Nuestra directora: “El deber de preguntar”

i ene 8th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 31 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

El deber de preguntar

 

Lamento que los lectores, quizás deseosos de distraerse hoy con augurios, agüeros y tópicos de fin de año, se encuentren con esta columna incómoda, pero me parece que la sucesión de tragedias relacionadas con el caso Odebrecht en Colombia, a la que se sumó hace pocos días la muerte de Rafael Merchán, exsecretario de Transparencia del gobierno Santos, no puede dejarnos indiferentes.

Esta “serie de eventos desafortunados”, que comenzó con el accidente automovilístico de Amparo Cerón, la fiscal que lideraba la investigación de Odebrecht; que continuó con la muerte del auditor Jorge Pizano y la de su hijo Alejandro, y a la que ahora se suma el posible suicidio de Merchán, otro testigo clave en la defensa de Luis Fernando Andrade (quien también ha buscado, con justificada angustia, protección en Estados Unidos), tiene, como se ha repetido insistentemente, todos los componentes de una novela negra. Y, aunque en la realidad exista la posibilidad, esa que se le negaría a la ficción, de que semejante cadena de desgracias no sea más que simple coincidencia, me declaro insatisfecha, quizás como muchos de ustedes, con las explicaciones fragmentarias divulgadas en los medios, que, salvo algunas excepciones, parecen más inclinadas a no relacionar los hechos trágicos que a mirarlos en el contexto de una investigación profunda por corrupción multinacional.

Una cosa es pretender suplantar los hoy cuestionados organismos de control encargados de investigar los hechos, pero otra cosa, también muy preocupante, es la falta de análisis y, en últimas, de interés ciudadano y periodístico por intentar comprender en profundidad lo que les sucedió a todas estas personas, cuyo denominador común era el manejo de información crucial para la investigación de Odebrecht en Colombia, y cuyas voces, reconocidas como críticas y honestas, hemos perdido.

Si bien los comunicados familiares merecen todo nuestro respeto y nuestra empatía por el dolor de la pérdida (y, en el caso reciente de Rafael Merchán, cuya muerte atribuyen a una decisión personal relacionada con un cuadro de depresión), resulta importante preguntarse sobre el tipo de presiones y amenazas –tangibles, pero también psíquicas– que pudo enfrentar Merchán y están afrontando, como lo han revelado los testimonios de Pizano y de Andrade, otros testigos. ¿Qué significa haber conocido situaciones que comprometen a muchas personas vinculadas al poder económico y político? ¿Cómo afectan (o afectarán) estas presiones la salud mental, los riesgos y las vulnerabilidades de las personas involucradas?

Más allá de mirar cada hecho como un suceso trágico privado o de conformarnos con los dictámenes –por desgracia, hoy también cuestionados– de Medicina Legal, es un imperativo ético para el país, y me parece simbólicamente importante plantearlo en el último día del año, llevar más lejos las preguntas acerca de estas muertes recientes y asumir como método de búsqueda de la verdad la necesidad de recoger todos los puntos de vista posibles. Una sociedad civil que formule preguntas es hoy más necesaria que nunca y puede contribuir a que las luchas de estos testigos, y de otros aún por declarar que afrontan tantas presiones, no se vean como esfuerzos aislados y solitarios.

En un momento tan peligroso por las investigaciones que se han anunciado para 2019, la protección integral de los testigos del caso Odebrecht es un asunto de vida o muerte. ¿Cómo cuidará el Estado la seguridad física y emocional de los testigos y de sus familias? Las alertas lanzadas hasta el momento requieren respuestas y acciones inmediatas.

Les deseo un feliz año, con muchas y nuevas preguntas, y ojalá con algunas verdades incómodas, apreciados lectores.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Un año raro”

i dic 17th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 17 de diciembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Un año raro

 

En estos días, cuando la temporada navideña nos convoca nuevamente a celebrar viejos rituales con gente tan cercana en los afectos y a veces tan lejana en las ideas, tal vez vamos a estar todos de acuerdo en una apreciación: el 2018 ha sido un año raro, por decir lo menos. Y es posible que en semejante año, el más incierto e incomprensible de los que quizás recuerden las diversas generaciones reunidas en las fiestas de los hogares colombianos, nadie quiera jugarse la armonía familiar ni terminar en forma anticipada las veladas, dando un portazo, por defender al Presidente o al Gobierno.

Pero, como en estas fechas es recomendable buscarle a toda noticia, por mala que sea, el lado positivo, me parece una buena nueva que, en medio de nuestra habitual polarización, los comensales sentados a la mesa podamos por fin sentirnos hermanados en torno a esta sensación nacional de desconexión con la política, y conversar, incluso, y lograr un consenso milagroso en los tiempos que corren sobre esta sensación de desencanto ciudadano.

