplimientos o conflictos de intereses, lo más preocupante del debate no es, ni siquiera, lo que se dijo en el Congreso, sino la forma de decir y de reaccionar, como si pedir y dar explicaciones rigurosas no fuera una obligación y como si un debate parlamentario fuera una competencia de boxeo y su objetivo fuera aniquilar al enemigo, en vez de buscar explicaciones y, ojalá, soluciones a problemas que involucran bienes públicos.

Con excepciones brillantes, que no voy a nombrar, pues quiero centrarme en el sentido general, me parece que todos perdimos. La lógica de la argumentación, si se puede llamar ‘lógica’ esa manera de hablar sin escuchar y sin interesarse en seguir la argumentación del otro, fue una asignatura pendiente en muchas intervenciones y la exhibición (o el exhibicionismo) de una retórica acalorada en la que prevalecía la fuerza de las mayorías sobre la naturaleza de los argumentos y con la que algunos parlamentarios hablaban sin decir nada más que lugares comunes refleja carencias dramáticas, precisamente en el Parlamento, que es el escenario por excelencia para el ejercicio democrático.

La falta de pensamiento crítico y de habilidad para expresar argumentos en tiempo breve, lo mismo que la pobreza lingüística y el desconocimiento de reglas gramaticales básicas de algunos “oradores”, es una alerta para el sistema democrático, o quizás, lo que resulta más grave, el reflejo de un país incapaz de contrastar fuentes, versiones y posturas diversas (y del que tampoco puede exonerarse, bueno es reconocerlo, a la prensa). Si la responsabilidad para sustentar y comunicar las ideas es el principio esencial para asumir la responsabilidad de los propios actos, hay razones profundas para preocuparse.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “A pie por la Gran Colombia”

i ago 27th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 27 de agosto de 2018, Yolanda Reyes escribió:

A pie por la Gran Colombia

 

 

‘El éxodo venezolano atraviesa los Andes’, se titula un artículo sobrecogedor que escribió el periodista colombiano Santiago Torrado para el diario ‘El País’ de Madrid sobre la odisea de los migrantes que recorren cerca de 1.500 kilómetros desde Cúcuta, en la frontera nororiental con Venezuela, hasta Ipiales, en la suroriental, para pasar el puente de Rumichaca, entrar a Ecuador y continuar hacia Perú, o más allá.

Toma casi treinta horas hacer ese trayecto por carretera, y bastantes más si hay que hacer autostop, pero andar a pie requiere mucho más tiempo: quizás el mismo que les tomó hace dos siglos a los lanceros de nuestras guerras de independencia subir desde los llanos hacia la cordillera Oriental (descalzos, sin abrigo, tosiendo, llenos de picaduras y temblando de frío). Al igual que miles de desplazados que atraviesan tantos países de este mundo para salvarse de guerras, tiranías e inequidades (en pateras, como en el Mediterráneo; en trenes como La Bestia, que cruza Centroamérica hacia Estados Unidos, o en ‘flotas’ y tractomulas que serpentean por nuestras carreteras llenas de curvas y precipicios), los migrantes venezolanos andan con sus familias o van a reunirse con ellas en algún lugar de esta Gran Colombia.

En lo que va de 2018, mientras usted y yo estuvimos concentrados en nuestros asuntos y apenas nos fijamos en algún venezolano que tocaba un violín o un cuatro en alguna esquina de nuestras ciudades, veinte o treinta buses, cada uno con alrededor de cuarenta puestos, atravesaron nuestro país diariamente, de paso hacia Ecuador, según relata el artículo. La simple multiplicación da 1.200 personas al día, contando únicamente a quienes pueden pagar viajes en bus, pero en los días cercanos al 7 de agosto aumentaron a 8.000, con el rumor de que el presidente Duque planeaba cerrar la frontera. En la terminal alterna que ya existe en Ipiales para estos expresos –y que también vende comidas, abrigos, gorros de lana y todos esos productos relacionados con la “economía migratoria”–, alguien le dijo a Torrado que alcanzó a contar setenta y dos buses, y luego perdió la cuenta.

