Nuestra Directora: «Nuevo año, los mismos problemas»

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 26 de enero, Yolanda Reyes escribió:

Mientras el secretario de movilidad se daba por vencido frente al colapso del tráfico bogotano y nos suplicaba no movernos, vi desfilar la publicidad rodante del whisky Chivas: “Nuevo año, los mismos amigos” leí en tres grandes vallas remolcadas por tres motos, en el trancón colosal. ¿Qué funcionario las había autorizado? “Carrera 11 cerrada. Utilice vías alternas”, recomendaba otro remolque, sin especificar cuáles eran esas vías. Pensé que en otro país surgiría un movimiento ciudadano para no consumir productos que usaran publicidad tan poco solidaria con la emergencia vial. Pero estamos en Colombia.

Para distraerme, conté cuántos carros blindados con pico y placa circulaban por la vía y cuántas personas iban en ellos. Mi muestra de 50 cuadras sumó diez lujosas camionetas, con promedio de un pasajero, o máximo dos, incluyendo chofer a sueldo. ¿Todos estaban amenazados, o simplemente afrontaban los mismos peligros de atraco, raponazo y paseo millonario que nos hermanan, a unos más que a otros, en esta desventurada ciudad? ¿Con qué criterio se autorizaba esa excepción que se ha convertido en regla? ¿Bastaba con tener plata para blindar el carro?

Pasaron también dos caravanas de escoltas. Una estaba compuesta por tres camionetas idénticas –para  que no se sepa en cuál va “el personaje”, me explicó el taxista–, más unas motos que les abrían paso, cerrando el nuestro. La otra caravana que vi más adelante incluía ambulancia. “Ese es un pez gordo”, dedujo el taxista, mientras los escoltas nos apuntaban con sus armas, nos cegaban con luces intermitentes y casi nos estrellaban para obligarnos a parar frente al único semáforo  verde que nos había tocado en suerte. Me pregunté quiénes corríamos más peligro: si los gobernantes o los gobernados, o quién debería cuidarse de quién, y pensé con qué autoridad nos prohibían usar carro, cuando un solo mandatario usaba tantos ¡al mismo tiempo!… Intenté buscar en la caravana un letrero de “cómo conduzco”, con número telefónico para denuncias. Pero estamos en Colombia y eso “no aplica” para vehículos de Personajes.

Ahora comienzan las vacaciones y nos aventuramos –nunca tan bien usada la palabra– por  carreteras remendadas de cualquier modo para disimular derrumbes, troneras e inundaciones. Y mientras la operación éxodo traslada la congestión bogotana al resto del país, los soldados armados saludan a los viajeros con el pulgar de la victoria que acuñó el gobierno anterior y que resulta tan paradójico como la propaganda del whisky.

Es una curiosa manera de demostrar la presencia del Estado: en vez de garantizar protección a todos y de hacer las obras que está obligado a hacer, nos hace saludos de guerra. Para citar un ejemplo, en la eternamente inconclusa doble calzada a Tunja, he visto muchas veces la misma escena: un camión va por el carril de la derecha junto a otro que anda a la misma velocidad por el carril de la izquierda. Detrás de los dos, una procesión de carros a paso de tortuga, se atasca frente a una señal vial: “carril de la izquierda solo para adelantar”. Pero, en lugar de hacer respetar las señales y despejar el carril para que el tráfico fluya, las “autoridades” nos muestran las armas.

Entretanto, nadie ha podido saber cuál es el límite de velocidad en nuestras carreteras: ¿80, 100 o 120, Ministro? Las señales de tránsito no son claras, pero los policías viales suelen aparecer solamente para multar al que se pase del límite. ¿Cuál es?

Quizás el único límite para los ciudadanos sin escoltas, poder, armas o carros blindados es el sálvese quien pueda. Y no es por aguarles el whisky, pero me pregunto qué porcentaje de nuestro trabajo de 2011 se destinó a pagar ese despliegue de autoritarismo que se confunde en Colombia con lo que en otros países es una discreta, pero eficaz presencia del Estado.

Yolanda Reyes