Lavarse las manos y esperar

i Mar 17th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 8 de marzo de 2020, Yolanda Reyes escribió:

Lavarse las manos y esperar

Lavarse bien las manos, con frecuencia, como si nos jugáramos la vida en cada dedo, y seguir protocolos que recuerdan, pero sin un ápice de ironía, las ‘Instrucciones para subir una escalera’, de Cortázar. Evitar los gestos cotidianos, casi todos inconscientes, que van de la mano al ojo, a la boca o al mentón. Y de repente nos pillamos a nosotros mismos devanándonos los sesos, o con el dedo cerca de la oreja o la nariz, y nos reconvenimos con las viejas advertencias de la infancia y recuperamos la vieja sensación de peligro que siempre ha estado ahí, agazapada entre las urgencias cotidianas. Esa vulnerabilidad que separa la salud de la enfermedad –y la vida de la muerte– nos ha vuelto, a los que ya teníamos síntomas, aún más hipocondríacos.

Seamos francos: ¿quién no se ha notado más vigilante de sus estornudos habituales, por no mencionar la tos de los demás? ¿Quién no ha navegado en internet en busca de información menos difusa sobre las señales del coronavirus 2019 y ha regresado de esas expediciones infructuosas sin ninguna claridad que le permita distinguirla de la gripa de toda la vida?

Si desde nuestros viejos tiempos escolares, cuando nos quedábamos en la casa silenciosa, tomando néctares y jarabes edulcorados y esperando a que empezara la programación educativa de la tele, parecía claro que de una gripa no se moría nadie (o casi nadie), hoy no es fácil asegurar a ciencia cierta qué podría pasar. Y, aunque las estadísticas disponibles indican que un alto porcentaje de los contagiados se recupera, de repente, el planeta se ha convertido en el salón de cuarto B, con la diferencia de que nadie quiere acercarse ni siquiera al más cercano.

Después de tantas guerras y amenazas nucleares, de tantas armas ‘naturales’ o sintéticas y de tantos grupos ilegales o legales, descubrimos –o, mejor, recordamos– que el peligro somos nosotros; que cada uno puede tener –o simplemente transportar de un aeropuerto a otro, sin imaginarlo siquiera ni mostrar síntomas– ese virus que nadie conoce bien aún y parece tomado de un cuento maravilloso, con su toque de murciélago y de especies salvajes, y sus orígenes lejanos.

A veinte años de comenzado este milenio, este covid-19 que evade los detectores de metales más sofisticados y los controles aeroportuarios diseñados para conjurar amenazas del tipo 11S nos trae un mensaje sobre los tiempos y los peligros que han cambiado (y que, en el fondo, son los mismos).

Lavarse las manos y la cara; no toserle encima a nadie y asumir la responsabilidad frente a los otros: ¿a eso se reduce todo, como en nuestros tiempos escolares? ¿Acaso, dónde está la ciencia: cuáles son las vacunas y los antibióticos para uso inmediato? Esa obsesión del todo para ya; esa urgencia de conectar causas y consecuencias y estímulos y respuestas infalibles parece diluirse momentáneamente en el aire, y como en aquellos libritos de pasatiempos que nos distraían en esos días eternos de estar enfermos sin ir al colegio, nos vemos uniendo punticos con un lápiz para encontrar una figura.

Quizás la figura que aparezca sea la de este viejo planeta agotado, resfriado y a veces sin defensas que insiste en decirnos cosas simples y en recordarnos otras que siguen siendo irremediables. Que no tenemos que trabajar si estamos enfermos, ni ser tan ‘productivos’, ni hacer tantos viajes ni asustarnos tanto por las bolsas de dinero. Que quizás sea tiempo de albergar, con esta incertidumbre, todo lo que nos hace humanos: ese regreso a la solidaridad, esos abrazos de palabras para estos días de cuarentena, esa ética del cuidado y ese viejo mandato de proteger a los más frágiles, empezando por los que antes fuimos eternamente jóvenes y hoy somos, simplemente, nosotros.

 

YOLANDA REYES

Síguenos

Su nombre es hoy

i Mar 17th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 24 de febrero de 2020, Yolanda Reyes escribió:

Su nombre es hoy

El 19 de febrero por la mañana, Juliana Pungiluppi, la hoy saliente directora del ICBF, se había comprometido en una entrevista a resolver los problemas de contratación que tenían a la primera infancia más vulnerable del país sin atención integral en los centros de desarrollo infantil y en otras modalidades del instituto.