Lo que resulta sobrecogedor del artículo de ‘El País’, y lo que nos plantea un desafío no solo periodístico, sino humano a todos es asomarse a un drama del cual aún no hemos tomado plena conciencia y que, detrás de cada cifra, cuenta una historia particular, o mil historias de exilios, de pérdidas y despedidas. Una mujer embarazada que echa a andar con su pareja, como hace tantísimos siglos, en busca de un país en donde pueda nacer y vivir su hijo; una familia rota entre una frontera y un guardia, un bebé con un gorrito de lana y unos ojos brillantes que miran el nuevo mundo en los brazos de una madre con la mirada triste y perdida de cansancio son las imágenes que se multiplican por mil en nuestra frontera para volver a contar esa épica de la migración que, paradójicamente, se ve mejor cuando no se está cerca.

Así como muchas veces me he preguntado cómo se puede vivir cerca de una playa en la que naufragó un barco lleno de familias de inmigrantes o pasar diariamente por un refugio donde unos niños siguen esperando la reunificación familiar ordenada al gobierno Trump, hoy me pregunto en dónde hemos estado mientras 547.000 venezolanos de todas las edades atravesaron este país. ¿Cómo recordarán esos niños las imágenes de ese exilio que los marcarán durante el resto de sus vidas? ¿Qué circunstancias hacen que una familia ponga en riesgo a sus hijos para salvarlos del riesgo mayor de quedarse en su tierra? Como escribió la poeta anglo-somalí Warsan Shire: “Tienes que entenderlo: nadie pone a su hijo en un barco, salvo que el agua sea más segura que la tierra”.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: ¿Que ocho años no es nada?

i jul 30th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 30 de julio de 2018, Yolanda Reyes escribió:

¿Que ocho años no es nada?

 

 

La próxima vez que escriba esta columna, gobernará a Colombia un nuevo presidente, y ahora me doy cuenta de que, no obstante llevar tantos años escribiendo en este diario sobre asuntos que muchas veces tienen relación con el Gobierno, solo he visto pasar dos presidentes.

Dieciséis años y solo dos gobiernos: eso no ayuda al debate en un país tan inclinado –valdría mejor decir, hincado– ante el poder. Por eso, a pesar de no saber (¿o sí?) quién será el nuevo mandatario, es sano recordar que ninguna esfera de la actividad pública está escriturada, que los ministerios no son vitalicios y los balances de gestión y las evaluaciones no los pueden hacer los mismos implicados. O sí: poderse, se puede, como lo hemos leído hasta el hastío en muchas entrevistas ‘libreteadas’ de las últimas semanas. Pero una cosa es leer y otra, leer levantando la cabeza, según decía Roland Barthes al referirse a la compleja actividad de pensar y hacerse preguntas entre los intersticios de los textos.

En ese sentido, una de las inexplicables paradojas de estos ocho años fue el manejo que la ministra de Cultura le dio al ejercicio del disenso. Quizás haber permanecido dos cuatrienios en el poder influyó en la baja tolerancia a la crítica que caracterizó su gestión, en contraposición al respeto por la libertad de prensa que propugnaba el Presidente. Bastantes casos conocidos en el gremio cultural ilustran las reacciones de Garcés frente a profesionales, artistas, instituciones o medios de comunicación que se atrevieron a disentir, y que se tradujeron en vetos de personas o en supresión de pauta publicitaria por la ministra.

Un caso interesante es el de la revista Arcadia, cuyos debates sobre asuntos culturales como la remodelación del Museo Nacional o el apoyo del ministerio al Festival Iberoamericano de Teatro, entre otros, “no le gustaron” a la ministra. Estos debates, esperables en el contexto del trabajo cultural, llevaron a Garcés a considerar opositor del ministerio al entonces director de la publicación, Juan David Correa, y el resultado, al parecer, fue el retiro de la pauta que le daba el ministerio a la revista. El ostracismo publicitario terminó cuando Correa renunció a Arcadia para asumir la dirección editorial de Planeta, y basta con mirar los últimos números, a partir de su salida en marzo de este año, para notar el regreso y el incremento paulatino de la publicidad del ministerio en la revista.

