Nuestra directora: “El vuelo vacío”

i mar 12th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 11 de marzo de 2019, Yolanda Reyes escribió:

El vuelo vacío

 

Nos enseñaron a hacer bonita letra y buena cara, a no decir malas palabras, a sonreír sin tener ganas y a cuidar a los más pequeños o a los más necesitados. Nos enseñaron a correr sin empujarnos, a no subirnos a los árboles, a mantener limpio el uniforme, a no expresar la rabia ni el deseo, a no tomar la iniciativa y a quedarnos esperando una llamada.

No recordamos la edad ni el curso exacto porque esas lecciones ya estaban impresas en nuestra psique desde antes de nuestra llegada al mundo y, de tanto repetirse, parecen estar grabadas en la memoria más remota. Quizás por eso, cuando menos pensamos, descubrimos frases hechas, jerarquías inamovibles y prejuicios que siguen dividiendo el mundo en dos categorías: la de los hombres, considerados como guerreros, atrevidos, seguros, intrépidos y exploradores; y la de las mujeres, amables y “bien presentadas” y, al parecer, siempre dispuestas a postergar sus necesidades para ayudar a los demás.

En nombre de esas generalizaciones, la razón, la objetividad, el espíritu investigativo y la pericia se han ubicado en el lado masculino; y la emoción, la subjetividad, el espíritu de servicio y, recientemente, la capacidad para resolver asuntos logísticos, en el lado femenino. Ese currículo oculto sigue enmarcando las oportunidades educativas, culturales y laborales de las mujeres, y se refleja también en pruebas académicas como Pisa, en las que se ha mostrado la ventaja numérica de los puntajes obtenidos por varones quinceañeros en matemáticas y la de sus compañeras en lenguaje.

La pregunta sobre qué tanto cambiarían –cambiarán– esos resultados con la democratización, durante un tiempo prolongado y sostenido, de otras formas de educar, de pensar, y también de interpretar lo que se considera ‘femenino’ es un desafío para las ciencias de la educación, las neurociencias y los estudios culturales.

Aunque en Colombia parecemos no solo familiarizados sino muy complacidos con esas iniciativas del Día de la Mujer que suelen premiar a “la mujer abnegada” (en tanto que durante el resto del año se castiga, de formas explícitas o sutiles, a las contestatarias, a las arriesgadas y a las que interpelan a esta sociedad), la campaña que lanzó Avianca el pasado 8 de marzo rebasó todos los estereotipos. Un video titulado ‘El vuelo vacío’ mostró, sin ninguna pista que invitara a la pregunta, como ahora –‘a posteriori’ y a raíz del escándalo– pretende presentarlo la aerolínea, un vuelo ciento por ciento operado por mujeres, con el siguiente mensaje: (en este vuelo) “no van los que no creen en sus capacidades” (femeninas). El problema era que el vuelo iba vacío. ¿Es decir, nadie creía; ni siquiera la misma compañía?

Si es cierto que la publicidad saca a la luz los pensamientos más recónditos, el trabajo publicitario de Avianca es una metáfora perfecta de ese currículo subliminal que sigue instalado como segunda piel, tanto en los hombres como en las mujeres de este país y que circula bajo los mensajes aparentemente positivos y condescendientes sobre el supuesto poder femenino.

El texto subyacente de la campaña –me atrevería a apostar que fue concebida y supervisada por varones, a juzgar por la falta de suspicacia para haber previsto la polémica– sigue siendo el de, ‘ánimo, mujer: tú ya casi puedes y estamos viendo cómo te esfuerzas’.

Aunque ahora intenten decirnos exactamente lo contrario y pretendan convertir semejante mensaje en el primer capítulo de una sesuda campaña sobre género, ese video ilustra todo lo que tenemos que cambiar, y no solo en el terreno de los hechos (equidad de salarios, derechos, oportunidades y tareas de cuidado, entre otros muchos), sino en el ámbito de lo simbólico.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “La política del espectáculo”

i feb 26th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 25 de febrero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La política del espectáculo

 

Adoro los conciertos multitudinarios: canto hasta quedar afónica y me confundo en una misma ola con gente con la que jamás me fundiría, gracias a esa proximidad casi promiscua que permite el espectáculo. Y, aunque paso tanto tiempo escudriñando las formas de significar las palabras, cuando voy a un concierto coreo las consignas que propone la estrella del momento, encuentro poesía en cada una de sus frases y las aplaudo hasta que me duelen las manos. En un concierto reciente grité contra la contaminación, contra el capitalismo y contra la desigualdad y logré olvidar, mientras duraba el ‘show’, la contradicción de haber pagado esa boleta impagable para estar entre semejante derroche de sonidos, luces, objetos voladores y efectos especiales, clamando por un planeta austero y justo.

