Historia de una reescritura

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Por: Juliana Camacho

 

Cuenta mi mamá que alguna vez, cuando estaba próxima a terminar la carrera de educación preescolar, le manifestó a mi abuela su inquietud con respecto al futuro que le esperaba como maestra. Para tranquilizarla, su madre le dijo: “No se preocupe mija, que usted ha aprendido muchas cosas en la universidad. ¡Mire la cantidad de canciones infantiles que se sabe ahora!” Crecí riéndome de esa anécdota. Ahí estaba pintada mi abuela y su desencajado humor paisa.

Esas palabras echaron en mí raíces y me llevaron a pensar por un tiempo – como lo hacen tantos –  que enseñar a los más pequeños es una tarea tan elemental como tararear una ronda infantil. Hoy garabateo nuevas creencias sobre ese prejuicio atávico que tanto daño nos ha hecho a los colombianos.

Pasé la niñez escondida entre libros. En mí, el desconcierto del recién llegado tardó en mermarse – si es que lo ha hecho – y la literatura infantil fue a la vez mapa y brújula del nuevo mundo. Persiguiendo la guarida que me procuraron las buenas historias, decidí estudiar letras y especializarme en literatura infantil y juvenil. Quería leer libros para niños, estudiarlos, promover su lectura, acaso hasta escribirlos, pero eso sí, lejos del aula o de la biblioteca, lejos de los niños. Creía estar predestinada para actividades profesionales más prestigiosas que el canto de nanas y rondas.

Desde hace varios años trabajo en proyectos de fomento lector. Le hice al quite a la docencia, mientras que mi marido – cineasta de profesión, con dos maestrías y una robusta hoja de vida – decidió dedicarse a enseñarles literatura y cine a adolescentes. Algunos vieron su decisión como un fracaso profesional y hasta sus mismos estudiantes lo animaban a dejar ese trabajo “tan poca cosa”, o al menos dedicarse a la docencia universitaria. El prestigio del maestro parece estar en relación directa con la edad del alumno: entre más jóvenes los estudiantes, menor el reconocimiento social del profesor.

Hace dos años nació mi hija. Gracias a ella hundí el cuerpo entero en el mundo de la infancia; aprendí a leer en voz alta los cuentos que antes analizaba y a entonar con desparpajo las canciones infantiles que le oía a mi mamá. Ese reencuentro con la niñez me motivó a emprender nuevos proyectos profesionales. Recientemente me vinculé a una asociación de lectura con la primera infancia. Esta vez hago el trabajo que tanto recelo me causaba antes. Me siento en ronda con los niños, abro las páginas de algún libro infantil, leo y canto con ellos. Aquel ha sido un liberador ejercicio de reescritura personal. Leo libros pero sobre todo observo a los niños. Hay quienes miran la página con una gravedad que me infunde respeto, como si entre el libro y ellos se hubiera gestado un diálogo íntimo, tan antiguo como la lengua de los pájaros. Otros me miran para descubrir cuál es mi parentesco con el libro, qué potestad tengo sobre la historia. Algunos comentan entusiasmados cada imagen porque ese descubrimiento de su propia voz es una esclusa que se abre, un agua que corre a borbotones. Unos cantan a gritos, otros solo susurran, algunos no abren la boca pero se dejan envolver por la música. En esas sesiones pasan cosas, muchas más – y mil veces más importantes – que el aluvión de trivialidades que nos ocurren a diario.

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