No se necesita ser una firma encuestadora para vaticinar que la pérdida de confianza en los líderes políticos y la crisis de credibilidad que ha puesto bajo sospecha a todas las instancias del Estado, con los organismos de control a la cabeza de la lista, se reflejará en un cambio de alineación en las tendencias de las fiestas decembrinas. En vez de la división habitual de bandos entre la derecha y todo lo demás (eso que la derecha llama ‘izquierda’, ‘comunismo’ o ‘castrochavismo’), es probable que la polarización se exprese ahora de una forma más sencilla: de un lado, los gobernantes y sus amigos que detentan o disfrutan el poder político. Del otro, los llamados ciudadanos del común.

Por primera vez en mucho tiempo, este fin de año albergo un sentimiento de fraternidad con todos los que pagamos impuestos, sin importar color político, ideario, partido o tendencia, y con todos los que descubrimos, aterrados, como si un velo se nos hubiera caído de repente de los ojos, lo que siempre hemos sabido: que hay una cantidad de compatriotas que ganan en un mes lo que muchos no alcanzan a ganar en todo el año (o en la vida); que hay una puerta giratoria y unos ‘doctores’ con poderes invisibles que adjudican privilegios (contratos, licitaciones, carreteras eternas, repagadas con nuestra plata y siempre inconclusas) a sus amigos, a sus socios o a sus jefes, en tanto que nosotros, los ciudadanos del común, nos rompemos el alma trabajando y pagando planillas de salud y de pensión cada vez que hacemos una columna como esta o cualquier trabajo por contrato, y con los servicios de salud y las pensiones que tenemos.

Es probable que esa sensación de ir pedaleando en una bicicleta estática, cada vez con más esfuerzo y más trabajo, y cada vez con menos resultados personales y sociales, sea el elemento cohesionador que nos permita –es ese mi deseo– reconocernos como parte de una misma familia y tener sentimientos de empatía para entender ese cansancio, esta desesperanza y esta crisis que, queramos ver o no, se anuncia como el ‘leit motiv’ del año venidero (o del cuatrienio).

Por eso, este año, en vez de batirme en duelo con quienes votaron por este presidente y su partido, aprovecharé la Navidad para entender el sentido cristiano de la compasión, de la solidaridad y de la culpa. Y en vez de recriminar, aceptaré que tampoco había mucho que escoger y entenderé el arrepentimiento sincero de esta familia colombiana que –idos ‘los bandidos’ habituales– ya no halla a quién culpar de tantos males que son responsabilidad de todos. Y aunque al final no me haya salido tan optimista esta columna, les deseo una feliz Navidad a todos mis lectores.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Lo que un muerto puede decir”

i nov 19th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 19 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Lo que un muerto puede decir

 

Uno de los testigos más importantes del mayor escándalo de corrupción documentado en la historia de América Latina, capítulo Colombia, habla en el noticiero. Nos fijamos en sus gestos y su tono de voz y escudriñamos su mirada y sus argumentos en busca de alguna inconsistencia. A excepción de un nerviosismo entendible por la complejidad de sus revelaciones, todo parece verosímil, salvo un pequeño detalle aterrador: el hombre que nos habla ya no existe. Ese fantasma que revive en la televisión para contarnos una historia de terror tuvo que morir para contarla.

¿Qué nos dicen sus revelaciones? Más allá de los hechos conocidos, de los que tanto se ha hablado durante la última semana, y más allá de las investigaciones judiciales sobre el caso Odebrecht en Colombia, que a la luz de las grabaciones entregadas por el ingeniero Pizano es forzoso reencauzar, garantizando una independencia hoy cuestionada, conviene mirar este episodio doloroso y esta tragedia familiar para la que no hay palabras. ¿Qué nos dicen, o mejor, qué nos ratifican estas recientes revelaciones en el contexto más amplio de unas coordenadas de poder, de unos pactos implícitos que están en el fondo del ordenamiento institucional de Colombia y otros países de América Latina y fueron el caldo de cultivo del escándalo continental de estos sobornos?

Aunque se ha dicho que es superficial escandalizarse por la manera como el abogado Martínez salpica la conversación grabada por Pizano con términos como ‘hijueputa’ y otras groserías, es igual de superficial pasar por alto la relación entre el fondo y la forma, que no solo nos muestra la relación entre lenguaje y pensamiento sino el lugar que cada hablante da a los interlocutores y los hechos. En este caso, la forma discursiva del abogado Martínez, hoy fiscal general, señala su pertenencia a una secta formada –cómo no– por ciertos ‘varones ilustres’ que marcan su territorio con un lenguaje ‘exclusivo’, de uso privativo de sus pares, en ciertas situaciones secretas en las que se mezclan negocios y poder.