No obstante lo anterior, sospecho de los músicos (y de los millonarios) que reaccionan frente a los conflictos políticos del mundo organizando conciertos “humanitarios”. Así como desconfío de los libros de autoayuda que pretenden ser obras literarias, me preocupan esas tenues fronteras que se cruzan en nombre de las artes y reducen su complejidad simbólica a los eslóganes, aunque sea por “buenas causas”. En ese sentido, me parece imperativo preguntar qué tan conscientes son los músicos de las consecuencias políticas y de los intereses que movilizan sus voces.

En estos días tan difíciles para Venezuela, y también para Colombia, esa asociación entre música comercial y política de masas que restringe el debate político a la efervescencia emocional de los conciertos funcionó como un telón de fondo en un campo minado para el que solo bastaba una chispa. Pero lo más preocupante era ver moverse a nuestros mandatarios al ritmo de esas multitudes vociferantes, con sus ‘hashtags’ y sus eslóganes. “Hoy es un día casi que equivalente (sic) a lo que fue la caída del Muro de Berlín. En ese momento era para dividir, aquí es para evitar que llegue ayuda humanitaria”, exclamó el presidente Duque, como si más que un estadista fuera una ‘pop-star’, y como si la adrenalina de la multitud lo hiciera perder (aun más, si cabe) la perspectiva. Su imagen, al lado del presidente interino de Venezuela, del presidente de Chile y del Secretario General de la OEA, tomados de las manos, con los brazos alzados, “en modo concierto”, como si se tratara de jóvenes listos para movilizar las consignas y adhesiones de algún ídolo, es un modelo de diplomacia preocupante. Y temo también que poco espontánea, no obstante su apariencia casual.

No se necesita recurrir a ninguna teoría de la conspiración para preguntar a quién beneficia esta mezcla de banalidad con ingenuidad y manipulación ni quién puede ser el director detrás del escenario. Tampoco hay que ser experto en relaciones internacionales para haber pronosticado la resistencia del gobierno de Maduro a dejar pasar la ayuda humanitaria enviada por el gobierno de Estados Unidos el sábado pasado. Sin embargo, en medio de la innegable tragedia política que afrontan los venezolanos, es un imperativo político sustraerse del ruido del concierto y de los gases lacrimógenos para pensar con el rigor y con las herramientas institucionales y diplomáticas que requieren circunstancias tan complejas.

“Tengo la ilusión de que hoy, el pueblo venezolano va a convencer a las fuerzas militares de ese país para que se ubique del lado correcto de la historia”, también arengó Duque, y su frase ilustra la confusión entre arte y política. Si la esencia del arte es descreer del “lado correcto de la historia”, la de la política, en cambio, supone descreer de la ilusión para buscar mecanismos de gobernar, especialmente cuando la realidad es tan difícil.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “De vigilar a convivir”

i feb 12th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 11 de febrero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

De vigilar a convivir

 

“La seguridad es un asunto de todos, no exclusivamente de las Fuerzas Militares, la Policía Nacional, la administración de justicia y el Gobierno”, leo frases del Plan de Seguridad que lanzó el presidente Duque la semana pasada, y me pongo a temblar por libre asociación de ideas (o, más bien, de memoria reciente). ¿Asunto de todos la seguridad, en vez de obligación del Estado? ¿Qué significado tiene esa declaración, qué puertas abre?

“Los ciudadanos son los primeros que deben velar por su protección”, sigo leyendo, y también por libre asociación se me ocurren frases como ‘usted se lo buscó’, ‘por algo será’ o ‘para qué se expone’, que insinúan una regresión a esa denominada ‘doctrina’ de la seguridad democrática, con sus informantes y con ese eufemismo aterrador de los ‘falsos positivos’. Dado que el lenguaje de un Gobierno es un acto político y que las palabras que elige para nombrar y comunicar sus estrategias legitiman lo que se puede pensar, decir y hacer, cabe preguntarse por la línea que propone –o que vuelve a cruzar– en materia de seguridad este gobierno.

No obstante algunos cambios superficiales que le dan una apariencia desabrochada y memorística a sus intervenciones, el discurso de Duque insinúa el regreso a la sospecha ciudadana como un pilar de la estrategia de seguridad. Al reconocer que es “insuficiente el despliegue de Fuerza Pública” y proponer que actúe con el respaldo de los ciudadanos, sus “redes de participación cívica” recuerdan las antiguas Convivir, pero modernizadas con ese sello naranja que les imprime el Presidente a sus emprendimientos. “La creación de una gigantesca plataforma tecnológica avanzada” para comunicar a las autoridades “cualquier anomalía sobre seguridad” y la aspiración de llegar, en un año, al millón de ciudadanos vinculados a esas redes parece una versión modernizada del antiguo programa, cuyos efectos padecimos. ¿Cómo es posible desconocer semejante aprendizaje tan mortal y doloroso?