Para decirlo de manera sencilla, en la tercera semana de febrero no había jardines para más de medio millón de niños menores de 5 años, lo que significaba que no había desayuno, almuerzo ni meriendas, ni espacios donde pudieran atenderlos integralmente (nutrirlos, cuidarlos, educarlos y acompañar su desarrollo). Si usted tiene hijos pequeños, puede imaginar la pesadilla de hacerse estas preguntas al comenzar la semana: ¿con quién dejo a mis niños? ¿Cómo los alimento? ¿Quién los cuida?

De manera sorpresiva, el 19 de febrero por la tarde, los medios informaron de la renuncia, “por motivos personales”, de la misma directora que horas antes había prometido agilizar la contratación, y reprodujeron, sin hacer preguntas, un comunicado del ICBF en el que se enumeraban sus logros. Entre estos figuraba el “aumento del 10 por ciento en las adopciones de niñas, niños y adolescentes” –¡ay de este país que se ufana de ser potencia en trámites de niños no deseados!– y “la transformación del modelo de contratación de servicios de primera infancia”, que era, justamente, el causante del incumplimiento. El presidente Duque se sumó al coro con alguno de esos lugares comunes de agradecimiento por “el compromiso en pro de la infancia”.

Aunque esa banalidad mediática y presidencial en el tratamiento de la infancia no es nueva, sí ilustra un retroceso en un asunto que comenzaba a entenderse –al menos en teoría– como prioridad política. ¿Qué pasó con la ley de Cero a Siempre, sancionada en el gobierno Santos? ¿Se trató de la apuesta exclusiva de un gobierno (o de una ‘primera dama’), o de una verdadera política de Estado? ¿Qué significa que tantos niños a cargo del ICBF regresen desnutridos después de unas ‘vacaciones’ forzosas, y que miles de ellos sigan hoy sin jardines? ¿Cómo se mide el impacto de ese tiempo sin atención durante el momento crucial del desarrollo? Frente al total de esas vidas que suman doce o veinticuatro meses, ¿qué porcentaje representa cada día o cada semana sin garantía de derechos? ¿Qué pierden esos niños y sus familias; qué pierde este país?

Si más del 60 por ciento del presupuesto billonario anual del ICBF se dirige a la atención integral de la primera infancia, el proceso de contratar operadores con la debida anticipación, teniendo en cuenta los criterios de calidad y transparencia hacia los que apuntaba la directora y evitando la corrupción, por supuesto, era un trabajo de alta complejidad que, más allá de buenas intenciones, requería un equipo técnico calificado para prever las contingencias, pero sin interrumpir los servicios.

En un comunicado, el instituto pidió excusas a los padres de familia y mencionó el “sacrificio que será compensado con alta calidad en el servicio para garantizar el mejor futuro de los niños y las niñas”. Al leerlo, pensé en las palabras de Gabriela Mistral: “Muchas de las cosas que nosotros necesitamos pueden esperar, los niños no pueden. Ahora es el momento, sus huesos están en formación, su sangre también lo está, y sus sentidos se están desarrollando… A los niños no podemos contestarles mañana; su nombre es hoy”.

Frente al desafío de manejar el ICBF, conviene recordar esa urgencia de los niños que tiene que estar clara siempre: en cualquier administración, en todos los gobiernos, y también en esta sociedad que es corresponsable de todo lo que hagamos o dejemos de hacer por nuestros niños.

YOLANDA REYES

Síguenos

Pisa al comienzo de clases

i Mar 17th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 28 de enero de 2020, Yolanda Reyes escribió:

Pisa al comienzo de clases

Ahora, cuando las familias pagan listas inverosímiles de útiles escolares, con las aspiraciones puestas en la educación de sus hijos, es tiempo de releer los datos de esa prueba trienal de Pisa en la que Colombia participa desde 2006 para analizar el lugar de nuestra educación en el contexto de los países afiliados a la Ocde, y confirmar lo que sabemos sobre las oportunidades que les esperan a nuestros adolescentes.

Frente a la sensación de pedalear en una bicicleta estática, sin movernos más que unas décimas entre la cohorte de los países con mal desempeño, es tiempo de asumir responsabilidades. Y la primera es discutir, sin indulgencia, los resultados. Después de 13 años de participar en la prueba, ya no podemos seguir diciendo que nuestro objetivo es meramente el de tener una línea base para comenzar a compararnos con otros y con nosotros a lo largo del tiempo, pues ya hay tiempo suficiente para saber que no hemos avanzado. Tampoco es responsable hurgar entre las cifras menos malas, para mostrar algún vaso medio lleno. Además de reconocer que ‘Colombia, la más educada’ no fue más que una propaganda para la segunda elección de Santos, conviene tener presente que los examinados nacieron y se educaron durante los gobiernos de Uribe y Santos.

