Nuestra Directora: Pobreza y hambre en Colombia

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 19 de septiembre, Yolanda Reyes escribió:

Detrás de las cifras, hay gente

Primero fue la solicitud del senador Barreras al partido de la U para hacerle una observación disciplinaria al vicepresidente y ahora llega la coloquial sugerencia de su jefe, el presidente, de lavar la ropa sucia en Palacio. Sin desconocer la fascinación de Angelino por los micrófonos y las plazas públicas, y reconociendo también que la faltan elementos técnicos para cuestionar la metodología de medición de pobreza adoptada por el DNP, sus preguntas pueden der el detonante para una discusión nacional sobre la inequidad en Colombia. ¿Debe tildarse de irresponsable su intento de aterrizar los criterios técnicos a la realidad de Corabastos? ¿Es una falta disciplinaria su propuesta de mandar a los expertos a hacer mercado para una familia de cuatro personas con $700.000 mensuales, descontando arriendo, ropa, servicios y lavado de ropa sucia?

Lo rescatable del revuelo mediático es constatar que el país alberga una preocupación distinta a la de guerra y bandidos en la que se enfrascó durante los cuatrienios anteriores. Que sea el director de Planeación quien afirme que Colombia es el país con la peor distribución de ingresos de América Latina y uno de los diez más desiguales del mundo –el resto son africanos–  se suma a las declaraciones del director de la Dian sobre quiénes se pueden considerar ricos. En medio de tan malas noticias, es una buena noticia saber que el Gobierno tiene conciencia y cifras claras sobre nuestra inmensa deuda social.

Para completar el panorama, la Encuesta Nacional de la Situación Nutricional de Colombia que se realiza cada cinco años y que próximamente será divulgada, presenta cifras preocupantes. El hambre se examina desde tres dimensiones: una es la falta de alimentos;  otra es el “hambre oculta”, es decir, la deficiencia de micronutrientes –vitaminas y minerales– necesarios para crecer, madurar el cerebro y mantener el sistema inmune, que lleva a tantos niños a morir de una simple gripa por falta de defensas. Y hay una tercera dimensión: hambre de afecto y de estímulos, que nutre la inequidad desde la primera infancia.

Aunque los resultados de 2010 no se han revelado, les doy algunos anticipos preocupantes sobre nuestros menores de cinco años: 1 de cada 8 niños padece desnutrición crónica y retraso en su crecimiento; ¡1 cada 2! tiene déficit de Zinc, lo cual puede debilitar el sistema inmune y disminuir la capacidad de aprendizaje;  1 de 4 tiene déficit de vitamina A, que afecta la formación y el mantenimiento de la piel, los dientes, los huesos y las mucosas; 1 de cada 4 tiene anemia, lo que puede deteriorar la maduración cerebral, afectar la concentración y la capacidad de aprendizaje, y aumentar el riesgo de retardo mental.

“En contravía del dogma habitual, no hay mucha relación entre crecimiento económico y distribución del ingreso. En vez de crecer y luego repartir, se puede repartir para crecer”, dijo el ex presidente Lula en Bogotá y citó las palabras de Paulo Freire: “Solo descubrí que era inteligente cuando comencé a comer”. En ese contexto, la “impertinencia” de Garzón resulta saludable, dado que el derecho a la vida comienza por la boca.

Para abordar el problema, necesitamos más allá de posiciones monolíticas o de llamados a un silencio militante, conjugar todas las miradas posibles frente a un único consenso: hacer de la erradicación del hambre un propósito de Estado que nos involucre a todos, como lo hicieron Chile y Brasil. “El 42% de los colombianos  presenta inseguridad alimentaria”, señala la encuesta. En otras palabras, hambre. Aunque se calle Angelino, detrás de las cifras hay gente de carne y hueso o, más exactamente, niños con carnes magras y huesos frágiles. Las cifras son elocuentes y no son de Somalia, sino de aquí, de Colombia.

Yolanda Reyes