La nueva arma ciudadana que propone este gobierno, convencido de que todo se puede resolver con una app es el celular, según afirma el consejero para la Seguridad. Ha dicho también que no nos preocupemos, que esta vez no se les pagará a los informantes y que en cada región serán distintas las formas de organizar las redes ciudadanas. No sé si es ingenuo, poco responsable (o quizás cínico) suponer que esa estrategia anónima de vigilarse entre vecinos se “articula” –según afirma el Gobierno– con las políticas de estabilización y protección de líderes sociales y defensores de derechos humanos. Si en tantas ocasiones esos líderes han sido estigmatizados como habituales sospechosos, no hay que ser demasiado suspicaz para imaginar las formas de seguimiento (y perseguimiento) que puedan desencadenarse, a partir de la invitación gubernamental a hacer control social en grupos de WhatsApp.

Si bien la estrategia de seguridad del Gobierno contempla explícitamente el paso del control militar a un control institucional por parte del Estado, no parece coherente, en ese contexto, reforzar la narrativa de la vigilancia ciudadana. La convicción de que la seguridad nacional depende de la presencia integral del Estado y de la garantía de derechos para prevenir y cambiar esos contextos desprovistos de institucionalidad que favorecieron el crimen implica afrontar el desafío de reconstruir un tejido social descompuesto por tantos años de guerra y de justicia por mano propia.

En vez de ver al otro como una amenaza, habría que buscar motivos para comunicarnos de formas no previstas, mucho más allá del celular, con redes que vayan surgiendo de las mismas comunidades, de las propuestas abiertas de un Estado que hace presencia y que protege.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “La grieta”

i ene 29th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 28 de enero de 2019, Yolanda Reyes escribió:

La grieta

 

Les voy a contar una historia que me avergüenza y está relacionada con el atentado a la Escuela de Policía General Santander. Como trabajo con niños, tengo un reflejo condicionado frente a las malas noticias que me lleva a hacer esas preguntas instantáneas, parecidas a las que ustedes se hacen cuando hay atentados o catástrofes de cualquier índole: ¿quién vive cerca del lugar de los hechos? ¿Alguien conocido está en riesgo? ¿Qué debo hacer para afrontar la emergencia?

Esa mañana, al saber que la Escuela de Policía estaba situada en la calle 45A sur, tuve otro reflejo condicionado inmediato: en medio del estupor y del dolor que todos sentíamos, experimenté una vergonzosa sensación de ‘alivio’ al pensar que era poco probable que algún familiar de los niños a mi cargo hubiera estado por esas calles. Sé que suena impresentable, pero para los que vivimos en esta ciudad no es ningún secreto que el norte y el sur son dos países distintos.

Durante ese día doloroso que nos recordaba todo lo que aún falta por resolver en Colombia, muchos conocidos que viven lejos expresaron su preocupación por redes sociales, pero solamente los extranjeros preguntaron por mi integridad física o la de mis seres cercanos. Así como parece poco probable que alguno de los cientos de líderes sindicales asesinados en regiones alejadas tenga relación directa con los que vivimos en ‘este lado’ de la ciudad, quienes conocen la grieta profunda de este país suelen hacer un barrido instantáneo para ‘zonificar’ las preocupaciones de guerra.

Esa mañana, sin embargo, el hijo de una mujer que trabaja conmigo estaba en la General Santander. Mientras ella se concentraba, como todos los días, en cuidar, cantar y cambiar pañales, recibió la llamada urgente de su hermana para contarle de una explosión en esa escuela de policía donde estudiaba interno el muchacho. El padre ya había salido a buscarlo y era uno de esos familiares a los que el mundo vio por televisión, pegado al portón, esperando noticias.

Esa mujer que labora en el mismo lugar donde yo trabajo esperó, durante un tiempo interminable, quizás el más largo de su vida, noticias de su hijo y supo, con esa mezcla de horror y de alivio que sentimos cuando la muerte pasa rozando, que el muchacho se había salvado. Al terminar su ronda, había entregado el arma y estaba en su dormitorio cuando sintió que la tierra temblaba, como en un terremoto, y vio morir –saltar en pedazos– a algunos de sus compañeros. Quizás para no tener que contestar llamadas de los familiares de sus amigos, que seguían buscando desesperadamente alguna señal de supervivencia, tardó tanto tiempo en recuperar el habla. Con qué palabras se puede contar, a los veinte años, que un amigo se ha roto en pedazos…

Más atrás de esta polarización entre dos formas de pensar la política, el país y el mundo que tanto preocupa a algunos, hay una vieja grieta imaginaria que rompió esta ciudad (este país) en dos puntos cardinales que no se tocan, y en la que ni siquiera nos fijamos, pues está incorporada a nuestras fronteras mentales desde la infancia o incluso desde antes de nacer. Esa capacidad de sentir que “podría haber sido mi hijo” es sectorial en Colombia, y quizás por eso no nos parece tan urgente dejar de matarnos. (Sobre todo si los que se matan son otros y viven ‘del otro lado’.)

