Nuestra Directora: «Lectura y mariposas amarillas»

Por Yolanda Reyes

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 12 de mayo de 2014, Yolanda Reyes escribió:

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Lectura y mariposas amarillas

La familiaridad desabrochada con la que el presidente Santos llamó “Mario” a Vargas Llosa en el discurso inaugural de la Feria del Libro, como si estuvieran tomándose unos whiskies en el bar del Country Club (de Lima o Bogotá, da igual), ilustra esa forma de ir por la vida cultural de casi todos nuestros mandatarios. Con ese tono de supuesta espontaneidad, con ese “no vine preparado” que es una expresión de desprecio por la audiencia, “Juan Manuel” improvisó un discurso deshilvanado en el que mezcló las mismas anécdotas trilladas de “Gabo” con alusiones de campaña y hasta con una invitación personal a ir de parranda al festival vallenato.

Agradecí estar viéndolo todo desde la barrera, por televisión, no solo porque pude dormitar mientras otros presidentes de gremios o repúblicas repetían los habituales lugares comunes sobre lectura, (con la excepción del brillante discurso de Petro), sino porque no tuve que disimular la vergüenza –esa sí con diéresis– cuando Santos se refirió a José María Argüedas (sic), con una diéresis que se inventó, como los niños que dicen güerra en vez de guerra, mientras aprenden a leer. Que el presidente del gobierno anfitrión no supiera leer el apellido de uno de los escritores emblemáticos del Perú, precisamente el país invitado de honor, y precisamente, en el discurso inaugural de la Feria del Libro, resultó tan impresentable como los errores que cometió al confundir los papelitos que quizás algún asesor le había preparado y que le hicieron adjudicarle comienzos de frases de García Márquez al aterrado Vargas Llosa.

Por supuesto, Santos no es muy original en esto de los lapsus literarios. Hay casos célebres como el de Esperanza Aguirre, quien cuando era Ministra de Cultura de España, declaró que “Sara Mago” era una excelente artista, o el del trino que mandó Vicente Fox a Vargas Llosa para felicitarlo por el Nobel, en el que le atribuyó a Borges ese premio que le fue esquivo: “Felicidades, Mario, la hiciste –tecleó–. Ya son tres: Borges, Paz y tú”. Por su parte el presidente Peña Nieto, el mismo que acaba de presidir con Santos los funerales de García Márquez, atribuyó la autoría de “La Silla del águila”, de Carlos Fuentes, a Enrique Krauze, cuando le preguntaron en la Feria de Guadalajara por un libro. Y cuando le pidieron evocar alguno que hubiera sido importante en su vida, pidió ayuda al público y al fin declaró que era la Biblia…Aunque no toda.

Estos ejemplos, de tantos más, ilustran el currículo oculto que se repite en los discursos sobre lectura: de un lado, los valores salvadores, educativos y mesiánicos atribuidos al acto de leer, el “maravilloso, mágico y lúdico” poder de la literatura y el respeto por los autores regionales o nacionales que son vistos como héroes o mártires y que nadie parece haber leído… Y de otro lado, la falta de referencias, de ideas, de argumentación, de sensibilidad e inteligencia: en síntesis, de lectura y de escritura. Todas esas frases de cajón que recitan los funcionarios crean una doble moral sobre lectura que aprenden los niños, y no solo en los pupitres de la escuela.

Recuerdo el tono despectivo y burlón con el que el candidato Santos llamaba “profesor Mockus” a su adversario en la pasada campaña electoral. En esos viejos tiempos, cuando no se había puesto de moda la educación entre empresarios y políticos, la palabra “profesor” se usaba para subrayar la incompetencia del adversario. Quizás es parte de lo mismo y todos esos discursos sin articulación ni contenido, por no mencionar la sucesión de chismes sucios que estamos leyendo en estos días de campaña, subrayan la falta que nos hace esa forma de organizar el pensamiento, de confrontarlo, enriquecerlo y compartirlo, que es la razón de ser de la cultura escrita.

Yolanda Reyes