La supuesta complicidad que el asesor jurídico, a todas luces superior en jerarquía, establece con ‘su amigo’, el auditor, se revela en el lenguaje procaz del que Martínez abusa, quizás para generar confianza. En esa conversación, como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, se pueden detectar rasgos de las relaciones de poder de este país que han ocultado, permitido o potenciado tantos ‘negocios’ y tantos cruces de supuestas líneas grises entre lo público y lo privado. Esa manera de ‘putear’ que solo se le permite al interlocutor más fuerte para hablar con alguien al que se considera un poco inferior (pero no tanto), esa supuesta alianza de lealtad que instauran las palabras soeces de antiguo colegial como un valor corporativo en ciertos ‘negocios’ y esa risa socarrona de un abogado que, al parecer, lo ha visto todo son elocuentes.

Y más atrás, como una música de fondo, las órdenes que da el actual fiscal antes de entrar por la puerta giratoria: la manera como habla con la secretaria para que llame al Gran Jefe, la condecoración de uno de sus empleados por el ejército; en suma, el narcisismo intocable que otorgan los privilegios del poder a ciertos elegidos.

La aterradora mezcla de banalidad con tragedia que se lee en las grabaciones legadas por Pizano (¡cuánta razón tenía su prisa!) ha socavado una vez más –aún más, si eso es posible– nuestra posibilidad de confiar en la institucionalidad de la justicia y en sus relaciones con el poder económico y político. Y sobre esa sensación de desconfianza y miedo que, con razón, se ha instalado entre nosotros no podrá llegarse a la verdad en este proceso que en Colombia apenas comienza.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Duque versus Duque”

i nov 6th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de noviembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Duque versus Duque

 

¿Quién es, a fin de cuentas, el presidente de Colombia? ¿Es un actor que finge esa espontaneidad ingenua y sonríe feliz, jugando al presidente, o es un sofisticado estratega que desconcierta a la opinión como parte de un juego aprendido? Produce miedo no saberlo, y no saber si lo que dice hoy lo sostendrá, no digamos en un par de años, sino la próxima semana.

Ese desconcierto que hoy compartimos todos, incluso quienes lo eligieron, se ha exacerbado durante las últimas semanas con la ley de financiamiento. Su propuesta de gravar con IVA la canasta familiar a pocos meses de haber prometido exactamente lo contrario en su campaña ilustra el poco valor que otorga a su palabra. Y aunque aquí estemos acostumbrados al engaño en las promesas tributarias, el cinismo de su partido y de su jefe, Álvaro Uribe, pidiendo (pidiéndose a sí mismo) hace unos días que no se grave la canasta familiar ratifica el manido truco del policía malo y el policía bueno del Gobierno, en el que ya no cree nadie.

Gracias a internet, la memoriosa, se ha hecho viral un video del presidente Duque en su antiguo papel: “Soy el senador Iván Duque –saluda desde un pasado reciente para advertir sobre los peligros de la reforma tributaria del gobierno Santos–: esta reforma se llama IVA… no podemos dejar que sean los colombianos de la clase media y los más necesitados los que terminen pagando” –argumenta con una convicción, y hoy debería escucharse a sí mismo–.

Y desde tiempos más antiguos, se puede leer la propuesta del entonces presidente Uribe: “Por el criterio paternalista de no cobrarles a los más pobres se incurre en el tratamiento de inequidad, de no cobrarles a los ricos. Es mucho mejor cobrarles a todos y devolverles a los pobres… Si la devolución se hace a través de cuentas de ahorro, eso se convertirá en un apoyo para avanzar hacia el crédito popular”, argumentaba para justificar el IVA del 10 % a la canasta familiar”. (‘El País’, Cali, 2006). Los testimonios de los dos actores no pueden ser más elocuentes.

Sin embargo, la incoherencia mayúscula del gobierno Duque que, de ser cierta, hablaría de una preocupante tendencia a autosabotearse, es la de gravar con IVA a todos los libros, desde los textos escolares hasta los virtuales. A pesar de que uno de los pilares de su gobierno –y la única idea que puede reclamar como propia o, al menos, compartida con Felipe Buitrago– es la ‘economía naranja’, basada en esos oficios de la imaginación que están recogidos y atravesados por el libro y la lectura, gravar con IVA a toda la cadena del libro, con sus múltiples actores, desde los creadores hasta los editores, los lectores, los libreros y el sector educativo (incluyendo a los niños que hoy se forman), desvirtuaría, de un modo irreparable, la única propuesta de su gobierno que parece innovadora y que se centra en los oficios creativos.