Sin desconocer la complejidad del conflicto armado, ni los puntos de vista irreconciliables que seguimos ventilando ni los acuerdos que tarde o temprano tendremos que seguir haciendo, no parece posible avanzar sin hacer visible esa grieta: la madre de todas las grietas. Hay que empezar por nombrarla y atravesarla de lado y lado para situarnos en el lugar de los otros. Para sentir que somos nosotros.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “El deber de preguntar”

i ene 8th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 31 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

El deber de preguntar

 

Lamento que los lectores, quizás deseosos de distraerse hoy con augurios, agüeros y tópicos de fin de año, se encuentren con esta columna incómoda, pero me parece que la sucesión de tragedias relacionadas con el caso Odebrecht en Colombia, a la que se sumó hace pocos días la muerte de Rafael Merchán, exsecretario de Transparencia del gobierno Santos, no puede dejarnos indiferentes.

Esta “serie de eventos desafortunados”, que comenzó con el accidente automovilístico de Amparo Cerón, la fiscal que lideraba la investigación de Odebrecht; que continuó con la muerte del auditor Jorge Pizano y la de su hijo Alejandro, y a la que ahora se suma el posible suicidio de Merchán, otro testigo clave en la defensa de Luis Fernando Andrade (quien también ha buscado, con justificada angustia, protección en Estados Unidos), tiene, como se ha repetido insistentemente, todos los componentes de una novela negra. Y, aunque en la realidad exista la posibilidad, esa que se le negaría a la ficción, de que semejante cadena de desgracias no sea más que simple coincidencia, me declaro insatisfecha, quizás como muchos de ustedes, con las explicaciones fragmentarias divulgadas en los medios, que, salvo algunas excepciones, parecen más inclinadas a no relacionar los hechos trágicos que a mirarlos en el contexto de una investigación profunda por corrupción multinacional.

Una cosa es pretender suplantar los hoy cuestionados organismos de control encargados de investigar los hechos, pero otra cosa, también muy preocupante, es la falta de análisis y, en últimas, de interés ciudadano y periodístico por intentar comprender en profundidad lo que les sucedió a todas estas personas, cuyo denominador común era el manejo de información crucial para la investigación de Odebrecht en Colombia, y cuyas voces, reconocidas como críticas y honestas, hemos perdido.

Si bien los comunicados familiares merecen todo nuestro respeto y nuestra empatía por el dolor de la pérdida (y, en el caso reciente de Rafael Merchán, cuya muerte atribuyen a una decisión personal relacionada con un cuadro de depresión), resulta importante preguntarse sobre el tipo de presiones y amenazas –tangibles, pero también psíquicas– que pudo enfrentar Merchán y están afrontando, como lo han revelado los testimonios de Pizano y de Andrade, otros testigos. ¿Qué significa haber conocido situaciones que comprometen a muchas personas vinculadas al poder económico y político? ¿Cómo afectan (o afectarán) estas presiones la salud mental, los riesgos y las vulnerabilidades de las personas involucradas?

Más allá de mirar cada hecho como un suceso trágico privado o de conformarnos con los dictámenes –por desgracia, hoy también cuestionados– de Medicina Legal, es un imperativo ético para el país, y me parece simbólicamente importante plantearlo en el último día del año, llevar más lejos las preguntas acerca de estas muertes recientes y asumir como método de búsqueda de la verdad la necesidad de recoger todos los puntos de vista posibles. Una sociedad civil que formule preguntas es hoy más necesaria que nunca y puede contribuir a que las luchas de estos testigos, y de otros aún por declarar que afrontan tantas presiones, no se vean como esfuerzos aislados y solitarios.

En un momento tan peligroso por las investigaciones que se han anunciado para 2019, la protección integral de los testigos del caso Odebrecht es un asunto de vida o muerte. ¿Cómo cuidará el Estado la seguridad física y emocional de los testigos y de sus familias? Las alertas lanzadas hasta el momento requieren respuestas y acciones inmediatas.

