Nuestra directora: «Uno que se parece a ti»

Por Yolanda Reyes

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 27 de octubre de 2014, Yolanda Reyes escribió:

«Uno que se parece a ti»

 

«Cierro los ojos y miro a mi hijo, ese muchacho noble. Con su angustia, aterrado, esperando que unos tipos lo vayan a matar. Ese instante me duele mucho… uno que se parece a ti te arranca la vida. La memoria es terrible. Ya sucedió, pero sigue sucediendo. Ya pasó, pero no», declaró a El País Javier Sicilia, el poeta mexicano que se convirtió en líder del Movimiento por la Paz desde el asesinato de su hijo en 2011. Sus palabras sobre la “desaparición” de los normalistas de Ayotzinapa, en Iguala (México), señalan un dato aterrador: la edad de nuestros muertos.

Y digo nuestros muertos, no solo porque suscribo la frase “Ayotzinapa somos todos” sino porque siento que compartimos el dolor de estar matando a las generaciones de relevo y que inferimos, entre la diversidad de circunstancias, unos métodos y unos problemas similares. Aquí y allá, la muerte se ensaña con los más jóvenes, y no solo son jóvenes las víctimas, sino los victimarios. “Lo son también la mayoría de los sicarios a los cuales corrompe el crimen organizado. Los otros, que todavía no hacen parte de uno y otro bando, carecen también de futuro”. Las palabras son de Sicilia, pero podrían ser mías, suyas, nuestras…

También podrían ser nuestros esos 43 estudiantes de la escuela normal campesina, detenidos por tomarse unos buses, que fueron víctimas de la alianza entre narcotráfico y autoridades locales y de su perversa forma de cobrar justicia por cuenta propia. En el caso de Iguala, los normalistas fueron detenidos por policías, entregados a los narcotraficantes “Guerreros Unidos” y llevados al lugar donde se han encontrado las fosas clandestinas. Si bien no está comprobado que los cuerpos descuartizados son los de los estudiantes, los testimonios indican que fueron torturados y quemados, y el hecho de que el alcalde de Iguala y su esposa, perteneciente a una familia de narcos, sean fugitivos no parece dejar dudas sobre sus métodos de “control municipal”.

De manera semejante a nuestras masacres y a nuestros mal llamados “Falsos Positivos”, en Iguala coinciden ingredientes bien conocidos: la narco política con su creciente y descontrolado poder regional, la corrupción, la estigmatización de grupos considerados “subversivos” y la impunidad que exacerba la violencia y disfraza la barbarie con justificaciones sobre la necesidad de mantener la seguridad. A esa mezcla se añade la falta de contundencia del poder central y su incapacidad para afrontar la responsabilidad y esclarecer la verdad.

Allá como aquí, pero con una intensidad mayor y envidiable, la población civil representa una esperanza para hacer contrapeso a la cultura delincuencial. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, se escucha en las marchas de todo el país y surgen movimientos como el de los ilustradores, en el que cada uno se ha encargado de dibujar el rostro de un muchacho para preguntar en dónde está. “Estoy conmovida hasta las lágrimas –escribe Mariana Méndez, una joven profesora de Ciudad de México–. Al llegar al Zócalo y ver a los padres de estos 43 estudiantes la piel se me erizó, pero más aun cuando tomaron el micrófono y comenzaron a hablar: Hijo, donde quiera que estés, estoy orgulloso de que quieras ser maestro. Escucharlos a ellos me dio mucho más dolor del que ya tenía, pero también más esperanza, anhelo y deseo de lucha. Lucha por mis hijos, por mis alumnos, por mi país”.

En contraste con la solidaridad que ha llevado a organizar marchas en otros países sorprende nuestra indiferencia. Exceptuando la columna de Catalina Ruiz-Navarro en El Espectador y unos sucintos artículos, Colombia parece absorta en su propio ombligo y en sus rencillas sin darse cuenta de que, como dice el poeta Sicilia, “Ya sucedió, pero sigue sucediendo”.

Yolanda Reyes