El 50 por ciento de esos jóvenes alcanzaron al menos el nivel 2 en lectura, lo que significa que lograron “identificar la idea principal de un texto de extensión moderada, encontrar información con base en criterios explícitos, aunque a veces complejos, y reflexionar sobre el propósito y forma de los textos…”. Este desempeño, entre deficiente y mediocre para lectores de estos tiempos de redes, posverdades y complejidades informativas y académicas, solo fue superado por el 1 por ciento de adolescentes colombianos que alcanzaron el nivel 5, ocupado, según Pisa, por quienes son capaces de “comprender textos largos, manejar conceptos abstractos o contraintuitivos y establecer distinciones entre hechos y opiniones”. Frente al promedio de 15 países de la Ocde que tienen más del 10 por ciento de estudiantes en esos niveles, nuestro caso es preocupante, no solo por el escaso porcentaje de lectores con esa complejidad simbólica, sino también por su pertenencia a un sector con privilegios económicos.

En ciencias, ese mismo 1 por ciento en nivel 5 nos permite vaticinar que no vamos a ser una potencia en los proyectos científicos de este siglo; sin embargo, el caso de matemáticas es más preocupante, pues el 66 por ciento se ubicó en los niveles 0 y 1, en tanto que un 0 por ciento logró el nivel 5. Adicionalmente, lo que sabemos sobre la brecha de inequidad se ratifica: “La posición socioeconómica fue un fuerte predictor de desempeño en matemáticas y ciencias en Colombia”.

Las brechas de género también son preocupantes: en matemáticas, los varones superan a nuestras niñas por 20 puntos; en ciencias, por 12, y únicamente en lenguaje, la ventaja de las colombianas es de 10 puntos. Sin embargo, esta no es una buena noticia, según pretendió mostrarlo algún comunicado oficial, pues es la más baja de los países de la Ocde, en los que la ventaja femenina en lenguaje es de 30 puntos. Por eso, para no tragar entero y exigir responsabilidades, necesitamos retomar la evaluación de Pisa, que se quedó como una asignatura pendiente del año pasado.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: «Daniel y Goliat»

i Jun 20th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 17 de junio de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Daniel y Goliat

En medio de la sensación de que la prensa ha perdido conexión con los ciudadanos, el despido de Daniel Coronell de ‘Semana’ y su posterior reintegro, después de un acto de contrición tan sorprendente como la misma expulsión, dejan muchas más “lecciones aprendidas” que las reconocidas por el editorial de la revista. Y, aunque es pronto para saber qué tanto logra ‘Semana’ pasar la página y recuperar la credibilidad de sus lectores, el debate no puede restringirse a la adhesión o el repudio frente al columnista ni a los “confidenciales” de la negociación.

El caso Coronell ilustra no solo los dilemas éticos y profesionales que él afrontó y son inherentes al ejercicio periodístico en Colombia, sino eso que tanto repetimos en abstracto sobre el fin del mundo editorial como lo conocimos. Más allá del debilitamiento de los soportes tradicionales –la página impresa, la gran editorial–, el paradigma digital de las redes sociales ha transformado las formas de buscar, compartir, hacer circular y legitimar la información, además de poner en tela de juicio el sentido de las mediaciones tradicionales con sus jerarquías, sus propietarios y sus capitales.

Fue ‘La Silla Vacía’, un pequeñísimo mediador comparado con ‘Semana’, el que la puso en jaque al revelar que había eludido –postergado o silenciado– la publicación de las directrices del Ejército que presagiaban un regreso a los ‘falsos positivos’. Ese silenciamiento que llevó a las fuentes a recurrir a ‘The New York Times’ para publicar semejante información de interés nacional fue retomado por Coronell, lo cual refleja nuevas formas de alineación en las noticias: Juan Esteban Lewin, el joven periodista de ‘La Silla Vacía’, motiva al columnista más leído del país a cambiar su tema de columna para pedirle una explicación a la revista en la que escribe. Y lo hace públicamente, por ser un hecho con graves repercusiones que ya ha sido revelado por dos medios con prestigio entre los lectores. Para un periodista que ha construido su carrera justamente por hacer preguntas públicas incómodas, no era una opción la supuesta lealtad a los llamados ‘conductos regulares’ que posteriormente le reclamó el jefe-propietario.

El único capital irrecuperable para un líder de opinión en estos tiempos es la credibilidad ante sus lectores, que son globales, hiperactivos y ubicuos, acceden a la información desde cualquier lugar y con cualquier dispositivo, y ya no buscan el nombre de un diario en internet para leerlo de arriba abajo, sino que muchas veces llegan a los diarios por las firmas que les parecen confiables. Los medios como ‘The New York Times’ no solo han entendido cómo son de porosas las fronteras nacionales, sino que tienen claro que las audiencias urbanas no son locales y que la información periodística silenciada encontrará otros medios ávidos de publicarla.