Les deseo un feliz año, con muchas y nuevas preguntas, y ojalá con algunas verdades incómodas, apreciados lectores.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Un año raro”

i dic 17th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 17 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Un año raro

 

En estos días, cuando la temporada navideña nos convoca nuevamente a celebrar viejos rituales con gente tan cercana en los afectos y a veces tan lejana en las ideas, tal vez vamos a estar todos de acuerdo en una apreciación: el 2018 ha sido un año raro, por decir lo menos. Y es posible que en semejante año, el más incierto e incomprensible de los que quizás recuerden las diversas generaciones reunidas en las fiestas de los hogares colombianos, nadie quiera jugarse la armonía familiar ni terminar en forma anticipada las veladas, dando un portazo, por defender al Presidente o al Gobierno.

Pero, como en estas fechas es recomendable buscarle a toda noticia, por mala que sea, el lado positivo, me parece una buena nueva que, en medio de nuestra habitual polarización, los comensales sentados a la mesa podamos por fin sentirnos hermanados en torno a esta sensación nacional de desconexión con la política, y conversar, incluso, y lograr un consenso milagroso en los tiempos que corren sobre esta sensación de desencanto ciudadano.

No se necesita ser una firma encuestadora para vaticinar que la pérdida de confianza en los líderes políticos y la crisis de credibilidad que ha puesto bajo sospecha a todas las instancias del Estado, con los organismos de control a la cabeza de la lista, se reflejará en un cambio de alineación en las tendencias de las fiestas decembrinas. En vez de la división habitual de bandos entre la derecha y todo lo demás (eso que la derecha llama ‘izquierda’, ‘comunismo’ o ‘castrochavismo’), es probable que la polarización se exprese ahora de una forma más sencilla: de un lado, los gobernantes y sus amigos que detentan o disfrutan el poder político. Del otro, los llamados ciudadanos del común.

Por primera vez en mucho tiempo, este fin de año albergo un sentimiento de fraternidad con todos los que pagamos impuestos, sin importar color político, ideario, partido o tendencia, y con todos los que descubrimos, aterrados, como si un velo se nos hubiera caído de repente de los ojos, lo que siempre hemos sabido: que hay una cantidad de compatriotas que ganan en un mes lo que muchos no alcanzan a ganar en todo el año (o en la vida); que hay una puerta giratoria y unos ‘doctores’ con poderes invisibles que adjudican privilegios (contratos, licitaciones, carreteras eternas, repagadas con nuestra plata y siempre inconclusas) a sus amigos, a sus socios o a sus jefes, en tanto que nosotros, los ciudadanos del común, nos rompemos el alma trabajando y pagando planillas de salud y de pensión cada vez que hacemos una columna como esta o cualquier trabajo por contrato, y con los servicios de salud y las pensiones que tenemos.

Es probable que esa sensación de ir pedaleando en una bicicleta estática, cada vez con más esfuerzo y más trabajo, y cada vez con menos resultados personales y sociales, sea el elemento cohesionador que nos permita –es ese mi deseo– reconocernos como parte de una misma familia y tener sentimientos de empatía para entender ese cansancio, esta desesperanza y esta crisis que, queramos ver o no, se anuncia como el ‘leit motiv’ del año venidero (o del cuatrienio).

Por eso, este año, en vez de batirme en duelo con quienes votaron por este presidente y su partido, aprovecharé la Navidad para entender el sentido cristiano de la compasión, de la solidaridad y de la culpa. Y en vez de recriminar, aceptaré que tampoco había mucho que escoger y entenderé el arrepentimiento sincero de esta familia colombiana que –idos ‘los bandidos’ habituales– ya no halla a quién culpar de tantos males que son responsabilidad de todos. Y aunque al final no me haya salido tan optimista esta columna, les deseo una feliz Navidad a todos mis lectores.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Lo que un muerto puede decir”

i nov 19th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 19 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Lo que un muerto puede decir

 

Uno de los testigos más importantes del mayor escándalo de corrupción documentado en la historia de América Latina, capítulo Colombia, habla en el noticiero. Nos fijamos en sus gestos y su tono de voz y escudriñamos su mirada y sus argumentos en busca de alguna inconsistencia. A excepción de un nerviosismo entendible por la complejidad de sus revelaciones, todo parece verosímil, salvo un pequeño detalle aterrador: el hombre que nos habla ya no existe. Ese fantasma que revive en la televisión para contarnos una historia de terror tuvo que morir para contarla.

