Nuestra directora: «La educación según Dinero»

Por Yolanda Reyes

.

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 7 de diciembre de 2014, Yolanda Reyes escribió:

«La educación según Dinero«

 

¿Por qué nos va tan mal?, se preguntó en televisión Darío Arizmendi frente al rector de la Universidad Nacional y la viceministra de Educación Superior, con una cara compungida que recordaba esos tiempos en que evaluar –o calificar, como decíamos entonces– significaba regatear décimas para competir con el vecino o jugarse el año en rojo y negro. ¡¿En qué me equivoqué?!, exclamaban los padres frente a las malas notas, tan sobreactuados como Arizmendi, y sus reacciones iban del castigo físico al encierro para que, a fuerza de aburrimiento, el “rajado” no tuviera más remedio que estudiar. Poco importaba si estaba enfermo o desnutrido, si tenía problemas o si en su casa y su colegio había estímulos para aprender: la calificación era un rasero igual para todos, una misteriosa transacción entre alumno y profesor con repercusiones familiares pasajeras.

Ahora, cuando la educación está de moda y esos alumnos se volvieron presidentes, ministros y gerentes, evaluación sigue enraizada en esas ideas y dista de verse como un proceso inherente al trabajo pedagógico que da información sobre logros, dificultades y desafíos de todos los actores. Obviamente, las pruebas revelan un panorama, pero necesitan ser interrogadas e interpretadas desde enfoques múltiples que trasciendan un ranking basado en “mejores y peores”. En esa competencia desigual de Saber 11 que mezcla peras con guayabas, a nadie puede sorprender que se reflejen, como en las Pisa o en tantas otras pruebas, la inequidad de este país y sus archiconocidas brechas entre lo público y lo privado y lo rural y lo urbano, sobre todo si no se ha puesto en marcha nada sostenido para cambiar el rumbo. Pero esa falsa conmiseración mediática no aporta nada, salvo otra prueba de la banalidad con que se trata la evaluación educativa.

El especial “Los mejores colegios 2014”, publicado, como todos los años, por la revista Dinero ejemplifica esos clichés del tipo “la más educada”. Bajo un enfoque que equipara educación con mercancía, le resulta difícil al lector distinguir los contenidos periodísticos de los publirreportajes. Salvo por pequeños rótulos que llaman “información institucional” a la publicidad, los discursos parecen tener la misma importancia en diagramación y extensión: las declaraciones de la Ministra de Educación salen frente a la propaganda de un colegio que mezcla “felicidad y calidad académica” y el Embajador de Francia ofrece “saber con acento galo” en una entrevista con torre Eiffel al fondo.

“Cuando lo mejor es posible, lo bueno no es suficiente”, afirma otro colegio y vende bajo la sigla “D.A.R.E”, un “Diagnóstico de Alto Rendimiento y Entrenamiento, de los mejores para los mejores”. Pero el problema no es solo de diagramación sino de contenidos pues a lo largo de las páginas se repite, con variaciones, una preocupante asociación entre la llamada “excelencia” y la precocidad y una obsesión por enseñar idiomas a “pequeños multilingües” que aún no han aprendido a hablar y a quienes se organiza en grupos de “nursery, walkers, todlers y preparatory”.

Detrás de los anuncios del mandarín como tercera lengua desde preescolar que se ofrecen junto con estructuras sismo resistentes, docentes nativos, club conversacional en francés, clase de spanish (sic) y monitoreo virtual con cámaras “para observar a sus hijos a través del celular”, se hace evidente la urgencia de que el MEN –no el presidente ni los empresarios–, retome un liderazgo técnico y dé línea conceptual, como es su mandato, en torno al significado de educar, que difiere de estar entre “los más”. Porque en el ranking de Dinero se vislumbra la amenaza de esos “falsos educativos” que pueden presentarse como efecto colateral cuando la presión por las cifras se despoja de sentido.

Yolanda Reyes