Nuestra Directora: «El Puro Centro Democrático»

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 9 de julio de 2012, Yolanda Reyes escribió:

El Puro Centro Democrático

Entiendo, sin ser experta en la materia, lo de los movimientos pendulares en política. Que luego de Felipe llegue Aznar y que le siga Zapatero y que después vuelva Rajoy, y que ese perpetuo movimiento de ensayo y error, de la esperanza al desencanto, gobierne los ciclos electorales en diversas latitudes, de Bush a Obama, de republicanos a demócratas, de Francia al cono sur, a veces más a la derecha y otras más hacia la izquierda, y casi siempre llegando al mismo centro en el que termina apelmazándose el poder… Entiendo, digo, que eso sea parte de lo que llamamos «relevo democrático». Entiendo, incluso, aunque comparto la desazón de tantos mexicanos, que, como parte del sistema de premios y castigos, haya resucitado el PRI.

Pero esto de Colombia, ¿qué es?, ¿alguien me explica? ¿¡Que «vuelva» algo llamado el Puro Centro Democrático, inventado por la caverna furibista!? ¿Que Uribe sea la alternativa de relevo a lo que el mismo Uribe nos dejó? ¿Que ahora resultemos buscando lado entre Santos J. M. y Santos F., entre Vargas Lleras versus Londoño y José Obdulio, o, lo que resulta delirante, entre Juan Lozano y Juan Lozano, o entre Angelino y Angelino, que parecen estar en ambos lados?

«El movimiento que surge con el aval de Uribe es una nueva opción que recompondrá el mapa político», afirmó Alfredo Rangel (el subrayado, que puede remplazarse por una carcajada, es mío). ¡Cómo creer que, mientras el mundo celebra el descubrimiento de la partícula de Dios, los colombianos volvamos a enfrascarnos en esta polarización que durante la década pasada empobreció nuestro discurso alrededor de ese caudillo vociferante y premoderno! Pero lo insólito no es que U quiera recuperar sus privilegios, sino que quienes no votamos por él ni por el que ungió de sucesor, hagamos de idiotas útiles, buscando del mal el menos: polarizados otra vez, peleando todos contra todos, solo que ahora por los mismos.

No puede ser, y creo que es un signo preocupante de demencia, que el debate nacional se centre en cuál de las dos facciones del partido que U se inventó con la inicial de su apellido pueda ser la «nueva opción», o en cuál de sus Ungidos -el de antes o los que ahora intenta fabricar- pueda estar el «Gran Candidato»… de sí mismo. No puede ser que pretenda hablar a través de Londoño, de Óscar Iván, del Doctor Ternura o de quien sea, como hablaba la niña de El exorcista soltando escupitajos, a nombre de Ya Saben. Y es otro signo preocupante, no de demencia, sino de oportunismo, que esas personas se presten a jugar el mismo juego de Santos sabiendo, con evidencia empírica, cómo va a terminar.

Porque tampoco se necesita ser experto, ni en política ni en condición humana, para adivinar que quienquiera que sea el candidato de U terminará haciendo lo de Santos, es decir, «traicionando» al Gran Ventrílocuo, matando al Padre Ubérrimo para quitárselo de encima, apenas llegue a Palacio. ¿Acaso alguien con el ego de Fernando Londoño, suponiendo que no estuviera inhabilitado por el escándalo Invercolsa, se prestaría para que U lo gobernara y gobernara en cuerpo ajeno, como maneja sus caballos y su finca?

Me da tristeza por mi vecino de columna que parece el más leal y, por lo tanto, el que corre más peligro de ser utilizado por U, como utilizó Santos a su ministro Esguerra, o como el mismo Uribe fue utilizado por Santos, o como Vargas Lleras utilizará a Santos para ser presidente, y etcétera y etcétera. Pero lo que me produce más desazón es amplificar la egolatría de quien precisa de la mirada y la energía de todo este país para existir.

Con tantos temas por tocar, tanto mundo por mirar, tantos problemas nacionales que comenzaron antes de él y que seguirán después de él y de quienes hoy gobiernan en su nombre, no puede ser que U vuelva a protagonizar la saga patológica de este país. ¿Acaso no hay otras letras para inventar otros discursos?

Yolanda Reyes