¿Qué nos dicen sus revelaciones? Más allá de los hechos conocidos, de los que tanto se ha hablado durante la última semana, y más allá de las investigaciones judiciales sobre el caso Odebrecht en Colombia, que a la luz de las grabaciones entregadas por el ingeniero Pizano es forzoso reencauzar, garantizando una independencia hoy cuestionada, conviene mirar este episodio doloroso y esta tragedia familiar para la que no hay palabras. ¿Qué nos dicen, o mejor, qué nos ratifican estas recientes revelaciones en el contexto más amplio de unas coordenadas de poder, de unos pactos implícitos que están en el fondo del ordenamiento institucional de Colombia y otros países de América Latina y fueron el caldo de cultivo del escándalo continental de estos sobornos?

Aunque se ha dicho que es superficial escandalizarse por la manera como el abogado Martínez salpica la conversación grabada por Pizano con términos como ‘hijueputa’ y otras groserías, es igual de superficial pasar por alto la relación entre el fondo y la forma, que no solo nos muestra la relación entre lenguaje y pensamiento sino el lugar que cada hablante da a los interlocutores y los hechos. En este caso, la forma discursiva del abogado Martínez, hoy fiscal general, señala su pertenencia a una secta formada –cómo no– por ciertos ‘varones ilustres’ que marcan su territorio con un lenguaje ‘exclusivo’, de uso privativo de sus pares, en ciertas situaciones secretas en las que se mezclan negocios y poder.

La supuesta complicidad que el asesor jurídico, a todas luces superior en jerarquía, establece con ‘su amigo’, el auditor, se revela en el lenguaje procaz del que Martínez abusa, quizás para generar confianza. En esa conversación, como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, se pueden detectar rasgos de las relaciones de poder de este país que han ocultado, permitido o potenciado tantos ‘negocios’ y tantos cruces de supuestas líneas grises entre lo público y lo privado. Esa manera de ‘putear’ que solo se le permite al interlocutor más fuerte para hablar con alguien al que se considera un poco inferior (pero no tanto), esa supuesta alianza de lealtad que instauran las palabras soeces de antiguo colegial como un valor corporativo en ciertos ‘negocios’ y esa risa socarrona de un abogado que, al parecer, lo ha visto todo son elocuentes.

Y más atrás, como una música de fondo, las órdenes que da el actual fiscal antes de entrar por la puerta giratoria: la manera como habla con la secretaria para que llame al Gran Jefe, la condecoración de uno de sus empleados por el ejército; en suma, el narcisismo intocable que otorgan los privilegios del poder a ciertos elegidos.

La aterradora mezcla de banalidad con tragedia que se lee en las grabaciones legadas por Pizano (¡cuánta razón tenía su prisa!) ha socavado una vez más –aún más, si eso es posible– nuestra posibilidad de confiar en la institucionalidad de la justicia y en sus relaciones con el poder económico y político. Y sobre esa sensación de desconfianza y miedo que, con razón, se ha instalado entre nosotros no podrá llegarse a la verdad en este proceso que en Colombia apenas comienza.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Duque versus Duque”

i nov 6th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Duque versus Duque

 

¿Quién es, a fin de cuentas, el presidente de Colombia? ¿Es un actor que finge esa espontaneidad ingenua y sonríe feliz, jugando al presidente, o es un sofisticado estratega que desconcierta a la opinión como parte de un juego aprendido? Produce miedo no saberlo, y no saber si lo que dice hoy lo sostendrá, no digamos en un par de años, sino la próxima semana.

Ese desconcierto que hoy compartimos todos, incluso quienes lo eligieron, se ha exacerbado durante las últimas semanas con la ley de financiamiento. Su propuesta de gravar con IVA la canasta familiar a pocos meses de haber prometido exactamente lo contrario en su campaña ilustra el poco valor que otorga a su palabra. Y aunque aquí estemos acostumbrados al engaño en las promesas tributarias, el cinismo de su partido y de su jefe, Álvaro Uribe, pidiendo (pidiéndose a sí mismo) hace unos días que no se grave la canasta familiar ratifica el manido truco del policía malo y el policía bueno del Gobierno, en el que ya no cree nadie.

Gracias a internet, la memoriosa, se ha hecho viral un video del presidente Duque en su antiguo papel: “Soy el senador Iván Duque –saluda desde un pasado reciente para advertir sobre los peligros de la reforma tributaria del gobierno Santos–: esta reforma se llama IVA… no podemos dejar que sean los colombianos de la clase media y los más necesitados los que terminen pagando” –argumenta con una convicción, y hoy debería escucharse a sí mismo–.

Y desde tiempos más antiguos, se puede leer la propuesta del entonces presidente Uribe: “Por el criterio paternalista de no cobrarles a los más pobres se incurre en el tratamiento de inequidad, de no cobrarles a los ricos. Es mucho mejor cobrarles a todos y devolverles a los pobres… Si la devolución se hace a través de cuentas de ahorro, eso se convertirá en un apoyo para avanzar hacia el crédito popular”, argumentaba para justificar el IVA del 10 % a la canasta familiar”. (‘El País’, Cali, 2006). Los testimonios de los dos actores no pueden ser más elocuentes.