Si bien se sabe que la publicidad oficial es una fuente de financiación para los medios, resulta inaceptable que el precio de recibirla sean el silenciamiento, la adulación o las interferencias, explícitas o sutiles, en decisiones sobre el personal o la línea editorial de una publicación. Así como ya se acepta, aunque sea a regañadientes, la crítica de los medios a la actividad política, económica, judicial o de salud, sin que ello implique vetos, ‘regaños’ o supresión de publicidad, es urgente considerar no solo natural, sino beneficiosa, la crítica constante en la actividad cultural, lo cual se extiende, por supuesto, a las políticas y las actividades desarrolladas por los ministerios y los organismos oficiales.

Sin duda, el balance de los dos últimos cuatrienios será menos elogioso con la distancia del tiempo y la pérdida del poder. En eso consiste, por fortuna, la alternancia democrática. Sin embargo, el caso del Ministerio de Cultura resulta pertinente para pensar en las maneras de albergar voces diversas. En este momento, crucial para la construcción de una cultura de paz, nadie debería ser vetado por expresar sus opiniones. Para beneficio de los ciudadanos y del nuevo gobierno, deseo toda la crítica posible en este cuatrienio que comienza.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Celebración del conflicto”

i feb 15th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 15 de febrero de 2016, Yolanda Reyes escribió:

Celebración del conflicto

 

Hay un valor instalado en nuestra idiosincrasia que, en lenguaje coloquial, se conoce como “no poner pereque” y que clasifica como “personas conflictivas” a quienes dicen abiertamente lo que piensan. Aunque llevamos tantos siglos matándonos por causas diversas, parece haber una especie de consenso nacional que considera “enemigo” (de la paz, del Gobierno, de la comunidad o del grupo que sea) a quien no traga entero y lo expresa con palabras.

La colección de frases es elocuente: “El que no está conmigo está contra mí”, “fulana está vetada porque es muy problemática”, “yo nunca he tenido un sí ni un no con mi marido”, “mejor me callo para evitar problemas”, y muchas otras que descalifican a quienes son ‘frenteros’ y que confunden nuestra supuesta amabilidad colombiana (en los dichos, no en los hechos) con la hipocresía, el servilismo o el silencio. 

Digo esto porque me parece peligroso el optimismo edulcorado alrededor de esta promesa llamada ‘posconflicto’, que sugiere el comienzo de una nueva era, como si fuera una tierra prometida al otro lado del arco iris. Aunque todos sabemos que el término se refiere a la confrontación armada con las Farc, la generalización hace pensar en un país donde el conflicto habrá quedado en el pasado, y esa ilusión lingüística reafirma la confusión nacional de considerar la paz como la ausencia de problemas.

Quizás porque crecimos viendo demostraciones permanentes según las cuales el conflicto es sinónimo de violencia, y no la consecuencia de ser distintos y de sentir y querer cosas distintas, consideramos enemigos a quienes expresan sus desacuerdos con palabras y les seguimos evitando las situaciones conflictivas a las nuevas generaciones. En lugar de enseñar a los niños a crecer entre las diferencias, los uniformamos, los encerramos en guetos, estratos, conjuntos cerrados, colegios cercados y privados, y les resolvemos los problemas (académicos, relacionales, personales), sin darles siquiera tiempo a formularlos. Con la ilusión de que no existe conflicto entre “la gente como uno” (la frase es elocuente), hemos perdido, por falta de entrenamiento, la capacidad para convivir entre las diferencias.

La capacidad de usar la lengua no para estar todos de acuerdo, sino, precisamente, para expresar los desacuerdos, para nombrar todo lo que no nos hemos dicho e incluso para alzar la voz y “poner pereque”, es una asignatura pendiente que requiere entrenamiento deliberado. Esa facultad simbólica, exclusivamente humana, para traducir nuestra experiencia con palabras, aunque a veces suenen crudas, es la herramienta básica para favorecer el tránsito hacia un país donde los conflictos armados vayan mutando, paulatina y lentamente, a conflictos tramitados con lenguaje. Las leyes, la institucionalidad, las artes, los libros, la cultura y especialmente la política son variaciones de ese invento humano de situar las diferencias en un orden seguro, construido en el lenguaje.

