Nuestra Directora: «¿Vivir de la escritura?»

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo del lunes 3 de octubre, Yolanda Reyes escribió:

«La escena se repite en los encuentros con niños lectores, en bibliotecas públicas, ferias del libro y colegios de Bogotá, de la costa o del Amazonas, por citar ejemplos. De tanto verlos, he aprendido a reconocerlos desde lejos. La carátula de El terror de Sexto B, el campeón de mis libros piratas, tiene una amplia paleta de falsificaciones que oscilan entre un naranja cercano al original y el ocre, el amarillo, el café y el verde.

¿Qué le recomiendas a un niño que quiere escribir?, es la típica pregunta, y mientras contesto, me pregunto si al final de la sesión firmaré libros piratas, fingiendo no darme cuenta. Aunque lo haya vivido tantas veces, no ya como excepción, sino como la regla, nunca sé qué hacer y a veces firmo por miles de razones. ¿Qué porcentaje de la canasta familiar representa un libro para tantos niños que ni siquiera comen bien?

Sin embargo, es inevitable hacer otras cuentas: si esos son los ejemplares descubiertos en encuentros esporádicos, ¿cuántos libros se piratean cada año escolar? ¿Quiénes se lucran con el robo a los autores? ¿Tenemos la obligación de decir algo por estar en bibliotecas y escuelas donde se forman lectores y escritores, o debemos ser cómplices? ¿Los maestros se dan cuenta?

No quiero generalizar, pero sé que muchos se dan cuenta. A veces los he visto sugerirles discretamente a sus alumnos que mejor hagan firmar un papelito, porque sus ejemplares son piratas. Algunos niños me han contado que su profe apuntó en el tablero el título del libro del bimestre y una dirección en donde se conseguía a mitad de precio.

Me consta también que los niños distinguen un pirata de un original, así como distinguen discos y películas, y ellos mismos me han enseñado que hay piratas de piratas: unos se saltan páginas y cometen horrores de ortografía. ¡El negocio es tan lucrativo que da para transcribir de cualquier forma los textos que tantas correcciones nos costaron!

Casi siempre les explico qué significa, no solo para los autores de hoy, sino para los que están ahí, soñando a los diez años con escribir, pintar, hacer música, cine o arquitectura, el derecho a vivir de un oficio creativo. Los niños suelen ser receptivos, en tanto que los adultos se disculpan: el único ejemplar de la biblioteca se perdió, no hay librerías en la región y los libros son caros y no llegan, ¡salvo los piratas, que siempre se las arreglan para estar en los rincones más apartados! Todo es cierto, pero cabe preguntar qué se le dice a un niño cuando se le sugiere esconder un libro pirata en presencia del autor o cuando los profesores mandan a sus alumnos, de primaria o doctorado, a comprarlos en las fotocopiadoras o en los toldos de la esquina.

Aunque el asunto legal compete al Ministerio de Justicia y a la Dirección Nacional de Derecho de Autor, es preocupante que nadie se preocupe por la manera como se «enseña» esta cultura de la ilegalidad. Por eso ahora, cuando el Estado lanza planes de Lectura, es urgente preguntar cómo garantizará la disponibilidad de libros en bibliotecas públicas y escolares, para que los lectores tengan opciones distintas a la piratería.

¿Qué pueden hacer los ministerios de Educación y de Cultura para que el respeto por el derecho de autor deje de ser letra muerta en las Competencias Ciudadanas? ¿Es posible apoyar la formación de lectores y escritores en un país que justifica la costumbre de robar a sus autores? ¿Cómo pueden contribuir también las editoriales, la Cámara Colombiana del Libro y Fundalectura para garantizar el equilibrio entre el derecho a la educación y a la lectura y el derecho a vivir de la escritura? ¿Debemos resignarnos a aceptar como augurio de buena fortuna que nuestros libros sean pirateados? ¿Por qué hay tantos ejemplares piratas en todo el país y a veces no se consigue el original en la biblioteca?»

Yolanda Reyes