En este nuevo contrato social, cultural y político, la conectividad ha facilitado también la participación inmediata de los lectores, e incluso les ha mostrado que no solo es posible prescindir del control de mediador, sino ponerlo en apuros económicos. Y, como también es posible medir exactamente el comportamiento lector, o lo que hoy se llama ‘tráfico’, el evidente impacto causado por la ausencia de Coronell en las audiencias seguro preocupó a los recientes socios de la revista.

Resultaría ingenuo creer que este cambio es siempre equitativo, como lo demuestran a diario las ‘fake news’. Sin embargo, la pregunta que ha dejado resonando Coronell, y que no es exclusiva para ‘Semana’, tiene que ver con el valor de la credibilidad, que es lo que convence hoy al lector para seguir a un medio. En estos tiempos móviles, no basta con mantenerla un siglo: se puede perder en un segundo.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: ‘Emascular’ y otros significados

i May 21st No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 20 de mayo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

‘Emascular’ y otros significados

Desde aquella frase ridículamente célebre de Turbay sobre su gobierno ‘hormonado y testiculado’ no recuerdo un alarde de testosterona similar al protagonizado por el Fiscal General de la Nación el día de su renuncia. “Las facultades de investigación de la Fiscalía… quedaron emasculadas”, declaró, y me llamó la atención que nadie se hubiera preguntado por el sentido de ese participio puesto ahí, como si semejante crisis hubiera sido motivada por una afrenta a la virilidad del personaje.

Algunos medios, acostumbrados a transcribir sin rechistar los culteranismos y los latinajos de ciertos abogados, creyeron oír ‘enascuradas’ (sic) en el discurso de Martínez y publicaron una palabra que ni siquiera existe. No les importó comunicar que, según el Fiscal, las facultades de investigación de la Fiscalía habían quedado… ni idea cómo, y al fin y al cabo daba igual porque nadie entendía nada y no era solo por no tener un diccionario.

Sin embargo, como para entender hay que empezar por buscar el significado de las palabras –y preguntarse quién las elige y en qué circunstancias–, emascular significa “extirpar o inutilizar los testículos o los testículos y el pene de un hombre o de un animal macho”. O ‘capar’, según la definición más escueta de la Real Academia de la Lengua. En ese sentido, la renuncia intempestiva del Fiscal lucía como un “acto de honor”, en sentido primitivo.

No obstante, si algo sabemos de Martínez, es que sus estrategias tienen más de maquinación que de instinto primitivo. ¿Cuál es, entonces, la agenda oculta, más allá de la pataleta de un niño tirano (o de un ego emasculado)? ¿Se trata, simplemente, de la oportunidad de salir como un héroe, en un momento en el que las investigaciones de Odebrecht pueden amenazar su continuidad y su legitimidad en el cargo, o hay más mensajes que no alcanzamos a descifrar? “Mi conciencia y mi devoción por el Estado de derecho me impiden continuar”, declaró también, con una frase que se oponía a sus actos recientes enmarcados en un incomprensible pacto de silencio urdido –¿con quiénes y por qué?– para no entregar las pruebas más importantes del caso Santrich a la JEP.

En esta coyuntura actual tan difícil para la justicia, con semejante mezcla amorfa entre narcotráfico, control territorial, asesinatos de líderes, polarización política, presiones internacionales y falta de liderazgo presidencial, el rol del Fiscal habría podido ser el de continuar trabajando desde el Estado de derecho.

Por el contrario, sus recientes declaraciones en la entrevista concedida ayer a Yamid Amat para este diario indican que Martínez recurre de nuevo a la ‘puerta giratoria’ para salir y entrar de la institucionalidad, según las circunstancias. Ahora dice que trabajará como “un obrero” para defender los procesos institucionales de la paz, y se vale de la imagen de los ‘arreglos de sastre’ para contarnos que se dedicará (¿en calidad de qué?) a hacer un “vestido de la paz” que se ajuste a todos los sectores. ¿Alguien cree que es posible?

Esos supuestos ‘buenos oficios’ para componer, al margen de la institucionalidad y sin responsabilidades públicas, unos acuerdos con los egos políticos de siempre (Uribe, Gaviria, Vargas Lleras y otros eternos barones) enmarcan el nuevo vocabulario del Fiscal e ilustran esta sucesión de vaivenes entre paz y guerra que no se resuelven nunca y mantienen la ciudadanía de este país en un estado de incertidumbre, miedo y desesperanza.

