Nuestra Directora: «¿Sin pepinos no hay paraíso?»

Por Yolanda Reyes

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 27 de mayo de 2013, Yolanda Reyes escribió:

Mi primer spa:
¿Sin pepinos no hay paraíso?

Las sientan en colchonetas y les ofrecen copas coronadas por una cereza, como si fueran cocteles. Luego les ponen batas rosas y las acuestan en unas camillas a su medida para “aplicarles” (sic) mascarillas. Todo es rosado princesa, con toques verde pepino, y el paquete más barato cuesta cincuenta mil pesos por niña, pero si incluye pétalos, hidratación facial y otros afeites, puede pasar de cien mil.

¡Hidratación facial en una carita de esas cuyo encanto, además de la sonrisa desdentada y el brillo de curiosidad en los ojos, es –ya puestos a hablar de piel– justamente su frescura! ¿Acaso alguien necesita hidratación a los seis años? Sin embargo, cada  “princesita” tiene varias empleadas a su disposición: una para manicure, otra para pedicure, o para exfoliar brazos y piernas, (¿qué significa exfoliar, dirán muchas niñas?)… Después las peinan con moñas tirantes para el desfile en pasarela.

¿En dónde están los papás y las mamás?, se preguntarán ustedes. Hay una sala para ellos con wi fi y “estación de revistas”, según dicen los “brochures” (sic). Si no me creen (y lo entiendo porque es difícil dar crédito a esto) pueden cotizar en internet los planes especiales de cumpleaños que incluyen chocolaterapia para untarse en la piel, fuente de chocolate para comer (y luego, quizás, tener que hacerse masajes adelgazantes),  fashion show e, incluso, los mismos servicios para las muñecas American Girl, marca registrada, de las niñas.

“Entréganos tu princesa”, me contó una mamá que le dijeron las señoritas cuando llevó a su hijita a la fiesta de una compañera. Y cuando más tarde volvió a preguntar, le explicaron: “a la princesa la están arreglando porque le tiene una sorpresa a la mamita”. Cuál no sería la sorpresa cuando apareció maquillada, disfrazada y bailando en una pasarela luminosa.

“Una tarde de relajación y celebración: un sueño hecho realidad para ellas que quieren ser como las grandes”, anuncia uno de los spas, y es inevitable preguntarse de quién será el sueño, si de las niñas o de las madres. La misma imagen –la misma sombra, los mismos fantasmas– parece proyectarse en estas mamás del siglo XXI mientras fotografían a sus hijas de seis años inmóviles y “relajadas” (¿qué significa eso?, dirán muchas niñas), en sus camillitas. En esa edad que antes llamaban  del “uso de razón”, en esos años maravillosos cuando el cuerpo necesita saltar, correr y explorar el mundo, cuando los ojos ven más que nunca y todo es objeto de una curiosidad irrepetible e inédita, acostar a las niñas con pepinos en los ojos parece una pesadilla.

Si bien las fiestas se ofrecen para clientas de 4 a 15, las de 8 consideran que el plan es para niñas menores, ¡entre 4 y 7!, lo cual plantea otra pregunta: ¿cómo serán las fiestas de 9? Tal vez querrán baños de luna mixtos, pues cuando el reloj biológico se acelera, resulta difícil dar marcha atrás. La siguiente pregunta es dónde están los niños varones y aunque algunos spas tienen “sala para príncipes”, los programas son, como dice otro anuncio, “un lugar para princesas: para que te diviertas como te lo mereces”.

La idea de “merecerse” a dos personas preparando el cuerpo a los 6 años para un ritual de iniciación, además de dar otro mensaje de inequidad, parece perturbadora. Porque decirle a una niña que su cuerpo es objeto de perfeccionamiento cosmético y que, por ello, debe pasar su tiempo de juegos, ese que jamás regresa, en una camilla mientras su hermano varón está en el parque poniéndose retos no es un mensaje inocuo. Me refiero a educación sexual y a perspectiva de género y también a imagen corporal y autoestima en una edad en la que quedan huellas psíquicas imborrables, así que papás, mamás, colegios y autoridades: favor abrir los ojos.

Yolanda Reyes