“Hacer pedagogía” sobre el proceso de paz debería significar mucho más que celebrar unos festejos publicitarios, para promover prácticas diversas, en todos los escenarios de la polis, desde la escuela hasta el parlamento, que permitan celebrar las diferencias, escuchar a los adversarios y enriquecer los niveles de argumentación. El reconocimiento de que un país se tramita, se discute y se construye con puntos de vista diferentes, con gente que discrepa y que negocia posturas a través del lenguaje, debería ser el desafío esencial para asumir los tiempos difíciles que nos esperan. Desde esta perspectiva, podríamos asumir una responsabilidad colectiva, en vez de seguirla desplazando a unos señores que resuelven problemas en una isla, como hemos hecho siempre.

Yolanda Reyes 

Síguenos

Nuestra directora: “Sí es más que no”

i feb 1st No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 1 de febrero de 2016, Yolanda Reyes escribió:

Sí es más que no

 

–Quiero darte un beso. ¿Tú quieres?

–Sí, quiero.

–¿Te puedo acariciar?… ¿Pasamos a esto?… ¿Estás de acuerdo?… No tienes que hacerlo si no quieres. ¿Quieres?

–Sí. ¿Y tú?

–Yo también quiero.

Este tipo de conversación ilustra el cambio de paradigma sobre el consentimiento en las relaciones sexuales en el que se sustenta la ley denominada ‘Only Yes Means Yes’ (solo sí significa sí). La ley, firmada por el gobernador de California en el 2014 y posteriormente adoptada por los estados de Nueva York, Connecticut, Nueva Jersey y New Hampshire, define ese consentimiento como “un acuerdo afirmativo, consciente y voluntario” para tener relaciones sexuales, expresado con lenguaje verbal o no verbal por TODAS las personas involucradas en la relación. Si aún no les queda claro, la simple falta de resistencia o el silencio no significa una aceptación y cualquier relación sexual se puede interrumpir en cualquier momento ante la falta de permiso explícito para continuar.

¿O sea que tienes que preguntar y esperar un “sí” cada diez minutos?, suelen preguntar, con una mezcla de ironía y de preocupación, los estudiantes de secundaria o de universidad que participan en talleres de formación sobre la ley (uno de los requisitos para que las instituciones educativas reciban fondos estatales). La respuesta –afirmativa, claro– tiene que ver, más que con el tiempo, con esos matices que van definiendo la intensidad de los encuentros y que hay que aprender a identificar y a manejar como parte del aprendizaje de la sexualidad. En otras palabras, cuando se va a pasar a un nivel siguiente de intimidad es imprescindible volver a preguntar y recibir permiso explícito. La sabiduría del viejo refrán, “ante la duda, abstente”, vuelve a funcionar para evitar ambigüedades o disculpas al estilo del “yo creí que ella quería”, “ella se lo buscó” o “mi error fue enamorarme”.

El consentimiento afirmativo es un paso más allá del eslogan “No significa No”, que marcó la pauta de generaciones anteriores y, además de hacer más claras las fronteras para determinar lo que constituye un abuso sexual, define nuevos marcos educativos. Sentencias como “quien calla, otorga” o la máxima perversa que asegura que “cuando una mujer dice que no, quiere decir sí”, por no mencionar el antiguamente mal llamado “deber conyugal” se desvirtúan por completo, y queda también claro que alguien drogado, borracho, inconsciente, dormido o en situaciones de vulnerabilidad o desigualdad no está en condiciones de dar un consentimiento afirmativo. Según esta legislación, ya no es necesario demostrar una negativa contundente a tener sexo: basta con no decir que sí para configurar casos de abuso o de violación, sin importar si fue con alguien cercano.

Decir sí quiero: he ahí la diferencia entre una sexualidad basada en los tabúes, los miedos, las presiones y las prohibiciones, y esas relaciones complejas y cambiantes que se construyen mediante un diálogo continuo y lleno de dudas, de errores, de aciertos y de descubrimientos entre iguales. Ese preguntar de múltiples maneras, esas exploraciones y esos permisos mutuos que van construyendo las fronteras, las complicidades y los desafíos de una relación (no solo sexual) se basan en el reconocimiento de la autonomía y en el respeto por cada persona, sin importar su género.