Quizás hoy, más que nunca, cabe insistir en la necesidad de una sociedad políticamente activa para desentrañar, pero no solo en el caso del Fiscal, los mensajes que circulan entre líneas y no auguran nada claro. Y, mucho me temo, nada bueno.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: «Léete, Filbo»

i May 8th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 6 de mayo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Léete, Filbo

Adoro el último día de Filbo –que siempre cae en lunes– porque ya no hay charlas ni ríos de gente que impidan ver el bosque, y puedo andar, libre por fin, entre libros, con esa sensación de carnaval a punto de acabarse. Me gusta, incluso, ver los ritos de cierre del oficio –armar cajas, llenarlas y sellarlas– y trato de quedarme hasta que una voz anuncia, como en las tiendas de cadena, que la función se ha terminado y rompe el hechizo de esa ‘cadena del libro’ que cada año, durante dos semanas, suplanta la realidad.

Además de salir con nuevos libros, es tiempo de balances, y seguramente en los próximos días conoceremos las cifras de ventas, de asistentes y de actividades que también, año tras año, son parte de la retórica post-Filbo. Sin embargo, mientras otras ferias –de modas, arte, artesanía, maquinaria o lo que sea– se toman los espacios, conviene aprovechar que faltan casi doce meses para la próxima Filbo y pensar, aún con esta versión fresca, qué tipo de feria propone Bogotá. Más allá del número de ejemplares, de metros cuadrados o de asuntos logísticos, ¿cuál es su identidad, cuál es su apuesta cultural y cuál es su lugar en el conjunto de las ferias del libro de Colombia y de América Latina?

Se trata, en últimas, de preguntar por el concepto o, para decirlo con ese lenguaje que han puesto de moda los autodenominados ‘coachs’, por su misión y su visión. ¿Alguien lo sabe? ¿Qué historia –o qué historias– les cuenta Filbo a los lectores, qué recorridos propicia, cuál es su narrativa? Más allá de lanzar una programación anual y de invitar –o no– a un país, ¿existe algún diseño susceptible de ser leído? Si, como sabemos, el ambiente es otro educador, ¿cuál es la idea de lectura, de lector, de formación lectora, de infancia, de educación, de libro y, por supuesto, de literatura y de escritura que “se lee”?

¿Es posible, para atender el eslogan que este año lanzó Filbo, ‘leerse’, mientras se avanza a empellones entre una multitud desorientada? ¿Qué lectura sobre lectura se lleva una familia con dos niños en edad escolar y un bebé, que hace largas filas a la entrada de Corferias un domingo y, después de entrar, hace otra fila para ver el pabellón de Colombia y otra para comer crispeta y otra para salir? ¿Cuál es la curaduría, no solo del pabellón, sino de la feria, que se les ofrece a tantas familias que han invertido su dinero y su tiempo del domingo entre las filas? ¿Cómo se enriquecen su experiencia, su perspectiva y sus ganas de leer? ¿Qué se llevan, además de una colección de papelitos para botar en casa? ¿Cómo hacen para separar el grano de la paja, entre el ‘Bebé Políglota’, el estand del ejército, y el que ofrece literatura de calidad?

Conviene preguntarse si esta supuesta diversidad sin jerarquías que junta todo sin criterio obedece a una equivocada idea de pluralismo o si se trata, simplemente, de una forma de eludir el crecimiento desmesurado de una feria que, por ser parte de un tinglado comercial, se transa según el precio del metro cuadrado. En caso de que el éxito comercial sea el hilo conductor y todos los criterios culturales y educativos deban supeditarse a esa ‘visión’, es imperativo tener claro el objetivo para no disfrazar de altruismo un negocio al estilo de las ‘grandes superficies’. Los libros no hablan solos y la manera de organizarlos, de acompañarlos, de proponer recorridos y de orientar al lector también se lee, y dice más que todos los discursos y todas esas frases hechas sobre el oficio de leer y de escribir.

Quizás es hora de proponer otro eslogan para pensar y debatir durante los meses de preparación de la siguiente feria. ‘Reinvéntate, Filbo’. Reescríbete y, por favor, hazte pequeña, que calidad y cantidad no son lo mismo.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Caperucita bajo censura”

i Abr 22nd No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de abril de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Caperucita bajo censura

 

En una escuela de Barcelona, la Asociación de Madres y Padres de Alumnos (Ampa) sacó 200 libros de la biblioteca. La Ampa encontró “un alto contenido sexista” en el 30 por ciento de los libros y consideró que, por tratarse de alumnos de educación infantil, su lectura podría llevarlos a reproducir estereotipos de género. ‘Caperucita Roja’, ‘La Bella Durmiente’ y la leyenda de San Jordi, según cuenta la noticia, fueron algunos de los títulos censurados.

