Nuestra Directora: «El secuestro de la Chiva: Hacer memorias»

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 5 de agosto de 2013, Yolanda Reyes escribió:

El secuestro de la Chiva
Hacer memorias

Por los días en que el Centro de Memoria Histórica presentaba al presidente su informe ¡Basta ya! sobre más de medio siglo de conflicto armado, la revista El Malpensante sorprendía a sus lectores con un reportaje sobre el secuestro de Guillermo, “la Chiva” Cortés, a los 74 años, en 2000. La escritora Alexandra Samper había recogido su testimonio en 2002, después de 25 horas de grabación y quién sabe cuántas de reescritura y edición, pero Cortés tuvo miedo de represalias y pidió que el texto fuera publicado después de su muerte.

Así como lo había hecho en 2004 con la inolvidable crónica titulada 300 días en Afganistán, de la médica Natalia Aguirre, El Malpensante decidió destinar el número completo a la publicación de ese testimonio que no era propiamente una chiva periodística. Según cuenta Samper, el mismo Cortés solía decir que “Colombia estaba mamada del tema de los secuestrados”. ¿Cuál era, entonces, la pertinencia de rescatar otros 205 días de cautiverio, justamente cuando las conversaciones de la Habana desaconsejaban refrescarle al país más memorias de plagiados?

Bajo el título de “Una invitación a la mayoría de edad”, la justificación “malpensante”, suscita –más allá de la coyuntura del número– reflexiones sobre el lugar del periodismo en estos tiempos. “Entre más se sepa quién le hizo qué a quién, más posibilidades tendremos de que el acuerdo resultante sea acatado…Por consiguiente, es fundamental tener a mano cuanto material nos permita reconstruir nuestro inventario de la infamia”, afirman los editores, y con la premisa de que “todo proceso de paz implica un proceso de franqueza” albergan en sus páginas algo difícil de nombrar en ciertos ámbitos llamados “intelectuales”: la atrocidad de los secuestros guerrilleros. “La paz, si se consigue, no se alcanzará tendiendo una espesa capa de olvido”, dicen, como introducción al reportaje.

Alexandra Samper relata que su entrevistado comenzó “sin entusiasmo, a regañadientes; pero tan pronto comenzó a hablar fue imposible detenerlo”, y a mí me sucedió algo similar. Si comencé a leer preguntándome qué podría decir, que no se hubiera dicho ya, unas páginas después, sin poder soltar la revista, recordé una frase del comienzo de la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi: “No añade nada a lo ya sabido… no lo he escrito con la intención de formular nuevos cargos; sino más bien de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana”.

Quizás por los dos años que mediaron entre la experiencia del secuestro y el reportaje, por la distancia inteligente y empática que propició Samper y también por la inteligencia del entrevistado, el texto es, además de sobrecogedor, un ejemplo de buen periodismo y da cuenta de una compleja gama de emociones –desde el dolor hasta el humor–  para expresar eso que “la Chiva” llama “el terror que me dio leer mi propia historia”.

Ese terror, que queda como remanente, y el odio, admitido sin ambages por Cortés como el legado del secuestro, son parte de esas heridas invisibles que necesitamos respetar en tantas víctimas, a sabiendas de que quizás tardarán en sanar más que el tiempo de una vida. “El odio envilece…eso no lo perdono, no puedo perdonarlo… El terror y la angustia continúan. Las cosas sencillas de la vida me dan miedo. Mijita, sigo secuestrado”, confesó “la Chiva”, y quizás así murió en abril de 2013.

Publicar la diversidad de esos relatos para hacer públicas las repercusiones de la guerra en la particularidad humana y hacer memorias, en plural intencional es uno de los desafíos del periodismo “transicional”, si queremos transitar hacia esa mayoría de edad que implica tomar conciencia sobre las consecuencias que tienen nuestros actos, los de todos, en las vidas de los otros.

Yolanda Reyes