A menos que se trate de otra supuesta falta de comunicación entre el Presidente y su ministro de Hacienda –que hoy actúa como el mayor ‘policía malo’ del Gobierno–, o de un truco más para distraer a la opinión con un IVA impresentable que luego se quitará y hará parte del ‘lobby’ del sector de la cultura y de la negociación que agradeceremos (otra vez más, como es costumbre) al presidente de turno, se trata de una falta de coherencia aterradora. Como lo dijo Enrique González, el presidente ejecutivo de la Cámara Colombiana del Libro, “ningún pueblo debería pagar impuestos para leer, estudiar e informarse”.

Justamente leemos para eso: para preservar el valor de la palabra, que es, en el fondo y a largo plazo, la única manera que tiene una sociedad de garantizar, entre otras cosas, que queden fijas, que no queden impunes las palabras.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Perder la memoria”

i oct 22nd No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 22 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Perder la memoria

 

A los trece años tuve una amnesia temporal producida por un golpe. De aquel paseo de fin de semana, que se convirtió en una nebulosa sin antes ni después, conservo una imagen fija: a través de una ventana miro una ciudad que sé que no es la mía, pero no logro saber por qué estamos ahí ni me atrevo a volver a preguntar lo que sé que ya he preguntado muchas veces.

Lo único que reconozco es un vestido que interrogo para saber de dónde vengo, pero el vestido no me dice nada. Y deambulo, del vestido a la ciudad y a la ventana y a las caras familiares que me miran preocupadas, y que recuerdo también con una mezcla de angustia y de vergüenza, sin referencias en el medio: sin esos hilos que amarran una escena con la otra, que nos conducen de una causa a un efecto, y de este día al día siguiente. Sin ese pegante que es la memoria y solo echamos de menos cuando falta.

Quería pedirle al presidente Duque, como lo han hecho organizaciones de víctimas y académicos de Colombia y de la comunidad internacional, que preservara la autonomía académica del Centro Nacional de Memoria Histórica, en este cambio de dirección y de Gobierno. Quería argumentar sobre la importancia de mantener continuidad en el proceso de acompañar a las víctimas a comprender lo que les pasó y de seguir documentando con rigor lo que vivimos –y permitimos o hicimos o no vimos– como sociedad, como país y como Estado durante más de treinta años de conflicto armado, pero llegó esa imagen fija de una niña que mira con terror una ciudad desconocida, y encontré una pista para entender cómo la historia (la personal, la del país) pende de esos hilos que amarran lo que pasó con lo que está pasando y con lo que podrá pasar en el futuro.

Explorar esa compleja urdimbre no es sencillo, pues toda memoria está abierta a interpretaciones que cambian en el tiempo y no coinciden exactamente con la de otros, aunque hayan vivido los mismos hechos. La memoria individual está emplazada en la memoria colectiva, y la memoria histórica toma esos recuentos de la memoria colectiva para trabajarlos con las herramientas propias de las ciencias sociales y situarlos en un contexto más amplio, regional y nacional, que permita comprenderlos en toda su complejidad. Sin desconocer la empatía que suscita el recuento de la memoria colectiva en tiempos de guerra, la memoria histórica pretende dilucidar no solo lo que pasó, sino también por qué y cómo pasó.

Más allá de memorizar datos –o de borrarlos, que es el peligro, si no se preserva la independencia académica del centro–, el imperativo ético y político de este país en estos tiempos es comprender los engranajes que nos llevaron a vivir en guerra para desarrollar no solo sentido de pertenencia a una historia compartida, sino también un sentido de responsabilidad que revele cómo nuestras decisiones (o nuestras omisiones) incidieron en la historia. Si la manera como hemos afrontado los conflictos en Colombia no nos habla de nuestra forma de resolver conflictos y si no relacionamos los procesos políticos nacionales y locales que llevaron al desplazamiento y la violencia con nuestras prácticas políticas, estaremos, como la imagen de esa niña, deambulando entre escenas inconexas sin saber cómo salir.

“Cuando a la memoria se la convierte en relato hegemónico, se la vuelve vecina del totalitarismo. Pero cuando se la reconoce en su diversidad, es una de las prácticas con mayor vocación democrática”, decía Gonzalo Sánchez, el director del CNDMH en 2013 al entregar el documento ‘¡Basta ya!’, que mostraba lo que nos habíamos negado a ver durante tantos años de barbarie.

Ese trabajo de documentación que es necesario seguir haciendo y nos ayuda a debatir–en buena hora– es lo que está, de nuevo, en juego.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Génesis”

i oct 8th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 8 de octubre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Génesis

 

Génesis: ¿cuántas expectativas cifradas en ese nombre? Génesis: esa primera niña del mundo entero que somos todas fue violada y asesinada a los nueve años en Fundación (Magdalena, Colombia). Es muy doloroso afrontar, no solo como familia sino como país, lo que significa matar el comienzo del mundo, pero es imperativo pensar como adultos, más allá de clamar venganza.