Quizás la realidad es tan incontrolable, y quizás a veces los padres están tan ocupados, que parece más tranquilizador purgar la biblioteca de los niños, con la vana ilusión de controlar sus mentes, que ocuparse de educarlos y hacer cambios culturales en la realidad cotidiana. Y, aunque cortar las raíces del árbol genealógico de Caperucita requeriría una expedición interminable a través de siglos, versiones y países muy lejanos, me atrevo a sospechar que los niños se las arreglarían para eludir la vigilancia de la Ampa. Así como la Bella Durmiente encontró el único huso que sus padres no lograron ocultar, la literatura, como los sueños, tiene vida propia y existe, justamente, para dar nombre a las emociones contradictorias que todos enfrentamos desde la infancia.

Al contrario de los argumentos dados por la Ampa, he visto que los niños entienden, desde edades muy tempranas, que existe una ‘lengua-otra’ inventada por la humanidad para nombrar las cosas indecibles, y que saben que, en ese lugar seguro del lenguaje, es posible convertirse en otros para vivir experiencias que pertenecen a un orden distinto, pero que les hablan de sus vidas. Por supuesto, ese saber se va construyendo paulatinamente y depende de los adultos: si les ofrecemos libros buenos y diversos para leer –para leerse–, si los acompañamos a descubrir los que cada uno necesita y si respetamos sus elecciones, ellos van descubriendo las huellas que han dejado otros tiempos y otras vidas en las páginas. Y, a través de esa conversación entre los libros y la vida, descubren otros mundos, no de hechos sino de símbolos que se pueden interpretar.

Al amparo de esas conversaciones, que son la esencia de la cultura, los niños exploran su identidad: pueden ser el lobo y Caperucita y el dragón y la princesa; tener vidas secretas y afrontar emociones, temores y deseos indecibles, y regresar al mundo real, que funciona con normas y marcos muy distintos. Y, aunque las familias de esa escuela tengan razón al querer examinar la calidad de los títulos de las bibliotecas de sus hijos, lo que están confundiendo es la literatura con la ideología –o con la propaganda o con la moraleja–. Esta confusión no es nueva en el campo de los libros para niños, tan expuesto a las intenciones didácticas de los adultos para adoctrinar a los niños y venderles libros a quienes los educan.

Si antes se inventaron historias predecibles para enseñar virtudes o se pavimentaron los cuentos de hadas para quitarles las escenas miedosas, bajo el sello edulcorado de Disney, hoy, el último grito de la moda es hacer cuentos por demanda para embotellar y rotular las emociones, escribir biografías esquemáticas o historias sosas de ‘anti princesas’, para ‘empoderar’ a las niñas, y hacer pasar estos productos de escritura rápida por textos literarios.

¿Cómo saber, en medio de esa avalancha que ahora encontraremos en Filbo, cuáles son los libros que necesita el corazón de cada lector? La única fórmula es leer (cada historia, cada niño) y pedir lo que le pedimos, a cualquier edad, a la literatura: que deje zonas en penumbra para que cada cual encuentre no un mensaje explícito, sino una urdimbre de imágenes, palabras y huellas de otros tiempos, de otras vidas, resonando.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: «La naranja no tiene jugo»

i Abr 8th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 6 de abril de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La naranja no tiene jugo

 

Leí en zigzag el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022 que presentó el Gobierno, saltándome las introducciones repetidas en cada capítulo, y sin profundizar –si cabe la palabra– en los numerosos epígrafes con frases de Iván Duque. No de otra forma habría podido atravesar sus más de 1.500 páginas que culminan con un glosario interminable de siglas para economizar tiempo y caracteres y que nombran sistemas, institutos y grupos como los NNA (niños, niñas y adolescentes).

Mi interés era centrarme en la propuesta de desarrollo humano que ha venido prometiendo este gobierno alrededor de la economía naranja y que supuse encontrar por fin profundizada en ese plan cuyo subtítulo recuerda trabajos escolares de matemáticas: ‘Legalidad + Emprendimiento = Equidad’. Me imaginé que, por tratarse de una idea supuestamente original del Presidente antes de ganar las elecciones, la tal economía naranja aparecería de manera ‘transversal’, como se dice ahora, y sería una especie de faro para inspirar las propuestas de primera infancia, educación, cultura y ciencia y tecnología, entre otras. Lo que me encontré, sin embargo, fue una proliferación de frases sueltas, utilitarias y gratuitas como esta: “Apostarle a ‘exprimir la naranja’ contribuye a solucionar los desafíos productivos y de empleo del país”. (¿En serio?)

Justifique su afirmación, podría exigirle un profesor a cualquier alumno que diera por hecho ese enunciado sin argumentar razones. Y así, como esa frase, podría citar varias definiciones que encontré y que me hicieron pensar en esos métodos de ‘copy paste’ al estilo del Rincón del Vago. Leamos alguna: “La cultura es el conjunto de rasgos distintivos, modos de vida, sistemas de valores…” –recuerdo esos tiempos en los que repetíamos definiciones de memoria, y paso a un párrafo siguiente que se conecta gratuitamente con el bicentenario–: “Por otra parte, (¿por cuál?) el bicentenario de la Independencia de la República es una oportunidad para dinamizar lo mejor de nuestra cultura y mentalidad (sic), acelerando la innovación social”.