Sin embargo, la incoherencia mayúscula del gobierno Duque que, de ser cierta, hablaría de una preocupante tendencia a autosabotearse, es la de gravar con IVA a todos los libros, desde los textos escolares hasta los virtuales. A pesar de que uno de los pilares de su gobierno –y la única idea que puede reclamar como propia o, al menos, compartida con Felipe Buitrago– es la ‘economía naranja’, basada en esos oficios de la imaginación que están recogidos y atravesados por el libro y la lectura, gravar con IVA a toda la cadena del libro, con sus múltiples actores, desde los creadores hasta los editores, los lectores, los libreros y el sector educativo (incluyendo a los niños que hoy se forman), desvirtuaría, de un modo irreparable, la única propuesta de su gobierno que parece innovadora y que se centra en los oficios creativos.

A menos que se trate de otra supuesta falta de comunicación entre el Presidente y su ministro de Hacienda –que hoy actúa como el mayor ‘policía malo’ del Gobierno–, o de un truco más para distraer a la opinión con un IVA impresentable que luego se quitará y hará parte del ‘lobby’ del sector de la cultura y de la negociación que agradeceremos (otra vez más, como es costumbre) al presidente de turno, se trata de una falta de coherencia aterradora. Como lo dijo Enrique González, el presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro, “ningún pueblo debería pagar impuestos para leer, estudiar e informarse”.

Justamente leemos para eso: para preservar el valor de la palabra, que es, en el fondo y a largo plazo, la única manera que tiene una sociedad de garantizar, entre otras cosas, que queden fijas, que no queden impunes las palabras.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Perder la memoria”

i oct 22nd No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Perder la memoria

 

A los trece años tuve una amnesia temporal producida por un golpe. De aquel paseo de fin de semana, que se convirtió en una nebulosa sin antes ni después, conservo una imagen fija: a través de una ventana miro una ciudad que sé que no es la mía, pero no logro saber por qué estamos ahí ni me atrevo a volver a preguntar lo que sé que ya he preguntado muchas veces.

Lo único que reconozco es un vestido que interrogo para saber de dónde vengo, pero el vestido no me dice nada. Y deambulo, del vestido a la ciudad y a la ventana y a las caras familiares que me miran preocupadas, y que recuerdo también con una mezcla de angustia y de vergüenza, sin referencias en el medio: sin esos hilos que amarran una escena con la otra, que nos conducen de una causa a un efecto, y de este día al día siguiente. Sin ese pegante que es la memoria y solo echamos de menos cuando falta.

Quería pedirle al presidente Duque, como lo han hecho organizaciones de víctimas y académicos de Colombia y de la comunidad internacional, que preservara la autonomía académica del Centro Nacional de Memoria Histórica, en este cambio de dirección y de Gobierno. Quería argumentar sobre la importancia de mantener continuidad en el proceso de acompañar a las víctimas a comprender lo que les pasó y de seguir documentando con rigor lo que vivimos –y permitimos o hicimos o no vimos– como sociedad, como país y como Estado durante más de treinta años de conflicto armado, pero llegó esa imagen fija de una niña que mira con terror una ciudad desconocida, y encontré una pista para entender cómo la historia (la personal, la del país) pende de esos hilos que amarran lo que pasó con lo que está pasando y con lo que podrá pasar en el futuro.

Explorar esa compleja urdimbre no es sencillo, pues toda memoria está abierta a interpretaciones que cambian en el tiempo y no coinciden exactamente con la de otros, aunque hayan vivido los mismos hechos. La memoria individual está emplazada en la memoria colectiva, y la memoria histórica toma esos recuentos de la memoria colectiva para trabajarlos con las herramientas propias de las ciencias sociales y situarlos en un contexto más amplio, regional y nacional, que permita comprenderlos en toda su complejidad. Sin desconocer la empatía que suscita el recuento de la memoria colectiva en tiempos de guerra, la memoria histórica pretende dilucidar no solo lo que pasó, sino también por qué y cómo pasó.

Más allá de memorizar datos –o de borrarlos, que es el peligro, si no se preserva la independencia académica del centro–, el imperativo ético y político de este país en estos tiempos es comprender los engranajes que nos llevaron a vivir en guerra para desarrollar no solo sentido de pertenencia a una historia compartida, sino también un sentido de responsabilidad que revele cómo nuestras decisiones (o nuestras omisiones) incidieron en la historia. Si la manera como hemos afrontado los conflictos en Colombia no nos habla de nuestra forma de resolver conflictos y si no relacionamos los procesos políticos nacionales y locales que llevaron al desplazamiento y la violencia con nuestras prácticas políticas, estaremos, como la imagen de esa niña, deambulando entre escenas inconexas sin saber cómo salir.