Todos conocemos la historia, con innumerables variaciones, desde hace muchos, muchísimos años: la madre le encarga a su hija un mandado sencillo y le da instrucciones para llegar a la casa de un familiar, pero, en el camino, aparece el monstruo. En el territorio de la ficción, el lobo feroz, Barba Azul o el Mohán representan el peligro, el poder y la fuerza, y nos ayudan a luchar simbólicamente para afrontar nuestro miedo y nuestra vulnerabilidad, vencer al enemigo con un castigo ejemplar y regresar a la casa ilesos, desde esas profundidades oscuras que suelen situarse en la panza de un lobo, en el vientre de una ballena o en un sótano ensangrentado. Sin embargo, en este país tan real, la historia se ensaña, con una brutalidad literal, ahora en Génesis, pero antes y después en muchas otras víctimas.

La reacción primaria –la que permiten los cuentos a la psique infantil– es buscar un castigo perpetuo que le dé su merecido al monstruo, pero, sobre todo, que lo desaparezca de nuestra mirada, para que nunca jamás vuelva a ser una amenaza. Ante la falta de control de los instintos –externos e internos–, la solución de retomar el control pasa por las palabras, y ese es el sentido de las ficciones fundacionales que les contamos a los niños. El problema es que, en territorio real, inventar una nueva ley –o reformular un castigo en palabras– es una solución irresponsable y falaz. Al recurrir a una fórmula mágica, evitamos abordar la complejidad de la realidad y nos sentimos a salvo con el esquematismo: el monstruo se pudre en una cárcel (a la que rara vez llega), y todos vivimos felices para siempre.

Si bien el miedo puede dar réditos a los medios de comunicación y ofrecer a los políticos una forma de cohesión inmediata alrededor del castigo, resulta impresentable que los gobernantes manipulen esos mecanismos primarios para eludir el análisis y la búsqueda de soluciones sostenibles e integrales en el terreno real.

Mientras la sociedad se moviliza –y moviliza a un político e inmortaliza su nombre en una nueva ley– para exigir, no el cumplimiento de las leyes ya existentes y la garantía de los derechos de los niños, también ya escritos y reglamentados, sino el aumento de penas escritas, los niños y las niñas siguen desprotegidos en vecindarios inseguros, en los que todos conocen y conviven con los agresores.

La propuesta responsable, la que es obligatoria y difícil y requiere ser sostenida en el tiempo, es asumir la corresponsabilidad entre el Estado, la familia y la sociedad que está consagrada en la Constitución de 1991 y reglamentada en el Código de Infancia y Adolescencia. Ese proyecto colectivo de país alrededor del objetivo común de la protección integral de la infancia es el desafío para nuestros líderes políticos.

No hay otra forma para restaurar la confianza de los niños que convertir a todos los adultos en garantes de sus derechos. En el poder de esas redes que forman una comunidad protectora y responsable está el trabajo de prevención, y ese es el que salva a los niños, antes de que se topen con el monstruo.

Todos sabemos, y deberían saberlo el presidente Duque y los promotores de castigos simbólicos, que la prisión perpetua no es más que el último eslabón de una larga cadena de omisiones. Poner el acento en el castigo cuando todo es irremediable es, por decir lo menos, una irresponsabilidad política.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Competencias argumentativas para servidores públicos”

i sep 24th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 24 de septiembre de 2018, Yolanda Reyes escribió:

Competencias argumentativas para servidores públicos

 

“Son las dos o tres semanas más desagradables que he sentido, con el senador Robledo echando Twitter cada dos minutos, sus compinches en la gran prensa bogotana, sus aliados y sus barras bravas”, declaró, visiblemente exaltado, el ministro de Hacienda en el debate sobre los bonos de agua. Ciento diecisiete municipios de los más pobres del país se endeudaron para construir acueductos, llevan años pagando intereses y deben más de lo que les prestaron, sin construir nada, en su mayoría. El Ministro fue citado por haber tenido injerencia en la estructuración del sistema de financiación cuando ocupó el mismo cargo hace unos años y por haber tenido, posteriormente, negocios relacionados con esos bonos en su firma privada.