Además de la superposición gratuita de frases hechas y mal redactadas para abordar todos los temas con la misma superficialidad que ya parece una marca de estilo presidencial, me impresionó la distancia –en páginas, por no hablar de ideas– que separa los capítulos dedicados a la primera infancia y la familia, por una parte, a la educación; por otra, a la ciencia y la tecnología y a la cultura. En vez de pensar en un proyecto de país centrado en la curiosidad, la creatividad y la investigación desde la infancia como motores de un cambio de paradigma cultural y científico, que habría podido articular un documento inspirador, lo que se lee es una enumeración de objetivos aislados y de programas ya existentes, sin relación ni jerarquía.

Dado que el Plan de Desarrollo enmarca el proyecto de nación de este cuatrienio, su pobreza retórica refleja una pobreza conceptual y política que alerta también sobre la falta de claridad para articular prioridades de inversión. Resulta preocupante esa idea utilitaria de cultura que confunde el capital simbólico con el capital económico y que se ha ido instalando, sin ninguna discusión, en las políticas de infancia, educación, cultura y ciencias.

Quizás la gran carencia de este documento, en el que parece caber todo, es esa “utilidad de lo inútil”, para decirlo con el título del libro de Nuccio Ordine sobre la importancia de las humanidades. Esa construcción de sentido que es la empresa humana por excelencia y que va mucho más allá del mero emprendimiento comercial, salta como la gran ausente en esas páginas. Y mucho me temo que más allá de ellas, y no solamente en las apuestas de Gobierno.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: «Vuelos que siguen vacíos»

i Mar 26th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 26 de marzo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

Vuelos que siguen vacíos

 

“La feria internacional del libro universitario en Xalapa @FILU_UV está dedicada a Colombia, pero llama la atención que entre los escritores invitados no hay ninguna mujer escritora”, escribió Laura Gómez en Twitter, y mostró el afiche promocional de la feria en el que aparecían ocho escritores varones. ¿Es un evento solo para hombres?, preguntaba esta “socióloga y literata en formación”, según se define en su perfil, y recordaba la etiqueta de #ColombiaTieneEscritoras, creada en 2017, cuando la Biblioteca Nacional de Colombia organizó una presentación de autores colombianos en París, sin incluir autoras.

¿Sería posible que el Ministerio de Cultura o la Biblioteca Nacional hubieran olvidado las repercusiones de aquel episodio?, fue una primera pregunta, pero pronto supimos que las invitaciones habían sido hechas desde la Universidad de Veracruz, lo cual ilustraba nuevamente (viejamente) esos currículos ocultos en los que se han (nos hemos) formado tantas generaciones, incluyendo a los organizadores de la feria. Y, aunque la reacción suscitada en las redes por semejante cartel que pretendía mostrar la literatura del país solo con rostros de hombres era una buena señal, precisamente por eso era imperativo hacer las viejas preguntas: ¿quiénes eligen, con qué criterios y por qué se repite la historia?

Después de leer los textos que reciclaban lugares comunes sobre el café, las esmeraldas y las mariposas amarillas para presentar a Colombia en la feria, y de preguntarle a Germán Martínez Acebes, su coordinador, por la ausencia de escritoras, temo que, en lugar de una intención deliberada de excluir mujeres o de un juicio de valor sobre obras y trayectorias, lo que se infiere, simplemente, es la antigua práctica de no indagar más allá de lo que aparece primero (¿de no leer más a fondo?) y de conformarse con esas miradas únicas –pero no me refiero solo a asuntos literarios ni a países invitados– que limitan el mundo a una visión esquemática y poco informada.

En ese sentido, las respuestas que recibí son elocuentes: “Tienen razón en cuanto a la falta de representación literaria de mujeres colombianas, pero créame que la programación la fuimos confeccionando y así quedó de manera fortuita”. “Somos una universidad y, por supuesto, una feria del libro que busca la diversidad y respeta todas las voces… verá que hay académicas colombianas relevantes… en un foro… y una brillante estudiante de literatura”. Frente a estas palabras, hay poco que agregar: las exclusiones por género parecen ‘fortuitas’ y las explicaciones que se dan suelen agruparse en tendencias de este estilo: “tienen razón, fue sin culpa, la próxima vez lo tendremos en cuenta” o “agradezcan que ‘les’ invitamos a tal y cual” (pero en otra jerarquía)… Al lado de esas disculpas políticamente correctas, la otra tendencia es la burla o la descalificación: desde feministas superficiales que no son suficientemente buenas hasta viejas resentidas porque no las invitaron son las frases que circulan por las redes.

