Arnold Lobel

¿En dónde radica la fascinación que sus historias producen, no sólo en los niños pequeños, sino en la gente sensible de todas las edades? Se me ocurren calificativos como sencillez, mesura, contención y humildad.

 

Dentro de la creciente producción editorial para niños, hay autores que nunca pasan de moda. Incluso, puede que sus libros dejen de circular durante un tiempo sin que eso los condene al olvido. Tal es el caso de Arnold Lobel, autor de Historias de Ratones, Sapo y Sepo, Búho en Casa y Saltamontes en el camino. Lobel murió en 1987 pero sus historias siguen estando más vivas que nunca.

¿Qué hace de él uno de esos maestros a los que ya podemos llamar, sin titubeos, “clásico”? ¿En dónde radica la fascinación que sus historias producen, no sólo en los niños pequeños, sino en la gente sensible de todas las edades? Se me ocurren calificativos como sencillez, mesura, contención y humildad. Ninguno de esos ingredientes suele ser de buen recibo, sobre todo en un ámbito como el del diseño de libros para niños que exige cada vez mayores alardes de creatividad. El estilo de Lobel, sin embargo, parece ir en contravía. Sus historias, contadas con pocas palabras –las imprescindibles– y dibujadas con trazos sencillos que exploran matices en una paleta reducida de colores, captan la esencia de la condición humana. Valiéndose de esas criaturas animales, Lobel crea metáforas de los sentimientos, las debilidades, los pequeños dramas y las alegrías cotidianas de cualquier persona, sin distinción de cultura, raza, sexo, tamaño o latitud. Y, con una sabiduría esencial, nos habla de valores humanos universales, sin caer en moralejas simplistas ni en lugares comunes, típicos del género.

Por ejemplo, el hilo conductor de las Historias de ratones está dado por el papá ratón que cuenta siete historias a sus siete hijos antes de dormir. Cada una es un homenaje a las pequeñas cosas y también a la sensibilidad infantil, con su forma peculiar de percibir el mundo. En este álbum, tanto texto como ilustración se compenetran para crear un ritmo repetitivo, simétrico y musical, mediante recursos retomados de la poesía y del cuento tradicionales. Lejos de agotarse en las palabras, las imágenes y la diagramación contribuyen a la construcción de una atmósfera llena de acentos poéticos y de humor sutil, en la que no sobra ni falta nada. Sé por experiencia, que los pequeños, ávidos siempre de la repetición, reclamarán a sus padres estas historias una y otra vez a la orilla de sus camas. Y también puedo asegurar que los adultos no bostezarán mientras las leen a sus “ratones de biblioteca”. El mismo Lobel declaró que se preocupaba por lo que las historias significaban para los niños pero que, a la vez, era consciente de que todas las cosas que sucedían eran esencialmente muy personales para él y tenían resonancias en su propia vida. “Yo no me siento contento a menos que mis libros apelen también a los adultos”. En esas palabras, quizás, está la clave de su trabajo.


Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista Cambio de Colombia y aparece en este medio con su autorización.