Leer, leyendo

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo (lunes 20 de julio de 2015), Yolanda Reyes escribió:

 

Leer, leyendo

 

Cuando le informaron del atentado a las Torres Gemelas, el presidente George W. Bush estaba leyendo un cuento a un grupo escolar. Aunque Bush no me parezca un modelo de lector, cito el ejemplo no solo porque la imagen se le quedó grabada a todo el mundo en la memoria de ese día, sino porque ilustra el valor que tiene la práctica de leer cuentos a los niños en las sociedades donde la educación es un asunto crucial para los ciudadanos comunes y corrientes.

Digo “comunes y corrientes” para resaltar que no hablo de élites ni de padres intelectuales, sino de gente que quiere que sus hijos sean lectores, pues asocia la lectura con oportunidades de aprendizaje. Por eso en cualquier librería o biblioteca de cualquier pueblo o ciudad, no importa su tamaño, se hace la Hora del Cuento y en todas las escuelas es habitual la escena de Bush: un semicírculo de niños de escuela inicial o elemental viviendo ese ritual imprescindible de escuchar una voz adulta que les lee.

Una voz adulta –mayor en edad, dignidad y gobierno, como decía mi abuela– que ayuda a mantener el hilo conductor que une las historias con la vida y la oralidad con la escritura, mientras los niños aprenden a leer alfabéticamente y lidian con las arbitrariedades de la lengua. Durante ese tiempo difícil, en el que con cualquier método lector, desde el más amigable hasta el más árido, hay que pasar por el trabajo de descomponer piecitas y volverlas a juntar, muchos niños pierden el sentido global, el para qué de la lectura, y dejan de recurrir a los libros, salvo por razones obligatorias como “hacer tareas”. El problema es que, así como no se puede aprender a montar en bicicleta estudiando la teoría, tampoco es posible aprender a leer sin esa práctica cotidiana y sostenida de andar entre libros y con buena compañía.

Por eso en muchas sociedades los padres y los maestros leen cuentos a los niños y lo hacen de una forma tan habitual, tan naturalmente instalada en su cultura, que cuando los gobernantes quieren dar mensajes educativos contundentes, echan mano de un libro. Pero no les leen cualquier cuento a los niños, pues saben que, además del acto mismo de leer, el contenido sí importa. Hay que ver al presidente Obama leyendo Donde viven los monstruos, el clásico de Maurice Sendak, ante un grupo de niños en la Casa Blanca para celebrar la Pascua, y “rugiendo los rugidos terribles”, o verlo llegar a un centro infantil, en temporada navideña, con El expreso polar de Chris Van Alsburg. Un presidente que conoce la literatura infantil de su país y que conversa con los niños sobre libros que ha leído al lado de sus hijas vale más que mil palabras sobre calidad educativa.

Más allá de las anécdotas políticas, me interesa señalar el efecto demostrativo de esas prácticas lectoras de los adultos –padres, maestros y cualquier tipo de líderes– que inspiran a los niños. Por eso, simultáneamente con las campañas de dotación de libros, que pese al dinero y a los esfuerzos invertidos, siguen intactos en algunas bibliotecas del país, necesitamos hacer “pedagogía” (ahora que se puso de moda la palabra) y articular los planes de lectura para tocar, hojear y leer los libros que tenemos y que están esperando a que alguien los abra y los comparta con los niños. En un país que quiere apostarle a la educación y que necesita debatir y argumentar diversas versiones de nación, la lengua oral y escrita son las herramientas esenciales para hacer efectivo el derecho a la educación.

Esas lecciones sobre el valor de la lectura trascienden la elección de un método en la clase de lenguaje y se aprenden (o no) mirando a los mayores. ¿Cómo van a leer los niños si no nos ven leyendo y si la escritura se reduce a los 140 caracteres de un insulto?

Yolanda Reyes