El periodista Daniel Coronell, presidente de la división de informativos de Univisión, denunció la situación en su columna de ‘Semana’ y Jorge Enrique Robledo, el senador que se ha destacado por sus debates en el Congreso, citó a Carrasquilla al debate. En ese contexto, ¿hay que decirle al servidor público que disculpe las molestias por pedirle explicaciones, también públicas, o habría que disculparse, más bien, con los ciudadanos de esos municipios que aún no tienen agua potable? ¿A quiénes se refiere el Ministro con ese término de historieta: ‘compinches en la gran prensa bogotana’? (Me queda sonando eso de ‘bogotana’: ¿qué piensa el Ministro de la prensa de otros lugares del país?). ¿Cuál debería ser el rol de los medios, según él, y cuál el de los parlamentarios? ¿Por aliados y barras bravas se refiere a la ciudadanía que elige a los senadores para que la representen?

Además del problema del agua que requiere, como el de la alimentación escolar y tantos otros en los que se vulneran derechos fundamentales, de muchos debates centrados en la búsqueda de explicaciones sobre la incapacidad política nacional y local para garantizarlos y sobre las denuncias relacionadas con incumplimientos o conflictos de intereses, lo más preocupante del debate no es, ni siquiera, lo que se dijo en el Congreso, sino la forma de decir y de reaccionar, como si pedir y dar explicaciones rigurosas no fuera una obligación y como si un debate parlamentario fuera una competencia de boxeo y su objetivo fuera aniquilar al enemigo, en vez de buscar explicaciones y, ojalá, soluciones a problemas que involucran bienes públicos.

Con excepciones brillantes, que no voy a nombrar, pues quiero centrarme en el sentido general, me parece que todos perdimos. La lógica de la argumentación, si se puede llamar ‘lógica’ esa manera de hablar sin escuchar y sin interesarse en seguir la argumentación del otro, fue una asignatura pendiente en muchas intervenciones y la exhibición (o el exhibicionismo) de una retórica acalorada en la que prevalecía la fuerza de las mayorías sobre la naturaleza de los argumentos y con la que algunos parlamentarios hablaban sin decir nada más que lugares comunes refleja carencias dramáticas, precisamente en el Parlamento, que es el escenario por excelencia para el ejercicio democrático.

La falta de pensamiento crítico y de habilidad para expresar argumentos en tiempo breve, lo mismo que la pobreza lingüística y el desconocimiento de reglas gramaticales básicas de algunos “oradores”, es una alerta para el sistema democrático, o quizás, lo que resulta más grave, el reflejo de un país incapaz de contrastar fuentes, versiones y posturas diversas (y del que tampoco puede exonerarse, bueno es reconocerlo, a la prensa). Si la responsabilidad para sustentar y comunicar las ideas es el principio esencial para asumir la responsabilidad de los propios actos, hay razones profundas para preocuparse.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “A pie por la Gran Colombia”

i ago 27th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 27 de agosto de 2018, Yolanda Reyes escribió:

A pie por la Gran Colombia

 

 

‘El éxodo venezolano atraviesa los Andes’, se titula un artículo sobrecogedor que escribió el periodista colombiano Santiago Torrado para el diario ‘El País’ de Madrid sobre la odisea de los migrantes que recorren cerca de 1.500 kilómetros desde Cúcuta, en la frontera nororiental con Venezuela, hasta Ipiales, en la suroriental, para pasar el puente de Rumichaca, entrar a Ecuador y continuar hacia Perú, o más allá.

Toma casi treinta horas hacer ese trayecto por carretera, y bastantes más si hay que hacer autostop, pero andar a pie requiere mucho más tiempo: quizás el mismo que les tomó hace dos siglos a los lanceros de nuestras guerras de independencia subir desde los llanos hacia la cordillera Oriental (descalzos, sin abrigo, tosiendo, llenos de picaduras y temblando de frío). Al igual que miles de desplazados que atraviesan tantos países de este mundo para salvarse de guerras, tiranías e inequidades (en pateras, como en el Mediterráneo; en trenes como La Bestia, que cruza Centroamérica hacia Estados Unidos, o en ‘flotas’ y tractomulas que serpentean por nuestras carreteras llenas de curvas y precipicios), los migrantes venezolanos andan con sus familias o van a reunirse con ellas en algún lugar de esta Gran Colombia.

En lo que va de 2018, mientras usted y yo estuvimos concentrados en nuestros asuntos y apenas nos fijamos en algún venezolano que tocaba un violín o un cuatro en alguna esquina de nuestras ciudades, veinte o treinta buses, cada uno con alrededor de cuarenta puestos, atravesaron nuestro país diariamente, de paso hacia Ecuador, según relata el artículo. La simple multiplicación da 1.200 personas al día, contando únicamente a quienes pueden pagar viajes en bus, pero en los días cercanos al 7 de agosto aumentaron a 8.000, con el rumor de que el presidente Duque planeaba cerrar la frontera. En la terminal alterna que ya existe en Ipiales para estos expresos –y que también vende comidas, abrigos, gorros de lana y todos esos productos relacionados con la “economía migratoria”–, alguien le dijo a Torrado que alcanzó a contar setenta y dos buses, y luego perdió la cuenta.