El escándalo del Defensor del Pueblo es apenas la punta del iceberg de esta cultura nuestra que equipara sexo con poder y que está presente, de tantas formas, en lo público y en lo privado. Antes de la secundaria, desde el comienzo de la vida, tendríamos que educar de otra manera para favorecer esa exploración de los límites propios y ajenos que se extienden entre el no y el sí… y tantas veces el “quién sabe”.

.

Yolanda Reyes 

Síguenos

Nuestra directora: “A través de las pantallas”

i dic 6th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 7 de diciembre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

A través de las pantallas

 

Primera escena. En la sala de espera de un aeropuerto, un bebé llora desesperadamente. El padre, desesperado también, deambula con él en brazos alrededor de un maletín donde la madre rebusca algo. Mi amiga Patricia, una psicoanalista que estuvo ahí para contarlo, aguarda al igual que el padre, el bebé y los desesperados pasajeros, la aparición de ese objeto que, a juzgar por la expectativa familiar, debe ser indispensable. Mi amiga supone que del maletín saldrá un tetero o un chupo, pero… ¡sale una tableta!

El bebé brama, ahora de excitación. Y al lado de los destellos con voz metálica que lo entretienen, regresa la calma a la sala y la madre comienza a amamantarlo, con los ojos del niño perdidos en la pantalla. Esa especie de nuevo rostro inexpresivo que no descifra a ese bebé particular, que no le habla exclusivamente a él mientras lo alimenta (y no solo de leche), como solía suceder en la especie humana, marcando ritmos y acentos, ilustra lo que mi amiga denominó una “catástrofe psíquica”. Aquella intimidad entre un adulto y un bebé que hay que aprender a habitar mutuamente, esa experiencia de piel con piel, no la puede suplir ninguna app. ¿Cómo inventar el olor, la redondez, el latido, el diálogo tónico entre un adulto y un niño en brazos? ¿Cuál red reemplaza esas redes de afecto entre seres humanos que nacen en la primerísima infancia?

Segunda escena. Una familia va a conocer mi jardín con su hija de un año. ¿Aquí cuántos idiomas enseñan?, pregunta el padre y yo niego con la cabeza. Su hija, de la que me estoy haciendo amiga, mueve su dedo para decirme, en idioma bebé, que ella también sabe decir “no, no”. La madre cuenta que conocieron un jardín infantil trilingüe: inglés, francés y mandarín. ¿Y español?, le pregunto, con cierto sarcasmo. El español lo aprende en la casa, me dice el padre. Aunque ya sé que no es el lugar que ellos buscan, les muestro la arenera, el gimnasio, la biblioteca… No veo computadores, reclama la madre, y yo vuelvo a negar con la cabeza.

¿Tampoco tienen cámaras?, pregunta el padre. Contesto “no, no” con el dedo y la niña se ríe. El padre dice que entonces cómo podrían saber si su hija estaría bien cuidada. Le doy una explicación del diálogo que mantenemos con los padres y le digo que los niños tienen muchas formas de contar cómo se sienten, pero él me cuenta cuántas cámaras tienen en el apartamento, para vigilar desde los computadores de sus oficinas que sí les estén cuidando bien a su hija, y yo agradezco que no la estén viendo forcejear con otra niña, por un balde de arena. Les hablo de la importancia de acompañar a los niños a resolver problemas cotidianos para aprender a vivir juntos y de las formas sutiles y diversas de estar con ellos, y pienso en la necesidad de tener algo de privacidad, desde el jardín, pero los veo absortos en sus celulares, así que me pongo a hacer tortas de arena mojada con la niña, hasta que la madre nos regaña a las dos porque el vestido está lleno de arena y se lleva a la hija llorando.

Tercera escena. La Navidad llega cada vez más rápido, dice un abuelo, y hablamos del tiempo infantil, eterno y subjetivo, que se extendía entre una navidad y otra, o entre el día de velitas y la llegada del niño Dios. Evocamos la emoción de esa espera que permanece en la memoria poética cuando la infancia ya se ha ido y se han perdido todas las fotos, y nos preguntamos a dónde van a parar esos millones de fotos de niños que ya no nos dejan estar con los niños, mientras los miramos (sin verlos) a través de las pantallas. Y se me ocurre que hay un patrimonio de todas las infancias que está en riesgo y que es urgente preservar en esos encuentros humanos que necesariamente comienzan con una voz, con un olor, con un cuerpo que canta.