Así como lo mostró la propaganda desafortunada de ‘El vuelo vacío’ de Avianca, es posible encontrar innumerables “vuelos vacíos”, no solo en la vida cultural, sino en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Sin embargo, en un ámbito académico como el de la Universidad de Veracruz, que no creo que sea un caso aislado, tenemos la responsabilidad de sostener la pregunta y de llenarla de contenido.

¿Qué están haciendo las mujeres en las letras colombianas, mexicanas, latinoamericanas? ¿Cuál es su lugar en el mundo cultural de este momento y cómo su trabajo está movilizando un cambio de paradigma? Seguir sin acusar recibo de estos cambios no solo es imperdonable, sino empobrecedor para todos.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: «El vuelo vacío»

i Mar 12th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 11 de marzo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

El vuelo vacío

 

Nos enseñaron a hacer bonita letra y buena cara, a no decir malas palabras, a sonreír sin tener ganas y a cuidar a los más pequeños o a los más necesitados. Nos enseñaron a correr sin empujarnos, a no subirnos a los árboles, a mantener limpio el uniforme, a no expresar la rabia ni el deseo, a no tomar la iniciativa y a quedarnos esperando una llamada.

No recordamos la edad ni el curso exacto porque esas lecciones ya estaban impresas en nuestra psique desde antes de nuestra llegada al mundo y, de tanto repetirse, parecen estar grabadas en la memoria más remota. Quizás por eso, cuando menos pensamos, descubrimos frases hechas, jerarquías inamovibles y prejuicios que siguen dividiendo el mundo en dos categorías: la de los hombres, considerados como guerreros, atrevidos, seguros, intrépidos y exploradores; y la de las mujeres, amables y “bien presentadas” y, al parecer, siempre dispuestas a postergar sus necesidades para ayudar a los demás.

En nombre de esas generalizaciones, la razón, la objetividad, el espíritu investigativo y la pericia se han ubicado en el lado masculino; y la emoción, la subjetividad, el espíritu de servicio y, recientemente, la capacidad para resolver asuntos logísticos, en el lado femenino. Ese currículo oculto sigue enmarcando las oportunidades educativas, culturales y laborales de las mujeres, y se refleja también en pruebas académicas como Pisa, en las que se ha mostrado la ventaja numérica de los puntajes obtenidos por varones quinceañeros en matemáticas y la de sus compañeras en lenguaje.

La pregunta sobre qué tanto cambiarían –cambiarán– esos resultados con la democratización, durante un tiempo prolongado y sostenido, de otras formas de educar, de pensar, y también de interpretar lo que se considera ‘femenino’ es un desafío para las ciencias de la educación, las neurociencias y los estudios culturales.

Aunque en Colombia parecemos no solo familiarizados sino muy complacidos con esas iniciativas del Día de la Mujer que suelen premiar a “la mujer abnegada” (en tanto que durante el resto del año se castiga, de formas explícitas o sutiles, a las contestatarias, a las arriesgadas y a las que interpelan a esta sociedad), la campaña que lanzó Avianca el pasado 8 de marzo rebasó todos los estereotipos. Un video titulado ‘El vuelo vacío’ mostró, sin ninguna pista que invitara a la pregunta, como ahora –‘a posteriori’ y a raíz del escándalo– pretende presentarlo la aerolínea, un vuelo ciento por ciento operado por mujeres, con el siguiente mensaje: (en este vuelo) “no van los que no creen en sus capacidades” (femeninas). El problema era que el vuelo iba vacío. ¿Es decir, nadie creía; ni siquiera la misma compañía?

Si es cierto que la publicidad saca a la luz los pensamientos más recónditos, el trabajo publicitario de Avianca es una metáfora perfecta de ese currículo subliminal que sigue instalado como segunda piel, tanto en los hombres como en las mujeres de este país y que circula bajo los mensajes aparentemente positivos y condescendientes sobre el supuesto poder femenino.

El texto subyacente de la campaña –me atrevería a apostar que fue concebida y supervisada por varones, a juzgar por la falta de suspicacia para haber previsto la polémica– sigue siendo el de, ‘ánimo, mujer: tú ya casi puedes y estamos viendo cómo te esfuerzas’.

Aunque ahora intenten decirnos exactamente lo contrario y pretendan convertir semejante mensaje en el primer capítulo de una sesuda campaña sobre género, ese video ilustra todo lo que tenemos que cambiar, y no solo en el terreno de los hechos (equidad de salarios, derechos, oportunidades y tareas de cuidado, entre otros muchos), sino en el ámbito de lo simbólico.

YOLANDA REYES

Síguenos