Lo que resulta sobrecogedor del artículo de ‘El País’, y lo que nos plantea un desafío no solo periodístico, sino humano a todos es asomarse a un drama del cual aún no hemos tomado plena conciencia y que, detrás de cada cifra, cuenta una historia particular, o mil historias de exilios, de pérdidas y despedidas. Una mujer embarazada que echa a andar con su pareja, como hace tantísimos siglos, en busca de un país en donde pueda nacer y vivir su hijo; una familia rota entre una frontera y un guardia, un bebé con un gorrito de lana y unos ojos brillantes que miran el nuevo mundo en los brazos de una madre con la mirada triste y perdida de cansancio son las imágenes que se multiplican por mil en nuestra frontera para volver a contar esa épica de la migración que, paradójicamente, se ve mejor cuando no se está cerca.

Así como muchas veces me he preguntado cómo se puede vivir cerca de una playa en la que naufragó un barco lleno de familias de inmigrantes o pasar diariamente por un refugio donde unos niños siguen esperando la reunificación familiar ordenada al gobierno Trump, hoy me pregunto en dónde hemos estado mientras 547.000 venezolanos de todas las edades atravesaron este país. ¿Cómo recordarán esos niños las imágenes de ese exilio que los marcarán durante el resto de sus vidas? ¿Qué circunstancias hacen que una familia ponga en riesgo a sus hijos para salvarlos del riesgo mayor de quedarse en su tierra? Como escribió la poeta anglo-somalí Warsan Shire: “Tienes que entenderlo: nadie pone a su hijo en un barco, salvo que el agua sea más segura que la tierra”.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: ¿Que ocho años no es nada?

i jul 30th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 30 de julio de 2018, Yolanda Reyes escribió:

¿Que ocho años no es nada?

 

 

La próxima vez que escriba esta columna, gobernará a Colombia un nuevo presidente, y ahora me doy cuenta de que, no obstante llevar tantos años escribiendo en este diario sobre asuntos que muchas veces tienen relación con el Gobierno, solo he visto pasar dos presidentes.

Dieciséis años y solo dos gobiernos: eso no ayuda al debate en un país tan inclinado –valdría mejor decir, hincado– ante el poder. Por eso, a pesar de no saber (¿o sí?) quién será el nuevo mandatario, es sano recordar que ninguna esfera de la actividad pública está escriturada, que los ministerios no son vitalicios y los balances de gestión y las evaluaciones no los pueden hacer los mismos implicados. O sí: poderse, se puede, como lo hemos leído hasta el hastío en muchas entrevistas ‘libreteadas’ de las últimas semanas. Pero una cosa es leer y otra, leer levantando la cabeza, según decía Roland Barthes al referirse a la compleja actividad de pensar y hacerse preguntas entre los intersticios de los textos.

En ese sentido, una de las inexplicables paradojas de estos ocho años fue el manejo que la ministra de Cultura le dio al ejercicio del disenso. Quizás haber permanecido dos cuatrienios en el poder influyó en la baja tolerancia a la crítica que caracterizó su gestión, en contraposición al respeto por la libertad de prensa que propugnaba el Presidente. Bastantes casos conocidos en el gremio cultural ilustran las reacciones de Garcés frente a profesionales, artistas, instituciones o medios de comunicación que se atrevieron a disentir, y que se tradujeron en vetos de personas o en supresión de pauta publicitaria por la ministra.

Un caso interesante es el de la revista Arcadia, cuyos debates sobre asuntos culturales como la remodelación del Museo Nacional o el apoyo del ministerio al Festival Iberoamericano de Teatro, entre otros, “no le gustaron” a la ministra. Estos debates, esperables en el contexto del trabajo cultural, llevaron a Garcés a considerar opositor del ministerio al entonces director de la publicación, Juan David Correa, y el resultado, al parecer, fue el retiro de la pauta que le daba el ministerio a la revista. El ostracismo publicitario terminó cuando Correa renunció a Arcadia para asumir la dirección editorial de Planeta, y basta con mirar los últimos números, a partir de su salida en marzo de este año, para notar el regreso y el incremento paulatino de la publicidad del ministerio en la revista.

Si bien se sabe que la publicidad oficial es una fuente de financiación para los medios, resulta inaceptable que el precio de recibirla sean el silenciamiento, la adulación o las interferencias, explícitas o sutiles, en decisiones sobre el personal o la línea editorial de una publicación. Así como ya se acepta, aunque sea a regañadientes, la crítica de los medios a la actividad política, económica, judicial o de salud, sin que ello implique vetos, ‘regaños’ o supresión de publicidad, es urgente considerar no solo natural, sino beneficiosa, la crítica constante en la actividad cultural, lo cual se extiende, por supuesto, a las políticas y las actividades desarrolladas por los ministerios y los organismos oficiales.

