Nuestra directora: «Los niños tienen orejas»

Por Yolanda Reyes

.

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 16 de marzo de 2015, Yolanda Reyes escribió:

Lo niños tienen orejas

 

En una entrevista titulada ‘Libros contra cadáveres’ (Semana, 15 de marzo), Adriana Grisales, la bibliotecaria de Marsella (Risaralda), dice que las tabletas y los computadores donados por la Fundación Gates y Mincultura ayudarán a sus niños a seguir construyendo memoria con fotos y videos. “Las imágenes que uno ve de niño no se borran y la lectura no puede hacer nada para cambiar eso –dice al mencionar los cadáveres que bajaban por el río Cauca, con los que crecieron los lectores de sus veredas–, pero procuro que (…) sepan que también hay cosas buenas en la vida”. En ese punto, Semana le pregunta: “¿Ellos entienden eso?”.

Aunque la pregunta produce indignación pedagógica y periodística, ilustra una concepción de infancia bastante generalizada, según la cual los niños no tienen orejas ni ojos –ni cerebro, al parecer– y hacen parte de una tribu foránea que no vivió en Colombia durante estas décadas de guerra y que tampoco está expuesta a los problemas o a los duelos que son parte de la vida. Cuando les pregunto a los adultos víctima de la violencia o de otras situaciones dolorosas cómo hablan con sus hijos sobre lo ocurrido, la reacción más frecuente es hacer la contrapregunta de Semana: ¿acaso, ellos entienden?, seguida de otras frases del tipo “no habían nacido o estaban muy chiquitos”. A veces lo dicen en susurros y otras veces no pueden dejar de hablar de la tragedia que vivieron, mientras sus niños revolotean por ahí, pescando palabras censuradas.

Ese pánico al dolor de los niños que ha derivado en la presunción de una supuesta “inocencia infantil” regula las relaciones de los adultos con ellos. Nuestro instinto natural de protegerlos se ha conjugado con el pánico a que les pueda pasar algo y con esos “secretos a voces” que cargamos desde nuestra infancia y, así, sin querer, los hemos aislado del dolor entre una campana de negación y de falsas distracciones, que les dificulta afrontar sus emociones. El resultado es una infancia encerrada y sin válvulas para comunicarse con la adultez, pero no me refiero solamente a la comunicación entre niños y adultos, sino a la comunicación con nuestra propia infancia. A veces pienso que subvaloramos a los niños para abstenernos de recordar cómo éramos antes, cuando no teníamos que parecer invulnerables.

Justamente por esa mezcla de silencio y de bullicio –no solo proveniente de la guerra, sino también del ruido mediático y comercial– donde transcurren las vidas de los niños, ellos necesitan encontrar un lugar en donde sea posible hablar una lengua distinta a la de la inmediatez: una lengua simbólica. Es ahí donde muchas bibliotecas del país, como la de Marsella, han tenido que reinventarse para hacer lo que no estaba previsto en ningún manual de funciones: ser una mezcla de albergue y de trinchera imaginaria donde los niños y los jóvenes se refugian de los horrores o de sus soledades cotidianas para buscar otras versiones del mundo, del país y de sí mismos a través de la lectura.

Ahora, cuando comenzamos a recuperar nuestra memoria, habría que tomar mucho más en serio la historia de Adriana y de tantos bibliotecarios de este país que han conjurado la muerte hilando historias, como Scherezada. Sus experiencias, que inspiran a otros países en situaciones de conflicto, merecen más espacio y más profundidad en los medios de comunicación, pues nos enseñan que los niños tienen voz y memoria. Que necesitan ser envueltos, descifrados y albergados en palabras y que, a partir de los materiales que hoy les damos, inventarán su propia historia. Por eso, además de dispositivos electrónicos, necesitan esa hospitalidad de los relatos que les contamos en la infancia.

Yolanda Reyes