Nuestra directora: «¿Por qué no lee Macondo? II»

Por Yolanda Reyes

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Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 27 de abril de 2015, Yolanda Reyes escribió:

¿Por qué no lee Macondo? II

 

Tomé el título de esta columna del reportaje elaborado por Christopher Tibble para la revista Arcadia porque me parece que suscita, en buena hora, un debate sobre lo que entendemos por leer. Ahora, cuando el país tiende a creer que las cifras bastan para explicar fenómenos educativos y culturales, cabe preguntar si lo que estamos midiendo nos da suficiente información sobre lo que queremos comprender, si estamos haciendo las preguntas que necesitamos hacer y cuáles debemos conjugar para entender la complejidad de la lectura.

Comienzo con una pregunta sobre el título del reportaje –‘¿Por qué no lee Macondo?’–, pues me parece que podría haberse titulado ‘¿Por qué no se leen o se distribuyen o se producen libros impresos?’. En ese sentido, tanto las declaraciones de los expertos consultados como las secciones del texto –producción, puntos de venta y bibliotecas– ofrecen un panorama del mercado editorial, que es, sin duda, un eslabón de la cadena y que afecta las formas de leer en Colombia.

Sin embargo, ¿cuántos de ustedes leen estas palabras en pantallas y cuántos, en papel? ¿Cuántos las leen completas y cuántos saltan al enlace de Arcadia y luego a otro y otro? Si hoy las bibliotecas caben en el teléfono y podemos acceder a ellas a cualquier hora, ¿se puede describir la actividad lectora tomando el número de libros leídos por persona y las visitas a bibliotecas o a librerías “reales”? ¿Cuántos libros impresos leía usted hace diez años y cuántos leyó, de principio a fin, el año pasado? ¿Significa eso, necesariamente, que hoy lee menos? ¿Un lector que devora 50 y más sagas de Grey lee más que otro que recurre a artículos especializados, capítulos de libros, blogs o revistas para enriquecer su trabajo?

Debido a la transformación de los contenidos y de los soportes y a la coexistencia de diversas formas de leer, hoy es imposible considerar la lectura fuera de internet. Y en ese sistema ya no intervienen, exclusivamente, como mediadores, los padres, los maestros, los bibliotecarios, los editores, los libreros, sino también nuevos mediadores, como Google, que organizan lo que creemos “encontrar” en la aparente libertad de la red. Con unos “clientes” diferentes a los alumnos del siglo pasado, que leen todo tipo de libros, imágenes y voces, que se expresan con nuevas narrativas, que producen lecturas y escrituras en red, el significado de leer se ha transformado y propone nuevos desafíos.

Ahí cobra importancia otro eslabón de la cadena: para conjugar el verbo leer se requiere de un sujeto: del lector. Y hablar del lector implica pensar su formación, pues los lectores se construyen a través de un proceso complejo que ocurre en el tiempo y que requiere de una práctica cotidiana, sostenida y perseverante. Por eso el papel de la escuela, en el sentido amplio del vocablo, desde la educación inicial hasta la universitaria, resulta crucial. En el contexto actual del mundo interconectado, la formación del lector es condición esencial para ejercer una ciudadanía crítica, informada y deliberante.

Que el texto de Arcadia omita la educación al preguntar por qué no leemos, suscita preguntas sobre la falta de articulación entre los sectores que fomentan la lectura. Y se me ocurre que situar al lector como centro de la cadena podría garantizar un trabajo intersectorial en el que cada ministerio y cada actor asumieran su rol específico, no para rendir cuentas a su sector, sino para darle cuentas al lector: cómo formarlo en los diversos momentos de su vida, qué materiales, en qué ámbitos, qué infraestructura real y virtual y qué mediaciones ofrecerle alentarían otras “mediciones” centradas en los procesos del lector y no en el número de libros.

Yolanda Reyes