Sin duda, el balance de los dos últimos cuatrienios será menos elogioso con la distancia del tiempo y la pérdida del poder. En eso consiste, por fortuna, la alternancia democrática. Sin embargo, el caso del Ministerio de Cultura resulta pertinente para pensar en las maneras de albergar voces diversas. En este momento, crucial para la construcción de una cultura de paz, nadie debería ser vetado por expresar sus opiniones. Para beneficio de los ciudadanos y del nuevo gobierno, deseo toda la crítica posible en este cuatrienio que comienza.

YOLANDA REYES

Síguenos

Nuestra directora: “Celebración del conflicto”

i feb 15th No Comments por

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 15 de febrero de 2016, Yolanda Reyes escribió:

Celebración del conflicto

 

Hay un valor instalado en nuestra idiosincrasia que, en lenguaje coloquial, se conoce como “no poner pereque” y que clasifica como “personas conflictivas” a quienes dicen abiertamente lo que piensan. Aunque llevamos tantos siglos matándonos por causas diversas, parece haber una especie de consenso nacional que considera “enemigo” (de la paz, del Gobierno, de la comunidad o del grupo que sea) a quien no traga entero y lo expresa con palabras.

La colección de frases es elocuente: “El que no está conmigo está contra mí”, “fulana está vetada porque es muy problemática”, “yo nunca he tenido un sí ni un no con mi marido”, “mejor me callo para evitar problemas”, y muchas otras que descalifican a quienes son ‘frenteros’ y que confunden nuestra supuesta amabilidad colombiana (en los dichos, no en los hechos) con la hipocresía, el servilismo o el silencio. 

Digo esto porque me parece peligroso el optimismo edulcorado alrededor de esta promesa llamada ‘posconflicto’, que sugiere el comienzo de una nueva era, como si fuera una tierra prometida al otro lado del arco iris. Aunque todos sabemos que el término se refiere a la confrontación armada con las Farc, la generalización hace pensar en un país donde el conflicto habrá quedado en el pasado, y esa ilusión lingüística reafirma la confusión nacional de considerar la paz como la ausencia de problemas.

Quizás porque crecimos viendo demostraciones permanentes según las cuales el conflicto es sinónimo de violencia, y no la consecuencia de ser distintos y de sentir y querer cosas distintas, consideramos enemigos a quienes expresan sus desacuerdos con palabras y les seguimos evitando las situaciones conflictivas a las nuevas generaciones. En lugar de enseñar a los niños a crecer entre las diferencias, los uniformamos, los encerramos en guetos, estratos, conjuntos cerrados, colegios cercados y privados, y les resolvemos los problemas (académicos, relacionales, personales), sin darles siquiera tiempo a formularlos. Con la ilusión de que no existe conflicto entre “la gente como uno” (la frase es elocuente), hemos perdido, por falta de entrenamiento, la capacidad para convivir entre las diferencias.

La capacidad de usar la lengua no para estar todos de acuerdo, sino, precisamente, para expresar los desacuerdos, para nombrar todo lo que no nos hemos dicho e incluso para alzar la voz y “poner pereque”, es una asignatura pendiente que requiere entrenamiento deliberado. Esa facultad simbólica, exclusivamente humana, para traducir nuestra experiencia con palabras, aunque a veces suenen crudas, es la herramienta básica para favorecer el tránsito hacia un país donde los conflictos armados vayan mutando, paulatina y lentamente, a conflictos tramitados con lenguaje. Las leyes, la institucionalidad, las artes, los libros, la cultura y especialmente la política son variaciones de ese invento humano de situar las diferencias en un orden seguro, construido en el lenguaje.

“Hacer pedagogía” sobre el proceso de paz debería significar mucho más que celebrar unos festejos publicitarios, para promover prácticas diversas, en todos los escenarios de la polis, desde la escuela hasta el parlamento, que permitan celebrar las diferencias, escuchar a los adversarios y enriquecer los niveles de argumentación. El reconocimiento de que un país se tramita, se discute y se construye con puntos de vista diferentes, con gente que discrepa y que negocia posturas a través del lenguaje, debería ser el desafío esencial para asumir los tiempos difíciles que nos esperan. Desde esta perspectiva, podríamos asumir una responsabilidad colectiva, en vez de seguirla desplazando a unos señores que resuelven problemas en una isla, como hemos hecho siempre.

Yolanda Reyes 

Síguenos