Nuestra Directora: «Los terribles días con carro»

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 3 de febrero, Yolanda Reyes escribió:

«Aunque no voté en el referendo del Día sin Carro y descreo de las causas de un día al año, así sean tradicionales como el día de la madre o contemporáneas como el de la niñez,  el día sin humo, el “sin hombres” o el embeleco del día del amigo que ahora pretenden imponer los comerciantes para vendernos “detalles” en febrero, el pasado Día sin Carro me pareció una oportunidad para movilizar en la psiquis ciudadana otras maneras de vivir en Bogotá.

Quizás porque a fuerza de padecer el caos vehicular y el pico y placa, nos hemos acostumbrado a buscar alternativas, la jornada de 2012 dejó de ser esa mezcla de día deportivo y paro cívico de las primeras versiones y ya no vimos funcionarios en bicicletas y patines, custodiados por escoltas, como gran noticia. Casi todos hicimos lo que hacemos cualquier día –trabajo, estudio y vida normal– sin que el carro fuera el tema. ¿Será señal de que podemos evolucionar hacia otro modelo de ciudad menos centrado en la “auto-dependencia”?

En un libro publicado en 1998 para celebrar el cincuentenario de la Universidad de los Andes, el  arquitecto Willy Drews se dirige a un hipotético lector del 2048 y le habla del automóvil como un error del siglo XX. Su descripción es elocuente: “una especie de cajón de lata… con un peso muerto de tonelada y media para transportar la mayoría de las veces a una sola persona…(que) ocupaba en movimiento 40 metros cuadrados” y que se había apropiado, ya en 1998, de “más de la  cuarta parte del suelo urbano”.

El Día sin Carro nos demostró cómo ese artefacto que necesitaba “una potencia de 100 caballos para mover una persona”, dejó de ser lo que alguna publicidad del siglo pasado llamó “el amigo fiel”. El hecho que el 2 de febrero hayamos disfrutado de un tiempo adicional para caminar, charlar o descansar, podría inspirar al nuevo alcalde para liderar una campaña, propositiva y no prohibicionista,  basada en los recursos que ese día los mismos ciudadanos pusimos en marcha.

Si fuera él, recogería la experiencia de la gente que, en vez de salir de la oficina en cuatro carros, compartió los cuatro puestos de un taxi y regresó inusualmente temprano a casa, lo mismo que la de tantos ciudadanos que usaron el bus, el Transmilenio o caminaron las distancias normales que suelen caminarse en otras ciudades y que cubren a diario muchos bogotanos. Y tomaría el ejemplo de Navarro Wolf, que anduvo en taxi el jueves, para animar a otros funcionarios a liberarse de sus pesadísimas y contaminantes caravanas. Hacer mercado a pie, llevar a los niños en cochecitos al jardín, usar el transporte escolar y el público, compartir carros y aprovechar, en la medida de lo posible, los servicios de los barrios podrían convertirse en hábitos para todos los días del año, como sucede en las ciudades que admiramos.

Por supuesto, no podemos caer en la ingenuidad de creer que todas las soluciones dependen de nosotros ni desconocer que hay un trabajo urgente –de vías, planeación urbana, sistemas integrados de transporte, seguridad y manejo del tráfico– que los ciudadanos debemos exigir. Pero si la dependencia del carro deja de ser signo de estatus, así como fumar dejó de tener glamur, podríamos comenzar a ver a las señoras que usan carros blindados para ir al gimnasio, burlando el pico y placa, o a los funcionarios cuyos escoltas estacionan encima del andén para dejarlos casi entre el restaurante, como a esos dinosaurios de los que habla Drews.

Las transformaciones culturales toman tiempo y requieren coordenadas de seguridad, lo mismo que una oferta de transporte público que hoy no tiene la ciudad. Sin embargo, la experiencia del 2-F nos revela que Bogotá puede ser mucho mejor que este infierno de lunes “sin no carro”. ¿Por qué no canaliza su adrenalina, Alcalde, para caminar junto a la ciudadanía hacia esa posibilidad?»

Yolanda Reyes