Yolanda Reyes 

Síguenos

Nuestra directora: “Dejar leer a los niños”

i nov 23rd No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 23 de noviembre de 2015, Yolanda Reyes escribió:

Dejar leer a los niños

 

“Lee lo que te caiga en las manos; así irás formando un criterio”, me aconsejó mi papá al ver que intentaba esconder una novela de Françoise Sagan. Yo tenía trece años y había pasado abruptamente de Heidi, Corazón y las series de entonces (los Cinco, los Siete) a Corín Tellado y a la Sagan. Recuerdo la carátula con unas sábanas revueltas; el resto lo olvidé pronto. Lo que no olvidaré nunca fue esa confianza en mi capacidad de formar criterio leyendo.

Por supuesto, la escena tiene segunda parte. “Ya estás en edad de leer otras cosas”, me dijo al otro día, y me mostró, por si quería darles un vistazo, El lobo estepario de Hesse, La peste de Camus y no recuerdo cuál otro libro. Lo que tampoco olvidaré nunca fue ese “ya estás en edad” y esas sobremesas que siguieron, hablando sobre aquellos personajes que mis papás también conocían. Esas charlas, en lenguaje cifrado, sobre una vida adulta a la que yo me estaba asomando y que ellos reconocían, con los libros que me daban, fueron mi rito de iniciación literario. Y también desde esos días me quedó claro lo que significaba criterio.

Quise rebobinar esa historia, que tanto influyó en mi oficio, a propósito de las reacciones que suscitó la orden de la Superintendencia de Industria y Comercio de advertir a los padres sobre el contenido de “El libro Troll”, como no apto para niños. Aunque ya me referí a la mala calidad del contenido y de la edición, (Semana 2015/11/14), creo que reducir el asunto a la dicotomía entre censura y libertad de expresión es renunciar a los matices que se pueden explorar entre la libertad y la censura, entre el oficio del editor y el de publicador, entre el trabajo del librero y el del vendedor de libros, especialmente –pero no solo- cuando se trata de niños. Y más cuando la “mercancía” es un libro y el consumidor, un lector.

Si la SIC regula las transacciones entre mercancías y consumidores y si los consumidores, en este caso los padres, le solicitan defender el interés superior de los niños consagrado en la Constitución, ordenar una advertencia al lado de un formato engañoso sería parte de sus obligaciones. El criterio de corresponsabilidad frente a los niños implica no venderles alcohol ni tabaco y advertir a los adultos cuando las mercancías –películas, juegos, libros, medicamentos– tienen restricciones de edad.

Sin embargo, ahí donde se resuelve la imposición de la SIC comienzan las preguntas para nuestro gremio: ¿Estas mercancías llamadas libros que se compran y se venden, como las demás, pueden ampararse en su fuero “cultural” para alegar censura, en vez de responsabilidad editorial? ¿Por qué un sello como Planeta edita un libro de actividades para niños que les propone quitarse “algo de ropa y ponerse a bailar en la ciudad mientras piden oro”, escribir un rap sobre penes y vaginas o burlarse de un anciano, y justifica las ramplonerías porque el autor tiene más de diez millones de suscriptores en YouTube? ¿Existe ese autor? ¿Hay un editor a cargo de la edición? ¿Qué piensa el librero que lo ubica en una estantería al lado del libro de actividades de Disney? ¿Lee el librero, o solo “coloca” libros? ¿Cuál es la apuesta de ese librería, cuál la de ese editor? ¿Quién es el papá que regala el libro? ¿Se lo recomienda el librero?

Ante la voracidad del mercado y la ausencia de crítica, hoy es más necesario educar el criterio de los niños. Dejarlos leer y mostrarles, al tiempo, nuestros tesoros y hallazgos. Decirles, “ya estás en edad de leer esto” y ver cómo les brillan los ojos cuando les recomendamos el libro justo. O cuando conversamos con ellos sobre por qué nos parece mejor este libro que el otro. A ellos les gusta la crítica. Y no es censura sino valoración, argumentos: criterio.

Yolanda Reyes 

Síguenos