“Cuando a la memoria se la convierte en relato hegemónico, se la vuelve vecina del totalitarismo. Pero cuando se la reconoce en su diversidad, es una de las prácticas con mayor vocación democrática”, decía Gonzalo Sánchez, el director del CNDMH en 2013 al entregar el documento ‘¡Basta ya!’, que mostraba lo que nos habíamos negado a ver durante tantos años de barbarie.

Ese trabajo de documentación que es necesario seguir haciendo y nos ayuda a debatir–en buena hora– es lo que está, de nuevo, en juego.

YOLANDA REYES

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Nuestra directora: “Génesis”

i oct 8th No Comments por

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 8 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Génesis

 

Génesis: ¿cuántas expectativas cifradas en ese nombre? Génesis: esa primera niña del mundo entero que somos todas fue violada y asesinada a los nueve años en Fundación (Magdalena, Colombia). Es muy doloroso afrontar, no solo como familia sino como país, lo que significa matar el comienzo del mundo, pero es imperativo pensar como adultos, más allá de clamar venganza.

Todos conocemos la historia, con innumerables variaciones, desde hace muchos, muchísimos años: la madre le encarga a su hija un mandado sencillo y le da instrucciones para llegar a la casa de un familiar, pero, en el camino, aparece el monstruo. En el territorio de la ficción, el lobo feroz, Barba Azul o el Mohán representan el peligro, el poder y la fuerza, y nos ayudan a luchar simbólicamente para afrontar nuestro miedo y nuestra vulnerabilidad, vencer al enemigo con un castigo ejemplar y regresar a la casa ilesos, desde esas profundidades oscuras que suelen situarse en la panza de un lobo, en el vientre de una ballena o en un sótano ensangrentado. Sin embargo, en este país tan real, la historia se ensaña, con una brutalidad literal, ahora en Génesis, pero antes y después en muchas otras víctimas.

La reacción primaria –la que permiten los cuentos a la psique infantil– es buscar un castigo perpetuo que le dé su merecido al monstruo, pero, sobre todo, que lo desaparezca de nuestra mirada, para que nunca jamás vuelva a ser una amenaza. Ante la falta de control de los instintos –externos e internos–, la solución de retomar el control pasa por las palabras, y ese es el sentido de las ficciones fundacionales que les contamos a los niños. El problema es que, en territorio real, inventar una nueva ley –o reformular un castigo en palabras– es una solución irresponsable y falaz. Al recurrir a una fórmula mágica, evitamos abordar la complejidad de la realidad y nos sentimos a salvo con el esquematismo: el monstruo se pudre en una cárcel (a la que rara vez llega), y todos vivimos felices para siempre.

Si bien el miedo puede dar réditos a los medios de comunicación y ofrecer a los políticos una forma de cohesión inmediata alrededor del castigo, resulta impresentable que los gobernantes manipulen esos mecanismos primarios para eludir el análisis y la búsqueda de soluciones sostenibles e integrales en el terreno real.

Mientras la sociedad se moviliza –y moviliza a un político e inmortaliza su nombre en una nueva ley– para exigir, no el cumplimiento de las leyes ya existentes y la garantía de los derechos de los niños, también ya escritos y reglamentados, sino el aumento de penas escritas, los niños y las niñas siguen desprotegidos en vecindarios inseguros, en los que todos conocen y conviven con los agresores.

La propuesta responsable, la que es obligatoria y difícil y requiere ser sostenida en el tiempo, es asumir la corresponsabilidad entre el Estado, la familia y la sociedad que está consagrada en la Constitución de 1991 y reglamentada en el Código de Infancia y Adolescencia. Ese proyecto colectivo de país alrededor del objetivo común de la protección integral de la infancia es el desafío para nuestros líderes políticos.

No hay otra forma para restaurar la confianza de los niños que convertir a todos los adultos en garantes de sus derechos. En el poder de esas redes que forman una comunidad protectora y responsable está el trabajo de prevención, y ese es el que salva a los niños, antes de que se topen con el monstruo.

Todos sabemos, y deberían saberlo el presidente Duque y los promotores de castigos simbólicos, que la prisión perpetua no es más que el último eslabón de una larga cadena de omisiones. Poner el acento en el castigo cuando todo es irremediable es, por decir lo menos, una irresponsabilidad política.

YOLANDA REYES

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